Murió la luz callada del verano: las horas del otoño van hiriendo los bosques silenciosos, los paisajes callados, apagados y dormidos. El mundo huele bien y el aire sabe también a esos aromas que quisieron dejarnos el anuncio de noviembre. Los parques se perfuman como el aire, que arrastra los aromas delicados de toda la hojarasca que se pudre.
¿Qué hubiera dicho Mozart de este otoño? ¿Qué hubiera dicho Mozart de estas tardes de holganza en esta Viena moribunda, que vive regalada a la elegancia? La Viena de Beethoven y Salieri también fue diferente, y, para Schubert, también era difícil hallar fama. El viejo emperador sigue viviendo, las calles siguen siendo las de siempre, las tardes siguen siendo como siempre...
Hoy día se hace todo muy distinto: se vuelve diferente el aire lánguido, el llanto por la muerte de un septiembre que vino con caricias y con besos. Y acaso me diréis que las heladas son propias de estos días que anteceden al tiempo de las misas de difuntos. Es tiempo de castañas y de tartas, es tiempo de pasteles y compota, de vida pese a todo, de delicias.
El mundo fluye, fluyen los momentos. De todos modos, sigue siendo moda poner chistera y fraques si es el caso, que muchos son amantes de la ópera. No faltan los artistas, los cantantes, los músicos de orquesta, las coristas, las bellas danzarinas del teatro. Y el viento sigue siendo, como entonces, el mismo que ya fue, si remontamos los siglos hasta el tiempo de los Nóricos.
La lluvia también habla de tristezas: la calle va empapándose, llenándose de toda la tristeza que, sin llantos, respira cada brisa del entorno. El siglo también muere, también mueren las horas melancólicas, y, en cambio, son muchos los que sienten alegría. La dicha se sugiere con la música que llena este lugar al animarse con valses y con polcas anticuadas.
La gente no se para en su camino: son muchos los que corren a un concierto, los otros van camino de sus casas y hay danzas de paraguas y de abrigos. El viejo ventanal mira esas calles que vieron esos carros de caballos en tiempos de más pompa y más nobleza. En cambio, estos son tiempos de tranvías, de inventos, telegramas y de ingenios que rompen con el mundo conocido.
Pero el café es lugar amable y cálido. Los músicos conocen el aroma del buen café, de todos los confites que pueden endulzar los paladares. Los músicos conocen esa gracia que tiene el aire fresco del otoño, mirado desde dentro, junto al fuego. La luz callada y débil del verano se fue, como la lluvia y la tristeza que saben que se acerca la invernada.
Los viejos camareros van sin prisa. Y siéntese el silencio por momentos, a veces el bullicio y la alharaca, los ruidos de las tazas y los platos. Y siéntese el murmullo que se apura, la voz de los que suelen, siempre bajo, hablar discretamente con los otros. El eco del otoño, sin embargo, se admira en los colores de las damas, se aprecia en el color del cielo herido.
Y el arte nos alegra con su fuego. Son muchas ilusiones las que sienten los viejos escritores cuyos versos se rinden a tendencias más sutiles. De pronto, el Modernismo se revela, la gente lo comprende y hasta quiere fundirse con la atmósfera reinante. Es tiempo de cultura y desenfreno, de risas, de operetas y comedias que no sospechan nada de la guerra.
Un eco de violín se hace cercano. Es una melodía que se pierde, como si fuera un huérfano perdido, dejado, abandonado, despojado. Es una melodía confundida con un rumor discreto que, prudente, no quiere destacarse, pero suena. Es esa melodía de opereta que escuchan los que acuden al teatro, si gustan de las obras de Heuberger.
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