
Dioses y monstruos. 29 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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Saco mi bestia a pasear
Hoy decidí sacar a mi bestia a pasear. Le tocaba hacer ejercicio y una buena ración de luz. No todas las bestias viven sólo de oscuridad, algunas necesitan del sol para recuperar la energía apagada durante los meses de hibernación. Yo también necesito prepararme cada vez que la saco a pasear. No es un trabajo fácil, hay que estar bien preparado físicamente y mentalmente alerta.
El aspecto de mi bestia es impresionante. Yo a veces me estremezco al oírla rugir, al mismo tiempo que despliega las aletas cervicales y muestra unos dientes amarillos del tamaño de navajas de afeitar.
Mi bestia no come desde hace meses. Su digestión es lenta y meticulosa. Mientras la hace, duerme en la cueva que le tengo preparada. El piso está cubierto de huesos que recuerdan sus anteriores almuerzos.
Mi bestia me hace caso cuando salimos. Es inquieta y le gusta olfatear todo lo que se mueva. Vamos al parque donde hay más espacio, porque ella es grande y se expande de continuo cuando está contenta. Los transeúntes que pasan por el lado lo hacen con el debido respeto. Fingen no darse cuenta del peligro que corren. Algunos lo ignoran. Mi bestia puede ser dulzona y engañosamente dócil. A veces hasta se deja acariciar por algún niño, aunque no todos pueden disfrutar de ese privilegio.
Pero basta que alguien le caiga mal para que le muestre sus tres hileras de dientes y su “gesto horribilis” que no soportan los desprevenidos peatones. Se trata de una mueca tan particular que sólo ella puede hacerla, sublime y aterradora a la vez para quienes no lo han visto nunca. Yo no me aterro, no sufro de miedo, y menos por mi bestia a quien conozco desde que era pequeña.
Ella sabe a quién se enfrenta. Va por la acera de la ciudad a veces reptando, a veces brincando, según le apetezca. A veces corretea y levanta un breve vuelo para después caer rodando por el suelo y de nuevo se incorpora en su tamaño de doble altura, levanta dos de las cinco cabezas al cielo y grita su particular mezcla de aullido con rugido.
Quienes huyan aterrorizados están perdidos: justamente eso es lo que ella busca: jugar con los cobardes. Los persigue como ratas y los caza. Juega un rato con ellos hasta que quedan destrozados de tanto manotearlos y ya no les sirve para nada. Entonces los tira al aire y luego los patea y pisotea hasta convertirlos en un amasijo de huesos y carne tasajeada por sus garras.
Los coches no pueden esquivarla cuando atraviesa la calzada a toda velocidad. Muchos chocan entre ellos aparatosamente. Ella disfruta cada colisión que provoca. Es muy hábil esquivando los vehículos que vuelcan y dan tumbos al tratar de frenar para no arrollarla. En realidad a ella no le importa que la atropellen: no sufre ningún dolor y sus miembros se regeneran en segundos.
Me han señalado como criminal por sacar a pasear mi bestia. ¿Criminal yo? ¿Cuál es mi crimen? En ninguna ley está prohibido que uno pueda crear su propia mascota y la mía es inigualable, ese es mi mayor orgullo: no hay en el planeta Tierra otra criatura semejante. Y al crearla, debo mantenerla y darle lo que necesita para crecer y desarrollarse. No hay pecado, cualquier dueño de mascota lo sabe y hacen lo mismo que yo. ¿Y cuál es el problema si es insaciable? ¿A quién perjudicamos con eso aparte de los desdichados a quienes se come por tenerle miedo?
Mi mayor orgullo es pasear con mi bestia por las calles de mi ciudad. Me siento exultante, libre y temido. Esa es la mejor sensación: cuando te respetan por temor, es el mejor de los respetos, ya que es absoluto, sin ambigüedades. Y totalmente gratuito, además.
Mi bestia conoce su poder extraordinario, que no deja de acrecentarse. Me he preguntado por su futuro. Dado que es la primera bestia que creo con esta combinación de factores genéticos, me pregunto cuánto tiempo durará, si pasará por varias etapas de desarrollo. Si así fuese, podría decir que está en la adolescencia. Dentro de poco tendrá impulsos reproductivos. Ya veré entonces qué hacer. Mi hipótesis es que todos los adolescentes son iguales, no importa a qué especie pertenezcan. Ellos en sí mismos son una especie.
Deberé hacerle una pareja que se adapte a sus necesidades. Preveo que será insaciable. Tal vez ella lo será igual o más que él. Será en todo caso un reto crearla. Tengo que conseguir material genético. Le pediré a Fiodor, mi asistente, que salga de noche con la navaja en el bolsillo a buscar. Es un genio con las armas blancas, confío plenamente en él. Sé que en las calles desiertas de esta ciudad se esconden en la oscuridad mujeres malvadas que alquilan su sexo al mejor postor. Entre ellas haré mi cosecha. No garantizan que una genética de óptima calidad pero será suficiente para iniciar el proceso.
Fiodor ha llegado con una bolsa de mercado que colocó sobre mi mesa. Luego le dije que se fuera, que no lo necesitaría más esta noche. He sacado, halando por los cabellos, el contenido de la bolsa. Es una cabeza de mujer, que alguna vez fue hermosa, cuando estaba viva. Pero no es cualquier mujer, cuando la detallo mejor veo que su cara me parece conocida, sólo que el maquillaje la deforma. En efecto, es Marilia, mi hermana perdida que hace años se fue de la casa tras un disgusto con mi padre. Nunca más supimos de ella. Siempre sospeché que se dedicaba a actividades pervertidas. Pues ahora le daré un mejor destino a su material genético, que sin duda es de óptima calidad pues lo compartimos.
—Con tu belleza y mi inteligencia crearemos una raza nueva. Seremos inmortales e indestructibles —dije en un arrebato de euforia a mi hermana.
—Espero que cumplas tu promesa. Sólo así te perdonaré lo que me hiciste —me respondió.
Sus ojos flameaban con una pasión infernal que me sobresaltó.
Alimento a mis bestias
Luna llena; es la noche en que debo apaciguar mis bestias. Salgo de casa y miro el cielo, la niebla trae jirones como de sangre helada. Nadie sabe tanto del silencio como las ramas del ciprés centenario que crece en mi jardín. Hace muchos años robé el retoño del cementerio inglés y lo trasplanté frente a mi casa. Se sintió a gusto y creció. En noches como esta los reflejos azogados se reflejan en su tronco, restañan las heridas del tiempo con un manto plateado. El aire se llena de voces idas, de susurros de otros tiempos. Estoy acostumbrado a esos lamentos, se repiten cada vez que doy de comer a mis bestias.
Hay un olor a preludio de batalla, a sangre fresca aún no derramada que excita mis sentidos. Ya no soy el de la quietud de los días previsibles, días y noches de mecedora e inhalador de vapores. Ya soy el que cabalga sobre el lomo de la montaña anochecida, con una bestia bajo mis piernas, la bestia que me llevará tan lejos como sea necesario para satisfacer mi sed ancestral.
Camino por el viejo sendero de grava hacia el corral donde mis bestias duermen su sueño profundo. Dentro del galpón me recibe una oscuridad más densa aún que la de afuera. Enciendo el bombillo de un manotazo y mis bestias respingan por el golpe de luz. Allí están las ocho: Shambara, Kushi, Lateca, Quaslia, Eritria, Basturga, Melinia, Quiropta. Se despiertan y empiezan a gemir, a berrear. Se van incorporando, aún amodorradas pero me reconocen. Se remueven dentro del corral, ansiosas. Saben que ha llegado la hora. Son hermosas mis bestias. Colores iridiscentes, sus garras, sus patas, sus tentáculos, sus lenguas enormes que me lamen de arriba abajo, sus ojos triangulares con rayas de sangre, sus escamas que se inflan y desinflan, sus pieles rasposas como papel de lija, sus pedúnculos abdominales.
Mis bestias se alborotan, saben que ha llegado el momento de alimentarse. Saben también que no todas podrán hacerlo esta noche, pero tenemos tres noches por delante. Entro al corral y me rodean, reconocen a su amo y expresan su amor por mí, saben que soy su padre pues las engendré en el laboratorio. Cada una de ellas es diferente, tiene características únicas, producto del cruce de razas y especies. Son mis hijas, mi orgullo seminal; unas son muy rápidas, otras muy certeras olfateando presas, otras son diestras en la batalla por sus colmillos letales.
Veo la condición de cada una. Sus colores brillantes denotan buena salud. Pueden pasar semanas sin alimentarse, pero cuando necesitan hacerlo es imperioso sacarlas. Veo sus necesidades, detecto su hambre. Esta vez me llevaré a Quiropta, la noto un poco débil, apagado el brillo de sus ojos. Adivinando mis intenciones, se alborota, brinca en sus patas traseras, casi me tumba con su entusiasmo.
Salimos bajo los aullidos de protesta de las otras. Desamarro la cadena que la mantiene atada al muro de piedra y la saco del corral, haciendo caso omiso de las protestas de las demás.
Cierro de nuevo la puerta. Una vez afuera le doy la voz de mando y se coloca frente a mí, según lo convenido. Yo tomo en mis manos el cuenco pletórico de negueria, sustancia hecha con el licor espermático de diversas especies, y le unto generosamente el abdomen y los filamentos alrededor de sus bocas.
Ella queda como extática, en breve el unto hace su efecto y una brasa se dibuja en su pecho, como si un fuego interno traspasara sus costras y bruñera sus escamas con un color dorado. Quiropta se estremece y se alza en sus patas traseras, enhiesta la cola ponzoñosa, y despliega sus membranas de gran envergadura. Altiva, me dedica un potente rugido de satisfacción que deja al descubierto su lengua trifoliada, los cuchillos en sus encías, sus fauces capaces de triturar a presas más grandes que ella.
Yo me hincho de orgullo al comprobar el poderío de mi creación. Ella sabe que es mi favorita, la que más horas de laboratorio me costó, hasta hallar la genética perfecta que permitiera la mutación de sus heterogéneos componentes hasta alcanzar tal perfección. Por eso me duele verla mustia por el hambre y el encierro. Pero pronto lo remediaremos.
Quiropta se agacha para que yo pueda montarme en su cuello. Una vez que me siento encima de ella, despliega las alas y con un gruñido corre hasta el prado cercano y levanta vuelo. Volamos sobre las granjas cercanas, sobre el bosque, llegamos a la orilla del mar. Sé que a ella le encanta sobrevolarlo, además esta noche parece de azogue, su calidad mercurial es un regalo de los dioses oscuros. Nuestra sombra se refleja en la tranquila superficie como un efecto de inusitada belleza.
La dejo un rato desfogarse, pero sé que pronto necesitará alimento. Con un toque en su cabeza le indico que volvamos a tierra y, en efecto, cambia el rumbo y gira su trayectoria. Volvemos sobre el bosque, sobre las granjas. Ahora sí. Cualquier cosa que se mueva debajo de nosotros será alimento para mi bestia. Vemos, en un claro del bosque, un campamento. Deben ser viajeros que decidieron pernoctar allí. Las hogueras están casi apagadas. Quiropta aterriza con suavidad y yo me bajo de ella para darle libertad de movimientos. Hay bultos alrededor de la hoguera, son los peregrinos que duermen, nadie se ha dado cuenta de nuestra presencia. Entonces ella ruge para despertarlos y al verla salen corriendo despavoridos. Ella los persigue, le encanta jugar con sus presas. De pronto aferra entre sus fauces a un gordo que no podía correr mucho y lo engulle de una vez, alzando la cabeza para tragarlo mejor. Los dedos de sus pies moviéndose es lo último que veo antes de que descienda por su garganta. La digestión de esa presa durará meses, pero no contenta con esa busca otra, es una mujer que cubre con sus brazos a sus dos hijos pequeños mientras mira despavorida a mi bestia predilecta. Se acerca a ella y por un momento se miran. La mujer dice algo, creo que intercede por sus hijos, que se la coma a ella pero deje en paz a sus hijos. Quiropta le devuelve una mirada comprensiva antes de masticarla cuidadosamente y engullirla. Los niños lloran abrazados. Quiropta aferra con sus garras a cada uno de ellos y me mira. Yo entiendo que volvamos a la granja, los niños serán el postre, desea comerlos con calma en la quietud de su refugio. Vuelvo a subir a su pescuezo y volamos de nuevo a nuestro hogar escondido en las montañas. Al alzar vuelo ruge y los ecos de sus rugidos los transporta la noche hasta los oídos de los campesinos. Ya saben que esa noche no podrán salir de sus casas. Recuerdo el tiempo en que mis bestias eran tan pequeñas que debía llevarles yo el alimento. Una vez logré secuestrar un autobús escolar lleno de niños. Mis bestias tuvieron comida tierna por mucho tiempo.
Retornamos y dejo que Quiropta se entretenga con sus pequeñas golosinas cerca del osario donde tiramos los restos de las víctimas que mis bestias deciden llevar a casa. Con todo lo que comió hoy, tendrá alimento hasta la próxima luna llena. La conduzco de nuevo al redil antes de que se duerma. Cuando empieza a roncar, satisfecha, la dejo allí para que haga la digestión de semanas. Busco entonces a mis otras bestias. Esta noche tengo mucho trabajo.
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