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Escribir de la vida

domingo 26 de octubre de 2025
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Ahí estaba con la cara hacia el cuaderno como si me viera en un pozo, en un río. Tenía que escribir mi propio libro para tener uno. No se trataba de ir a comprar un libro sino de tener uno de verdad. Uno propio. Pero ¿de qué iba a escribir? Siempre escuché que lo mejor era pedir consejos a las personas que habían vivido mucho. Por eso me fui detrás del primer anciano que se me atravesó: el señor Ezequiel, quien caminaba poco a poco porque tenía una pierna que era una lástima de pura llaga. Lo alcancé y de una vez le pregunté:

—Quiero escribir un libro. ¿Sobre qué debo escribir?

El señor Ezequiel era analfabeta pero muy sabio. Me miró un momento y antes de responder cualquier pregunta dijo en forma de interrogante definitoria lo que todos repetían:

—¿Eres el gafito? ¿El hijo de la negra?

Después que le dije que sí con la cabeza, habló sin mucha prisa, pero luego se apartó y se alejó como si me tuviera miedo.

—Debes escribir de la vida...

Ya imaginaba eso, pero no sabía qué cosa era escribir de la vida.

Corrí hasta alcanzarlo, aunque se había movido muy poco.

—¿Qué es la vida? ¿Por dónde empiezo?

Se notaba fastidiado y sé que le dolía la pierna. Tenía el ruedo del pantalón subido y se veía morada, violeta, a punto de estallar.

—Busca a Santa: ella es una mujer de la vida —dijo y siguió su camino.

 

Me gustaba la señora Santa. Era una mujer más joven que mi mamá, apenas un poco más joven. Y usaba cosas bonitas. No sé. No tenía hijos, pero podía dar teta a muchos niños, según su modo de estar viva. Era saltarina, bonita. Y se sentaba y se subía el vestido porque hacía calor. Como era vecina nuestra la visité al mediodía de un lunes que estaba sola.

—Pasa, hijo, ¿qué quieres? —dijo mirándome y luego se dedicó a pintarse las uñas de los pies. Estaba sentada en un banco de madera que se pudría en el patio. No había jardín ni nada y uno se daba cuenta de que ella no necesitaba jardín porque su casa era hermosa de todas maneras.

Me dediqué a verla mientras se pintaba las uñas, aunque más que todo me quedaba hipnotizado con sus piernas y como se inclinaba mucho también veía sus senos que colgaban tan bonitos, adornados inclusive con una cadena de oro y un medallón que ni se veía. Sumergido.

Le conté rápidamente lo del libro.

—Ah... ya escuché que quieres escribir un libro —comentó.

Después, mirándome directamente a los ojos, dijo:

—¿Qué tengo yo que ver con tu libro?

—Es que me dijeron que debo escribir de la vida y que usted es una mujer de la vida... Le vengo a preguntar cómo se escribe de la vida.

—Cuando dicen que soy una mujer de la vida quieren decir que soy una mujer de la calle, que puedo ir donde quiera y quedarme en la calle si me da la perra gana.

—Mi mamá entonces es una mujer de la vida, porque ella sale para el mercado y cuando trabaja en las casas ajenas lavando ropa o cocinando se queda todo el día.

—No, hijo: tu mamá es una señora de su casa. De la calle quiere decir que me puedo quedar durmiendo en cualquier habitación con equis persona y me pagan por eso.

—Yo duermo con mi hermanito y no me pagan. Deberían pagarme: pega patadas toda la noche.

La señora Santa se quedó como en el aire. Pensó un rato tan largo que sentí deseos de irme, apenado, porque me parecía que estaba diciéndome “ya terminamos”. Entonces largó la carcajada y comentó:

—Mira, negro (todos me decían negro), después te explico la cuestión, pero lo que debes hacer es leer unos libros para que te des cuenta de que puedes escribir de todo, que eso es la vida. Puedes decir cosas verdaderas y también puedes inventar. Tengo dos libros que te regalaré. No te los prestaré: te los regalaré para que tengas algo tuyo.

Entró a su casa y sentí olores tan únicos. Esa mujer era totalmente distinta a las mujeres que en mi corta vida había conocido. Ojalá mis maestras fueran como ella. Ojalá mis primas y mis tías fueran así. En el fondo, todas las mujeres deberían copiarla. Cuando salió me entregó dos libros. Uno tenía en la portada este título: El hombre invisible, y el otro decía: Doña Bárbara.

Antes de que me fuera, la señora Santa me acarició la cara y me aconsejó:

—Nunca dejes de escribir de amor en tus libros. El amor es lo más bonito que hay.

—¿Qué es el amor? —pregunté.

—Cuando quieres a una persona mucho. Hasta aporrearla de tanto quererla. Por ejemplo. También puedes querer a un lugar o a una manera de trabajar, pero lo más sabroso es querer a una persona y que te quieran. Después te explico. Ahora es tiempo de que te vayas para tu casa porque debo bañarme.

Le di las gracias y traté de pensar en eso: no sé si podré decir a las personas que se vayan de mi casa cuando esté a punto de bañarme. Pero lo haré. Es una magnífica sensación.

José Pulido
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