
Carl Phillips nació en Everett, Washington, en 1959, pero como muchos hijos de familias militares, se mudó de ciudad constantemente, hasta que en la preparatoria llegó a Massachusetts. Hizo la Licenciatura en Latín y Griego en Harvard, y después dos maestrías: una en Enseñanza en la Universidad de Massachusetts, en Amherst, y la otra en Escritura Creativa en la Universidad de Boston. Publicó su primer poemario poco después de los treinta, y a sus sesenta y cinco ha publicado diecisiete libros de poemas y algunos de ensayos. Ha sabido combinar su trabajo como poeta con el de editor (fue jurado del Yale Series of Younger Poets) y profesor (primero enseñó latín en preparatorias y luego literatura en la universidad). En 2023 recibió el premio Pulitzer de poesía por su libro Then the War: And Selected Poems, 2007-2020 (Farrar, Straus and Giroux, 2022). Hoy, ya retirado de su puesto en la Universidad de Washington en San Louis, cavila sobre las obligaciones de la poesía, lo que constituye un buen poema, el silencio y el misterio de ser humano.
—Si uno quiere aprender física hay decenas de libros introductorios que guían al novel por los conceptos básicos, con ejercicios. ¿Qué libro recomendarías para que alguien comience a ejercitarse en la poesía?
—Para los conceptos básicos en métrica y formas, siempre recomiendo Rhyme’s Reason, de John Hollander, pero está escrito pensando en la poesía escrita en inglés. Presenta varias formas, como el soneto, la villanela, etcétera... Pero yo mismo aprendí simplemente leyendo libros de poesía que admiraba y tratando de entender cómo funcionaba cada poema.
—Por un tiempo enseñaste latín, ¿cómo ha influenciado el latín tu poesía?
—El latín, al igual que el griego (que también estudié en la universidad), y el español, es una lengua flexiva. La capacidad de mover partes gramaticales, de tener muchas cláusulas suspendidas y de jugar con el orden de la información en una oración, me ayudó a comprender que la sintaxis puede ser una herramienta poderosa en la poesía, de maneras que no estaban tan disponibles en inglés. Me ayudó a comprender que el lenguaje puede ser muscular y puede implicar poder, tanto retenido como entregado.

—Hablando de Charles Wright y Geoffrey Hill, Germán Carrasco escribió que “ellos hablan desde lugares completamente cómodos, hermosos, desde sociedades satisfechas que los ubicaron en alguna universidad o les dieron una especie de beca vitalicia. Bien por eso, todos quisiéramos eso (...). Son muy buenos poetas, Pero nosotros vivimos en otro tipo de ciudades, con otro paisaje”. Tú enseñas en la Universidad de Washington en San Louis, ¿cómo ha influenciado esa posición universitaria tu trabajo poético? ¿La mejor poesía es producto de situaciones difíciles? ¿El poeta que lleva una vida sin preocupaciones corre el riesgo de no tener estímulos suficientes para escribir?
—Para mí, la dificultad que requiere la poesía no tiene por qué ser externa. Podemos llevar una vida muy cómoda en términos de bienes materiales y, sin embargo, estar atormentados por el trauma de la infancia, la pérdida de un padre, el abuso sexual; estas cosas no desaparecen sólo porque uno tenga un trabajo en una universidad. Mientras tanto, vivir en un lugar destrozado por la guerra y estar cerca de la inanición no significa que una persona pueda escribir poemas. Para mí los poemas tratan sobre nuestro clima interior, los arrepentimientos, las esperanzas y los miedos que llevamos dentro, sin importar cómo sea nuestra vida externa. Es cierto que tener el privilegio de un trabajo titular en una universidad significa que puedes tener más tiempo libre para escribir poesía y menos ansiedad por el dinero, pero no hace que una persona sea un buen poeta, de ninguna manera. Y volviendo al escenario de la hambruna y la guerra, si una persona vive en esas condiciones, no creo que escribir poesía sea una prioridad máxima; el énfasis estaría en la supervivencia.
—Has sido el jurado del Yale Series of Younger Poets, uno de los premios más prestigiosos en Estados Unidos para poetas emergentes. ¿Qué criterios usaste para seleccionar al ganador? ¿Cómo sabes que un poema es bueno, incluso si no te gusta?
—Lo más importante para mí como juez de Yale, que buscaba entonces y ahora también como lector, es la sorpresa. Si me sorprende el poema quiero prestar atención, porque estoy en presencia de algo nuevo. La mayoría de los poemas que encuentro simplemente hacen lo que yo habría adivinado que harían. Eso, para mí, no es un buen poema, aunque podría agradar a otros.
—No puedo eludir discutir la política de la poesía contigo. Quiero decir, la relación entre poesía y poder. Creciste en una familia militar, y has dicho que la gente ni siquiera decía que no estaba permitido ser homosexual en una familia militar: “Ni siquiera se hablaba de eso, así que no era una opción”. La condición de no ser visto. ¿Qué rol juega la poesía en la condición de los invisibles socialmente? ¿Es siempre la poesía una forma de hacer visible lo invisible, o también puede invisibilizar ciertas cosas? Por otro lado, ser poeta no es una profesión común. Los niños hablan de ser bomberos, policías, astronautas, pero no de convertirse en poetas. Dudo que muchos papás les pongan a sus hijos la opción de poeta sobre la mesa. ¿Podemos pensar la poesía como algo invisible en nuestra sociedad? ¿La poesía como una forma —en sí misma— de invisibilidad?
—Para mí la poesía es un lugar para explorar cosas en privado, conmigo mismo. Cuando empecé a escribir era un espacio para pensar en cosas de las que no se hablaba en general, y un lugar para pensar en cosas que podría haber estado ocultando a los demás y tal vez a mí mismo. La poesía puede ser un lugar para hacer visible lo invisible: si escribimos sobre algo que la gente no conoce, lo hemos hecho visible. Pero no diría que tiene que funcionar de esa manera. Y no, no creo que la poesía sea invisible en la sociedad, ya que todas las sociedades tienen poesía. Algunas personas la leen y otras no. Pero es visible para quienes quieren verla.
—Antonella Aneda dice que “poesía y ciencia deben mantenerse cerca y crear una alianza para luchar contra la creciente desigualdad”. Por un lado, ¿cómo puede la poesía ayudar a disminuir la desigualdad, frente a, digamos, buenas políticas públicas? Pero ¿es el papel de la poesía pelear contra la desigualdad? ¿Pelear contra algo? ¿Por qué debería estar la poesía subyugada a una lucha? ¿Debemos concebir la poesía como algo que está intrínsecamente en medio de una lucha?
—Veo que esta no es una sino cinco preguntas... No creo que la poesía tenga un papel en particular. Así que no, no creo que el papel de la poesía sea luchar contra la desigualdad, ni luchar contra nada. Los poemas tienen muchos roles diferentes. Algunos quieren celebrar algo o a alguien. Algunos son elegías. Algunos están destinados a hacernos reír. Lo único que creo que siempre es cierto sobre la poesía es que está destinada a reflejar lo que significa ser un ser humano. Pero hay innumerables definiciones de lo que significa ser un ser humano.
—Siguiendo con lo que acabas de decir, en una entrevista aseguraste que “ser humano es un misterio”, y que la poesía “es una expresión de ese misterio”. Me recuerda a Deleuze explicando que hemos malentendido lo que significa develar la verdad. Dice que develar la verdad no significa quitar el velo, sino mostrar aquello que está cubierto como cubierto, lo que está velado como velado. ¿La poesía nos muestra el misterio como misterio o sí intenta remover el velo? ¿Por qué nos importaría ver el misterio otra vez si ya sabemos que nunca seremos capaces de quitarle la cubierta?
—No estoy familiarizado con Deleuze (y realmente con ningún otro teórico), pero diré que creo que la poesía aclara simultáneamente algunas partes del ser humano, mientras que otras quedan en el misterio. Algunas cosas son inescrutables. Por ejemplo, un poema puede ayudarnos a superar la muerte de un ser querido, pero no puede “resolver” la muerte en sí. Esa parte sigue siendo misteriosa. Tal vez la poesía tenga menos que ver con resolver y solucionar cosas, y más con diferentes formas de pensar sobre las cosas, sabiendo que no hay respuestas fijas para las grandes preguntas abstractas de la vida: ¿quién soy? ¿Para qué existo? ¿Por qué existo?
—También has dicho que el poema “es una forma de resistencia frente al silencio. Has decidido hablar”. La poesía como algo que se opone a, incluso contrario al silencio. Sin embargo, muchos dirían que la poesía tiende al silencio, que son parte de un continuo: la poesía como una forma de silencio. Por un lado, ¿desprecias el silencio? Por otro, ¿por qué la poesía está tan entrelazada con el silencio? ¿Podemos reconciliar las dos posturas?
—La poesía implica silencio. Implica patrones de sonido, significativamente interrumpidos por el silencio. Sin el silencio no podríamos percibir dónde comienza y termina una frase, dónde cambia la métrica, dónde una idea toma una dirección diferente. Cuando dije que la poesía es una resistencia al silencio sólo quería decir que es lo opuesto al silencio. Ambos —poesía y silencio— trabajan juntos, como lo hacen la luz y la oscuridad, como lo hacen el bien y el mal. Es difícil conocer uno sin comprender el otro.
—Tu poema “El tiro con arco” empieza diciendo “todavía era algo, en ese entonces”, la primera letra en minúsculas. Ese inicio puede leerse como la continuación del título (quiero decir, el título como la primera palabra del poema). Otra interpretación es que la minúscula al inicio nos indica que el poema empezó en algún momento del pasado, y el sujeto poético simplemente está tomándolo en este punto, haciendo eco de la idea de que todos estamos escribiendo el mismo poema. Pero también podríamos decir que es una decisión estilística (eco de alguien como Cummings), que muestra cierto deseo de desafiar la regla que dicta que el primer verso se inicia con una mayúscula. Primero, ¿cuál es la correcta? ¿Las tres? Y luego, ¿cómo sabemos cuando estamos sobreinterpretando? Algunos aseveran que hay tantas lecturas de un poema (u obra de arte) como lectores, pero ¿de verdad todo lo que dice el lector es correcto? ¿No nos pone esa posición en la peligrosa posición de creer que todo es aceptable?
—¡Estás dándome mucho más crédito del que merezco! En “El tiro con arco” —como dice tu primera lectura— el título es la primera palabra de una oración que comienza el poema. Simplemente estoy haciendo lo que los poetas han hecho convencionalmente durante mucho tiempo: que el título se integre directamente en el cuerpo del poema. Es por eso que la apertura del poema no está en mayúscula. Nunca comenzaría un poema sin una letra mayúscula para la primera palabra del poema.
—Siguiendo con la pregunta anterior, Macarena Urzúa dice que “el comienzo de la primera línea nos permite entrar y entrever cómo y bajo qué ánimo se desarrollará el poema”. Pero ¿de verdad siempre podemos catar el espíritu de todo el poema al leer el primer verso (otra forma de decir que el poema siempre debe adherirse a las expectativas que ha creado)? Regresando a la sorpresa —que elogiabas antes—, ¿no es el poema algo que cambia durante su curso y por eso puede sorprendernos de maneras imprevistas? ¿Cómo decides el inicio de un poema?
—Estoy totalmente en desacuerdo con Urzúa. El primer verso es el que nos permite escuchar al sujeto lírico de un poema, pero necesito escuchar más de un verso antes de poder determinar algo sobre ese sujeto. Si conociera a una persona en la vida real le dejaría decir más de unas pocas palabras antes de evaluar su carácter. Lo mismo ocurre con un poema. En cuanto a cómo decido cómo empezar un poema, la verdad es que no lo sé. En algún momento simplemente empiezo y me parece que es lo correcto, y sigo a partir de ahí. No tengo un método fiable.
—Si la poesía le deja algo al ser humano, ¿qué te ha dejado a ti?
—La poesía me ha enseñado que hay muchos tipos diferentes de personas, pero que todos experimentamos ciertas cosas en común: la vida, la muerte, el arrepentimiento, la traición, la desesperación, la alegría, etcétera. Y al leer poemas de tantos seres humanos distintos aprendo que no estoy solo en mis sentimientos, y también aprendo que —además de mi propia manera— hay muchas maneras diferentes de pensar sobre un tema. Eso es crucial para convertirme en un ser humano más completo: aprender a ver el mundo desde la perspectiva de otras personas.
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