Soneto I
Dejadme ver la luz cuando, en Tudela,
despunta, con la aurora, la mañana,
la llama de la lumbre soberana
que al mismo Duero hiere y lo desvela.
Dejadme ver el rayo en que cincela
su luz la flor que nace más temprana
y el eco que se filtra, con desgana,
en un vergel que triste se consuela.
El alba, en un bostezo perezoso
que mira el curso, yendo rumoroso,
del agua, mensajera de la vida...
Y, ya con el crepúsculo, a la tarde
—vencido y malherido el sol cobarde—,
que el alma sienta viva y encendida.
Aquellos caballeros
Aquellos caballeros
de tiempos tan lejanos
lucharon con bravura
—entonces eran tiempos de los árabes,
las luchas fueron siempre con los árabes,
batían sus espadas con los árabes.
Su fe salió al camino,
su genio, su coraje...
Aquellos caballeros del entonces
lucharon, aguerridos, con los árabes;
supieron enfrentarse con los árabes.
Después vinieron tiempos
distintos, más pausados,
los tiempos de labranza
—el tiempo se hizo lento para todos,
las horas fueron largas para todos,
el día parecía interminable.
Se oyeron los romances
de siglos anteriores,
relatos de grandeza y de bravura,
de gente en la batalla con los árabes,
de gente en la pujanza con los árabes.
Y un día, ya sin árabes,
los viejos enemigos
de un tiempo sin retorno,
de pronto, los cristianos se sintieron
vacíos, sin la lucha contra el árabe;
perdidos, sin la lucha contra el árabe.
Y todos los relatos
hablaron de los árabes,
contaron de los árabes sucesos
distintos, porque, en otros romanceros,
el árabe fue al fin protagonista.
Y, en tiempos de turismo,
se cuenta al extranjero
que aquellos muros tristes,
callados en la noche de la nada
perdidos en la noche de la nada,
dejados en la noche de la nada,
tal vez fueron un día
castillo de los árabes
de siglos olvidados por la Historia,
pues mucho hay en la Historia de descuidos,
de olvidos y misterios, de leyenda...
Soneto II
Los nuestros fueron sueños de distancia,
perdiéndonos en tiempos con castillos,
palacios, altas torres, raros brillos
de guerras, fantasías de la infancia.
Ardían con valor la sangre rancia,
la calma de labriegos más sencillos,
los siglos, su carrera, si, chiquillos,
al sueño concedimos la arrogancia.
Y lustros, con su espíritu embustero
—si bien algo nos hiere y nos desvela—,
permiten este lienzo duradero:
mezclados para a par —Duero y Tudela—,
unidos ambos dos —Tudela y Duero—,
un algo en el recuerdo me consuela.
El mundo fue también de los poetas
El Duero, en su descenso,
llegados los veranos,
avanza lentamente.
Su paso es majestuoso, si camina,
llenando de vergeles esas tierras
tan áridas y recias
que, a la tarde,
rozando los crepúsculos rojizos,
nos miran con tristeza melancólica
—yo sé de esa tristeza,
de toda esa tristeza
que pide regadíos.
Y el Duero, en su descenso, va lamiendo
los montes que dan trono a viejas ruinas
—quizás las de mansiones
señoriales,
acaso las murallas de un castillo
que llora la tristeza de la tarde.
Y todo sabe a viejo,
se vuelve como rito
del canto de un romance.
No sé lo que diría, en este caso,
Machado si escribiera de Tudela.
Me queda lejos ya ese
brillo ardiente
de tardes de verano que fracasan,
de noches que son frías en agosto.
Y un parque y una acequia
y el sol que cae violento.
Y un tiempo diferente,
soñado hoy día: tiempo de murallas,
de torres, de rocines y de gestas
cantadas por juglares
de otro tiempo.
¿Leyendas del ayer? ¿Recuerdos sólo?
El mundo siempre fue de los poetas...
Soneto III
Y entonces, por misterios de la vida
—volviéndome un abrazo con el Duero—,
volví a bañarme alegre en el platero
del agua del crepúsculo encendida,
del cielo y su color, su azul, su herida
—mezquina como el tiro traicionero
del miedo y el ocaso ballestero,
que espera por su triste despedida—,
los campos, las acequias, el destino
del sol donde se pierde el oro viejo,
la paz de los paisajes, la otoñada,
el río con su espejo, su camino,
su calma, su belleza, su reflejo,
su luz, su lentitud, su alma cansada.
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