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El discurso poético se derrama sobre la página y recorre sin descanso el espacio que le ofrece el tiempo. El poema viaja entre palabras, voces y silencios, pero sobre todo destacado por la presencia de un yo que se duele por la muerte del otro, por la relevancia de quien ya ha tomado el camino del infinito. El poema es también un viaje de metáforas, de imágenes vibrantes, vivas, dolientes pero fuertes, elaboradas con la firmeza de un lenguaje íntimo que se convierte en público cuando el lector se asume parte de la historia, porque sí, hay una historia que nos relata, que nos compromete como protagonistas de un asunto tan personal como la pena ajena, esa que también nos toca y nos alude desde la notoriedad de las palabras bien puestas en su sitio.
Iván González escribe La mano del ventrílocuo como si moviera con sus dedos ágiles el destino de su propia presencia como doliente, como testigo y como intérprete de unos hechos que se han convertido en un largo aliento: las imágenes se vertebran con destreza, posibilitan la hechura de un testimonio acerca de un alguien que ya no está pero sí se sostiene en la memoria de quien habla en el texto o desde el mismo poema como poética, porque cada verso testifica el modo de decir, la manera de profundizar en lo que un personaje cercano nos encara desde la voz, las manos diestras de quien se comunica con quien aborda este largo poema donde es imposible desistir en la búsqueda incesante del que se ha marchado, del que sigue vigente en el ojo cuajado de imágenes, de recuerdos y tiempo.

La mano del ventrílocuo
Iván González
Poesía
RIL Editores
Madrid (España), 2024
ISBN: 9788410248298
63 páginas
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En “El instante”, de Bachelard, recogido en el libro La intuición del instante, el autor nos convida a adentrarnos en estas líneas para tener una aproximación a la Idea (todo poema es una idea) de este trabajo de Iván González:
Del pasado más lejano, por efecto de una permanencia completamente formal (...), un fantasma algo coherente y sólido podrá quizás regresar y revivir, pero el instante que termina de sonar no podemos guardarlo con su individualidad, como un ser completo. Del mismo modo, el duelo más cruel es la conciencia del provenir traicionado, y cuando sobreviene el instante desgarrador en que un ser querido cierra los ojos, inmediatamente se siente con qué nueva hostilidad el instante siguiente “asalta” nuestro corazón.
En efecto, ese “fantasma” que habita en el poema, en el recuerdo que el mismo poema le imprime al autor, desgarra el verbo con que se dice: el poeta se vale de las imágenes para manejar, con mano espiritual, lo que la mano anatómica no puede hacer. El instante se hace tiempo acumulado. Ese pasado lejano sigue en el presente como una ausencia viva. La poesía se encarga de avisar que cada palabra escrita, dicha, será capaz de crear una conciencia acerca del asunto que lo conmina a tratar o a seguir tratando el tema de la muerte como un dolor cuya crueldad también es capaz de crear la realidad que el poema macera a través de sus propias imágenes.
¿No es acaso el poeta un fantasma, un duende que se comunica con otros fantasmas? ¿Acaso la soledad que habita en la poesía no se adentra en cada verso que aquí leemos?
Una mano mueve la atmósfera de las imágenes que consume el lector: cada sujeto atado a ese hilo está debajo de la tierra, de la nieve, ¿una tumba?... El autor nos lleva de viaje por cada verso donde el cosmos de su imaginación destaca un dolor, una pérdida, un desgarramiento, un rescate, toda vez que quien imagina hurgar en un túmulo intenta resucitar un deseo, una vida, un instante o una vida entera.
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Desde el inicio, el poeta dedica su escritura a sus ancestros, “ya ciudadanos de pleno derecho bajo la nieve”, y el poema es una travesía por la memoria, por la incesante búsqueda o reencuentro con sus muertos. Por eso:
Parece
que la muerte
adentro
tiene vida.
El núcleo de ese sentimiento, revelado en palabras, queda forjado en este texto:
Sabía que la tumba de tu hermano,
junto a la tapia blanca,
que no tenía lápida ni forja,
tenía solamente una cruz oxidada.
Y yo escarbé la tierra,
retiré la corona de ajada flor de plástico
sobre el féretro blanco.
Abrí la tapa
y le cambié el fajero,
quité las ombligueras,
le vestí como el cielo abenojense
sobre nuestras cabezas.
Más adelante, la voz de quien es dolido habla en el verso, en el poema que Iván González ha escrito desde su más honda pesadumbre:
No me quiero morir en La Mancha, me dijo.
Y yo le dije que seguía vivo,
como yo, pero lejos, en mundos paleozoicos.
Y así, desde la vida, desde el sonido de un hombre aturdido:
Lo saqué de la tierra, junto al ciprés luctuoso.
(...)
Atraviesas las cuencas de las calaveras,
buscando la luz blanca de la madre(...)
correteas por huesos que se abrazan
a la pena.
Y como un final en el que la eternidad figura cual estandarte en sus propias manos:
Estás intacto, rostro ensimismado,
ahora soy la mano del ventrílocuo
que busca darse vida
con el aliento de sus marionetas (...).
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