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La mecánica del alma, de Carlos Arturo Arbeláez Cano
(selección)

viernes 21 de marzo de 2025
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Demócrito de Abdera planteó hace 2.450 años quizás la primera reflexión sobre la existencia de la materia, describiéndola como la sumatoria infinita de pequeñas, pequeñísimas partículas, una al lado de la otra, pero separadas infinitesimalmente por la nada, por el vacío.

Aunque ya la física cuántica dividió el átomo en partículas aún más pequeñas, el “vacío”, entre esas partículas cuánticas, algo contiene. En esa “nada” se aloja algo, infinitamente más grande, que propicia el movimiento de la materia, su transformación, su metamorfosis, sus ligas, enlaces y campos magnéticos. Algo que anima la materia, una energía que le da forma, conciencia y razón de ser a la existencia; el alma es energía anidada como vacío entre los infinitos intersticios de la materia, así que no es extraño para el poeta buscar explicaciones de cómo funciona el alma, cuál la “mecánica del alma”.

La mecánica del alma es el objeto del poeta y de la poesía misma, puesto que el alma anima lo invisible, comenzando por la exploración de una circunstancia, convirtiéndola luego en emoción y, desde allí, en descripción y materialización de la simpleza, de lo más cotidiano hasta lo más complejo de la vida, y todo gracias a la palabra. Ya Emil Cioran nos explicó que es por la melancolía que los ruiseñores cantan y no eructan. Del último poemario del escritor manizaleño, compartimos una selección de poemas desde el alma.


“La mecánica del alma”, de Carlos Arturo Arbeláez Cano
La mecánica del alma, de Carlos Arturo Arbeláez Cano (El Arcano, 2024). Disponible en Amazon

La mecánica del alma
Carlos Arturo Arbeláez Cano
Poesía
El Arcano Editores
Manizales (Colombia), 2024
ISBN: 979-8345143322
82 páginas

Pasos perdidos

De los pasos perdidos,
sinsabor del olvido sólo queda.
Agreste, pareciera acudir a la memoria
el repaso del alma por la herida.

Vencida en las tragedias,
cobra el alma, a su manera,
lo que la fuerza en el corazón
permitió resistir.

¿Quién se quiere acordar de la tragedia,
de la ausencia de muertos sin mortaja,
del pavor de la ráfaga y la herida
por donde fue ausentándose la vida?

 

La llave

La llave gira...
Sangra su encierro por la cerradura
con un gemido creciendo desde la soledad
y desde la zozobra de la ausencia.

He llegado a mi lar
y la puerta resiste mi presencia.

Mi casa es una dolorosa despedida
que hace sollozar a mi propio destino
por la ausencia de imposibles presencias.

 

Sed

Temblando en el ápice de la última hoja
una gota en suspenso penaba
por evitar caer sobre la tierra herida.

El resumen del agua en una gota trémula
era en realidad un gran diluvio
sobre una tierra enjuta, seca y flaca,
asediada por vientos milenarios.

Ya sus hijos habían olvidado
el sabor de la sed
y su dulzura.

 

Despechado

Se balancea...
Como si fuera péndulo en una noche aciaga...
El borracho se aplica concentrado en la penumbra,
mientras su puerta pasa en frente a su ceguera;
es otro giro lento intentando escapar
al lance de la llave que amenaza al cerrojo
para que le permita transitar al hechizo
del despecho.

 

Murió en abril

A la hora del crepúsculo incendiado,
nadie notó, en ese abril, que nos faltaba.

Sólo cuando la joven mujer lloró por el fantasma,
entendimos que también nosotros lloraríamos
por el noctámbulo que no podía dormir,
pero velaba,
flotando por el sueño de la casa.

Entonces entendimos que los muertos
que tanto habíamos querido seguían vivos,
y en la casa tranquila podían reposar,
por fin, nuestros recuerdos.

 

El viento y la paloma

a Rafael Alberti

El viento cambió su rumbo:
en vez de ir al norte, fue al sur.

En vez de venir de oriente
se perdió por el poniente.

Su estación no era el otoño:
huía de algún invierno.

No era en abril su descanso
ni su bravura en agosto.

No venía de sotavento,
buscaba su barlovento.
Era una confusión
de alegrías y tormentos.

Batió con fragor la higuera,
el guadual, la cementera,
la paloma se perdía
volar ya no era su anhelo.

Carlos Arturo Arbeláez Cano
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