
Hay ciertas novelas que, apenas uno las termina, las vuelve a leer. Los motivos son varios: el deseo de convivir con los personajes otro rato más, disfrutar del estilo y el lenguaje, sumergirse de nuevo en ese mundo particular.
En el caso de El diablo de las provincias, la volví a leer porque tenía la sensación perturbadora de que en la primera lectura había pasado por alto algo fundamental en cuanto a la trama. Por un lado, la novela es sencilla: es la historia de un retorno y una traición, además de ser una denuncia a la religión y al capitalismo extractivo. Por otro, es una narrativa intrincada. A pesar de ser relativamente corta (172 breves páginas de texto), la novela está atiborrada de acciones e ideas. Aunque esto crea un intenso interés, también lo deja a uno con la sensación de que no lo ha asimilado todo. Y eso —cómo ordenamos una realidad a veces abrumadora, y las consecuencias de esa labor— es precisamente un tema principal de la novela, pues el mismo protagonista se esfuerza por buscar un hilo conductor para todo lo que le va pasando. Para iluminar este tema, es necesario trazar la trama con cierto detalle.
El protagonista es un joven que se va de su “ciudad enana” (el nombre específico nunca se menciona, pero se entiende que es Popayán, Colombia, la ciudad natal del autor) para estudiar Biología en algún país europeo (tampoco se especifica cuál). Pasa quince años en el exterior y, tras un fracaso amoroso y otro laboral, se ve obligado a volver a su país. Tras una breve estadía donde un amigo en la capital, en la que su propósito de encontrar trabajo en una universidad de primer nivel también fracasa, vuelve a la cuidad enana para buscar un cargo en la universidad departamental. Como no tiene otra opción, le toca vivir con su madre.
Al poco tiempo, la directora de un internado para señoritas llama al biólogo (nunca sabemos su nombre, ni el nombre de nadie en la novela) y le ofrece un reemplazo de una maestra que ha salido con permiso de maternidad. Decide aceptarlo. Entonces se desencadenan unos acontecimientos que se resisten a una lógica estricta. O de pronto sí obedecen a una lógica, pero ésta es bastante inverosímil. Lo mejor será ir por partes, como dicen dos personajes en el transcurso de la novela.

El diablo de las provincias
Juan Cárdenas
Novela
Editorial Periférica
Extremadura (España), 2018
ISBN: 978-8416291540
184 páginas
El biólogo tenía un hermano menor que murió diez años antes. Para él es claro que su madre hubiera preferido que el hijo muerto fuera él mismo y no el menor. Pero, como ella suele decir, “la vida es cruel... es dura y al mismo tiempo inestable, insensata, y a la vez está regida por una geometría que no podemos conocer pero sí sentir en carne propia” (25-26). Dios frustra los planes de los humanos: “A veces creo que Dios está en la muerte y no en la vida porque la muerte es descanso eterno, la luz perpetua de la rectitud. En cambio, la vida, eso que llaman la naturaleza, es obra del diablo, que se alía con las fieras, con las serpientes, con el alacrán” (26).
El colegio queda en las afueras de la ciudad. Algunas alumnas provienen de familias del sur del departamento, otras son hijas de funcionarios públicos de ascendencia africana a quienes les fueron concedidas becas, y las demás son de la ciudad. De estas últimas, la mitad está encinta. No están interesadas en lo que el biólogo les trata de enseñar. Poco después de comenzar la labor, dos de sus colegas lo interrogan sobre quién lo recomendó para su puesto porque, según ellos, para conseguir un empleo en ese colegio hay que valerse de una palanca política.
La única persona en la ciudad que el biólogo considera un amigo es su díler (un anglicismo para referir al tipo que le vende marihuana). Una noche, se cita con el díler en una cantina en la plaza principal. Allí tropieza con la mujer que años atrás se hacía pasar por la novia del hermano del biólogo, que era gay de clóset. La mujer, que anda con un grupo grande de gente, lo invita a que vaya al día siguiente a una hacienda en las afueras. Él acepta. Llega el díler y los dos salen a fumar y a conversar en la plaza.
Al rato, entran a un estanco y entablan conversación con tres cajeras y dos tipos. La más bonita habla acerca de un estudio que sostuvo que Colombia era el país más feliz del mundo. Alega que es así porque los colombianos nunca pierden la fe. Esta afirmación genera cierta discusión —uno de los tipos no está de acuerdo—, que termina cuando se ponen a bailar. Terminan borrachos. El biólogo despierta la mañana siguiente en la cama de esa mujer, sin acordarse de cómo ha llegado allí. Al salir, sin despertarla, ve una calcomanía en la ventana del apartamento que dice “Jesús es el camino” y, en letra más chiquita, “El Caballero de la Fe”.
El biólogo va a la hacienda. Resulta que la falsa novia del hermano es productora de televisión y ha reunido a su equipo de trabajo allá para elaborar un plan de trabajo de una telenovela. La telenovela trata de la esclavitud en esa zona en la época en el siglo XIX, justo antes de la abolición. Se rodará en esa misma hacienda. Él se siente un poco incómodo porque es el único en la reunión que no tiene nada que ver con esa labor.
La hermana de la productora va a la cena esa noche. Es una política conservadora e imperiosa. Lanza un discurso sobre cómo el descongelamiento de la Antártida reveló una pirámide hecha por una civilización antigua que aprendió la técnica de los extraterrestres. El biólogo, burlón, sugiere que sería mejor preocuparse del cambio climático que ha causado el deshielo de los polos. Ella insiste en que el cambio climático “es puro cuento de mamertos... La Obra de Dios es perfecta y el planeta tiene un termostato, sabe regular la temperatura” (69). Asevera que lo de los extraterrestres es verdad porque un pastor de su congregación, un “Caballero de la Fe”, y “una berriondera para estas cosas científicas” (70), así lo explicó.
Luego, uno de los guionistas elogia Canción del sur, la película de Disney, como una gran obra del género de hacienda. Esto incita el enojo de la pareja de la productora. La pareja, que es negra, tilda la película de racista. El biólogo no dice nada, pero cree que lo fundamental de esa obra es la posición esquizofrénica en que se encuentra el tío Remus. Él piensa que no es de extrañarse que el tío Remus delire, que vea cosas que no están, porque es un “náufrago de la historia” (76) atrapado entre dos mundos: el de la época de la esclavitud recién abolida y el de la Reconstrucción que está en proceso de nacer.
Al día siguiente, la productora lleva al biólogo por toda la hacienda hasta llegar a un cuarto alejado dispuesto como set de rodaje. Allí hay una mujer sentada. La productora se retira. El biólogo reconoce a la mujer: es la novia que dejó cuando se fue del país. “Vayamos por partes”, dice ella como prólogo a su intento de ponerlo al día con su vida. Poco después de la partida del biólogo para Europa, ella sufrió un horrible accidente de carro en el cual le tuvieron que amputar una pierna; ahora usa prótesis. Cuando se recuperó, le mandó una carta a él sobre el accidente. Según el biólogo, la carta nunca le llegó.
Bióloga como él, ella le ofrece un trabajo en una empresa de cultivo de palma de aceite. Los cultivos son extensísimos en el país, sobre todo en esa zona, y las inversiones están en riesgo por culpa del escarabajo picudo, una plaga cuya larva diezma los árboles. Unos biólogos habían creado una sustancia con feromonas que engañaba a los escarabajos machos, induciéndolos a que se metieran en una trampa de la que no podían salir para reproducirse con las hembras. Funcionó bien hasta que las hembras empezaron a transmitir sus feromonas de forma levemente distinta y así volvían a atraer a los machos, que ya no caían en la trampa. La empresa busca la manera de usar las feromonas para volver a controlar la plaga.
Ella comenta que en esa ciudad hay pocas personas capacitadas para ese trabajo. Aunque él se especializa en las feromonas de los osos, ella dice que su conocimiento bioquímico se adaptará fácilmente al problema de la plaga de la palma de aceite.
Más tarde, mientras el biólogo rumia la oferta, observa que hay una ceniza fina en la superficie del agua de la piscina a causa de la quema de caña en los terrenos de la hacienda (la caña ha sido el producto más importante de la zona desde la colonia). Piensa en lo nocivo que el monocultivo ha sido tanto para el medio ambiente como para los humanos subyugados para cuidarlo y mantenerlo. Su crítica al monocultivo adquiere visos apocalípticos:
El monocultivo niega el tiempo, lo cancela. Para el monocultivo no hay historia, ni hombres, sólo eternidad, o sea, la nada absoluta. El monocultivo es la voluntad de Dios en la tierra. Una tierra sin tierra. El algoritmo divino que hace que todo sume cero para mayor gloria del Uno (...). Algunas especies de plantas, entiende el biólogo, son la verdadera bestia del apocalipsis, el pasto nacionalsocialista, la caña de azúcar de los esclavos que ya no tienen tiempo, el plátano, que no es más que una hierba gigantesca, la palma de aceite, el pasto está conspirando desde hace milenios para apoderarse del mundo y nos está usando a nosotros como esclavos, estos dos negros [miembros del equipo que el biólogo ha seguido al cañaduzal] son dos de sus millones de robots programados por las corporaciones, que fingen actuar en nombre del capitalismo cuando sólo son agentes al servicio del plan maestro de las plantas del fin de todos los tiempos (89-90).
Al día siguiente, piensa en renunciar al trabajo en el colegio, pero primero quiere asegurarse de que la oferta de la ex novia no sea un embeleco. Al llegar al colegio, lo espera una breve carta de su tío, que está recluido en un hospital psiquiátrico. Es difícil descifrar la caligrafía. Tiene la forma de una fábula, y hasta se refiere al cuento de los tres cochinitos (he modificado el espaciado de la versión que aparece en la novela para que sea más entendible):
Había una vez un hermano bueno y un hermano malo. Y entre uno y otro ahí fue donde la puerquita torció el rabo [o sea, la situación llegó al límite tolerable para la puerquita].
Vos sos el hermano bueno puerquito o el hermano malo rabitorcido. Sos el blando o sos el tieso. ¿? ¿? Todas las criaturas son de dios.
Al hermano se lo llevó el viruñas $$$$ pastor. Al hermano se lo llevaron palmo$$$$nte lo botaron al río. Por eso no lo encontraron%%%%. Vení a verme que tengo una cosita para vos&&&& (94).
En el folclor colombiano, el Viruñas es otro nombre para el diablo. Se usa sobre todo cuando una persona que desea algo con mucha pasión está dispuesta a entrar en un pacto con el diablo para lograrlo, a cambio de su alma. La carta también parece acusar a la industria de la palma de estar involucrada en la muerte, aunque no es del todo claro.
Mientras el biólogo dicta clase ese día, una alumna rompe aguas (es la misma que comentó una vez: “Dios tiene un plan para todos” [31]). Como no hay tiempo para esperar una ambulancia, la meten en el carro del biólogo y él, acompañado por la directora del colegio, la lleva rumbo a la clínica. En el camino, es obvio que no van a alcanzar a llegar antes de que nazca el bebé, así que el biólogo detiene el carro. Él, que ha estado en varios partos de animales, funge de partero y el bebé nace sin problemas (aunque con la cara peluda). Cuando le pregunta a la joven quién es el padre, contesta que tiene muchos, “pero el único y verdadero es el Caballero de la Fe” (102).
En camino otra vez, la joven dice que no quiere que la lleven a la clínica donde van —la Clínica de la Fe— porque teme que allí le quiten al niño. El biólogo no le da mayor importancia a lo que le parece una ocurrencia de la muchacha.
En la clínica, el médico de turno le dice que habrá que meter al bebé en una incubadora y hacerle unas pruebas. Mientras el biólogo está sentado en la sala de espera, empieza a rumiar:
...no le gustaban las teorías de la conspiración. Siempre las había encontrado poco elegantes, muy farragosas y, en últimas, destinadas a favorecer explicaciones simplonas e ideológicas para fenómenos complejos, a menudo basándose en falacias, razonamientos circulares, casualidades inverosímiles y emboscadas argumentativas. La conspiración, por otro lado, o eso pensaba el biólogo, proporciona esquemas de inteligibilidad en contextos donde lo irracional amenaza con desdibujarlo todo (...). Y a pesar de su escepticismo, el biólogo no dejaba de tener la incómoda sensación de que todo el mundo estaba involucrado en algo y que él era el único bobo ingenuo que se paseaba por ahí sin enterarse de nada (107).
Al rato, el médico vuelve y le dice al biólogo que han trasladado a la alumna y al bebé a otro hospital, para atender unas complicaciones de salud. Al biólogo le parece que el médico está recitando un libreto, y que es pésimo actor:
El biólogo entendió por fin que, si estaba delante de un complot, si aquello que se ofrecía en esos momentos a sus sentidos era una representación, una cortina de humo, la cosa no podía ser más chambona ni peor armada, con aquel monigote como actor de reparto. ¿Acaso lo creían idiota?
Tuvo que contenerse para no darle una bofetada al médico, para no zangolotearlo por los hombros. Si le doy una bofetada van a pensar que el loco soy yo, se dijo, y entonces cayó en la cuenta de que ya se encontraba flotando en el interior de la lógica conspirativa, quién sabe desde cuándo (108).
He aquí la primera noticia explícita en la novela del impulso humano de buscar orden en el mar (o, quizá, en la ciénaga) de sucesos, información y sentimientos que uno experimenta. La novela ha insinuado este tema antes, y deja en claro que no es solamente una cuestión de teorías de conspiración.
Por ejemplo, hacia el comienzo de la historia, una noche mientras el biólogo se fuma un porro en el patio de la casa de su madre, le llegan recuerdos que
él trataba de procesar y estirar como si rellenara con desperdicios una especie de salchicha, deseoso pero a la vez atemorizado por la posibilidad de tropezar con algún objeto que diera consistencia y sentido al conjunto. Porque él sospechaba que en últimas la luz, la superficie suave con la que se le presentaba tal o cual recuerdo, la inminencia de un olor feliz que no llegaba, todo eso estaba secretamente recorrido por un orden, por una consigna que no acababa de formularse para él (23).
En otro momento recuerda los días felices que pasaba junto a su hermano y a su tío en el jardín que éste había sembrado, escuchando y viendo atentamente a las aves. El baile de los pájaros le daba la sensación de que “existía un secreto rector, una trama oculta que coordinaba todos los movimientos. Debe haber un orden, unos turnos, sospechó una vez el hermano desde su hamaca, sólo que no podemos verlo” (53).
Volvamos a coger el hilo. Vayamos por partes. El biólogo sale del hospital y da una vuelta por los predios de la universidad. El olor de las plantas le recuerda el de las hojas aromáticas que su tío había incluido en el sobre con la carta esa mañana. La carta también hablaba de su hermano, y el biólogo advierte que en los años que han pasado desde su muerte ha erigido una barrera emocional para evitar pensar en él y en su deceso. Esto lo lleva a lamentarse de que nunca será un verdadero humboldtiano, una referencia a Alexander von Humboldt, el botánico alemán que dirigió una expedición científica a la Nueva Granada (ahora Colombia) que tuvo un inmenso impacto científico y social a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX:
Un verdadero humboldtiano no trazaría únicamente redes paranoicas de información, sino que además haría un esfuerzo por establecer conexiones sensibles. O mejor, un verdadero humboldtiano sabría que la inteligibilidad de toda la red de relaciones aparentemente mecánicas entre organismos depende de las conexiones emocionales (111).
Recordemos que su tío les había enseñado a sus sobrinos que “ser americano y ser naturalista es la misma cosa”:
La Naturgemälde, la pintura de la naturaleza, sólo surge si el científico asume su singularidad, el frágil y delicado espacio desde el que mira, oye y habla, y sólo desde allí puede pintar una imagen del mundo, fragmentaria, segmentada, en absoluto dominante o imperiosa: más bien, por el contrario, será una humilde pero colorida miniatura del universo (111).
Es un rechazo al impulso detrás del monocultivo y de la idea de un dios que rige el mundo, o sea, una denuncia del capitalismo y de la religión. No por nada el tío también decía que ser americano y naturalista es ser revolucionario:
Y el reloj de la revolución es el reloj de la naturaleza revelada. Habrá momentos en los que parece que no, que el tiempo de la revolución ya pasó, que la reacción ha triunfado, pero no se dejen engañar. Porque la revolución no es otra cosa que la vida y la vida es una fuerza irreversible que se desató hace millones de años. A veces parece que la muerte se va a imponer sobre la vida, pero la vida siempre se las ingenia para engañar a la muerte (112).
Puede que el destino posterior del tío —preso por razones políticas en primera instancia y luego por razones de salud mental— se vislumbre en esas palabras.
Persiguiendo sus pensamientos, oliendo el romero que lo rodea mientras está sentado en un banco en los predios de la universidad, el biólogo recorre mentalmente todo lo que le ha pasado últimamente y decide volver a la casa vieja donde vivía con su madre, su hermano y su tío, en el antiguo centro de la ciudad. La forma de su pensamiento es la de una persona que le ha encontrado sentido a todo lo que le ha pasado:
...el biólogo sintió por fin que todo hervía en el mismo dibujo: las emociones y las ideas, los datos, los recuerdos del tío, un bebé con la cara peluda, la prótesis de una pierna, una virgen abandonada en un nicho de forma de concha [una referencia al colegio donde enseña], el asesinato de su hermano, un hombre con cabeza de escarabajo, un monocultivo de edificios [un tema del biólogo y una crítica al desarrollo urbano de su ciudad], la pasiflora [una referencia botánica-religiosa que apareció antes en la novela], los ojos desorbitados del tío Remus, perdido en el tiempo de zip-a-di-du-da. Todavía no entendía nada, pero la imagen viviente empezaba a cobrar forma. Quizás, pensó el biólogo, quizás, es hora de ir a la casa vieja (114).
Un señor mayor, con su hijo, vive en la casa vieja, y sirve de cuidandero. El biólogo entra en el que solía ser el cuarto de su hermano, buscando pistas de la vida de éste para entender quién era y qué le pasó. Pero no hay nada que arroje luz sobre la vida personal del hombre, ni mucho menos nada que tenga que ver con su homosexualidad. Sólo encuentra “la gruesa costra de oficialidad de su hermano” (117).
Para el mundo, el hermano era un abogado, un agente de bienes raíces experto en el derecho de propiedad rural, soltero apreciado y socio del Club Campestre. Circulaban tres teorías para explicar su muerte violenta (le pegaron diez balazos en cabeza). La primera, promovida por un periodista, fue que el hermano había reivindicado los derechos de unos campesinos negros de la Costa Pacífica contra la indebida legalización de terrenos por parte de una empresa palmicultora. La segunda fue que un amante lo mató en un crimen pasional. También salió a flote otra teoría: unos criminales lo secuestraron para venderlo a un grupo guerrillero comunista con el fin de exigir un rescate, pero el proyecto se fue a pique y lo mataron.
Los fiscales optaron por la tercera teoría, aunque, al igual que con las otras dos, faltaron pruebas contundentes para sustentarla. Este cambio de enfoque le convino a la madre porque desembocó en que todo el mundo dejara de hablar de cómo su hijo había tomado partido por una gente pobre y menospreciada. También desplazó la teoría que señalaba que su hijo era gay, que para ella era una vergüenza (de hecho, cree el biólogo, fue la influencia de ella la que apartó al hermano de asumir una vida como gay abierto). Una muerte a manos de la guerrilla puso a la familia al lado de la gente bien, y ella supo sacar provecho de eso con los ricos y poderosos de la ciudad. Fue así como pudo pasar de la casa vieja a una casa en una urbanización de gente próspera.
El biólogo se ve enfrentado con dos imágenes de su hermano y se pregunta:
¿cuál era el hermano verdadero? ¿El niño sensible y de temperamento artístico o el tipo infumable de los trajes y los perfumes que, inexplicablemente, se negaba a salir del armario justo cuando muchas personas de su mismo estrato social y nivel educativo empezaban a hacerlo? [124).
No duda en optar por el primero: “El dulce niño marica (...), el fino observador de aves, el fabulador que nos inventaba padres imaginarios” (los hermanos nunca conocieron a su padre).
Su tío le había asignado a él el papel de científico y el de artista al hermano, enfatizando la complementariedad de los roles. Pero de adolescente el hermano, bajo la influencia de la madre, se alejó del tío y se empeñó en borrar cualquier indicio que pudiera delatarlo como gay. El biólogo se vio en un dilema. No quería rechazar a su madre y a su hermano, así que él también se alejó del tío. Rechazó su entusiasmo y su radicalismo, alegando que “la ciencia es un asunto puro, superior. Se puede ser naturalista sin rebajarse a ser ni revolucionario ni americano” (114). Y formó la idea de irse cuanto antes de su ciudad natal. Como veremos, resultó ser un escape temporal pero no una solución: al volver, se ve atrapado en el mismo problema.
Después de su visita a la casa vieja, el biólogo se encuentra con el díler en la plaza. Mientras fuman, le cuenta lo que le ha pasado en los últimos días. El díler considera el caso del hermano y dice que nunca se sabrá lo que pasó de verdad:
(...) lo normal en este tierrero es que uno no sabe ni por dónde empezar a contar los cuentos, porque no hay un cuento sino puros amagues, ¿sí has visto? Con mi papá y mi abuelo pasó lo mismo. Los mataron y nunca supimos nada y ya mejor ni saber porque para qué, lo que hay es un resto de amagues de cuentos, como un cuento muy malo y muy enredado hecho de puros comienzos de cuentos que a la final qué, eso es puro cine-arte, sí o qué, como esas películas en idiomas raros que van a ver los pelaítos de la universidad (130).
El biólogo comenta que lo mismo dijo el periodista, que insistía en que el hermano fue asesinado por matones contratados por la empresa palmicultora: “Bastaba con volver muy complicada una historia para que al final ya nadie quisiera escucharla y mucho menos repetirla” (130).
El díler comparte una conclusión a que ha llegado sobre la vida: “La mitad de lo que uno vive sólo pasa dentro de la cabeza. Y de la otra mitad, la mitad pasa en la lengua, en la habladera de mierda, sí o qué. Sólo un cuartico es real” (131).
En ese momento la directora del colegio lo llama. Dice que le urge hablar con él en persona. El biólogo responde renunciando a su trabajo. La mujer insiste en que, de todos modos, tiene que hablar con él en persona y se niega a decir de qué se trata. Él accede.
Después de colgar, el biólogo le pregunta al díler si sabe algo del Caballero de la Fe. El tipo dice que es una iglesia de la que su madre es devota, “una iglesia de las duras, de esas que tienen hasta parqueadero de ovnis” (133). Es un negocio, el díler afirma, pura sacadera de plata a los feligreses.
La mañana siguiente, en el desayuno, su madre le dice que se encontró con su ex novia y que ella le contó lo del trabajo. Le pregunta a su hijo si va a aceptarlo. Molesto, el biólogo responde que aún no se ha decidido. Tiene reservas porque la industria palmicultora está basada en el robo de terrenos, la desforestación y la muerte por todo el país. Y la palma, como todos los monocultivos, desertiza: “Es una plaga” (136).
Su madre le clava una mirada que lo achicopala. La descripción de este momento es a la vez tierna y escalofriante:
(...) miraba a su madre con los ojos desorbitados de un negro psicótico, náufrago de la historia, y su madre lo miraba con ojos de madre. Con ojos de mamífero y amor mamífero y ternura y pulsión de muerte mamífera. Y el biólogo sintió culpa y miedo y también asco y también gratitud, amor y respeto porque sabía que su mamífera lo había dado todo por sus hijos, sacrificándose para sacar adelante a su prole de solterones, maricas, vagos y locos (137).
La directora lo citó en el Museo de la Arquidiócesis, pero cuando el biólogo llega la mujer no está. De hecho, no hay nadie allí salvo un viejo. Espera hasta que el museo cierre, pero la mujer no aparece. Al salir, dos hombres lo abordan en la calle y, apuntándole con una pistola, lo suben a una camioneta. El biólogo está seguro de que lo van a matar porque los secuestradores no se molestan en taparse las caras.
Lo llevan a una especie de bodega que contiene alimentos para perros y estantes con grandes frascos de un líquido transparente. Lo conducen a un cuarto donde lo espera el viejo que había visto en el museo. El biólogo tiene tanto miedo que casi no puede hablar. El viejo lo hace recoger un frasco de los estantes. Es su frasco, dice el viejo. El brillo en los ojos del señor le recuerda al biólogo de “dos diminutas ventanas a través de las cuales se divisara un cañaveral en llamas” (153).
El biólogo pregunta si el señor es el Caballero de la Fe. El viejo se ríe. No, dice, soy un simple técnico, “Pero si quiere subirme de categoría digamos pues que soy el caballero del formol” (155).
El tono de lo que sigue es amenazante, y así lo toma el biólogo. El viejo dice que los dos son técnicos: hacen preguntas, pero no cualesquiera, sino precisas, adecuadas: “Usted abre el libro de la naturaleza, no para hablar con Dios, no, señor, lo abre para consultar algo muy preciso” (156).
Entonces, el señor le cuenta la historia del machete. Un abuelo y su nieta vivían en el monte. El abuelo se enfermó gravemente y los dos fueron a buscar al curandero de la comarca. El curandero los atendió y curó al abuelo con unas hierbas. Mientras le explicaba al abuelo cómo seguir con el tratamiento una vez que volviera a casa, se oyó un sonido raro que venía de un machete colgado en la pared. El curandero les dijo que él había usado ese machete para ajusticiar —es decir, para matar— durante la reciente guerra. Aunque ahora sólo lo usaba para faenas de la finca, de vez en cuando el machete cantaba cuando veía a tal o cual persona. Se callaba sólo si bebía una gota de sangre de esa persona —en este caso, dijo el curandero, de la niña. La muchacha estaba asustada, pero asintió por amor al abuelo y el curandero le sacó una gotica de sangre del brazo, y el machete dejó de cantar.
A ver, pongamos orden, vayamos por partes. Usted es la niña, ¿no? ¿O usted es el machete? Mejor dicho, aclarémonos. Usted no tiene trabajo. Usted es un muerto de hambre. Un pobre hijueputa. ¿No? Un malparido sin oficio ni beneficio que no es capaz de tenerse el culo con las dos manos. Eso, eso, ya nos vamos entendiendo. Entonces, tengo entendido que a usted le ofrecieron otro trabajo [es decir, el de la empresa palmicultora]. Un trabajo nuevo, un trabajo decente, digno del técnico que es usted. ¿Me equivoco? [160).
El biólogo está “paralizado de terror”. El viejo prosigue:
Es un trabajo perfecto para usted. Yo no veo dónde está el problema aquí. O será que usted no se está haciendo las preguntas correctas, será que usted anda abriendo el libro de la naturaleza para quién sabe qué pendejada, será que usted está abusando del libro de la naturaleza. Será que usted quiere saber. Será que usted es un pretencioso, de esos que quieren sabiduría. Un sabio. ¿Nos vamos entendiendo, no? ¿Qué es usted? Se lo voy a preguntar una sola vez. ¿Qué es usted, amigo, un técnico o un sabio?
El biólogo no lo dudó: un técnico, se apresuró a declarar con un hilito de voz, antes de volver al agarrotamiento (160-161).
Aquí un pequeño rodeo, más bien, una oportunidad de ampliar un punto que es fácil pasar por alto, como lo hice yo en la primera lectura. Cuando el tío les enseñaba a sus sobrinos acerca de la relación entre ser naturalista, americano y revolucionario, el texto de la novela menciona a “Caldas”. La referencia es a Francisco José Caldas Tenorio, conocido como “el Sabio Caldas”. De una adinerada familia criolla de Popayán (que, como ya dije, es la “ciudad enana” de la novela), era naturalista (y botánico, astrónomo, matemático, abogado, y periodista) y líder revolucionario en la Guerra de Independencia de Colombia. Fue capturado y ejecutado por los españoles en 1816. La lección para el biólogo, que sabe la historia de Caldas y los demás héroes de la Independencia, es clara (dicho sea de paso, Caldas era un colaborador de Humboldt).
El biólogo cree que está a salvo, pero cae un silencio helado. Por fin, el viejo cuenta la historia del machete otra vez, pero con un vuelco: el canto le agrada a la niña y quiere escucharlo de nuevo. El viejo le pide la opinión del biólogo al respecto. Él, en su miedo, empieza a decir que él mismo es la gota de sangre —el viejo asiente— y que también es “el silencio que queda después de la música” (164).
Lo liberan, y esa misma semana acepta el trabajo en la empresa palmicultora. Se muestra conforme con la concesión que ha hecho respecto de sus valores. El trabajo es bien pagado —se pasa a vivir a la casa vieja—, y es de utilidad para otros productos agrícolas, se dice a sí mismo. A partir de ese momento, “el biólogo veía con alivio cómo sus asuntos empezaban, por fin, a ordenarse, cómo cada cosa se ponía en su sitio sin mucho esfuerzo” (168). Concluye que “no hay que abusar del libro de la naturaleza” (168).
***
La novela se narra desde el punto de vista del biólogo, excepto por los capítulos antepenúltimo y último. Aquél toma la perspectiva del díler. Es un monólogo trabado, como es de esperarse de un tipo que está tan frecuentemente, como en ese momento, fumado. Termina así:
Mi mamá y mi hermana me dicen que rece, que le entregue mi alma a Jesucristo, pero yo prefiero mil veces hacer ese negocio con el diablo. Con el diablo uno sabe a qué atenerse. Pegándole las últimas sopladas al porro, el díler se rio y tosió a la vez. Venderle mi alma al diablo y con la plata irme a conocer el mar. Eso es lo que yo debería hacer. Nadar de noche en el mar. Severo visaje (173).
La acción y la narrativa de la novela terminan en el siguiente capítulo, lo cual es el penúltimo. El biólogo está en la casa vieja, probándose la ropa formal de su hermano porque su ex novia le ha dicho que debe vestirse mejor en el trabajo, que ya no es un estudiante pobre. Satisfecho consigo mismo, piensa que “poco a poco (...) esta casa volverá a ser una casa y dejará de ser el museo de la familia. Voy a habitar mi propia casa” (178).
Como para desvirtuar ese sentimiento, lo que sigue y cierra la novela es un capítulo en itálica que consiste en dos páginas de consejos de autoayuda y clichés (gran parte de ellos contradictorios) que empieza con las palabras “Vuelve a casa” (179). Pero toda esa lista larga de frases de superación personal parece un disparate, salida de la nada. El significado de este capítulo me eludía hasta que una amiga señaló que, cuando la gente no tiene (o cree que no tiene) cómo efectuar cambios a nivel colectivo, busca soluciones a sus problemas en la autoayuda. La literatura de superación personal es, según la presenta el autor, el opio de las masas contemporáneas.
***
¿En qué quedamos, pues? El biólogo traiciona los valores que le había enseñado su tío. Termina por convertirse en un simple técnico, conforme con su servicio a una industria rapaz. Al hacer este cambio radical en su vida, siente que todos sus asuntos se han ordenado. Está al lado de Dios, si aceptamos la proposición de su madre de que Dios impone el orden (una idea endosada por la alumna encinta y la hermana de la productora). Y, como también dice la madre, el reino de Dios es la muerte. Es una inversión total de cómo normalmente se concibe a Dios en el cristianismo.
Claro que la asociación de Dios con la muerte y del diablo con la vida no es del todo estable en la novela. Recordemos que, según el tío, el Viruñas se llevó al hermano, y se puede entender la aceptación del trabajo en la empresa como un pacto que hace con el diablo.
¿Qué pensar del enfoque de las teorías de la conspiración? El tratamiento de este tema me marea. Por un lado, el biólogo reconoce lo dañinas y falsas que son. Por el otro, se ve sujeto a esa manera de razonar (o de dejar de razonar) y, a fin de cuentas, el biólogo es víctima de una conspiración. O quizá de dos: una sencilla que resultó en su puesto en el colegio, y la otra más elaborada que lo llevó —coaccionado, por supuesto— a aceptar el trabajo en la empresa.
Al mismo tiempo, la novela se debate entre ofrecer una historia que depende de, o que encarna, una teoría de conspiración, con todo su impulso de simplificar la realidad, y, por el otro lado, ofrecer una historia complicada que, como dice el periodista, nadie acaba por creer. Quizás en eso se basaba la necesidad que yo sentía al terminar la novela: reconocí el complot, pero éste estaba tan endiabladamente (valga el juego de palabras) complicado que dudé si lo había entendido del todo.
Es un golpe maestro de la novela el que el biólogo sufra el mismo destino que los escarabajos picudos machos engañados por las feromonas: caer en una trampa. Como los escarabajos que no logran cumplir su cometido de aparejar, el biólogo no logra ganarse la vida de una forma que le permita honrar sus propios valores. Igual que su hermano, se traiciona a sí mismo. Por lo tanto, es apropiado que estrene la ropa de su hermano para asumir plenamente su papel como técnico al servicio del capitalismo extractivo.
Se puede decir que es en ese momento —el final de la parte narrativa de la novela— que el biólogo se ha hecho plenamente adulto. Ya no es un estudiante, como dijo la ex novia, ya no vive con la madre: ahora se viste como un hombre hecho y derecho. Es su imagen final. Como las larvas del escarabajo.
Las larvas del escarabajo picudo, le explica la ex novia, se incrustan en la corteza de las palmas y comen vorazmente. Ya cuando han pasado por las etapas de larva y de pupa, al volverse adultos, han hecho grave daño a los árboles. El término para el ejemplar adulto de un insecto es imago.
Esa misma palabra se le viene a la mente al biólogo mientras escudriña el arte religioso en el Museo de la Arquidiócesis. Está fijándose en los pequeños detalles de las pinturas y encuentra un conjunto abigarrado de imágenes, entre ellas la de una mariposita. Reflexiona sobre por qué se usa esa palabra, imago, para el insecto adulto. Imago es también, recuerda, la máscara funeraria en cera de los senadores romanos. Especula que, “al superar todas las fases de la metamorfosis, el insecto se libra de todas las máscaras para mostrar su verdadera imagen, su auténtico rostro, la representación última de su especie. La máscara final” (145).
Como vemos, la máscara final del biólogo es de aceptación de su papel como una pequeña pieza en la maquinaria destructiva del monocultivo y la traición a los valores de naturalista, americano y revolucionario. Está aún por verse si la revolución es la vida y por lo tanto es irreversible, como decía el tío. La gran virtud de El diablo de las provincias es pintarnos un cuadro sombrío de las dificultades que tanto la revolución como la vida tienen que superar para realizarse como las imaginaban el tío y, alguna vez, el biólogo.
- ¿Simpatía por el diablo?
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