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Robert Jara:
Me he desengañado del decadente ecosistema de la literatura

domingo 19 de abril de 2026
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Robert Jara
Robert Jara: “Mi trabajo en física, en la docencia y en la literatura, si bien los desarrollé sin problemas, nunca los integré, y no porque sean mundos disímiles en sí, sino porque no me nace”.

Robert Jara nació en Guadalupe en 1969. Es un físico formado en la Universidad Nacional de Trujillo, donde obtuvo su licenciatura, y más tarde completó su maestría y doctorado en la Universidad de Puerto Rico. Desde la década de 1990, ha estado comprometido con la preservación y revalorización de la identidad cultural de Guadalupe. Su obra ha sido publicada en diversas revistas y antologías, incluyendo Singuayuco, El Sótano 00931, Tonguas, Los Rostros de la Hidra, Edición Mínima y la Revista de Literatura de la Universidad de Yauco, tanto en formato físico como digital en plataformas como Ciberayllu y Puente Aéreo.

A lo largo de su carrera ha publicado varias plaquetas, como Cantata al silencio (1996), Tributo (2008), Los abuelos de mis abuelos (2010), Promesas al pie del barranco (2015), Un ateo longevo (2016) y Santo remedio (2017). También es autor de los libros Nostalgia de barro (Ornitorrinco Editores, 2011), A orillas del arrozal (Papel de Viento Editores, 2013, una colección de cuentos en colaboración), y Airport (Editorial Vallejania, 2015). Además, ha editado obras como Tributo, cuatro más (2012), Simplemente Angelats (2012), y Microcuentos liberteños (2018). Actualmente, Jara vive en Trujillo, donde se dedica a la enseñanza universitaria.

Desde enero de 1998, por razones académicas y personales, se estableció temporalmente en Puerto Rico, donde residió hasta abril de 2006. A pesar de su distancia, sigue siendo parte del colectivo literario puertorriqueño El Sótano 00931. En la actualidad, reside en Semán (Guadalupe, La Libertad, Perú), donde continúa su labor docente en la universidad.

 


 

En 2015 publicó usted Airport. ¿De qué trata este poemario? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarlo?

Si bien el desarraigo, desde siempre, detonó en mí la creación, ésta se amplificó en Puerto Rico. ¡Si estar en Trujillo, por motivos de estudios superiores, a dos horas de camino, fue detonante suficiente, debido a que casi no había viajado! Y es que más por cuestiones económicas que de distancia, no podía volver a mi terruño con frecuencia. Esta experiencia configuró el bus, el terminal terrestre, en símbolos de transición, de sentimientos encontrados, de desapego: ¡qué alegría cuando esperaba el bus para volver, pero qué tristeza cuando lo esperaba para irme! El bus y el terminal terrestre serían sustituidos por el avión y el aeropuerto en Puerto Rico, y el detonante creativo se amplificaría al máximo, pues sabía a priori que la distancia de miles de kilómetros yacería incólume un año por lo menos. Aún ahora, al recordar que volví a mi terruño por primera vez, ¡anhelando volver a cada minuto!, a los dos años y medio, luego de honrar las deudas contraídas, se me estruja el corazón.

La nostalgia surtió un efecto demoledor en mí porque crecí apegado al terruño, a la familia, a los amigos, a la cultura ─hay quienes aseguran que estos aparejos son lastres para el desarrollo─, y porque aprendí a amar el Perú desde la práctica y el conocimiento, aunque en abstracto, estando en Perú, y no recién estando en el extranjero, como suele suceder. Sé de peruanos que en Perú desdeñaban el huayno, por ejemplo, pero en Puerto Rico, de pronto, ¡oh, bendita nostalgia!, lo zapateaban como si lo hubieran bailado toda la vida, moqueando; ah, y sollozando cuando se habían bebido unas cervezas. Querer a Perú desde casa me jugó en contra. ¡Si tan sólo hubiera sido un alienado, todo hubiera sido alegría! ¡Dios le da barba a quien quijada no tiene!, pensaba, me decían.

El avión, el aeropuerto, la identidad cultural y la nostalgia que se colaba de antaño, fueron el sustrato natural sobre el que se fue edificando Airport (Editorial Vallejania, 2015), respiro a respiro, verso a verso. El nombre en inglés no obedeció a ningún complejo, sino a que en español sonaba trillado, y, además, a que en Perú existía un plato de comida popular con igual nombre. Airport, en cambio, era un nombre cuya pronunciación en inglés, de saque, me invitaba a la extrañeza.

 

¿Qué relación tiene su trabajo creativo-investigativo previo a Airport y su trabajo creativo-investigativo posterior? ¿Cómo lo hilvana con su experiencia de peruano y su memoria personal de lo caribeño dentro de Puerto Rico y Perú?

En realidad, siempre he tenido proyectos literarios abiertos que discurren imbricados como los hilos de una gran trenza. No acabo un proyecto y luego empiezo otro. Es más, creo que todos mis proyectos ya los he empezado y que lo único que hago cuando la musa aparece es nutrirlos. Será por esto que, cuando empiezo o corrijo algún poema, advierto que encaja (pertenece) a algún proyecto existente. La vivencia de turno es quien decide a qué proyecto saltar, sin un orden o plan preestablecido; soy un saltamontes travieso y emocional.

En Perú escribí bastante, sobre todo poesía, aunque nunca publiqué ningún libro sino, apenas, algunas plaquetas artesanales. Cuando viajé a Puerto Rico, lo hice con la inocente convicción de ignorar mi literatura, pues temía que, por dedicarle mi tiempo, descuidaría mis responsabilidades académicas y perdería la ayuda económica, y volvería a Perú antes de tiempo oliendo a fracaso. Pero, irónicamente, una vez que cogí el ritmo académico, pleno de confianza, hice más literatura que nunca; bueno, nutrí y corrí los proyectos abiertos.

Mi trabajo creativo, dentro de la línea temporal Perú-Puerto Rico-Perú, es en realidad un continuum, un único proyecto hecho de otros proyectos. Y Airport, como parte de este continuum, resultaría ser un proyecto antiguo ampliado por los influjos de la otredad, de la lontananza, del desarraigo; en suma, de mi caótica danza vivencial en la Isla del Encanto.

 

Si compara su crecimiento y madurez como persona, docente, investigador y escritor con su época actual en Perú, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo-investigativo? ¿Cómo ha madurado su obra? ¿Cómo ha madurado usted?

Mi estadía de nueve años en Puerto Rico me regaló algunas certezas, no inamovibles, pero certezas: en el extranjero: 1) el Perú se achica; peruanos de lugares tan distantes, que en Perú jamás se habrían siquiera cruzado, se abrazan como viejos vecinos; 2) los peruanos se tornan expertos en historia y realidad nacional, hasta quienes en Perú reprobaron el curso de historia del Perú o les importaba un bledo el devenir nacional; 3) cuando la estadía se alarga, en algún momento la mirada condescendiente del turista termina y empieza la mirada crítica del lugareño; 4) no son ni la distancia ni el tiempo los que duelen y castigan, sino el no poder volver al terruño con la frecuencia anhelada; 5) no es posible sentirte del todo un lugareño aunque te quieran mucho. Estas certezas, sin duda, me obligaron a madurar, y maduraron mi trabajo creativo; me dieron alas, abrieron mi adormilado ojo.

Ya en Perú, no he vuelto a escribir poesía nueva, salvo versos sueltos y breves poemas coyunturales que he guardado en un documento llamado Alforja. ¿Y las lecturas poéticas y los poemarios publicados desde entonces? Son sólo leve trabajo, casi cosecha exclusiva de un sembrío antiguo. Esto ha contribuido a que no se notara mi retiro, mi bloqueo creativo e involuntario. De este retiro prematuro, aunque no tanto, descansan en mi laptop, cual despreocupados vestigios, dos poemarios, Guatopa y Trilla, aparentemente concluidos, cuyas génesis se hunden en los albores de mi creación literaria. Advertir el hastío creativo o avizorar su techo quizá sean signos de cierta madurez.

Si hay alguna diferencia entre mi trabajo en Puerto Rico y Perú podría ser, además de dejar la poesía ─hasta que despierte─, el corregir los proyectos abiertos, desprovisto de la carga emocional que insufla la nostalgia, azuzado por la sutil nostalgia inversa; esa que se activa cuando dejas el lugar donde te abrazaron con ternura.

 

¿Cómo visualiza su trabajo creativo-investigativo con el de su núcleo generacional de docentes, investigadores y estudiantes con los que comparte o ha compartido en Perú, Puerto Rico y fuera? ¿Cómo ha integrado su trabajo creativo-investigativo a su quehacer de docente e investigador y su trabajo escrito de interés y cruce entre Puerto Rico, América Latina y el Caribe?

La literatura, la música y la física han discurrido imbricados como los hilos de una gran trenza, también, desde siempre, en todo espacio. Los grupos en los que he compartido mi desconcentrado interés han existido incomunicados, invisibles los unos a los otros; especialmente respecto al grupo de física, debido a su naturaleza objetiva, lógica, racional y “fría”. En cada grupo he jugado un rol que casi nunca he abandonado, que no sea para mudarme a otro grupo, salvo contadas excepciones patrocinadas por algún explícito curioso. Y sucede así porque reina el castrador “zapatero a tu zapato”, que yo ignoro sin proponérmelo. Gracias a la vida, me muevo con comodidad en estos mundos aparentemente disímiles, aunque tardara en comprender y aceptar que no era una contradicción. La física y la literatura, por ejemplo, brindan sólo dos marcos diferentes desde los cuales observar, abordar y recrear la realidad, dos lentes. La separación de las humanidades y las ciencias, útil sólo por/para cuestiones pedagógicas, ha concedido al ser humano el derecho o la absurda licencia ─excusa─ para enorgullecerse de ignorar una u otra área del conocimiento.

Mi trabajo en física, en la docencia y en la literatura, si bien los desarrollé sin problemas, nunca los integré, no al menos de manera consciente, premeditada, y no porque sean mundos disímiles en sí, como se vocea, sino porque no me nace. Más de una vez me han preguntado con tono de reclamo: ¿por qué no escribes ciencia ficción?, ¿por qué no escribes cuentos o poemas sobre temas científicos o científicos?, ¿por qué no musicalizas tus cuentos o poemas? Y siempre venía a mi auxilio la ingenua respuesta: no me nace, no me gusta. Prefería, quizá, sin alguna razón aparente, mantener la independencia de cada área; navegar en ríos que no se cruzan. Aunque en la docencia universitaria parecen integrarse sutilmente las leyes de la naturaleza y el método riguroso, las competencias ficcionales y escriturales, el ritmo y la cadencia; las tres áreas.

Hoy, que me he instalado en Semán, Lunar de Arrozales, un pequeño centro poblado de Guadalupe, en la costa norte del Perú, no visualizo nada sobre mi trabajo creativo y su futuro, si acaso lo tiene; pensar que alguna vez me quitó el sueño. Lo que sí veo es que he vuelto a mi terruño, como la cabra vuelve al monte, para alejarme tanto como pueda del mundillo letrado y su in(fra)humano ruido, sin llegar a ser un anacoreta; prefiero perder la mirada en el horizonte de cerros, en el crepúsculo campesino, en los caminos, en los sembríos... Pensar que la literatura, en tanto creación, para que corra y se hunda en los ojos extraños, atentos o desprevenidos, urge del permanente cacareo, de las membresías plásticas, de las cofradías, de la indignación. Lo siento, pero me he desengañado, no de la literatura, sino de su decadente ecosistema; especialmente de sus habitantes los creadores, a quienes, salvo contadas excepciones, después de conocerlos he preferido no haberlos conocido. Más alumbra el ego que la flor de la creación.

No visualizo, desde las orillas del arrozal, mi trabajo más allá de mi comarca peruana, más allá de mi comarca borinqueña. Latinoamérica, como espacio lector, no está al alcance de mis textos ni de mis manos, y no lo digo por humildad, sólo estoy amordazando a mi ego.

 

Ha logrado mantener una línea de creación-investigación enfocada en la poesía, la matemática, la física y la química. ¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo-investigativo dentro de Perú, Puerto Rico y fuera, y la de sus pares?

Con suerte, o porque no puedo dejar de ser lo que soy, he continuado trabajando con actitud de saltamontes en las tres áreas principales en las que me muevo con cierta responsabilidad y holgura. La física se robustece cuando ejerzo la docencia universitaria; la música, cuando compongo o difundo mis canciones; la literatura, cuando escribo o publico algún texto. Eso sí, repito, estas tres áreas corren como ríos que jamás ─nunca digas jamás─ se tocan.

En Puerto Rico mi trabajo ha tenido al menos un poco de visibilidad gracias al abrazo del colectivo literario El Sótano 00931. El colectivo me dio lo que me faltaba en la lejanía, un sentido de pertenencia, un sentimiento de compañía; abolió el sentimiento de soledad, abonó el terreno de la creatividad; fue crucial, entre los sotaneros, el cruce fluido de textos, la lectura y la crítica constructivas; fue crucial ser parte viva del colectivo y de su proyecto, mas no sólo decoro. Es menester explicitarlo; sin esta membresía extendida, aunque no fuera puertorriqueño, no hubiera publicado en varios números de su revista epónima, no hubiera ido por la isla con el histórico junte Degeneraciones, no hubiera participado en los recitales sotaneros, no hubiera tenido que ver con su aventura en el ciberespacio, no hubiera sido incluido en Los rostros de la hidra y La escalera del cerbero, antologías de poesía puertorriqueña; no hubiera quedado colgado, quizá, mi trabajo en la atmósfera literaria puertorriqueña.

En Perú, creo que he tenido suerte dentro del feroz y desleal mundo literario; sin tener que indignarme, que es lo que más valoro, me han publicado tres libros, que no es poco, si pienso en mi personalidad: Airport, El cazador de pavos y Manual del buen borracho ─aquí fungí de descubridor y editor─; sólo mi primer libro, Nostalgia de barro, fue edición de autor, por aquello de amansar mi ego y difuminar mi pronunciado anonimato. De esta manera, si mi público lector no creció, al menos se tornó más concreto, pues los libros tradicionales, gracias a la gestión de los editores, principalmente, se fueron colando en las ferias, que son como los cumpleaños, y en los colegios de nivel secundario, como parte de los populares, aunque manoseados, planes lectores.

La crítica no ha llovido, pero ha goteado; ha sido escasa, pero aleccionadora; eso sí, el Manual del buen borracho (Editorial Infolectura, 2019) ─libro que armé con los apuntes de mi extinto amigo nuyorican Braulio de la Barra─ sigue siendo (so/pre)juzgado, creo, por su irreverente título; aquí, el “no juzgar un libro por su portada” o su título se fue al carajo. Algunos de mis textos, sin mi intercesión, han sido considerados en selecciones como Antología general de la poesía en La Libertad, Relatos selectos o Leyendas de La Libertad.

Los recitales, publicitada tarima donde danzan a sus anchas los egos tísicos y ávidos de luz, no creo que hayan ampliado significativamente mi público lector, pues casi siempre han servido para leernos las manos entre gitanos, digo, entre pares. Bah, mucho ego, mucho escritor, poca literatura.

 

Sé que es usted de Perú. ¿Se considera un escritor peruano o no? O, más bien, un escritor latinoamericano, sea éste peruano o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?

Sí. Pues, si digo que soy un “escritor” peruano, implica que soy latinoamericano, pero si digo que soy latinoamericano, no implica que soy peruano, a menos que lo explicite. Soy, digamos, un peruano de Latinoamérica, del mundo. Y en consonancia con Rainer Maria Rilke, perdón, don José Luis González, mi verdadera patria es mi infancia, esa que se ensanchó en/con Puerto Rico, pero sin cambiar su médula, su núcleo. Siempre he creído que, sin sucumbir al chovinismo, si tu identidad cultural es recia, la asumes, la promueves, la defiendes, no la niegas, no la mimetizas, no la maquillas, no la abandonas, no se tambalea, no titubea; pues, como bien dicen, la identidad cultural cobra real sentido frente al otro, y, creo, además, se robuste.

Nunca he tenido las agallas ─léase desubicación─ ni la necesidad de autodeclararme puertorriqueño, aunque tras nueve años viviendo en Borinquen se me otorgaría la licencia sin aspaviento. Y no se contradiría con el sentirme, al margen de que lo sea o no, una pizca, al menos, del proceso literario puertorriqueño. Es inevitable en este momento no recordar que en 2004, cuando se fraguaba la antología Los rostros de la hidra (2008), y se decidió incluirme, algunos escritores boricuas pusieron el grito en la palmera. ¿El sesudo argumento? Que yo era peruano, y que quizá no me quedaría a vivir para siempre en la isla. Y era cierto, especialmente lo último, pues ni yo lo sabía; vivía despreocupado oyendo a los coquíes y punto, sin cuestionar mi estatus ni mi futuro. Imagino a dichos escritores diciendo ahora: ya ves, la razón me asistía; mientras la pregunta ¿cuánto tiempo debes vivir en un lugar para ser un lugareño? continúa rondando oronda y huérfana entre la bruma del mar caribeño.

 

¿Cómo integra su identidad étnica y de género, y su ideología política, con o en su trabajo creativo-investigativo y su formación en Puerto Rico y Perú?

Recuerdo que en Mayagüez, en la oficina de estudiantes graduados, de vez en cuando sacaba mi quena y me ponía a tocar alguna melodía a bajo volumen. Y cierto día, uno de mis compañeros de estudios, boricua él, no pudo resistir más la curiosidad y, desde la puerta de mi oficina, me espetó la memorable pregunta: “Robert, ¿de qué tribu de Perú tú eres?”. Sonreí con incredulidad, pero cuando advertí que la pregunta había sido seria, sólo atiné a explicarle que a ninguna; luego, seguí tocando mi quena. No lo culpé por el atrevimiento, y más aún cuando recordé que yo lucía una melena bruna y larga y, para remate, portaba un morral de colores vivos. Eso sí, pensé: ¡Carajo, mucho documental de Discovery Channel! Esta embarazosa anécdota le avisó a mi conciencia, por primera vez, que mi identidad autoasignada no empataba necesariamente con la que me asignaba un extranjero.

Llegué a amar y valorar tanto la cultura puertorriqueña que, a los pocos años de estadía, cuando mi mirada de turista llegó a su fin y dio paso a mi mirada de lugareño, es decir, a la mirada crítica, me atreví a meter la cuchara en temas sensibles; esto me granjeó en un bar, recuerdo, con la gracia que en su momento carecía, un puñetazo y un baño de licor cortesía de un boricua que vociferaba que yo no tenía derecho a opinar de política, y menos “en contra de”, por no ser puertorriqueño. Aquí, a la distancia, lamento que mi puertorriqueñidad casi no se registrara explícitamente en mi literatura; más pudo mi afán de registrar mi peruanidad que se había robustecido. Esto explica, quizá, el que no adoptara el acento boricua ─hay peruanos, por ejemplo, que se van a Chile una semana y regresan a Perú hablando chileno─; el que no integrara a mi léxico los giros y vocablos boricuas, sino por razones comunicativas y de respeto; sí, porque si algo tengo claro es que jamás fue por resistencia chovinista.

En política estoy más cerca de la izquierda, pero no parece porque soy (su) crítico, y más aún cuando desde esta postura se sucumbe en la práctica nefasta del “espíritu de cuerpo” y de la ideologización sistemática, que alumbra un ejército de acólitos, inconsecuentes, miopes o ciegos. Prefiero la huidiza justicia que el burdo igualitarismo, la imperfecta democracia que la inhumana dictadura, el diálogo alturado que las cobardes armas...

Mis creencias, mis certezas, mis virtudes y defectos, mi nobleza y mi bajeza, no los he integrado como tarea o mandato explícitos en mi literatura, menos como deuda endosada por terceros, pero sí, y no tengo duda, como trasfondo, atmósfera, sustrato; ya de reojo, ya de soslayo; ya que es imposible despojarme de mi alforja vital como si de un costal de papas se tratara, es imposible dejar de ser yo mismo en el proceso creativo, aunque podría autoengañarme fácilmente. Prohibido olvidar: 1) lo que más vadeas, toreas, callas, es lo que más confrontas, enfrentas, registras; 2) no porque adjetives a tu literatura de social, religiosa, infantil, por ejemplo, lo sea, y tú, por añadidura, seas un ser social respetable, un religioso puro, un fino sensor del pulso infantil; la literatura, es debatible, no admite adjetivos; se defiende y autosostiene sin adornos taxonómicos. Dispongo como dos débiles argumentos Nostalgia de barro y Airport, mis poemarios (re)tocados o rehechos bajo la “gravedad” de mi experiencia tanto peruana como puertorriqueña.

 

¿Cómo se integra su trabajo creativo-investigativo a su experiencia de vida tras su paso por la Universidad de Puerto Rico? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de docente, investigador y escritor en Perú hoy?

Durante mi bachillerato en la Universidad Nacional de Trujillo, nunca pensé en salir de Perú, pues creía que no era necesario para ser un buen profesional. Si eso creía en 1996, cuando en Perú el acceso a la Internet apenas asomaba, no es difícil colegir lo que creo ahora que la Internet se ha democratizado y ha transformado al mundo en una aldea global, en un Semán de ceros y unos. Pero, no obstante mi creencia, uno de mis profesores me animó con el argumento, real o inventado, de que me merecía algo más que el diploma de primer puesto que me expidió mi alma mater: Loco, eres premio de excelencia, tienes que hacer tu posgrado en el extranjero; lamentablemente con eso te valorarán más cuando vuelvas. Y lo intenté de mala gana, y más aún debido a la precaria situación económica. Ser aceptado en la UPR y luego viajar, fue todo un acontecimiento, no sólo personal, sino también familiar y hasta de mi pueblo, digno de un cuento.

La UPR fue gravitante en mi desarrollo integral. Ya liberado del miedo que me daba perder la ayuda económica si obtenía bajas calificaciones, a la par de mi posgrado me dediqué a la creación musical y literaria. En este trance conocí en el campus universitario tres grupos que, cada cual a su propia medida, no permitieron que me sintiera un paria; en literatura: la Sociedad Latinoamericana de Literatura (Mayagüez) y El Sótano 00931 (Río Piedras), y en música: Los Renuentes (Río Piedras). Sin caer en la exageración, podría decir que la UPR fungió de mecenas subrepticio.

Volví a Perú con mi maestría en física y mis estudios doctorales concluidos en física química bajo el brazo, y, sobre todo, con las ganas de devolverle un poco de lo que me había dado o había invertido en mí: ¡dieciséis años de estudios gratuitos! Volví con un corpus literario crecido, remozado, quizá maduro. Volví con algunas de mis canciones grabadas en estudio. Volví con la llave que me abriría puertas; el complejo de “lo de afuera es mejor que lo de casa” y el codiciado sueño americano ─que según mis allegados lo dejé por sonso, y que, otra vez, Dios le daba barba a quien quijada no tiene─ jugarían a mi favor, en pared, en dúo.

A pesar de haber dejado Puerto Rico hace dos décadas, con la convicción o resignación de que nunca volvería, nunca lo dejé; continúa resonando y gravitando en mi vida, gracias al motor de la nostalgia inversa que alborota mi memoria y me estruja el corazón.

 

¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo-investigativo y a la temática del mismo? ¿Cómo ha variado?

En 1998, debido al acceso ilimitado a Internet en la universidad, una vez que le cogí la viada a mis estudios graduados les saqué la vuelta al sistema y a la física, y me aboqué a difundir mi trabajo literario en páginas, chats colectivos, correos electrónicos masivos. Incluso aprendí a programar en HTML para crear mi página web, así como las de Guadalupe y Semán. En 2006, ya en Perú, con la Internet democratizada por las cabinas públicas, y luego por los celulares, pretendí difundir mi trabajo en blogs, MSN, Facebook, WhatsApp, aunque evitando ser invasivo. Esto amplificó y esparció mi cacareo existencial que se atascaba en el guargüero, y para no mucho más, creo.

Si bien me subí al tren de las redes sociales y me adapté a su dinámica veloz y volátil, resulta curioso que hoy, dos décadas después, cuando las redes sociales son populares, no me desviva por difundir mi trabajo literario en ellas. Será que soy, en realidad, un jurásico o romántico que aspira a un lector más concreto, más clásico, menos etéreo; a un lector que reciba mis libros con olor a polilla más que a silicio, y como soñar no cuesta nada... Hoy, lo siento, pero me conmueve ver a un escritor colgando con esmero sus poemas o cuentos directamente en un post de Facebook a sabiendas, ¿o no?, de que casi nadie se detendrá a leerlos con interés genuino; me conmueve su fe depositada en un lector azaroso, circunstancial, distraído; eso sí, me conmueve menos cuando postea un enlace que llevará/invitará al lector a un espacio más sosegado e íntimo.

La temática de mi poesía, más que variar, se ha detenido. Van dos décadas que no escribo un poema desde cero. El (pre)sentir que (re)escribía el mismo triste poema, ¡oh, pleonasmo creativo!, y el adiós definitivo a Borinquen, parece ser que ahuyentaron sin piedad a mi musa. Ah, y dado que mi poesía se funda en mi terruño y la identidad cultural, cada vez luce más lejana, anticuada, anacrónica.

La recepción de mi trabajo, soy realista, no goza de buena salud, no obstante mi esfuerzo; sucede que la recepción de una obra depende más del aparato de promoción y de cómo el autor se mueve ─maneja sus relaciones (anti)sociales─ dentro del mercado que de la calidad literaria. Ah, y como no sirvo, y me apena que así sea, para menesteres extraliterarios, como tampoco para ser un chupamedias, estoy ─casi─ condenado al fracaso.

 

¿Qué otros proyectos creativos tiene usted pendientes y recientes?

Mis proyectos poéticos se cerraron hace dos décadas, aunque ignoro si sólo son volcanes dormidos; los narrativos siguen abiertos. Recuerdo que poco antes de dejar Puerto Rico, cuando coqueteaba con la renuncia poética revocable y no pensada, como salvavidas cayeron en mis manos los apuntes de mi extinto amigo Braulio de la Barra; escritos irreverentes, jocosos, no aptos para cucufatos; que tenían lo que no tenían mis poemas. Con fe y gozo me dediqué a darles forma de libro hundido en la noche, entre sorbos de cerveza y jaladas de cigarro; así resultó Manual del buen borracho, que vio la luz después de década y media sólo para dormir en estantes y en cajas de cartón. El encuentro con los apuntes de Braulio de la Barra fue un buen pretexto para instalarme en la narrativa, reducto amplio y fresco, que, aunque corría paralela a la poesía, aguardaba un poco más de mi atención.

Creo que el proceso literario se cierra con la lectura, y discrepo de ese malditismo trasnochado, pose o más bien despecho, que grita: yo escribo para mí, no me importa que me lean... Por lo tanto, como proyecto pendiente, aunque no sea creativo ni literario, es la publicación de Guatopa y Trilla, dos poemarios sobrevivientes, otros dos y últimos pleonasmos creativos; así como la publicación de los cuentarios Breves historias de mi pueblo, Cuentos del arrozal, La palabra del nudo...

El proyecto que más me ocupa actualmente es musical. Aspiro, con el grupo Los Jara, dejar el mejor borrador posible, aunque no profesional, de mis composiciones de tierra adentro. Espero, aunque no se condiga con “No esperar Jara; no esperar te inaugura”, que la esclavitud moderna y el reloj sean benévolos en mi Semán, Lunar de Arrozales; que el reloj se ralentice hasta que el crepúsculo rojizo sea único.

Perdón por la digresión, pero me asedia un proyecto, aunque no creativo, revitalizador, que al dejar Puerto Rico consideré cerrado, por imposible en ese momento: visitar la isla, una vez más, y bañarme en sus playas de postal; y comer un mofongo, un arroz con gandules; y beber un pitorro, una Medalla bien fría en un tradicional chinchorro; y bailar una bomba, una salsa dura en la húmeda arena; leer unos poemas con Julia de Burgos, con Juan Antonio Corretjer, a la sombra de una ceiba; y, sobre todo, abrazar a quienes me abrazaron y jamás creí volver abrazarlos.

¿Proyectos pendientes? Sí, cerrar los proyectos abiertos.

Wilkins Román Samot
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