
Dioses y monstruos. 29 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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Para ORT. Donde estés, hermano.
—¡Hijo de prostituta y de ladrón!
Cuánto quise habérselo gritado mientras se iba, tembloroso, llorando, mirando al piso. Gritárselo hasta que el desgarro en la garganta me obligara a callar. Pero hacerlo habría sido regalarle una victoria: también esa frase la aprendí de él, de su manera de hablar, de ese poema en que un bohemio solitario y un muchachito pálido se encuentran, se pierden, se refugian en medio de un puerto triste.
Lo que nunca sabrá: soy el único de la clase que lo aprendió de memoria:
...Se llama Roby Nelson, flor del barrio,
que va de muelle en muelle, de vapor en vapor,
este chico vicioso de cabellos de eslavo
vende cocaína y amor.
Es hijo de la noche y huésped del suburbio,
hoja de Buenos Aires que el viento arrebató,
desperdicio del vicio, pobre pétalo turbio
que un arroyo se llevó.
Tal vez en un hospicio su cuna se meció
y es hijo de prostituta y de ladrón...
Hijo de prostituta y de ladrón, repetía y retomaba la lectura del poema, encendiendo de asombro a toda la clase, que lo escuchaba rendida. Aun los que hacíamos como que no escuchábamos.
No. Mentí otra vez: cuando se fue, no se fue llorando, ni mirando al piso. Se despidió de todos, con afecto. Ofreció disculpas. Dijo que asumía todas y cada una de las consecuencias de sus actos. Dijo que con cada palabra, hasta en sus peores equivocaciones, había tenido la mejor intención hacia nosotros. Siempre. Eso dijo. Hijo de prostituta y de ladrón. Lo peor: sonaba sincero. Creo que Daniela lloraba. Traidora. No era la única. Creo que hasta Federico estaba triste. Creí que en ese momento iba a escupirle a la cara toda mi rabia contra él y mi felicidad por su despedida. Mi triunfo, su derrota. Pero callé, miré a la ventana. A la nada.
Sabía que me detestaba. Era nuestro secreto, sabía que no soportaba mi cercanía. Desde el día de mi llegada al colegio, yo estaba fuera del círculo de sus afectos. Así soy yo; no me equivoco con las personas. Nunca pudo engañarme: por más que intentara ser imparcial, por más que nos tratara a todos de la misma manera, cálido en sus charlas fuera del salón, divertido en sus clases, amable y paciente al momento de corregir, me detestaba. Ambos lo sabíamos, aunque nadie más se diera cuenta, aunque dijeran que yo lo inventaba todo, me despreciaba y su desprecio hervía en mi piel, me hacía más fuerte. Su odio hacia mí, disfrazado de sonrisa, de interés verdadero, quemando mi alma. Su odio hacia mí, el mío hacia él, un tatuaje que se había dibujado entre su piel y la mía. Para qué demonios buscar entenderlo.
Ahora ya no tendríamos su clase en las semanas que nos faltaban para terminar el año. Ya no volvería a leernos historias con su voz de pirata. Daniela no volvería a mirarlo y Catalina no volvería, como las rubias brutas de las películas gringas, a cruzar las piernas y suplicar explicaciones. Catalina y su blusa de botones perdidos, quejándose de la indiferencia y seriedad de su profesor, que la miraba paternal, sonriente. Pero a mí no me engañaba su teatro, yo sé que cada noche soñaba entre sus manos y su boca todo lo que hay dentro de ese escote de diecisiete años. La diferencia entre los dos es que él jamás lo tendrá y yo ya lo tuve y lo volveré a tener cuando quiera, aunque ya no quiero. Catalina y sus lunares en los hombros. Tan típica, tan frasecita de cajón lleno de cosas bonitas, tan cliché: otra palabra que aprendimos con él.
Para que todo se entienda, tengo que contar el extraño caso del compás de precisión y su punta penetrante. Pensé en un libro que leímos en clase, El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde. Tal vez, sólo lo hice para dejarle claro que seguíamos en guerra y que yo iría hasta el final, hasta su destrucción. Habíamos leído varios testimonios de personas discriminadas por su apariencia, por su origen, por sus gustos o su manera de pensar. Hablábamos de las diversidades y de la necesidad de ver el mundo en colores. Al menos, eso decía él.
Al final de una clase, devolvió los trabajos que habíamos escrito y luego comenzó a leer uno en voz alta. Lo leyó completo, entonando acentos y haciendo pausas que el texto no tenía. Lo leía, lo mejoraba. No era gran cosa; en realidad, lo único que decía es que cada uno de nosotros es muchas personas a la vez, a veces monstruos, a veces ángeles. Pero cuando él lo leyó, sonó real, sonó importante. Terminó de leer y dijo mi nombre. Se acercó para entregármelo y una lengua de fuego babeó en mi oreja:
—Excelente trabajo, Mateo. Te felicito.
Todos aplaudieron, sorprendidos. Daniela me miró; sonreía. Quizá yo también sonreí.
Al otro día, Sebastián, Alejandro, Federico y yo, comenzamos a jugar con Camilo, el fenómeno, uno de nuestros monstruos favoritos, como le decíamos. Camilo está apenas dos cursos por debajo del nuestro, pero siempre está coloreando algún dibujo, como un niño de cuatro años. La tonta madre del pobre tonto tuvo no sé qué enfermedad durante su embarazo, o sufrió un golpe atroz, no lo sé ni me importa. El asunto es que él nació así y su cerebro nunca podrá ir al ritmo de su edad. Por eso, se la pasa bailando y riendo, sin darse cuenta de las burlas de los otros, ni de nada de lo que pasa en la vida. Sus padres decidieron que le hace bien asistir al colegio dos o tres días a la semana, aunque no sea sino para ver a otras personas, colorear con torpeza algún papel o aprender dos palabras en otro idioma. Dicen que jamás llegará a cumplir veinte años.
Ese día, Camilo nos contó que le gusta jugar al tiro al blanco y que tiene una tabla de dardos en la puerta de su cuarto. Nosotros le dibujamos círculos concéntricos sobre la camiseta y empezamos a probar puntería lanzándole marcadores de colores, intentando acertar en el centro, arriba del ombligo, pero los marcadores rebotaban en su barriga como soldados que fracasan en una misión importante. El idiota de Camilo solamente se reía, con la risa de los que no sufren, con la risa de los que no odian, con esa risa insoportable de los que jamás se angustian ante su reflejo en el espejo. La risa de los monstruos. Se nos terminaron los proyectiles y Federico propuso dejar al bicho en paz, irnos a jugar fútbol, o buscar a las peladas para hablar durante el tiempo que nos quedaba de descanso. Yo quería otra cosa. Mi mano buscó en mi mochila. Sabía bien lo que hacía, para qué volver a mentir. Busqué y encontré.
Lancé el compás con rabia y di en el centro. Mi dardo no rebotó, como un soldado de élite que cumple con su misión. El monstruo salió corriendo, gritando y llorando; desesperado, mientras el compás se movía, sin desprenderse, clavado en su panza. Mis amigos desaparecieron, como siempre. Vi que varios profesores corrían hacia Camilo y luego lo vi a él, al señor profesor, que en un instante le retiraba el compás de la barriga y lo abrazaba, sin preocuparse de manchar la camisa con lágrimas, sangre y mocos, antes de dejárselo a la enfermera para que le revisara la herida.
Un rato después, luego de oír el río de babas de la psicóloga escolar, de recibir mi formato de suspensión y la citación para mis papás, lo volví a ver en el pasillo, cuando regresaba al salón por el resto de mis cosas. Supe que me esperaba. Pensé que me latigaría durante horas, pensé que me destrozaría con las puntas de acero de los dardos en sus palabras. Sólo me miró a los ojos. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan decepcionado, dijo. Y se fue. Nada más. Miré su camisa. No había manchas de mocos ni de sangre.
Hacía mucho tiempo que no me sentía tan decepcionado. La mirada de Daniela decía lo mismo, palabra por palabra, en las tres semanas que estuvo sin hablarme. Supe que esto estaba muy lejos de terminar. Supe que pasaría algo. Supe que mi enemigo también se preparaba. Supe que recorríamos un camino sin retorno posible. Recuerdo sin dudarlo que me sentí feliz.
Lo que jamás le conté a nadie: el instante antes de apuntar y lanzar el compás, apenas durante unos pedazos invisibles de tiempo, unas pequeñas gotas de segundo, quise no haber soltado el dardo, haberlo retenido en mi mano, que se clavara en mí. Sólo en mí. Pero hay decisiones que ya están tomadas antes de que se tomen. Cada uno de nosotros es muchas personas a la vez. Algunos ángeles, muchos monstruos, supongo. Y las personas que soy me empujaron hasta lo que pasó.
Hijo de prostituta y de ladrón. Ese momento, el mundo quedó suspendido del hilo de su voz. No lo creí capaz. Estábamos en clase y, sólo para joderlo, me puse a jugar con una revista, riendo, haciendo todo el ruido que fuera posible, intentando involucrar a quien estuviera cerca en mi trampa de distracción, mientras él explicaba alguna mierda sobre Aquiles y Patroclo o algo así, cómo voy a recordarlo.
Sabía que podría desconcentrarlo, exasperarlo, pues era martes, el día más agotador de su jornada semanal. Era la última hora de clases, el último combate. Sabía que podía ganarle, pero vino, puso su mano sobre mi hombro y dijo que me estaba distrayendo y que era mejor que guardara la revista. Puso su mano sobre mi hombro, sin violencia, y sentí que lo hacía cariñosamente, de verdad. Puso su mano sobre mi hombro y despertó hasta el último de los duendes de mi asco y mi desprecio. No pude soportarlo. Nunca podría soportarlo. Seguí con mi plan.
Unos minutos después, se acercó de nuevo a mi mesa:
—Mateo, entrégame la revista, te la devuelvo cuando hablemos al final de la clase —quizá sonreí un instante mientras lo miraba. Y le lancé con fuerza la revista al rostro.
El papel apenas rozó su piel. No lo creí capaz. Rápido, rapaz, atrapó la revista en el aire y devolvió el golpe. Sentí el impacto en mi cara con un ruido seco que abrió la puerta a todo el silencio. Nos miramos a los ojos, sin máscaras. Por un destello de eternidad, quise matarlo. Nada más que eso. Nada menos. Federico se levantó de su silla, pero luego se quedó quieto, sin saber qué hacer. Todos bajaron la cabeza, asustados. Él se llevó las manos a la cara y cerró los ojos por un momento, dio dos, tres pasos hasta su escritorio y se sentó sobre la mesa, respirando muy fuerte. Levantó despacio la mirada hacia la clase.
—Chicos, vamos a hablar de esto que acaba de pasar —dijo con una voz que nadie le había oído. Cogí mis cosas y salí de allí. Federico y Alejandro salieron detrás de mí.
No quise hablar, ni conciliar, ni escuchar. El mes estaba a punto de terminar y el siguiente viernes fue el último de sus días como profesor de literatura en el colegio. El director no pudo soportar la presión de mis papás y tuvo que echarlo, para evitar escándalo y no perder clientes. La guerra terminó. Desde la ventana del salón de clase, lo vi caminar hacia la puerta. Ese fue el momento en que quise gritarle. La verdad: no parecía un ejército en retirada, ni mucho menos derrotado.
Ahora, en esta tarde, solo en mi cuarto, puedo sacar todas las fotos que escondo entre mis cosas, mirar su barba, su camisa, su boca. El gris melancólico de sus ojos de náufrago. Puedo besar su cuello, mientras la tinta se corre con mis lágrimas, puedo morderlo, pegar el papel a mi pecho, mientras mi mano baja, obediente, disciplinada, para abrir la cremallera de mi pantalón. En el espejo, mi rostro; el monstruoso, el detestable rostro de la derrota.
Nota del autor: El poema al que se hace referencia en el cuento y que el narrador memoriza y cita en un fragmento se titula “Roby Nelson”, del autor colombiano Bernardo Arias Trujillo (1903-1938).
- La risa de los monstruos - sábado 31 de mayo de 2025


