
Carezco de método y de autoridad para opinar sobre poesía, porque en eso somos diletantes siempre, aprendices siempre. Pero hoy he necesitado verter mi opinión sobre dos libros de amigos que me han llegado y no deberían pasar debajo de la mesa, porque el esfuerzo y el amor por la escritura merecen atención.
Quien no ha conocido y sentido en verdad la más alta expresión de la poesía hace el ridículo histórico opinando sobre poesía. Es igual o parecido a opinar sobre Franz Joseph Haydn y la sinfonía sin saber nada de eso, aunque generalmente se piensa que la escritura es materia fácil, al alcance de la mano, algo que no tiene mayores méritos. Dicen, inclusive, “eso es coser y cantar”, como si cualquiera pudiera coser preciosamente y cantar como Maria Callas, por no decir Edith Piaf.
Haré el ridículo porque más que opinar lo que hago es alabar el oficio de dos amigos que han escogido la existencia del escritor, a sabiendas de que la verdadera ganancia de tal decisión es el placer que se siente al escribir algo que puede servir de emoción, aliento, motivación y abrazo para otras personas.
Hoy, abusando de mi amistad con un creador literario de la talla de Jorge Gómez Jiménez, hago llegar a los lectores de Letralia estas dos opiniones. Una sobre el libro que ha publicado el autor español-chileno Jesús de Castro, cuya escritura apreciamos, y otra sobre el poemario más reciente de Rafael Marrón, un creador de angustia filosófica que deja una enseñanza cada vez que escribe.
Letralia es nuestra segunda casa —aquí también me encuentro con mi esposa— y por eso siempre me consiguen por estos lados. La poesía tiene un espacio acogedor y especial en Letralia porque Jorge es un poeta y un narrador cuya amistad nos honra desde hace muchos años.
La narrativa, el ensayo y la poesía que fluyen en Letralia son revelación, descubrimiento, asombro de vanguardia. Letralia mantiene una afinada calidad editorial, su prestigio crece y se consolida. Para decirlo con plena sinceridad y espontaneidad: provoca leer Letralia. Los libros de Letralia son de un nivel exigente y de una belleza que otorga larga vida. Una belleza saludable.
Aquí están las opiniones que vierto en son de amistad. Y vaya mi agradecimiento para Letralia.

Tremens, toda la claridad de Rafael Marrón
Desde hace tiempo tengo una distante amistad con Rafael Marrón. Nos hemos conocido por publicaciones en la era digital, por las redes, por referencias de amigos comunes. La primera vez que tuvimos una charla fue cuando él me pidió una frase para un libro que escribió sobre la poesía. Es un libro útil como para tener cerca, a mano, en una mesa, como una biblia. Voces de poetas del mundo entero.
Si me pidiera una frase hoy le diría algo completamente contrario a lo anterior. Ese es el modo de mantener distraída a la poesía, de no espantarla. “Todos los versos y toda la música son promesas de la tierra prometida, la cual no existe”, decía Marina Tsvietáieva, una de las poetas que he leído con más fervor.
Debo expresar con toda sinceridad que soy un lector de Rafael pero el único libro de su autoría que he tenido íntegro y completo en mis manos es el poemario que ha titulado Tremens.
Rafael Marrón es honestamente certero, sincero, se apega más a la filosofía que al canto, pero es su manera de ser poeta, su búsqueda de claridades, su modo de enseñar todo lo que ha sacado como conclusión de la vida y la lectura, de las experiencias y el diario sentir.
Tremens es un poemario que podría convertirse en el libro que cultiva una moral, en el libro de supervivencia de una comunidad, en el libro de cabecera de muchas generaciones, en el lugar donde Rafael Marrón ama intensa y apaciblemente la vida, el territorio, la naturaleza, la espiritualidad. Un amor que se inicia en su casa, en su hogar, que parte como un río desde su esposa y sus hijos hacia todos los demás ámbitos.
Nosotros también somos tocados por el amoroso juicio de Rafael Marrón, un poeta bendito que es como una luz andante.
El prólogo del libro lo escribió Aymara Marrón Rangel, la hija del poeta. Y ni siquiera con toda la pasión que derramo sobre mis desgastadas teclas podría expresar de un modo más auténtico lo que este señor representa. No he podido decir algo mejor y más precioso sobre Rafael que lo escrito por su hija Aymara:
Eres un artesano de la palabra, un guardián del alma venezolana, ese que viste a Venezuela con letras hermosas, que la honra y la defiende como quien cuida a una madre. Tus escritos son como balcones desde donde se observa lo profundo de nuestra identidad. Has sido voz cuando otros callaban, conciencia cuando otros dormían, y ternura en medio del ruido.
Pongo aquí uno de los poemas de Rafael Marrón para que se acerquen más a su persona y su alma:
Lo que quise ser
Soy lo que decidí ser
Nadie puede ser lo que no quiso ser
Es inútil pretender
devolverse a enmendar
lo que no quisimos ser
en la averiada nave que abordamos
porque esto quisimos ser
Tal vez les fue mejor a quienes acertaron
con lo que quisieron ser
pero no lo sabemos
a lo mejor su insatisfacción
viste de etiqueta
y va del brazo del llanto reprimido
por eso son buenos los balcones
para otear cómo le va
a lo que no quisimos ser
Es probable y hasta posible
que aquello que no quisimos ser
nos pase retador por el lado
mientras estamos ocupados
haciendo lo que quisimos ser
Y si ello nos permite reír de vez en cuando
abrazar lo que amamos
y sentir que todo está bastante bien
a pesar de los presagios
entonces qué bueno fue
elegir lo que quisimos ser.

Sobre la dolorosa poesía del poeta Jesús de Castro
Hace unos cuantos años un poeta español desesperado se fue a Chile y encontró el amor. No obstante, siguió desesperado pero de un modo diferente. Su naturaleza era y sigue siendo la del volcán. Entra en erupción en cualquier momento y afortunadamente en vez de lava lanza versos y sus palabras actúan como piedra derretida pero no daña los terrenos: tiende a crear una calidez fértil y la fertilidad es lo que ocurre en definitiva.
“Subió al avión sin nadie que lo despidiera, dejaba un mundo atrás buscando el inicio de otra vida con los años que pudieran quedar a su disposición”. Narra así, en tercera persona, la experiencia vivida.
“Un nudo en la garganta y demasiados desengaños en el equipaje”, escribió el poeta. Y tiempo después terminó un poemario desplegando todos esos sentimientos y algo más. Se deshizo y volvió a rehacer su cuerpo y su alma de juglar. Se rindió ante la evidencia de que la escritura duele y cura simultáneamente.
Confieso que ha sido impresionante leer el poemario Trauma complejo, del poeta Jesús de Castro, cuya voz junta tonalidades de crudeza y belleza, de jardines mutilados y jardines renaciendo con flores en vez de muñones, el mejor jardín renacido es el que florece encima de un cementerio:
La tormenta no cesaba, en realidad nunca cesó hasta descubrir que la tormenta era él. No, no había pasado el peligro, la calma suele ser temporal, pero la experiencia de un vagabundo de tormentas sirve para aumentar las posibilidades de sobrevivir.
En el fondo siempre supo que era la metamorfosis de una lucha, un bucle evolutivo que surge victorioso de su propio agujero negro. Se elevó sobre sus alas, construidas con años de preguntas, errores y debilidades, tal vez por ese motivo las sintió fuertes, duraderas, capaces de soportar los más largos vuelos en diversas circunstancias.
Arriba, en el cielo azul, respiró profundamente por primera vez en su vida y el aire tenía sabor a libertad.
Y partiendo de tales confesiones surgen poemas que van creando una estructura conmovedora, una especie de viaje al final del cual no es posible permanecer indiferente. Un poeta ha vertido su alma completa, su mente ha sido diseccionada por él mismo con un bisturí de sinceridades pocas veces puestas en marcha por alguien que en vez de necesitar lectores requiere de gente que se convierta, de alguna manera, en poesía.
La poesía es un modo de comunicar los sentimientos más profundos como si estuvieran a flor de piel y usando las palabras como ingredientes experimentales de un plato que no es para calmar el hambre.
Vicente Huidobro escribió lo siguiente: “La poesía es revelación, es vida en esencia, es el universo que se pone de pie. En realidad, la poesía nos hace ver todo como nuevo, como recién nacido, porque ella es descubrimiento, iluminación del mundo”.
El poemario Trauma complejo es una revelación que se convierte en lugar de visita espiritual si se lee verso a verso y se asume como lo que es: un modo superior de sentir y de convertir en sonido de sentimientos las frases que se dirigen directamente al alma. Entendiendo como alma todo lo que nos sirve de brújula para transitar entre la tristeza y la alegría propia y ajena.
Hay frases que impresionan, como:
Mirar hacia atrás es mirar muy lejos para no ver nada.
A lo lejos el olor de los viejos olivos y sus frutos amargos, las frías heladas del alma y el silencio escarchado que me recuerdan sacudirme el viejo polvo del camino.
Y este poema:
Somos sombras cuando caminamos bajo el sol
no importa la dirección o el camino, somos sombras.
Lloramos al nacer porque somos sombras.
Cuando llega la oscuridad muere el hombre
y permanece la sombra, alargada, difusa, pero sombra.
La sombra de lo que fue.
La sombra de lo que soñó ser.
La sombra de lo que nunca será.
Sombras asustadas.
Sombras asesinas.
Sombras con coche oficial.
Sombras disfrazadas de luz.
Sombras que beben para olvidar.
Sombras que juegan con las sombras de los árboles
y tejen alfombras de sombras a sus pies.
Sombras con derecho a voto que trazan en el suelo
siluetas enmarcadas en sangre, su propia sangre.
La sangre de su sombra.
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