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Poemas de Claudia Bravo Martínez

miércoles 5 de marzo de 2025
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La daga verde

No lo sabía,
estaba ignorante de ello.
Los veinte estaban a pasos largos de llegar
cuando vi la verdad.
Esa.
La realidad,
brillante y filosa,
una preciosa daga
dispuesta a atravesarme el pecho.

Nunca el verde fue tan profundo.
Ni tan arrogante.
Ni tan amoral.
Ni tan falaz.

Nunca.

¿Cómo?
Ha pasado el tiempo y la pregunta me angustia.
Pero fui caminando hacia todo aquello,
hondas periferias me aprisionaban.
Estaba ignorante de ello.

Sí,
aquel verde aparentaba contención,
un espacio donde podría vivir feliz para siempre...

La daga entró en mi pecho de pronto.
Fue algo tardo
incluso agradable.
Asumí el dolor como el que,
creí,
era el amor.

Me mataba
y,
a la vez,
no tenía misericordia de mí.

El verde se oscurecía ante mí,
sostenía aquella arma con fuerza,
no terminaba con eso pronto
¿Su deseo?
Una muerte eterna.
Pues su poder residía ahí,
en la ambigüedad del bien y el mal.
De la vida y la muerte.

La sangre era un mar.
Ahí flotábamos rápidamente.
Sólo deseaba ahogarme en ella...

Verde...
Rojo...
¡Todo era desilusión!
¡Todo era destrucción!
Y al concentrarme en el verde
noté la verdad,
la realidad.
Esa.
Toda yo a merced del demonio.
El demonio que desde niña me quiso.
El demonio que resolvió no dejarme ir...

Y hoy,
sin saber cómo pude dejarlo atrás,
me encuentro en una planicie vacía,
observando hacia atrás el desastre de una guerra
que no debió suceder.

Tocando la cicatriz en mi pecho
soy consciente
de que nunca seré como otros,
que siempre será otoño en mi vida.

No habrá pasaje en ella
que no sea como una hoja seca.
Enferma y quebradiza.
Siempre en peligro de hacerse polvo
Y desaparecer inevitablemente...

 

Mariposas negras

Hay mariposas negras,
están por todos lados.
Los bordes de sus alas,
paradójicamente,
se encuentran iluminados
por la más bella de las luces.

De pronto,
llegan hasta mí,
me rodean,
parecen querer hipnotizarme,
esconderme en un sueño profundo.
Algo tentador.
Algo desconocido.

No paro de observarlas.
El batir de sus alas
¡Tan delicadas!
Abandonan la estela de luz.
Veo en ella la imagen.
La que era.
La que ha muerto.

Una voz en mi mente dice:
“¡Resucítala!”
Las mariposas parecen volar más rápido.
Entonces ese color
¡Cómo me atormenta!
Me abraza.
El dolor,
todo él y yo,
capturados en un recuerdo de ceniza
que se va por el viento.
Dormir.
Soñar sin salir de ahí.
Caer en el batir iluminado
de las mariposas negras
jamás vistas por nadie.

Si sólo entendieran la intensidad,
esta pasión,
o las palabras escritas
en hojas escritas por doquier.

¿Quién llegaría a espantar el poder absorbente?
¿De estas mariposas en mi cuerpo?

 

Las puertas

¿Sabes cuáles son las puertas?
Las puertas.
Los pasadizos hacia aquel lugar
un espacio infinito,
más allá del cuerpo
exteriorizado de la mente,
el alma,
el espíritu.

¿Cómo caminar hacia allá sin herirme los pies?
Voy descalza.
Mis ojos enrojecidos
delatan el llanto de la noche anterior.

Cientos de oscuridades,
lunas negras
siendo testigos de un dolor transfigurado.

¡Llévame!
¡Por favor!
Tómame de la mano,
no la rechaces
debo tener un guía que me lleve hacia aquellas puertas.
Y entrar,
Entrar...

¿Volver?
No sé.
Las preguntas sobran,
nada más llévame,
poco importa si regresaré.
La soledad no funciona para llegar a ellas.

¡Tú puedes guiarme!
¡Estuviste ahí!
Pero no lo notaste.
Entonces te vi,
salías de una de las puertas.
Por eso quise ir,
estar en ese lugar.

¿Que si volveré?
¡Ya te dije que eso no me importa!
Ahí es donde quiero estar
y sentir
y abrir el pecho para gritar.

Sólo llévame a las puertas.
No pido más.
Nada,
Nada más.

Claudia Bravo Martínez
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