
Dioses y monstruos. 29 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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Uno cuando pollito entiende poco y juzga rápido. El juez llegó trasladado a Joyeco, en compañía de Amira su mujer, de manera que debieron dejar la familia, unos hijos ya grandes que estudiaban en la universidad, en la capital de Babia.
Llegar a un pueblucho después de vivir en la ciudad tiene sus sacrificios y máxime si se trata de puestos oficiales, porque no suelen darte a elegir; simplemente, un procurador dice que te muevan y te mueven y ya.
El tema es que el doctor era un buenazo y parece ser que esa bonhomía suya se reflejaba en sus fallos y esto no era bien visto en las altas esferas del poder judicial, desde donde lo traían entre ojos y, quizás pretendiendo hacerlo renunciar, lo trasladaron, como dije, para Joyeco. Pero él, con la misma paciencia del sabio, aceptó venirse, y su mujer que lo quería le siguió los pasos.
Acá encontraron rápidamente amigos y ella, en particular, hasta unas aparentes cómplices, de modo que al año ya estaban adaptados, y entre sus nuevos conocidos apareció un chocuano muy enigmático pero solícito con ellos; les hacía vueltas y mandados, y ellos en pago le daban jugosas propinas. Le tomaron confianza y a tal punto que cuando iban a ver los hijos a la capital le encargaban su casa llena de porcelanas y esculturas, que eran de buen gusto ellos, y por eso no deja uno de extrañarse por lo que pasó después.
No se sabe en qué tratos andaba el medio moreno con otra paisana suya avecindada acá, de la cual decían que hacía efectivos filtros de amor y otras “cochinadas”, o que Amira, porque la carne es débil, se encaprichó de él. Lo cierto es que de la noche a la mañana le ofreció morada y sueldo y palique. O eso decían las lenguas largas de mi suegra y mi esposa, que llegó a ser cómplice del matrimonio y al principio se ruborizaba contando lo que estaban permitiendo.
Supimos pues que el “Negrito”, como terminaron llamándolo a él, tomó posesión de la casa y, fuera porque no quería congeniar con nadie o porque temía que lo pusieran en evidencia, no daba cara a las visitas y se hacía el loco por no saludar cuando las mías se lo encontraban en la calle.
Tenía un encanto el negro, sin duda, los ojos verdes y el cuerpo fuerte sin ser musculoso como un árbol de guayabas.
El tema es que mientras tanto el señor juez no decía nada o se hacía el muerto ante la situación. Nos figuramos que él estaba demasiado ocupado en sus labores para ver de lo que hacían con sus vidas su amada esposa Amira y su “criado” Leopoldo.
Pero mi suegra y mi mujer, que eran las cámaras de video de la época, sí quisieron saber a fondo y ver qué tan honda era la relación entre los dos, de modo que se las ingeniaron para quedarse y ver lo que ocurría de noche en esa casa. Simularon irse después de una visita y osadamente se ocultaron en el cuarto del rebrujo y esto oyeron, porque al final no pudieron, de miedo, abrir la puerta entrecerrada, sino para fugarse después:
“Por tu poder, poderoso Changó, os invoco y convido a tus legiones espirituales, oh gran Putas, ancestro de mis ancestros, oh espíritus de Yambaó y Chambacú, os conmino a que juntéis fuerzas para proteger al doctor Álvarez, a Amirita y a mí, de los enemigos ocultos que viéndonos solos nos acechan” (aquí temblamos pensando que Leo nos había descubierto). “Te lo pido por la sal de mis huesos que aquí riego a su alrededor y el mío...”. “Ahora quitémonos la ropa y déjense solamente sus talismanes”. “Te pedimos que el doctor sea restituido a su cargo en la capital...”. “Ahora juntemos fuerzas nosotros a ver, abracémonos, unámonos, seamos un solo espíritu, una sola carne, así, así...”. “Por el poder de Yemayá os pedimos que les esté yendo bien a ‘nuestros’ hijos y triunfen en sus estudios, atiende a tu orisha, por medio mío, y atraviésanos con tus venablos de fuego... así, así...”.
Como pudieron, asustadísimas y arrepentidas de su osadía, las mías escaparon por el patio trasero; haciendo malabares ganaron la tapia y escaparon.
Después no supieron qué hacer con esa información, porque en sí no habían visto nada, sólo oído esos nombres tan raros y sonoros, y esas formas periclitadas del exhorto, en vilo, entre el rebrujo que, de sobremesa, olía a diablos, según ellas.
De tal forma que cuando Leo pasaba por el frente de nuestra casa, y les echaba el ojo, se hacían las de la vista gorda, sin poder sostenerle su profunda mirada hechizadora y muertas de susto por saber que él era un santero yoruba capaz de seducirlas a través de orishas... “Y qué tal que se nos meta ese diablo ojiverde en el cuerpo y nos dañe el hogar, porque todo podrá ser nuestro Julio, menos cabrón”.
- Rasputín criollo - martes 27 de mayo de 2025


