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La mano del ventrílocuo, de Iván González
(primeros versos)

viernes 7 de febrero de 2025
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“La mano del ventrílocuo”, de Iván González

La mano del ventrílocuo
Iván González
Poesía
RIL Editores
Madrid (España), 2024
ISBN: 9788410248298
63 páginas

Los escoplos del viento
deshacen esas torres del castillo.
La luna medallea
como una pálida promesa. No hay
armisticio. La luz también aplasta.
Las gaviotas son dragones que se posan en el
foso inundado, que se protege contra nadie,
lo acompaña una hilera de algas muertas.
Nubes exhaustas se tienden
en la línea del agua como ropa
blanca de un dios que trae
noche para envolver su ruina.
Tus murallas, tus torres
—lo único en la playa
que se irá sin un selfi—,
la aristocracia de tu sueño
volverá a erigirse en otras manos.
Que la luna espere en sus barbacanas,
que el mar no se las lleve todavía,
como este sol aún
las ilumina hasta perderlas.

Al pie de la montaña
el mar saliva sus cabellos
y nos sumerge en sacrificio,
luz de arena africana.
Deshecho, arriba, el mundo,
en duermevela que sonríe,
como pez vigorosamente vivo,
nos hunde
y nos hunde
donde la luz no pasa
y por el esqueleto
del barco hundido
entran sargos
y jureles y fulas negras
como flechas efímeras.
Parece
que la muerte
adentro
tiene vida.

Sabía que la tumba de tu hermano,
junto a la tapia blanca,
que no tenía lápida ni forja,
tenía solamente una cruz oxidada.
Y yo escarbé la tierra,
retiré la corona de ajada flor de plástico
sobre el féretro blanco.
Abrí la tapa
y le cambié el fajero,
quité las ombligueras,
le vestí como el cielo abenojense
sobre nuestras cabezas.
No me quiero morir en La Mancha, me dijo.
Y yo le dije que seguía vivo,
como yo, pero lejos, en mundos paleozoicos.
Y regresamos de la mano,
porque yo ya era el tío de mi tío,
a Villafranca de la Sierra,
riendo,
dando patadas
a los cantos rodados.
Los círculos concéntricos de todo esto de antes
me llevan, sin saberlo,
al fuego de artificio
en la noche zaina; a llevarlo deprisa
sobre su carcajada
al mayor esplendor,
que siempre dura poco;
a estallarle de pronto la locura
de su infancia robada; a devolverle
a la lumbre de su casa
de siglos,
al país
de las cosas sin viento.
Nevó en el Cerro Moros
y hay almas que se deben preservar
del frío de la muerte prematura.
Y lo cambié de sitio.
Cualquier cambio podía mejorarlo.
Al antiguo camino de herradura
donde todos tuvieron
más fe en el futuro que nosotros.
Subimos al almiar
para mirar las últimas estrellas.
Y pensé en la diáspora,
en los años.
Lo saqué de la tierra, junto al ciprés luctuoso.
Sin precipicio su mirada,
como el topo que busca con hocico nostálgico
un espejismo bello,
como quien mira un huracán.

Iván González
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