
Ordalías del nuevo ciudadano
José Manuel Pérez González
Poesía
2023
ISBN: 979-8861325684
83 páginas
“Rain on Rahoon falls softly, softly falling,
Where my dark lover lies”.
James Joyce, She weeps over Rahoon
La lírica de los cerdos
El metro se mueve trepidante,
trepidantemente se deslizan techo y suelo
y líneas negras reptan
cuando Aarón lanza su cayado
y se convierte en serpiente de hierro.
Siento el estremecimiento violento de la bestia,
el vértigo de viajar en la plataforma,
entre dos vagones,
en compañía de otros que no han pillado sitio.
Del negro techo caen gotas de humedad.
Triste cae la lluvia,
tristemente lloviendo en el subterráneo:
el rostro pálido de Joyce en el desmayo del vacío.
Whitman, Pound, poesía en el carrusel del metro,
leo sus versos sin encontrarme en ellos,
páginas abiertas al vendaval de luz y ruido.
Poeta del subsuelo:
A lo largo del pasadizo sabático
truena, bambolea el tren su esqueleto articulado
como una mujer mueve glúteos y vientre
bajo el percal repleto del que la liberan
manos ansiosas
en la tierra húmeda,
húmedamente desnudan los redondos
pechos deshechos.
La carne se desploma silenciosa,
silenciosamente, sobre el hierro estridente
y es rota sobre la vía.
Trémula, espasmódica,
espasmódicamente se desvanece la vida,
y es mítica, telúrica gema en los sangrientos labios;
ángel sin tacha, inmaculada,
inmaculadamente,
con dientes de platonismo asexuado,
sonríe cuando me arrolla la serpiente colorada
y encarnada sangre les salpica a ustedes.
El pecado de la desigualdad
En el principio fue el Verbo,
que, como es sabido, trabajó seis días,
puso a cada cosa y a cada cual en su sitio
(eso fue crear el mundo) y descansó.
Siguieron milenios de matanzas,
jueces, profetas, reyes, cenobitas,
soldados para la ley artera de la guerra,
el hombre astillado, los riñones rotos.
Dejé la Biblia en la página 422,
pero, luego, las cosas no mejoraron.
Vinieron más siglos, más reyes
y más guerras,
boqueó la vida bajo espasmos de muerte
y morimos, bajo el látigo,
la espada o la piedra.
Hubo mesías, prometieron muchas cosas
pero no nos dieron la tierra prometida.
Otros se quedaron fincas y parcelas,
las arrendaron, las vendieron, las quemaron.
Durante milenios trabajamos para ellos.
Vinieron otros tiranos, vivimos otro absurdo,
el fauno miró a la vieja y harapienta prostituta,
en que su amante se había convertido
y lloró;
el niño se vio en los ojos rojos del primate
al que la vida enloquece, encadenado al cristal
de la araña o al sol que amanece prometedor,
y se negó a crecer.
Vivimos bajo la telaraña del miedo.
“¡Alerta!”, dice el vigía desde la torre,
avanzan los soldados con ansias de muerte,
al amanecer tétrico sobre el yermo dominio.
“¡Alerta, alerta!”, repite su cuerno de guerra
y me es imposible ver nada
en el terror enorme
en que ladran los perros a la madrugada.
Sólo me queda el recurso de tus manos,
tu caricia al alba helada cuando empieza a llover.
Tal vez sea hora de coger una pistola y acabar
en la amarilla penumbra de tus ojos.
El canto afilado del incisivo blanco luce
oscuro, como una trampa mortal.
Condena de poeta
Versificad, versificad,
sobre el mármol de los culos blancos,
versificad.
Sol sobre las cosechadas llanuras
—recuerdos— ondulantes y, en los ojos, destellos.
Versificad, versificad,
que los terroristas nos van a matar:
condición servil, estatus, manera de morir,
por los pies cansados y el alma humillada,
versificad.
Se expande el universo,
siluetea hermética y corpuscular la teta
y todo lo demás es nada, en la nada alcoholizada.
Revientan de dolor los ojos robados.
En la miseria, por la honda angustia,
el terrorismo, el llanto.
Versificad.
¿Hasta cuándo?
¿Hasta dónde?
¿Por qué así?, te dices.
En la calle espera el perro furibundo
con el terrible colmillo preparado.
El tiempo se ha detenido en la mañana,
araña en las sienes, gusano en los ojos doloridos,
la sutil metáfora, el morfema gris.
Versificad.
Verano terrible, purgatorio en la ciudad:
la serpiente se enrolla en la cabeza adolescente
coronándola de verde vida.
El cuerpo anillado se alimenta
de su propia ceguera, la falta de alicientes.
El joven escruta con sus ojos ciegos la ciudad
y avanza cual militar chileno
o héroe de Píndaro.
Saltan a la testuz de la fiera
las gráciles damas minoicas con sus pechos
desnudos en la canícula egea.
Versificad.
La luz de la Historia
Basilio ha cegado a catorce mil búlgaros:
veintiocho mil ojos en el río Estruma
y nadie ve la sangre. ¡Qué ceguera!
Desde esa oscuridad ha de elegir el hombre
como si tuviera derecho, como si pudiera,
y ¡qué poca cosa es el hombre!
o mil millones de hombres en la Historia.
Y seguro que es nimio el breve, humano,
absurdo homicidio al inmutable universo.
Dar el fuego a los humanos, Prometeo,
y que un águila nos devore eternamente el hígado,
no parece que merezca la pena.
Ya es bastante el sufrimiento, demasiado,
y demasiados los días que sufriremos;
la esperanza se nutre de esperanza
y de recuerdos que saben agridulce.
No es tiempo de reivindicaciones imposibles
sino de equilibrio en la crisis, de mesura,
radiaciones en la médula del hueso
y manipulación genética, nos dicen.
Estudio los fundamentos de la historia
mientras se oyen disparos,
a resulta de los cuales,
aún mueren estudiantes en las calles
de la hicrática ciudad de Paradiso.
Escucho las detonaciones
pero no me atrevo
a bajar a la calle por si fuera la revolución
y me sorprende la masacre, o se desata
otra guerra civil, tan sangrienta.
Hay una perspectiva diferente desde casa,
a la luz del flexo, de los bellos poemas
y de las corrientes profundas de la Historia,
como si algunas páginas pudieran explicarlo
todo y fuese clarividente la ceguera.
Ordalías del nuevo ciudadano
Llegará el otoño para el árbol del bien y del mal
y se hará la luz de la verdad, dice el arconte.
Pero es un plazo largo el de la espera, inadmisible
si ha de ser la Historia quien juzgue a los cabrones;
habremos de morder la manzana, como Eva,
y preguntar a Harpagón qué estímulos le mueven
al filo ensangrentado del siglo veintiuno.
Cruel ha sido la terapia a la que sometí mi orgullo,
quería ser humilde, como Gandhi entre los intocables.
Humilde, como la hierba bajo la lluvia, me tiendo
en un banco de granito y veo el cielo, prometedor,
si considero que aquí abajo todo es mediocre y sucio.
Alguien maneja un cochecito teledirigido que derrapa
angustiado como un galgo solitario, sin fortuna.
El gallo, dragón de la madrugada, escruta indolente
y rememora escenas de Anaïs Nin en las callejas,
su pico tiene la vivacidad del cromatismo azteca.
Opalescente y negra, la calle nos engulle,
como la boca enorme de una enorme bestia.
Alguien sopla la armónica en el subterráneo
y entristece la ciudad la tímida desgracia de sus ojos;
Motivo banal, la compasión me ocupa, tiemblo,
está la vida por doquier y no la entiendo.
En la ciudad, bajo el asfalto, en los túneles del metro,
la angustia puntual de los relojes; en las oficinas,
el Homo erectus en su impecable traje
extrae el destino de su chaleco,
como un mago de su mágica chistera:
años de nueva esclavitud y maduro equilibrio.
En los patios interiores la noche parece tan decrépita...
Resulta imposible ver si está estrellado, si va a llover,
o si vendrá la muerte mientras duermo,
sin tiempo para decir adiós a los que quiero.
- Honed, de José Manuel Pérez González
(selección) - miércoles 4 de febrero de 2026 - Obsesiones, de José Manuel Pérez González
(selección) - miércoles 11 de junio de 2025 - Ordalías del nuevo ciudadano, de José Manuel Pérez González
(selección) - domingo 19 de enero de 2025


