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El retorno (y el triunfo) de la reprimida
(sobre El tiempo de las moscas, de Claudia Piñeiro)

lunes 3 de marzo de 2025
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Claudia Piñeiro
En una apuesta arriesgada, Claudia Piñeiro resucita en El tiempo de las moscas a Inés, el personaje principal de su novela Tuya, publicada en 2005 y llevada al cine en 2015.

En los tiempos que corren, resulta difícil leer la novela de 2022 de Claudia Piñeiro, El tiempo de las moscas, y no reconocer su valor como una intervención pública en los debates acerca del género y el poder, el sexismo y el feminismo. Tanto Argentina, el escenario de la novela, como Estados Unidos, donde resido yo, están atravesando un momento de sumo peligro en cuanto a los derechos de las mujeres. Ejemplos abundan, pero las elecciones de Javier Milei y Donald Trump a las presidencias de sus respectivos países hablan por sí mismas.

Antes de hablar del contenido de la novela, quisiera señalar unas particularidades del vehículo que lo lleva, que parecen diseñadas para difundir el mensaje al público más amplio posible. El tiempo de las moscas es un thriller, uno de los géneros más populares en el mercado. Su alcance seguramente se ve aumentado por el hecho de que Piñeiro resucita a Inés, el personaje principal de su novela Tuya, publicada en 2005 y llevada al cine en 2015. Pero revivir a un personaje después de casi veinte años puede ser una apuesta arriesgada. Las secuelas a veces palidecen comparadas con la obra original, bien sea porque el público exige que la fórmula que condujo al éxito la primera vez se continúe, y es posible, en cambio, que la creadora busque nuevos horizontes. Por otra parte, es posible que el momento cultural que captó la original se haya difuminado, y que la autora se vea incapaz de sintonizar con los nuevos tiempos. En el caso del presente libro, como veremos, la autora se aprovecha cabalmente de los cambios culturales en los últimos años para producir una novela consecuente.

Como todo buen thriller, la trama es intrincada y llena de suspenso. Hacia el final hay un giro inesperado que aumenta lo que está en juego. La calidad de la trama está a la altura del seguimiento de la relación entre Inés y su amiga la Manca. En Tuya, Inés Pereyra es una convencionalísima ama de casa de clase pudiente, con un marido exitoso y casa en un barrio codiciable. Cuando descubre que Ernesto le es infiel, se pone a investigar con quién. Encuentra que la amante es una tal Charo, que firma sus notas de amor a él con el sobrenombre “Tuya”. Inés le pega un tiro a Charo y, con la ayuda de Ernesto, se deshace del cadáver. Cuando la policía los descubre, Inés va a dar a prisión, dejando a su hija, Lali, en manos de su madre. Ernesto, que no apretó el gatillo, paga una condena menor que ella. Ni Inés ni Ernesto saben que Lali está embarazada porque han estado del todo enfocados en sus propios asuntos (él, en la infidelidad; ella, en el frenético intento de mantener a su hombre).

“El tiempo de las moscas”, de Claudia Piñeiro
El tiempo de las moscas, de Claudia Piñeiro (Alfaguara, 2022). Disponible en Amazon

El tiempo de las moscas
Claudia Piñeiro
Novela
Editorial Alfaguara
Barcelona (España), 2022
ISBN: 978-6073825030
400 páginas

El tiempo de las moscas abre con la salida de Inés de la prisión, después de pagar quince años de condena. Es un capítulo breve que actúa como especie de prefacio o toma de apertura que marca el paso de Inés de su estatus de presidaria al de mujer libre, del cautiverio a la libertad. Lo que hace con esa libertad es un tema principal de la novela.

El resto de la novela se despliega en el lapso de unas semanas, un año después de la liberación. Lo primero que Inés hace al salir del encierro es cambiarse el apellido. Asumió el de su marido, Pereyra, cuando se casó, pero ya que se ha divorciado de Ernesto y, reconociendo que esa relación era un desastre, decide llamarse “Experey” —la ex de Pereyra. No recobra el apellido con que nació porque nunca se llevó bien con su propia madre, y su padre abandonó a la familia cuando ella era apenas una niña. Como dice Inés: “Vida nueva, nombre nuevo” (17).

La Manca es la única mujer de la prisión con quien Inés, más educada y reservada que las otras presidiarias, traba amistad, aunque le cuesta pensar en esos términos. Una vez libres, se asocian para formar una empresa que tiene sede en la casa que Inés compró con su parte del arreglo del divorcio. La madre de Inés, al morir, le legó su casa a Lali —quien también se ha cambiado de nombre: ahora es Laura.

La empresa une el negocio de la Manca, que es de investigaciones privadas, y el de Inés, que es de control inofensivo de plagas domésticas, como polillas y cucarachas. Es de notar que no mata moscas. Ahí hay (por lo menos) dos chistes. Primero, se puede decir que Inés tiene mucha experiencia con plagas domésticas, ya que su marido y Charo le estropearon su hogar y matrimonio. Segundo, es una mujer que no mata moscas, pero que sí mató a un humano.

Deciden ponerle a la empresa el nombre MMM. Las socias comparten las dos primeras emes: “la de muerte, porque fumigación e investigaciones allí conduce o de allí vienen; la de mujeres, porque ellas lo son y prefieren que sus clientes lo sean” (25). La tercera eme es de Inés sola: moscas. De hecho, la novela en sí, después de la toma de apertura, comienza en primera persona con Inés describiendo una “mosca” que a veces se sobrepone a su visión en su ojo izquierdo. En realidad, es un conjunto de células muertas flotando en su ojo. También, en la prisión estudió mucho sobre las moscas y las admira sobremanera.

La Manca estuvo presa por venta de drogas, como muchas de las mujeres que las dos conocieron en prisión. Por una lesión cuando era joven, no tiene el uso de su mano derecha (de ahí el sobrenombre), es lesbiana, de un nivel escolar más bajo que el de Inés, pero de una inteligencia indiscutible. Y está enamorada de su amiga.

Las dos unen fuerzas cuando una clienta de Inés le ofrece “muchos dólares” a cambio de un veneno poderoso cuya venta está restringida a los profesionales del control de plagas. Rica, arrogante, y dada a tomar vino en exceso, Susana Bonar le dice a Inés que quiere matar a la amante de su marido. Le informa que la ha buscado porque sabe quién es y qué ha hecho. Inés rechaza la oferta, pero Bonar nota que está tentada. Le pasa un sobre con mil dólares, explicando que es una recompensa por escucharla. Inés lo toma y, antes de irse, dice que considerará la propuesta.

Inés no está tentada por razones de lucro, aunque la plata sí le hace falta, sino porque la Manca tiene cáncer de mama y el sistema de salud pública es tan deficiente que no hay cita para operárselo sino en seis meses —cuando de pronto sea demasiado tarde. Pagándole al médico bajo cuerda, se puede hacer la cirugía más pronto.

Toma esta decisión no sólo porque la Manca es su amiga, sino para hacer justicia. Los que tienen plata pueden ir a las clínicas privadas cuando les plazca, mientras los que no, tienen que sufrir. O las que no, como dice Inés. Lo hace por “la Manca y todas las Mancas a las que se les pide paciencia, ‘tranquila’, ‘ya llegará tu turno’” (138). Esta es una sola instancia de muchas en que Inés (y la Manca) denuncian las injusticias a las que están sometidas las mujeres. La búsqueda de justicia para las mujeres es el motor de la trama.

Pasado un tiempo, las socias se enteran de que Bonar no tiene marido. Es más: descubren que Laura, la hija de Inés, suele visitar a Bonar en su casa después de su jornada como psicopedagoga en un colegio. Va en compañía de su hijo de un año, Dante, a quien recoge de la guardería de paso (Dante es el hijo de Laura con su esposo, Javier; no sabemos quién es el padre de Guillermina, la hermana de Dante). Inés y la Manca deciden que Laura está resentida con Inés y, con la ayuda de Bonar, le está tendiendo una trampa para enviarla de vuelta a prisión.

Descartan esta hipótesis al investigar a Bonar más a fondo. Descubren que tenía una hija que se había muerto a los quince años, y deducen que la señora se quiere suicidar por el dolor de su pérdida. Luego, sus pesquisas las llevan a la revelación de que la hija de Bonar se transicionó a muchacho. Bonar no estaba conforme con esa decisión y culpa a Laura porque ella, en su papel de psicopedagoga del colegio, le ayudó a la muchacha a cambiar de género. Seguramente también busca desviar la culpa que Bonar siente —el muchacho le responsabilizó por su deseo de suicidarse— y depositarla en Laura. Bonar le reclama a Laura, diciendo que lo que sufrió Bonar lo sufrirá Laura, pero peor.

Por su parte, Laura la visita porque busca la reconciliación; quiere que Bonar acepte que lo que hizo Laura era por el bien del muchacho. Por fin, a último momento, Inés se da cuenta de que lo que pretende Bonar es meterle el veneno al tetero de Dante para que, cuando Laura se lo dé, muera, y Laura sufra por el resto de su vida, sabiendo que su hijo se le murió en sus propias manos. Bonar, mientras tanto, ya se habrá ido para Singapur a llevar una vida de lujo y ocio, fuera del alcance de la ley argentina (Singapur no tiene tratado de extradición con Argentina, y Bonar ha ganado una cantidad importante de dinero como productora de televisión). Inés ata cabos al último momento y corre a intervenir, salvándole la vida a Dante.

Avisé que la trama es intricada, y eso que estoy omitiendo cómo Inés y la Manca adquieren la nueva información que las lleva de hipótesis a hipótesis.

El acto heroico es dramático y sin preámbulos. La Manca e Inés están siguiendo a Laura por la calle cuando a Inés le llega la epifanía. Sale corriendo y gritando, y le arrebata el tetero a Laura justo cuando se lo va a dar al niño. Laura queda pasmada. La explicación de Inés no la convence y le dice que no vuelva a acercarse a ella y su familia.

Inés nunca ha sentido amor ni cariño por Laura, así que dice: “No me acerqué por voluntad propia”, sino impelida por toda la trama que urdió Bonar. Sigue:

—Porque, en definitiva, ¿qué somos nosotras hoy? Nada.

—¿Hoy? —resalta Laura esa palabra, con un nudo en la garganta.

—Cierto, nunca fuimos —responde Inés (374).

Si una esperaba una reconciliación entre madre e hija, estará engañada. De hecho, Inés rechaza el término “madre” para sí misma: es una mujer que parió y punto. Nunca “maternó” ni quiso hacerlo. Rechaza la expectativa de que el hecho de parir le ponga en condición de “maternar”, de ser madre, lo cual parece significar no sólo desarrollar un vínculo afectivo sino poner las necesidades y los deseos de los hijos por encima de los propios.

Aunque nunca se sentía madre, es apenas con la nueva era del feminismo que Inés se cree respaldada en su actitud. El mundo cambió muchísimo en los quince años que pasó en prisión, e Inés se esfuerza por ponerse al día. Cómo lo hace es un tema recurrente de la novela. Es, también, una de las grandes ventajas de revivir a un personaje después de tanto tiempo: le da pie a la autora para examinar los cambios culturales, sobre todo con respecto a cuestiones de género. Algunas ya dan esos cambios por sentado, y otras los celebran, aunque saben que pueden ser avances frágiles; también están las que se oponen o tienen sus dudas —como Inés a veces (se resiste a otras cosas nuevas, como estar pendiente de su celular, lo cual no sólo es un detalle simpático —por lo menos, para mí, que soy de la misma generación de Inés— sino que es un detalle que la autora usa en ocasiones para intensificar el suspenso).

Destaca el papel de los cambios del lenguaje en este proceso de adaptarse a las nuevas circunstancias sociales. Inés se siente satisfecha, casi orgullosa, de su habilidad de contarles su historia a las otras presidarias. Pero, con el paso del tiempo, la frase que usa para describir a su ex esposo, “hijo de puta”, ya no se usa tanto entre las mujeres porque es estigmatizar a las que se sostienen del trabajo sexual. Ni tampoco tienen la culpa las madres por la conducta de sus hijos. En su lugar, se dice, “hijo de yuta”. En argot argentino, “yuta” significa “policía”. Dice Inés:

Parece que ahora muchas batallas se libran allí, en la palabra que cada una elige, de eso también empecé a darme cuenta. Y yo de batallas he tenido suficiente, así que me reservo para las que no puedo evitar (48).

Vale la pena señalar que el lenguaje es un campo de compenetración entre Inés y la Manca. Aunque vienen de mundos sociales distintos, cada una termina por adoptar palabras de la otra: Inés ahora dice “yuta”, mientras la Manca emplea palabras de Inés como “metereta” y “odisea”.

Las batallas mencionadas arriba, no solamente sobre el lenguaje sino sobre cuestiones fundamentales de poder, deber y libertad, se libran acaloradamente en los siete capítulos (de cuarenta y cinco) que protagoniza el coro. Cada capítulo de estos viene encabezado por una cita del coro de la obra de teatro Medea, de Eurípides.

El coro griego habla al unísono. En contraste, el coro de El tiempo de las moscas es un instrumento de debate. Las voces del coro son feministas todas y expresan opiniones fuertes y encontradas, arrancando desde lo que sucede en los capítulos narrativos que los preceden. Cada participante aporta una frase o dos. No se sabe quiénes son, ni se puede establecer una continuidad entre lo que una voz dice en un capítulo y lo que dice en el siguiente. Se debate, entre otras cosas, en qué consisten el feminicidio, el sexo y el placer, la maternidad, la casa y la pertenencia, los deportes y los empeños y espacios que han sido vedados a las mujeres, y el lugar de las mujeres trans en el movimiento feminista.

En cada capítulo hay apelaciones al orden, se aplica la norma de que todo el mundo tiene derecho a opinar, y el debate se resuelve a punto de votos —aunque nunca vemos cuál ha sido el resultado. No importa. Lo interesante es que todas expresan sus puntos de vista con pelos y señales y sin pelos en la lengua. El debate de las integrantes invisibles del coro modela el respeto mutuo, la franqueza y la valentía que me imagino que la autora quisiera ver en el mundo real.

¿Pero es necesario el coro? Es cierto que entorpece la marcha de la narrativa. Al mismo tiempo, tiene una función importante: pone las acciones de las protagonistas en un contexto más amplio, y presenta ideas que de pronto ellas no pensarían o expresarían. Las integrantes del coro manejan un lenguaje a veces combativo, y casi siempre en un registro popular, pero las ideas que abordan son complejas —o por lo menos dignas de ser el tema de libros y ensayos de escritoras y académicas feministas como Angela Davis, Rita Segato, Judith Butler, y Rebecca Solnit (priman las figuras de países fuera de América Latina). Lo sabemos porque los capítulos del coro llevan citas a las obras de estas y otras autoras. La inclusión de las citas introduce un sesgo a favor de la palabra escrita porque se convierten en enfoque de los debates e influyen su curso. Aunque las voces del coro son admirablemente heterogéneas y debaten fieramente lo escrito, vivimos en una cultura que privilegia la palabra escrita. El que yo escriba y tú leas este ensayo sobre un libro constituye una prueba.

Y la autoridad de lo escrito no es sólo un prejuicio de la gente que se mueve en el mundo de los libros, sino de la gente común y corriente. Volviendo a la novela, la Manca le pide a Inés que escriba un libro sobre madres e hijas. Inés reconoce que es un tema valioso: “Mujeres estafadas por un hombre hay muchas, pero repudiadas tanto por la madre como por la hija, no tantas” (232). Cree que la Manca la sobreestima porque sabe contar una buena historia, pero de escribir dice no saber nada, aunque también cree que escribir no será tan difícil. Escribiría, dice, sobre las moscas.

Su fascinación con las moscas comienza en prisión. Acude a los talleres de lectura a sugerencia de la psicóloga de la institución. Necesita que le vea su resiliencia (palabra que ha reemplazado “sobreviviente” en el nuevo mundo del lenguaje, según Inés) y asistir a los talleres puede ganarle puntos con la mujer y así aminorar su sentencia. La chica encargada de la biblioteca del taller intenta interesar a Inés en algunas novelas, pero no le gusta ninguna. Cuando la chica por fin se da cuenta, le pregunta a Inés qué es lo que le interesa. Le contesta, “las moscas”, porque en ese momento ha aparecido esa mancha flotante en su ojo que denomina “mosca”.

Le recomienda un libro de Marguerite Duras que contiene un pasaje en que la autora contempla una mosca agonizante. A Inés la actitud de Duras le parece pretenciosa y cruel. Tampoco le gusta que Duras culpe a las moscas por la peste y el cólera. Manifiesta su inconformidad y le pide a la chica un libro sobre “las moscas vivas en cadáveres humanos” (51). Con la lectura de libros con temas de esta naturaleza, empieza su admiración por las moscas y su sed de saber todo cuanto pueda acerca de ellas.

Y sí escribe, dentro de la novela. O la novela es, en parte, obra de ella. Dice que escribiría sobre moscas y así comienza El tiempo de las moscas, o por lo menos después del primer capítulo que funciona como toma de apertura. Reza:

Veo una mosca.

Una mosca que no existe, delante de mi ojo izquierdo. Y me gusta decirlo así, casi como una declaración de principios:

Yo, Inés Experey, veo una mosca (17).

No todos los capítulos están arraigados en la voz de Inés. Más o menos la mitad son desde una perspectiva de tercera persona, y los restantes son provincia del coro.

¿Por qué la fascinación con las moscas? Inés ofrece tres razones. Porque son recicladoras; si no obraran para acelerar la descomposición de los muertos, el mundo estaría tapado de cadáveres. Porque ayudan a los forenses a precisar la hora de muerte. Porque son resilientes, como Inés. Y una razón que ella no aduce pero que creo pertinente es que son menospreciadas, despreciadas e ignoradas, como los derechos y los deseos de las mujeres. Esto las hace dignas de atención —por solidaridad, se podría decir.

 

***

 

Como thriller, El tiempo de las moscas sufre algunos de los defectos que plagan al género. El más notorio es la inverosimilitud de uno de los puntos clave de la trama. Al principio, Inés se presta a obtener el veneno y entregárselo a Bonar para que mate a su supuesto marido. Inés está muy alerta a la posibilidad de que cualquier desliz, cualquier roce con la ley, puede ocasionar su regreso a la prisión. Así que es poco convincente que ella crea que, una vez usado el veneno para matar, la policía no encontraría el vínculo entre Bonar e Inés, siendo ella la encargada de fumigar la casa de la primera. Sería la principal sospechosa de haber obtenido el veneno para Bonar (uno más: el hecho de que Bonar quiera suicidarse no le hace mella; cree que cada cual tiene derecho a terminar su vida cuando quiera y no cree que sea delito).

Hay inverosimilitudes menores también. Por ejemplo, Inés tiene una manía con la higiene personal. Sin embargo, en una escena, se sienta sobre el piso en el baño de un bar. Las otras cosas que pueden parecer jaladas de los pelos son más bien propias del género. En por lo menos un caso, Inés recurre al concepto del karma para explicar una casualidad un poco difícil de tragarse —una astuta defensa preventiva por parte de la autora. Claro que se podría decir que la inverosimilitud no es un defecto sino un atributo de los thrillers que los hace más emocionantes y enganchadores.

Infortunadamente, como otros thrillers, los personajes secundarios de la novela son planos. Bonar es mala gente. Trata pésimo a las empleadas domésticas. Sus subordinados en el trabajo no la quieren para nada. Es arrogante. Se cree más inteligente que los demás (uno de los placeres del libro es que Inés, a quien Bonar subestima cual mosca, resulta ser más inteligente que ella). Laura es una madre, esposa y psicopedagoga ejemplar. Es, en una frase que se repite de más, “un sol”. Javier, el esposo de Laura, es el contrapunto de Ernesto: es un padre y un esposo intachable que cambia pañales, lava platos y es cariñoso con los niños y con Laura. Rody2, el primo de la Manca que les ayuda en la investigación, es un poco desadaptado al nuevo mundo de relaciones entre los géneros, pero se muestra dispuesto a aprender, es de alma buena y respeta a las mujeres. Es, como dice la Manca, un aliado (en sí un término nuevo).

Dentro de este thriller, se asoma una novela de reconciliación. Dije antes que Inés y Laura, madre e hija, no se reconcilian. Sin embargo, después del incidente con Inés y el tetero envenenado, Laura sienta las bases para un acercamiento al contarle a Guille sobre Inés. Hasta ese momento, Guille cree que su bisabuela era su abuela y no sabe de la existencia de Inés.

Esa noche, antes de dormirse, Guille rumia sobre lo que le contó su madre:

Si una vez que [las presidiarias] cumplen su condena no tienen derecho a una nueva vida, el sistema penitenciario es una mentira porque la condena es, desde el primer minuto, para siempre (...). Parece que su mamá sufrió mucho cuando vivía con Inés, antes de que matara a nadie. Pero de eso, de ser una mala madre, con condena o sin condena, también una debería poder arrepentirse (...). Sí, definitivamente, a ella le gustaría hablar con su abuela y que le cuente (385).

Javier, por su parte, busca en internet todo lo referente a Inés. Se entera de que tiene una pequeña empresa con clientas satisfechas y que quince años presa no le han quitado su sentido del humor. Piensa: “Y el humor salva” (386). Descubre también su afición por las moscas. Imprime esta información para Laura y a pie de una de las páginas comenta sobre ese gusto.

Leer lo que Javier le ha dado le provoca a Laura a sacar de su biblioteca un libro de la escritora mexicana Margo Glantz, titulado Coronada de moscas, que leyó hace años. Adentro, tal como se acordaba, hay una fotocopia de un artículo de Glantz, “La mosca y el dinosaurio”, y otra de un capítulo del libro Movimiento perpetuo, del escritor guatemalteco Augusto Monterroso. No es ninguna sorpresa que el último de tres epígrafes de El tiempo de las moscas sea de Monterroso. Dice un fragmento: “Hay tres temas: el amor, la muerte y las moscas”. Casi las mismas palabras que dan las siglas a la empresa de Inés y la Manca, con “el amor” sustituido por “las mujeres”.

Al día siguiente, aparece Guille en la puerta de la casa de Inés con el libro de Glantz y las fotocopias. Guille dice que su madre se los manda a Inés para agradecerle por salvarle la vida a Dante (ese mensaje es un paso hacia la reconciliación entre Laura e Inés, porque pone en claro que Laura ahora sí le cree a Inés). Laura sabe, agrega, que a Inés le gustan las moscas.

La adolescente, cándida, le pregunta a boca de jarro si ella es su abuela. Inés piensa un momento. Siguiendo su propia lógica, si es sólo una mujer que parió a una mujer que parió a Guille, entonces no sería su abuela. Pero decide no decírselo así: “Demasiado complicado hasta para ella misma [Inés]. Y probablemente la chica se espantaría. Entonces dice: Sí, soy” (393). Al pedido de Guille, Inés afirma que le contará los pormenores de cómo y por qué mató a una mujer. A cambio, Inés le pide a Guille, que es aficionada del skate, que le enseñe a subirse en patineta.

En el penúltimo capítulo, Inés considera el tiempo de las moscas. Según un estudio que ha leído, los animales pequeños de tasas metabólicas más rápidas experimentan el paso del tiempo con más lentitud respecto de los animales grandes y de tasas metabólicas más lentas, como los humanos. En el caso de las moscas, sienten el paso del tiempo cuatro veces más lento que nosotros. Inés imagina la muerte de la mosca que observa Duras. En un pasaje de empatía extraordinaria, piensa:

Quizás sus destellos veloces, su exceso de fotogramas, sólo hicieron que esa muerte, inevitable, inminente, irreversible, se convirtiera, además, en una agonía interminable. Frente a esa muerte, la escritora francesa se sentía protagonista por observarla y luego escribiría sobre ella (¿qué pasa con las muertes que nadie observa?, ¿qué pasa con las muertes que nadie escribe?, ¿es quien muere el protagonista de la muerte, o quien observa morir?, ¿una muerte pasaría inadvertida, se evaporaría, desaparecería, si no quedara para la posteridad el registro de quien ve morir?, ¿quién sabría hoy de la mosca que murió frente a la escritora francesa si ella no la hubiera escrito?) (396-397).

Cita a Monterroso: “Nuestras almas transmigran gracias a las moscas” (397). Inés no cree en el alma, pero si existiera, querría que la suya hiciera su viaje gracias a una mosca azul, o una bandada de moscas azules.

Y, si se puede, quisiera que dejara registro de mi muerte una escritora francesa. O una escritora de cualquier sitio.

La escritura es la verdadera transmigración de las almas (397).

Como hemos visto, Inés sí se embarca en ese viaje: escribe el libro que leemos (o esa es la ilusión que recrea la autora).

Thriller y novela de reconciliación, El tiempo de las moscas también es, sutilmente, un libro de amor. La novela está marcada desde el comienzo por una tensión romántica: la Manca está enamorada de Inés, pero no cree que su amor será correspondido. No le parece que Inés esté interesada en, o sea capaz de tener, una relación con una mujer. Pero se equivoca, como vemos en el breve capítulo que cierra la novela. Es una especie de epílogo titulado “Unos (cuantos) meses después”. El “después” se refiere al día en que Guille visitó a Inés.

Gracias al poder persuasivo de un revólver que Rody2 les ha conseguido, Inés y la Manca recuperan la plata que le pagaron al médico aprovechado. Parten a Mar de Plata en la moto de la Manca, y llegan un poco antes del amanecer. Cuando se ven los primeros rayos de sol, ocurre el siguiente diálogo:

—¿Qué más podríamos pedir? —pregunta Inés.

—...

—...

—¿Un poco de amor? —dice la Manca.

—A mí el amor me hizo perder quince años.

—Quince años adentro, dieciséis años casada: treinta y uno, si las cuentas no me fallan.

—Cierto.

—...

—...

—¿Era amor, Inés?

—Vaya una a saber qué es el amor.

—Vaya una a saber.

—...

—...

—Ahora, en este momento, daría cualquier cosa por tener el tiempo de las moscas, Manca. Y que ese sol tarde cuatro veces más en convertir la madrugada en día.

—...

—...

—Yo también daría (403-404).

La Manca pone una mano sobre la de Inés y una mosca se posa sobre las manos enlazadas:

Ella no la siente, porque la suya está debajo. Pero la siguió con la mirada hasta que se posó en la mano viva de la Manca.

—No te muevas, no la espantes —pide Inés.

—...

—Vas a ver que te acaricia.

—No me muevo, Inés, no me muevo.

—...

—Vos tampoco te muevas.

—Yo tampoco (404).

Así termina la novela.

La primera vez que leí El tiempo de las moscas, la ternura entre las dos en esa escena me conmovió muchísimo. También admiré la forma tan elegante en que la autora resolvió la tensión romántica entre las dos mujeres. Pero también me pareció un poco salida de la nada: nada nos preparó para este vuelco en el sentir de Inés.

La segunda vez que la leí, capté algo que me había pasado por alto. El día en que ocurre la acción climática de la novela —el desastre evitado—, Inés está donde una clienta que es masajista (por casualidad, se llama María Mercedes Montero —fue el nombre de la empresa lo que le había llamado la atención y por eso la buscó cuando precisó del servicio de control de plagas). Termina sus labores, y está por irse, cuando la masajista “recibe un mensaje que cambia el resto de la tarde y lo que sigue de esta historia” (344).

Resulta que le han cancelado sus citas por la tarde, y la mujer le ofrece a Inés un masaje gratis. Inés se lo agradece porque se siente, como no es difícil imaginar, muy tensa: le ha entregado el veneno a Bonar y está pendiente de que se muera. Mientras le da el masaje, la mujer se acuerda de que hace tiempo Inés le había pedido que averiguara lo que pudiera sobre Bonar, con el pretexto de que Inés estaba preocupada por él, porque notaba que tomaba demasiado vino. Ahí es cuando la masajista le cuenta lo de la transición a muchacho de la otrora hija de Bonar, el papel de Laura en ayudar al muchacho, la culpa y la amenaza que Bonar le lanzó a Laura, y la (falsa) reconciliación entre ellas dos.

Sí, eso cambió todo: le permitió a Inés ver la situación desde otra óptica, reconocer el peligro que corría Dante y apresurarse a intervenir. Pero también cambió otra cosa ese día.

Justo antes de que la mujer le contara lo de Bonar, le masajea la entrepierna e Inés se excita:

Mientras la mujer sube y baja por la parte interna de su muslo, Inés se debate entre entregarse a disfrutar o resistir. ¿Qué debería hacer? ¿Está bien que se permita sentir cuando la tocan las manos de una mujer? (348).

Inés se deja masajear y sentir como siente, mintiéndose —y sabiendo que se miente—, que es el equivalente de un tratamiento médico. Pero son tan fuertes las ganas que tiene de que la mujer siga hasta provocarle un orgasmo, que cuando la masajista desiste, Inés “se queda perpleja, casi enojada, no puede creer que esas manos ya no estén tan cerca del lugar que las reclama” (349).

En ese momento, ella por fin siente placer de nuevo después de mucho tiempo —la autora intima que Inés no ha tenido sexo desde hace dieciséis años y que ni siquiera se ha masturbado excesivamente— y a manos de una mujer. Este encuentro con la masajista la desbloquea y hace que una relación sexual con la Manca sea deseable y, por lo visto, posible.

La escena final de la novela une la muerte, las moscas y el amor de las dos mujeres: MMM, con la adición de la “a” de amor que tanto Inés como Claudia Piñeiro tan bellamente nos ofrecen.

Joel Streicker

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