
Byron Ramírez (Costa Rica, 1997) es un destacado poeta, filólogo y profesor de Comunicación y Lenguaje en la Universidad de Costa Rica. Ha trabajado como editor literario y ha escrito artículos para diversas instituciones tanto a nivel nacional como internacional. Ha recibido múltiples premios, entre los que se destacan el Segundo Premio en los Juegos Florales Hispanoamericanos Quetzaltenango (2024), el Primer Lugar en el Certamen Nacional Brunca (2018) y en el Certamen Nacional Martin Luther King (2017), así como el Premio Internacional Emilio Prados (2019) y el Primer Lugar en el Certamen de la Facultad de Letras de la Universidad de Costa Rica (2019). Sus poemas han sido publicados en numerosas revistas y antologías a nivel mundial, además de ser traducidos parcialmente al francés, al uzbeko, al italiano, al inglés y al afgano. Entre sus publicaciones se encuentran Entropías (Nueva York Poetry Press, 2018), Adamar (Poiesis Editores, 2020), Terra Incógnita (Editorial Arboleda, 2021) y Mal de altura (Juegos Florales Hispanoamericanos). También se desempeñó como coordinador y editor general de las antologías Y2K (2018) y Nueva poesía costarricense (2020), esta última publicada por el Ministerio de Cultura de Costa Rica. Byron ha contestado todas nuestras preguntas. Todas sus respuestas son para ser compartidas con todos vosotros.
En 2018 publicó usted Entropías. ¿De qué trata este libro y cómo recorre usted entre la literatura y la realidad o no ficción? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarlo? ¿Qué relación tiene Entropías con su trabajo creativo-investigativo o no anterior y posterior?
Entropías fue mi primer libro, un texto de juventud cuyos poemas fueron escritos entre los quince y los dieciocho años. Se publicó en 2018 tras ganar un premio nacional en Costa Rica, organizado por la Universidad Nacional, el Certamen Brunca, dirigido a personas menores de 35 años, que ha mantenido a lo largo del tiempo un notable prestigio a nivel nacional como uno de los pocos reconocimientos literarios costarricenses centrados en autores jóvenes. Este reconocimiento no sólo implicó un respaldo económico para mí, sino que también me abrió puertas para publicar en diversas revistas digitales y, sobre todo, permitió consolidar este primer proyecto editorial.
Los poemas de Entropías exploran los intereses y cuestionamientos propios de mi juventud: la vida, la muerte, la ausencia, la pregunta sobre qué significa ser hijo y qué implica ser hombre; estos dos temas seguirán atravesando toda mi obra hasta el día de hoy. Pero también reflejan una curiosidad académica y científica que allí apenas comenzaba: el libro incluye secciones inspiradas en figuras como Robert Feynman o Marie Curie, cuyos legados atraviesan algunos poemas desde una voz poética que dialoga con sus biografías. Es un libro poco experimental, creo yo, pero fue un proyecto al que le tengo un cariño enorme, aunque al leerlo hoy reconozco que su tono ya no coincide con mis intereses literarios actuales; en él siento que estoy leyendo a otra persona. Aun así, sigue siendo un libro fundamental en mi vida, el inicio de mi camino como poeta y como investigador, pues su creación implicó también un proceso de indagación significativo.
En 2020 publiqué Adamar, un libro mucho más íntimo, que refleja de manera más cercana la voz con la que me identifico. Este libro explora otras dimensiones de mi vida, el amor como naufragio. También incluye poemas a los que guardo un afecto especial, como “Desamparados”, que rinde homenaje al lugar donde crecí y aborda, a través de la experiencia del barrio, la ausencia de seres queridos, la violencia local y, al mismo tiempo, esas pequeñas mitologías y magias cotidianas que surgen en entornos de lucha y resistencia.
Luego publiqué Terra Incógnita, un libro donde experimenté con un abordaje distinto: poemas más extensos, con una voz onírica, alegórica y metafórica muy marcada. Es el primer libro donde siento que mi voz literaria se define de manera más arriesgada y personal, proponiendo nuevos mitos y cantos vinculados a mis vivencias de infancia y juventud. Recuerdo, por ejemplo, un poema inspirado en una pesadilla recurrente: la montaña persigue a un cazador por la ciudad para matarlo, ese cazador era yo en el sueño, pero finalmente lo perdona bajo la condición de que de su cerebro nacerá una montaña. Ese final, la tensión entre vida y muerte, es un tema al que le tengo especial cariño y que disfruto explorar.

A continuación, publiqué Mal de altura, que ganó el segundo premio de los Juegos Florales Hispanoamericanos en la rama de Poesía en 2024. Retoma la voz de Terra Incógnita, pero centrada en la relación entre un padre cazador y su hijo, llevando la narrativa a la montaña como espacio de prueba, desafío y reconciliación. Explora la herencia paterna, la masculinidad impuesta y la posibilidad de transformar esos legados para reencontrarse con el propio camino, con la familia y con su pueblo.
Posteriormente surgieron otras recopilaciones, como Mal agüero, editado en Honduras, que reúne poemas de diferentes libros, y el ensayo Antimuseo, que muy recientemente ganó el segundo premio en la rama de ensayo de los Juegos Florales Hispanoamericanos 2025.
Todos estos libros, sin excepción, tienen un punto de partida: Entropías, que marcó el inicio de mi camino como poeta y escritor. Es un libro al que le debo no sólo el inicio de mi obra, sino también la posibilidad de explorar, arriesgarme y encontrar mi voz literaria a lo largo de los años.
Si compara su crecimiento y madurez como filólogo, docente-investigador, poeta y editor, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo o no previo a Entropías con el posterior o el de hoy?
Entropías surge en un contexto de aprendizaje constante. Es un libro que nació mientras yo iba descubriendo, casi sobre la marcha, cómo organizar lecturas, cómo interpretar la poesía y cómo acercarme a su creación. En ese momento, me ayudó enormemente un taller literario en Desamparados, donde podía escuchar diversas opiniones sobre las lecturas que realizaba y los poemas que iba escribiendo. También, con mi ingreso a la Universidad de Costa Rica, las amistades de la Facultad de Letras con las que uno podía conversar durante horas sobre literatura. Algunas de estas amistades también terminaron siendo artistas; pienso en, por ejemplo, Alelí Prada y Daniel Araya, también costarricenses.
Es, por supuesto, un libro mucho más ingenuo, más inmaduro. Soy consciente de que tiene aspectos que podrían mejorarse y que, en ocasiones, desearía que fueran distintos. Sin embargo, considerando las herramientas y el conocimiento que poseía en la adolescencia, creo que Entropías me brindó mucho; no podría pedirle más. No me arrepiento de mi primer libro; lo siento cercano a una visión ingenua de la poesía y de lo que significa escribir, pero fue ese primer paso necesario.
Los proyectos posteriores me permitieron experimentar la poesía de otra manera, conocer visiones más maduras sobre el acto de escribir, aprender de personas que considero verdaderos maestros dentro del arte literario. Comprendí que cada libro es un proyecto completo: un proyecto biográfico, donde uno crece y se desarrolla como ser humano, y un proyecto artístico que requiere la misma formalidad y seriedad que cualquier otro trabajo de tiempo completo. Cada película que veía, cada canción que escuchaba, cada libro que leía, cada conversación o vínculo social, contribuía a enriquecer ese proyecto que estaba construyendo en ese momento.
Así surgieron libros más maduros, aunque sigo en un proceso de aprendizaje, por supuesto. Mi voz literaria todavía está en construcción. A medida que avanzo en cada libro, siento que me acerco un poco más a aquello que realmente deseo expresar, pero esa búsqueda es continua. Cada libro, cada poema, es un paso hacia esa utopía de expresar plenamente lo que uno piensa y siente, de concretar la idea última del poema que se desarrolla en la mente y se intenta plasmar en la palabra.
En ese sentido, Entropías fue un punto de partida esencial. Sin embargo, a partir de ese primer libro he aprendido a ver la poesía y la literatura de otra manera, más seria y analítica, incluso desde la investigación académica. Cada acto de escritura se convirtió en un trabajo consciente para mí, un esfuerzo permanente por construir un lenguaje propio y una voz auténtica, paso a paso; construir mi propia visión de las cosas que me rodean.
¿Cómo visualiza su trabajo creativo-investigativo o no con el de su núcleo generacional de escritores y poetas con los que comparte o ha compartido en Costa Rica y fuera?
En su momento, pasé largas horas reflexionando sobre esto. Recuerdo que, alrededor de 2018 y 2020, escribía y suscribía artículos sobre el papel generacional de las nuevas voces literarias costarricenses en el panorama de la poesía latinoamericana contemporánea. Hablábamos de “poesía joven costarricense”, de “nueva poesía costarricense”, de “poesía actual”, intentando trazar distancias y conversaciones con generaciones anteriores, buscando entendernos a nosotros mismos a través de un espejo colectivo.
Se decía que nuestra generación era cosmopolita, interconectada: las revistas digitales, los medios culturales, los festivales virtuales, incluso en plena pandemia, construían un espacio propio, un lugar donde podíamos sostenernos y mirar hacia afuera, hacia Latinoamérica y más allá, con la urgencia de dialogar y aprender. Pero hoy, ese interés ha cambiado. He perdido el impulso de pensar en mi lugar dentro de esa generación, de preguntarme qué me une o separa de ella. No lo considero un desfase ni una derrota; simplemente, mis esfuerzos han tomado otra dirección.
Ahora me concentro en la pregunta más íntima y decisiva: ¿qué me lleva a escribir? ¿Para qué escribo y cómo? ¿Qué deseo decir a través de la literatura que no pueda expresar de otra manera? Mi atención se ha volcado hacia mis poemas, hacia los temas que quiero explorar con honestidad y rigor. La escritura ya no es un acto de reconocimiento ni de destino; es un espacio donde la conciencia y la reflexión se encuentran con la vida y con el mundo que me rodea.
Al final, uno escribe porque necesita hacerlo, porque cada poema es un pequeño intento de establecer un diálogo con la propia experiencia. Lejos de la tentación de llenar páginas por llenar páginas, busco construir una obra auténtica, que tenga peso para mí mismo, que respire con el tiempo que habito. Cada palabra, cada verso, es un paso hacia esa comprensión, un acercamiento a la idea de lo que verdaderamente deseo decir.
Lo que sí es cierto al hablar de artistas jóvenes costarricenses es que hay una serie de escritores que me inspiran profundamente, a quienes les tengo un enorme aprecio, cariño y respeto. De distintas maneras, han marcado mis intereses, mis temas y mi forma de entender la palabra poética. Siento que compartimos muchas características además de que nos encontramos en los veintes o treintas, una necesidad común de reconocernos, no simplemente como parte de un núcleo generacional, sino como parte de un diálogo colectivo en torno a la labor de la escritura.
Creo que hemos cultivado amistades valiosas y que coincidimos en nuestra visión de la literatura: en cómo mirar el mundo, en cómo abordar los temas que nos atraviesan, en cómo asumir la escritura como un oficio de reflexión y revelación. Entre estos poetas jóvenes menciono, por ejemplo, a Lex Valvezco, Ignacio Aru, Lovesun Cole, Josué Arce y María Macaya, entre otros, cuyas voces continúan resonando y nutriendo mi propio camino creativo.
¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo-investigativo o no dentro de Costa Rica y fuera, y la de sus pares, bien sean escritores o poetas?
Sea como sea, me siento profundamente agradecido. No puedo decir que la recepción haya sido siempre del todo positiva; sobre mi obra y sobre mí se han dicho muchas cosas (sin falsa modestia, más de las que creo merecer), en ocasiones favorables y en otras no tanto, y la mayoría de las veces bastante alejadas de la realidad. Sin embargo, cada comentario, de una u otra manera, me ha confirmado que mis textos han llegado a lectores y espacios que jamás hubiera imaginado, tanto a nivel nacional como internacional. Aunque ese nunca fue mi propósito principal, resulta grato comprobar que lo que uno escribe encuentra lectores.
Mis textos han sido considerados en importantes revistas y espacios, sobre todo fuera del país, pero en Costa Rica tampoco puedo quejarme: he tenido la oportunidad de participar en la mayoría de festivales, encuentros y proyectos literarios que admiraba desde adolescente. En ese sentido, la acogida tanto de la comunidad lectora como de escritores ha sido en general positiva.
Con la crítica, en cambio, la recepción ha sido más diversa, como considero que debe ser. Me parecería sospechoso que a un escritor la crítica sólo le elogiara. En mi caso he recibido observaciones de todo tipo, algunas incluso cargadas de cierta hostilidad (aunque son las menos frecuentes), y procuro asumirlas como parte natural del camino. Creo que incluso esas voces son señales de que se está provocando algo, de que la escritura genera movimiento, y en mi caso también constituyen un aprendizaje para seguir creciendo como persona y como autor.
Sé que es usted de Costa Rica. ¿Se considera un autor costarricense o no? O, más bien, un autor de literatura o poesía, sea ésta costarricense o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?
Si tuviera que ver hacia atrás diría que me he sentido como un escritor desamparadeño por mucho tiempo, con todo lo que esto implica, pues además de que Desamparados es el lugar donde crecí, ha sido el lugar que me heredó la mayoría de mis inquietudes personales, sociales y, por supuesto, artísticas. Sin embargo, últimamente, con todo lo que ha pasado en mi vida, todo lo aprendido y todo lo perdido, las personas que he conocido y los viajes que me ha permitido la literatura, diré que me siento más como un poeta centroamericano, con todo lo bueno y todo lo menos bueno que eso implica.
¿Cómo integra su identidad étnica y de género, y su ideología política, con su trabajo creativo-investigativo?
No creo en una literatura que toma la identidad étnica o de género como un adorno ni un tema accesorio; creo que la identidad se toma siempre como un punto de partida inevitable. Nací en una región donde las marcas de la historia, la colonización, la violencia, la desigualdad, siguen presentes en el cuerpo y en la palabra. Desde allí escribo. Desde esa memoria que me atraviesa y me obliga a reconocerme como parte de un entramado cultural diverso, siempre vivo. En cuanto al género, en mis textos esa tensión aparece de manera explícita o soterrada, porque creo que la literatura también debe abrir fisuras en los discursos dominantes, poner en cuestión aquello que se da por sentado. En mis últimos poemarios, esa disputa parte de la concepción de ser hombre entre la voz de una figura paterna y la voz de un hijo que se cuestiona, sufre y busca desmantelar ese legado familiar.
La ideología política, por otra parte, creo yo que se filtra en mi obra no como consigna ni como panfleto, sino como mirada crítica hacia el mundo. Al menos eso espero. Es imposible escribir desde Centroamérica y no cargar con la conciencia de las injusticias que nos rodean. Lo político, entonces, aparece en mis libros como una ética de la memoria y de la resistencia de la palabra misma. Es inevitable ese vínculo para cualquier artista, pienso.
¿Cómo se integra su trabajo creativo-investigativo o no a su experiencia de vida? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de, entre otras facetas, filólogo, docente-investigador, editor y poeta hoy?
Mi trabajo creativo e investigativo no se sitúa al margen de mi experiencia de vida, para nada, sino que nace de ella y la resignifica constantemente. No concibo la escritura, la investigación ni la docencia como compartimentos estancos, pues cada faceta dialoga con las otras y todas se nutren de ese recorrido vital. No puedo pensar en una pieza sin la otra.
Como filólogo, he aprendido a leer en la complejidad, a sospechar de los silencios y de las estructuras que sostienen los textos. Esa mirada crítica, que busca descifrar los pliegues del lenguaje, también busco que se refleje en mi poesía y en mi labor editorial, por supuesto. En la docencia, esa experiencia se traduce en un compromiso con mis estudiantes. Pienso que enseñar no es sólo transmitir conocimientos, sino abrir espacios para que el lenguaje se convierta en herramienta de pensamiento crítico y de transformación creativa: pensar al lenguaje como instrumento social y como proyecto existencial. En la investigación, me interesa rastrear los mecanismos de legitimación, las exclusiones, los olvidos, porque en ellos se juega también nuestra identidad colectiva.
Por último, en la poesía, con mayor fuerza, esas mismas vivencias aparecen de la forma más vasta y sincera. La poesía es la forma más íntima en que mi experiencia de vida se vuelve palabra, pero también pretendo que sea la manera en que mi formación filológica y mi conciencia crítica se fundan en una misma labor con mi conciencia identitaria, mis pasiones, mis amores y mis miedos.
¿Qué otros proyectos creativos tiene usted recientes y pendientes?
En la actualidad me encuentro por concluir algunos proyectos personales. Por un lado, hace algunos meses terminé mi primer ensayo extenso, de carácter histórico-literario, que fue distinguido con el segundo premio en la rama de ensayo en los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango, Guatemala. Paralelamente, trabajo en un nuevo poemario que espero ver publicado en 2026 y, al mismo tiempo, llevo a cabo la reedición de algunos de mis libros de poesía ya publicados. Finalmente, avanzo en diversos proyectos académicos vinculados con artículos de investigación sobre poesía latinoamericana que ahora mismo me tienen bastante obsesionados. Todo esto de la mano con mi más grande proyecto artístico, vivir.
- Robert Jara:
Me he desengañado del decadente ecosistema de la literatura - domingo 19 de abril de 2026 - Quintín Rivera Toro:
“Me enerva el fundamentalismo restrictivo” - domingo 12 de abril de 2026 - Ana Marchena Segura:
“Estamos a años luz de entender qué significa la lengua” - domingo 5 de abril de 2026


