
La novela Peregrino transparente, del escritor colombiano Juan Cárdenas, es desconcertante, apasionada, sorprendente, imaginativa y emocionante. Es también resbaladiza: uno cree que la tiene bien agarrada y se le sale de las manos. Quizá esta cualidad no sea intencional, pero sí es consistente con la forma y la trama de la historia. Al releer la novela, empecé a entenderla como una quimera. En este ensayo, expongo mis pensamientos con el fin de iluminar mejor esta bella pero a veces difícil obra.
La quimera se origina en la mitología griega. Es un monstruo femenino que bota llamas por la boca y tiene cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de serpiente. Luego, su significado llegó a abarcar aquello que se imagina como verdadero o posible, pero que no lo es —una ilusión, un delirio. Más recientemente, se usa en la biología para denominar, como se lee en el Diccionario de la lengua española, un “organismo que resulta de la unión de células genéticamente distintas y procedentes de diferentes cigotos”.
Peregrino transparente es quimérica en su estructura, en las tensiones entre los personajes principales y la trama, y en la calidad fantástica de lo que se narra. Aparecen hasta dos quimeras en momentos de clímax (una de ellas literal).
La novela se divide en tres partes. La primera y la tercera abren en la voz, en primera persona, del narrador (que es el autor) y, lentamente en aquel caso y rápidamente en éste, se transforman en narrativas más o menos convencionales. La segunda parte, que es la más breve, es una especie de poema en prosa que contiene reflexiones personales y filosóficas, muchas de ellas no del todo claras para este lector. Con un poco de (o mucho) esfuerzo, uno ve que algunas de estas reflexiones esclarecen la primera y la tercera partes. Otras crean la sensación de que algo misterioso e importante se agazapa un poco más allá de las palabras mismas, una sensación, como veremos, muy acorde con el arte poderoso y hechizador del artista indígena sobre el que la novela se basa. Para efectos de este ensayo no es necesario que invoque mucho esa parte de la novela. Tal es la riqueza de la primera y la última que mi exposición no requiere más que eso. En todo caso, el punto aquí es que la estructura misma de la novela es mixta, híbrida, quimérica.

Peregrino transparente
Juan Cárdenas
Novela
Editorial Periférica
Extremadura (España), 2023
ISBN: 978-84-18838-62-0
256 páginas
Al comienzo, el narrador nos explica que últimamente ha pasado mucho tiempo pensando en escribir una novela sobre “un humilde pintor de iglesias” (15). Localiza este deseo, esta “fantasía”, como la llama, en la incertidumbre de la época en que escribe. La última página del libro revela su período de creación: de marzo de 2020 a marzo de 2022, o sea, en plena pandemia. También radica este deseo en su lectura del libro Peregrinación de Alpha, del abogado Manuel Ancízar, sobre la Comisión Corográfica de Colombia en la que el abogado participó entre 1850 y 1852. Como admirablemente lo resume el narrador, la Comisión Corográfica fue “un ambicioso proyecto científico cuyos principales objetivos eran la descripción de la geografía humana del país, el levantamiento de mapas y la ubicación de recursos con potencial económico en el territorio nacional” (15-16).
El narrador relata que Peregrinación de Alpha está compuesta de elementos diversos. Tiene algo de “la novela de aventuras, el cuaderno de apuntes sociológicos, el inventario de prodigios naturales, la etnografía a mano alzada o el acopio de tradiciones y rumores populares” (16). Lo tilda de “una especie de monstruo de Frankenstein” (16), una quimera. En ese aspecto es semejante a Peregrino transparente, pues la novela de Cárdenas es una mezcla de (para citar la acertada descripción de la contracarátula) “géneros tan dispares como el ensayo artístico, la poesía, el wéstern o la literatura de aventuras”. Yo reemplazaría la conjunción “o” por “y”.
Ancízar asume el papel de héroe de la llamada civilización, catalogando las “supersticiones” y ocurrencias populares de un pueblo que perdura al margen de la luz del progreso que la comisión, en representación del Estado colombiano, le quiere traer (o, más bien, imponer) para sacarle de sus creencias “primitivas”. Sin embargo, Ancízar está consciente de ser un agente del desencantamiento de mundos inocentes del tal progreso, y ese papel le pesa. El narrador de Peregrino transparente describe al narrador de Peregrinación de Alpha como quien ocupa un “lugar ambiguo... ante lo que va descubriendo durante el viaje” (17).
El narrador de Peregrino transparente rechaza lo que presenta como la tentación de ver, en los sucesos de la Comisión Corográfica, una “historieta” de la integración de otro país del sur global al capitalismo internacional y el sufrimiento que ha causado. Inspirado por lo que lee en el libro de Ancízar y por la historia del pintor que se está formando en su mente, se deja creer que de pronto esta “historieta” apunta “a otro lugar, quizá menos funesto” (17). La historia que quiere escribir tiene su propia dinámica, como si el narrador no tuviera nada que ver con su desarrollo, y así la novela “crece al servicio de nada, sin moraleja, sin explicaciones y yo me entrego feliz al desarrollo del fenómeno” (23). “Fenómeno” puede entenderse en su sentido normal, en este contexto, como “cosa”. También cabe la acepción, diría yo, de “persona o animal monstruoso”.
El narrador imagina al humilde pintor como un fugitivo de la justicia. De ahí la novela se adentra en el papel de la pintura en la Comisión Corográfica, dando pie a compartir unas observaciones interesantes acerca del costumbrismo. La comisión cumplía una función publicitaria al lado de su cometido científico: vender la imagen del país a los extranjeros con fines de atraer la inversión y la inmigración. A pesar de que el costumbrismo —caracterizado por su objetivo de mostrar una imagen “tradicional” que también es llamativa para la mirada extranjera— emerge dos décadas después de finalizadas las labores de la comisión, posteriores intérpretes de las obras de los acuarelistas de la comisión las desligaron de la documentación que sus pinturas ilustraban y así promovieron una interpretación costumbrista de ellas. La comisión y sus artistas estaban comprometidos con conocer el país, un esfuerzo que, según el narrador, el costumbrismo abandonó (tres artistas estaban vinculados a la comisión; sirvieron consecutivamente). Conocer el país es, precisamente, a lo que va la novela.
Hasta este punto, la historia se desenvuelve como meramente expositiva. Hechas todas estas observaciones acerca del contexto histórico de la comisión, la novela nos mete en medio de la acción de la comisión, y ahí nos quedamos (con unas breves digresiones) hasta terminada la primera parte. Si bien la tercera parte toma la forma de un wéstern, según el narrador asevera, la primera es más bien una novela de aventuras que nos revela la gente, los paisajes, la fauna, la flora y los sitios por donde pasa la comisión en 1852, al igual que la coyuntura social, económica y política del país.
El enfoque está en 1852 porque durante ese año Henry Price fue el acuarelista asignado a la comisión. Price, un inglés radicado en Nueva York, se casó con una norteamericana y, con el padre y los hermanos de ella, se trasladó a Bogotá en 1843. Price trabajaba en la casa comercial de su suegro, administró un taller de daguerrotipia y mantuvo la posición de maestro de música y dibujo en el colegio del Espíritu Santo antes de pasar a la comisión.
Cárdenas dota a Price de unas características que lo convierten en un personaje sumamente útil para los propósitos del libro, según mi interpretación (como hemos visto y como veremos en detalle más adelante, Cárdenas —o por lo menos el narrador— niega que el libro tenga propósito alguno). Las que más destacan son su “alma romántica” y su “mente racional” (46). Al mismo tiempo, es un hombre que no pertenece a ninguna comunidad tradicional. Esta tensión entre el romanticismo y el racionalismo, y la falta de amarres a la tradición, son calidades productivas para la narración porque permiten una representación del pintor como un hombre capaz de experimentar el mundo, sobre todo las novedades que encuentra en sus doce meses con la comisión, con una actitud receptiva.
En el camino, Price se topa con las obras de un pintor misterioso que ejerce en él un raro poder. La ejecución de los sujetos ostensibles de sus obras carece de distingos artísticos, al modo de ver de Price, pero lo que queda en el fondo, la flora y la fauna allí retratadas, apenas visible o incluso invisible, es extraordinario: “Es en esas zonas periféricas de la pintura donde la maestría del artista reluce” (96). Price intuye un misterio que quiere conocer y anhela captar en su propia labor. En una escena lindísima, un ciego que ha dejado de creer en el poder de santa Lucía para curarlo de su ceguera sigue visitando el cuadro de ella que el pintor misterioso dejó en una iglesia de pueblo. No va allí para rezar ni, claro está, para ver el cuadro, sino para oír cantar un pájaro que dice que habita la oscuridad de una esquina del cuadro. Price confirma con sus propios ojos que no hay ningún pájaro.
Price busca al pintor para conocerlo. Nadie parece tener información cierta acerca de él, sólo que es un señor indígena de nombre Rufino Pandiguando. Por fin, en una visita a Cali, encuentra una pista sólida.
Vale la pena detenernos un momento con Price en Cali. Allí es donde sus simpatías por el pueblo raso empiezan a manifestarse. Aprecia a las llamadas ñapangas, señoras empresariales que viven del pequeño comercio de productos locales, como una bebida alcohólica llamada viche. Sus compañeros de la comisión las ven como “simple y llanamente unas putas disfrazadas de empresarias..., un vergonzoso rezago colonial” (118). A Price “no le parecen coloniales sino, al contrario, muy modernas, independientes” (118). Empieza a compararlas favorablemente con “esas damitas escurridizas y aburridas de Bogotá”, pero frena el pensamiento porque no quiere “cuestionar las sólidas bases de su matrimonio, sus capitulaciones, su cobardía” (119).
En Cali asiste a una reunión de la sociedad democrática local. Las sociedades democráticas están conformadas por artesanos y sus aliados de todo el país, que abogan por el proteccionismo económico para impulsar la producción y venta nacionales y por un ensanchamiento del sufragio. Queda admirado: “Para Price (...) el lugar hace las veces de escuela democrática donde gente de todas las clases y razas aprende los rudimentos en los que se basan las ideas republicanas” (113). Al final del discurso de uno de los líderes de la sociedad, Price y un compañero de la comisión que lo acompaña, “arrastrados también por la dulce y poderosa jalea de la democracia popular, también echan vivas y mueras, se abrazan con el que tienen al lado” (115).
Es importante destacar que la inspiración que Price encuentra en lo que llama la “muchedumbre revuelta y multicolor” (115) contrasta claramente con las ideas dominantes en Europa y, por consiguiente, entre las clases altas de América Latina. El racismo de la época se basaba en una pseudociencia que veía una estricta jerarquía humana, con los blancos en el ápice y los negros e indígenas en la base. La mezcla de las razas no era considerada sana para una sociedad. Así lo dice el líder de la comisión, Agustín Codazzi, en una carta al ex presidente Tomás Cipriano de Mosquera, el patrocinador del grupo, al alabar el progreso de los habitantes de la zona de colonización antioqueña porque evitan las mezcolanzas raciales “contra natura” (87).
Después de la reunión, Price recoge una muestra impresionante de gacetillas y folletines que produce la Sociedad Democrática de Cali. Una sobresale por su elocuencia y la belleza de su diseño gráfico. Price descubre que la publicación es producto del taller de R. Pandiguando, de Popayán, ciudad que es, casualmente, la próxima escala de la comisión.
En Popayán, los comisionados son agasajados por la alta sociedad. Entre los eventos a los que Price asiste, destaca una tertulia de poetas. El inglés encuentra entre los participantes un esnobismo y un afán de parecerse europeos que lo repugnan. Son acartonados, aburridos, falsos y hasta, para la gran sorpresa de Price, aún más presuntuosos que sus homólogos de Bogotá. También encuentra allá a la misteriosa y bella viuda Julia Hormaza de Villarroel, quien parece coquetearle. El joven y precoz hijo de ella le dice a Price que su madre lo invita a una fiesta la semana entrante en honor al día del santo del muchacho. Price, intrigado, acepta.
Antes de la fiesta, Price busca el taller de Pandiguando. Una ñapanga a quien le pregunta en la calle le dirige a la casa de misiá Humberta, donde le dicen que tiene Pandiguando su taller. El sitio, que queda en las afueras de Popayán, es un caserón que, además de la venta de viche de misiá Humberta, tiene talleres de herrería, ebanistería y baldosas, entre otros oficios. Price es acogido cálidamente en una reunión que incluye a Pandiguando. La tertulia se pinta como todo lo opuesto a la de los bardos: la conversación es vivaz, se tratan asuntos consecuentes, abundan el alcohol y la comida y hay una mezcla de gente, incluyendo a un profesor judío venido de Curazao y a una ñapanga que discute con el profesor en condición de igualdad.
Los comensales están entusiasmados cuando se enteran de que Price ha trabajado en una época en un taller dedicado a la daguerrotipia. Es tanto el interés de Pandiguando que éste invita a Price a que venga a vivir en el caserón y les enseñe la daguerrotipia. Price admira la situación del grupo: vive en lo que Price denomina una “microutopía” (144) de empresas colectivas y educación comunal de los niños residentes en el caserón. Los artesanos, las ñapangas y sus aliados tienen planes de extender su ejemplo de fábricas por todo el país, y para tal fin necesitan ganar las próximas elecciones y frenar la importación de bienes.
El encuentro con la gente donde misiá Humberta sacude a Price. Siente una felicidad tremenda, “tan seguro de haber encontrado su lugar en el mundo” (147) que “desea que no se acabe ese día, que dure para toda la vida. Nunca en sus treinta y tres años en este planeta se ha sentido tan arropado por un grupo de gente” (144). Está dispuesto a dejarlo todo para unirse al grupo: “Es hora de cambiar de vida. Ha llegado el momento de alejarse de Bogotá y sus frivolidades y su falta de humanidad. Ciudad de misántropos. Estoy resuelto a dejar a Elisa [su esposa], a renunciar a la vida cómoda que ese matrimonio me ofrece. Estoy resuelto a unirme a los talleres de Pandiguando” (148).
De vuelta en Popayán, el acuarelista asiste a la fiesta en casa de doña Julia. Es un desastre. Siente “la desazón, la monotonía y la falta de convicción con la que todos cumplen su papel en ese cuadro de costumbres de una alta sociedad moribunda” (152). Hasta cuando se ponen a bailar, “no hay un solo gesto espontáneo, un arranque de pasos improvisados, una expresión de creatividad individual” (154).
Esto contrasta pronunciadamente con un baile popular que Price ha presenciado en la calle. Dos hombres armados con machetes se enfrentan en medio de una rueda de gente y al son de una música muy particular. El espectáculo le fascina. Price se pregunta si estarán peleando o bailando: “Los movimientos parecen a la vez espontáneos y coreografiados” (119). Al describirlo, relucen los elementos de mestizaje y de rompimiento de las barreras normales entre las categorías de experiencia. Destaca también que Price se ve a sí mismo como parte de lo que está sucediendo:
Lo que sea que esté ocurriendo allí transcurre en una orilla indecible entre la relajación absoluta y la precisión geométrica más inverosímil. Algo similar sucede con la música misma, que arrastra la escena como una locomotora tira de los vagones de un tren: una melcocha caliente de espacio-tiempo se estira y se estira sin romperse nunca, un menjurje sabroso que se percibe como una pura superficie de tonos marrones en plena fuga hacia sí misma y Price forma parte de ella, como una pincelada más en el gran labio sudoroso que se abre para que se juegue el juego mortal (119-120).
En la fiesta, lo único interesante son las miradas intensas que doña Julia le dirige, dejándole entender que lo desea, un sentimiento que es totalmente correspondido. Ya con la fiesta a punto de acabar, la anfitriona le pasa la voz, a través de un criado, de que quiere verlo en su recámara. Price, ansioso, acude a la cita, y allí ocurre una extrañísima escena de sexo. Todo empieza normal, pero a medida que están los dos encaminados hacia el coito, la viuda —quien tomó un voto de silencio después de la muerte de su marido muchos años antes y que no ha pronunciado palabra desde ese momento— abre las portezuelas de un mueble. Price nota que las portezuelas están pintadas con un retrato, obviamente hecho por Pandiguando, de la viuda y su hijo en primer plano, con el marido muerto en el fondo.
Doña Julia grita “¡GORGONA!” (así, en mayúscula) tres veces. Es mejor dejar que Cárdenas describa lo que pasa después:
El acuarelista ve salir una criatura que asciende desde las profundidades del mueble.
Pero ¿qué es eso? ¿Un animal? ¿Un demonio?
Parece una araña de cuatro patas, pero tiene una cabeza que bien podría ser humana. Un rostro deforme, como de polluelo recién salido del cascarón, donde alumbran unos ojos de muñeca o de ángel. Unos mechones de pelo hirsuto le cubren parcialmente la cabeza calva (159).
Price está horrorizado y paralizado y, a pesar de todo, excitado. La viuda le dice que la criatura “es la madre, ella es el padre, ella es el hijo. Ella es hija de la madre y nieta del hijo. Hija del hijo de la nieta del padre. Ella es la matriz. El huevo. El hijo de los hijos, el padre de todos los padres” (159). ¿Entendieron? Yo tampoco.
En todo caso, la criatura tiene vagina y consuma el acto sexual con Price. Inmediatamente después, el narrador nos informa que el proyecto político de los artesanos fracasará: “Los artesanos serán traicionados. Nadie cumplirá sus promesas” (160). Así casi —casi— se acaba la primera parte.
Es claro que la criatura con que Price se apareja es una quimera. El extraño vocablo que doña Julia usa para convocarla, “gorgona”, refuerza esa cualidad. En la mitología griega, las gorgonas son mujeres atractivas y terroríficas, pues tienen serpientes en lugar de pelos, largos colmillos, alas doradas y garras de cobre. Cualquier hombre que las mire se quedará petrificado y paralizado, como lo está el pobre acuarelista Price. También tienen poderes extraordinarios de herir y curar.1
Lo abierto que es Price al mundo ofrece otras oportunidades para que surja una especie de quimera; visita un burdel en Sitio Viejo en Antioquia y escoge a una prostituta llamada Rosita. Aunque Price siempre quiere, en estas situaciones, a una mujer que muestre una chispa de ser algo más que el papel que desempeña, Rosita parece simplemente cumplir con su función: “Al principio la mujer es sólo agujero. Una cosa hueca que él debe llenar con desesperación y algo de furia” (77). Pero Price imagina que Triana, su amigo, el botánico de la comisión, está en el cuarto, y sus sentimientos dan un vuelco. Sí, hay un fuerte elemento de homoerotismo ahí, pero Price antes ha considerado si desea a Triana y decide que no —y Price ha tenido experiencias homosexuales en el pasado.
Pensar en Triana desplaza algo en Price y, por lo visto, Rosita lo nota y empieza a corresponder su deseo. Los dos sienten placer de verdad, y mientras van cogiéndose (como dice Price), el acuarelista se fija en los dientes de Rosita y “piensa en los pétalos de una flor y sabe que nunca podrá dibujar nada a menos que lo mire como un paisaje” (79). Después del encuentro con Rosita, Price se dedica con renovada energía a su labor artística, y el impacto es notorio, pues sus obras ahora captan mucho mejor la figura humana. “La materia del mundo es, al fin y al cabo, una sola, por mucho que sepa transformarse y cambiar” (81).
Hasta con la religión Price muestra su impulso quimérico y propensión para el pensamiento original. En Medellín, lo impresiona el énfasis en la sangre de Cristo que un cura pone en su sermón. Criado como protestante, a Price le parece rara esta fijación. Teoriza que la mayor carencia de Jesús fue nacer de una Virgen: “La menstruación de la madre, concluye, debe de jugar un papel relevante en toda la economía de la encarnación. Por eso tanta insistencia en la sangre derramada por Cristo en el Calvario. La sangre que se nos oculta en un lado de la historia tiene que salir a borbotones en el otro extremo” (91). De ahí Price especula: “Quizá lo que se nos está diciendo de manera velada en las escrituras es que Jesús, hijo de Dios y de la Virgen, tenía también una naturaleza femenina y por eso su destino era derramar toda esa sangre por nosotros, los pecadores. La menstruación divina” (91). A riesgo de sonar como el proverbial disco rayado, señalo que Jesús concebido así es una quimera.
La lección que las obras de Pandiguando le ofrecen a Price se resume de la siguiente manera:
La verdadera pintura (...) toca las cosas de tal manera que se untan de ellas. Es ese unto que quiere lograr. La luz de la pintura verdadera es también una sustancia que se paladea y es, en ese sentido, un puñado de tiempo, una duración palpable. Y Price no quiere ser un mero copista de la realidad, un notario de las costumbres y los pasajes. Price anhela otro tipo de contacto con las fuerzas de la vida (49-50).
Y esa clase de contacto se ve plenamente en, por ejemplo, su encuentro en el burdel (hasta dice que desea “untarse con otro cuerpo”) (75), y en su afición por la Sociedad Democrática y el variopinto grupo de gente donde misiá Humberta. Si bien busca lo trascendente en la pintura, el acuarelista también buscar transcender su posición social de privilegiado —y casi lo logra.
Dije arriba que la primera parte casi termina con la futura derrota política de los artesanos. El final final declara que Price, un hombre blanco, nunca puede ser parte de ese mundo que tan fuertemente lo atrae. Con el aplastamiento del sueño de los artesanos, Price vuelve a su casa y a su vida y descubre que, como hombre blanco, su papel es “la extracción”, ser “la máquina que chupa y no deja nada. Absolutamente nada” (161). En el contexto de su labor con la Comisión Corográfica, cuya razón de ser principal es allanar el camino a la inversión e inmigración extranjeras, la interpretación más lógica de esas frases es que él ha aportado su granito de arena al proyecto de la explotación de las riquezas naturales del país a manos de los europeos.
La calidad fantástica de la primera parte de la novela es evidente en la escena con la gorgona. Algo semejante sucede en la tercera, cuyo clímax también está marcado por lo fantástico.
Un joven abogado de Bogotá llega a la ciudad de Panamá en el año 1855 con una orden de excarcelación para el preso Rufino Pandiguando, recluido por su papel en las sublevaciones de artesanos contra el gobierno. El motivo del indulto reside en que el artista, conducido por el joven, debe ir a Bogotá para contratarse como acuarelista de la Comisión Corográfica. El joven es de una familia más bien humilde y considera este encargo como una oportunidad única de congraciarse con la alta sociedad bogotana y asegurarse una buena carrera, y así tener los medios económicos y el estatus social suficientes para poder casarse con su novia.
El problema es que le informan en la prisión que hay dos presos llamados Rufino Pandiguando. El joven, que es muy recursivo, concibe una prueba para determinar cuál es el artista. Les pide a ambos que dibujen un autorretrato; el que lo haga mejor será el artista. Uno de ellos hace un retrato convencional más o menos bien ejecutado. El otro entrega un dibujo de la cabeza de un tigre negro “de una perfección apabullante” (204). Desconcertado, el joven le pide al reo que haga otro retrato, esta vez de su propia cara. Éste lo hace con más destreza que el otro, y el joven lo escoge. Los dos emprenden el largo viaje a la capital para que Pandiguando se integre a la comisión.
Pero el artista se le escapa al abogado a la primera oportunidad, desapareciendo cuando el buque en que viajan llega a Cartagena, su primera escala. Es en este momento que la novela se convierte en el wéstern que el narrador nos prometió en la primera página del libro.
El abogado busca a Pandiguando sin éxito en Cartagena y, para acabar de rematar su mala suerte, las averiguaciones que hace entre los artesanos sobre el paradero del fugitivo han despertado la curiosidad de un periódico local. Desesperado, el abogado toma la decisión fatal de fraguar una historia falsa para no responsabilizarse por su propio descuido. Se corta la cara con una navaja, fabrica un cabestrillo y le cuenta al periodista que lo entrevista que Pandiguando se escapó después de una dura pelea, lucha que lo dejó con esas (falsas) heridas. La prensa, embelesada, declara que el abogado es un héroe.
Estas mentiras lo van encaminando hacia una situación que no puede controlar. Después del primer paso, siente remordimiento: “El joven recuerda los modales, la delicadeza de Pandiguando, y se siente mal por haberlo pintado con las tintas de la criminalidad y la barbarie. Quizá todo esto es un malentendido y estoy calumniando a un buen hombre, alguien tal vez un poco perturbado por la experiencia de la prisión, eso seguro” (217). El joven siente que él mismo es “un payaso y un farsante” (217). Está desamparado en medio de un paisaje físico y emocional para él desconocido: “Las únicas herramientas de valor con las que cuenta son su astucia y un ligero talento para el drama, quizá también una inesperada habilidad con los resortes narrativos de la prensa. Su imagen, para decirlo en pocas palabras. No tiene nada más que su imagen” (218).
Sigue su rumbo de vuelta a la capital. Cuando el vapor atraca en Mompox, la ciudad está conmocionada. El jefe local del Partido Liberal ha sido asesinado brutalmente. Casi a pesar suyo, el joven insinúa con el cura en la catedral que el asesino seguramente es Pandiguando. El prelado denuncia al supuesto criminal desde el púlpito en el sepelio del asesinado. Como todo forajido digno de persecución y de su propia historia, necesita un sobrenombre; el joven lo bautiza “el Tigre Negro”.
Antes de hacer la acusación, el abogado se debate moralmente. Sabe que Pandiguando no es el asesino. Pero si sindica al artista como asesino, se generará mucha publicidad y ésta facilitará su captura y así también el final feliz de la encomienda que le han hecho. Justifica ante sí mismo las calumnias contra “un pobre indio” (220) que seguramente es inocente, convencido de que ningún juez lo condenaría puesto que (y ahí interviene su entrenamiento legal) no existe conexión alguna entre Pandiguando y el muerto. Los momposinos vitorean al joven como héroe —con la excepción de un par de bogas que se burlan de lo que el narrador llama “la farsa” de la despedida del joven, con todo y alcalde y banda, que ellos presencian.
En cada pueblo en que desembarca el vapor en su viaje hacia Bogotá, lo reciben muchedumbres aduladoras, políticos, periodistas, mujeres coquetas, etc. En el departamento de Santander se entera de que el gobierno nacional ha expedido una orden de captura contra Pandiguando y una recompensa para quien lo capture. Tiene sentimientos encontrados acerca de cómo se están desarrollando las cosas, pero pronto sus dudas se esfuman:
El joven teme que la cosa se le esté saliendo de las manos y a la vez nunca se ha sentido tan feliz, tan lleno de energía. Y qué satisfacción tan grande cuando todos los miembros de una sociedad, desde el pueblo llano hasta las capas más nobles, reconocen los méritos de un humilde sirviente de la ley. Cosas así recita en voz alta cuando le piden que pronuncie unas palabras y, por supuesto, lo aplauden.
La última débil llama de remordimiento se apaga con todo ese ventarrón de fama (222).
Llega a Honda y, mientras lo agasajan, corre la voz de que se ha cometido en el pueblo el asesinato atroz de otro líder liberal. Al pie del cadáver se encuentra una nota: “USTEDES MATAN MÁS, PERO YO MATO MÁS BONITO. FIRMADO: TIGRE” (224). El joven organiza la búsqueda del asesino y la defensa del pueblo.
Pero, una vez solo, al joven le entran las dudas:
...entre el calor sofocante de Honda y el ambiente enrarecido de la calle, ya no puede separar los hechos de los efectos delirantes de sus invenciones. Lo único cierto es que sí hay un asesino. Y no cualquier asesino. Una bestia sanguinaria. Si en ese punto Pandiguando fuera capturado no habría manera de salvarlo. Cualquier juez de la república lo condenaría a muerte, con o sin pruebas suficientes.
El mismo joven observa con extrañeza que ya no siente ni la más mínima sombra de arrepentimiento por haber inculpado a Pandiguando (225).
(...)
Lo otro que lo deja perplejo, en ese ejercicio de observación clínica de sus malas pasiones, es que tampoco siente miedo. O al menos el miedo a la muerte ha quedado completamente sepultado debajo de un temor mucho mayor: el miedo a ser desenmascarado como un farsante, el miedo al ridículo. Prefiero morir, dice en voz baja, prefiero mil veces la muerte antes de pasar una vergüenza semejante (226).
El joven organiza una cuadrilla de cinco hombres para perseguir a Pandiguando. A petición de los tíos del joven, que viven en Honda, se integra al grupo Andrónico, un señor negro con fama de buen cazador. Andrónico toma las riendas de la persecución.
Cuando llegan a Bogotá, una familia atildada invita al joven a una reunión. Reconoce que es su presentación en sociedad y se esmera en prepararse para el evento, ilusionado con una recepción respetuosa y entusiasta que seguramente se debe a sus hazañas heroicas. Infortunadamente, en el evento va detectando las sutiles señales de que los otros se están burlando de él. Se marcha de la reunión “con una sensación de derrota. ¿Hice todo esto para nada? ¿Acaso nunca me van a tomar en serio, a darme el trato que merezco?” (235).
Cuando se presenta en la sede de la comisión para rendir cuentas, el joven encuentra que los oficiales están ocupados con una reorganización de los despachos. Se aprovecha de la espera y del descuido de los oficiales para revisar los papeles que han conducido a su encomienda y se topa con la carta de Henry Price que recomienda a Pandiguando al director Codazzi. Ya conoce el texto, pero esta vez lo lee no como abogado sino como cazador.
Lo que le llama la atención es que Price destaca que Pandiguando ha llegado a prisión por sus ideas políticas erróneas, pero ya ha pagado un precio alto por ellas: una milicia de liberales gólgotas (partidarios del libre comercio) y conservadores ha quemado la casa de misiá Humberta y adentro se ha incinerado toda la familia de él. Luego de exculpar al artista de su participación en las revueltas posteriores a las elecciones de 1852, Price le recuerda a Codazzi los innegables méritos de artista de Pandiguando, que el mismo Codazzi ha visto. Se le ocurre al joven que de pronto Price, quien para esta época ya ha vuelto a Nueva York para un tratamiento médico, se ha confabulado con Pandiguando para vengarse de los liberales que han frustrado las aspiraciones políticas de los artesanos.
Al poco tiempo, se encuentra en Bogotá el cadáver de otro líder liberal asesinado brutalmente. La nota que ha dejado el asesino reza: “TIGRE COME CACHACO” (240); “cachaco”, en la época, era una palabra para denominar a los del Partido Liberal que se han alineado con la apertura del país a la inversión extranjera, entre otras cosas. También se dice que el Tigre Negro ha raptado a una joven sirvienta de la casa del difunto.
El joven y su grupo, reforzados por diez hombres más asignados por el gobierno, siguen las pistas del fugitivo hasta Pueblo Viejo, a orillas del Lago de Tota. Allí los residentes les dicen que el fugitivo y su cautiva han remado hasta una isla en medio del lago. El joven, por haber leído al libro de Ancízar, sabe que la gente de la comarca es muy supersticiosa y “se dirige al alcalde como quien les habla a los locos, siguiéndole la corriente en todos sus delirios” (242). Nadie del pueblo se atreve a prestarle ayuda al grupo.
Los perseguidores zarpan hacia la isla en tres canoas. A medida que se acercan, ven a Pandiguando y la joven. Ahí irrumpe lo fantástico otra vez. La muchacha, que no se porta como cautiva, suena unas notas de un instrumento musical de viento y aparece de las aguas un monstruo. Andrónico alcanza a ver la cabeza de la criatura por un instante: “Una cabeza que no parece de pez ni de ballena, tampoco de buey. Es una cabeza lisa pero con mucho pelo tupido en los cachetes, como el pelo de los bisontes, aunque la cara propiamente dicha se diría comparable a la de un venado. Un venado del tamaño de una gran ballena jorobada” (245). Es una quimera ejemplar.
El monstruo mata a dentelladas a algunos de los perseguidores y otros (incluso el joven) se ahogan. Los restantes llegan a la playa de la isla, donde son acribillados por las escopetas de Pandiguando y la joven. Andrónico, herido, se hace el muerto.
Pandiguando y la joven vuelven a Pueblo Viejo, donde unos artesanos les tienen un par de caballos bien provistos para su escape. Emprenden viaje hacia los Llanos Orientales con destino a Venezuela. Ahora el narrador nos informa que la joven es la hija de Pandiguando. Se desmontan al lado de un riachuelo y, en la página final del libro, Pandiguando saca su caja de pinturas y le pinta la cara a su hija, convirtiéndola en tigra y él en padre tigre. Le ordena que cruce el riachuelo, que se multiplique, y que no vuelva con sus hijos sino hasta dentro de ciento setenta años —o sea en 2025, más o menos el presente. La hija desaparece al otro lado del riachuelo y él se queda solo, esperando. Entonces Andrónico llega y prende una pequeña fogata. Así termina la novela: “Con el fuego de por medio, los dos animales permanecen sentados el uno frente al otro. Se miran. Se miran. Se miran. Se miran” (249).
Cabe preguntar por qué juegan las quimeras un papel tan importante en la novela. Creo que es porque las quimeras encierran un misterio al mismo tiempo que confunden o transgreden las categorías normales del mundo que creemos conocer. El narrador está empeñado en reencantar el mundo, en restaurarle el misterio, y de ese empeño las quimeras son dignos emblemas.
El narrador nos informa que detesta las novelas en que el autor pone en boca de los personajes sus propios pensamientos o que expongan una doctrina o una tesis personal del autor. Lo que busca con Peregrino transparente es encontrar algo en el pasado que le ayude a “adivinar” el presente (61). Insiste en que no es “entender o explicar el presente. Al tiempo, ya sea presente, pasado o futuro, no se lo puede someter a un proceso intelectual de captura, sólo se lo puede adivinar en las tripas del animal, en el indicio de una pintura, en un oscuro espejo de piedra” (62). Como Price, Cárdenas quiere recibir el mundo y ser abierto a experiencias que le iluminen, “mantener una actitud de escucha, pendientes de que, al hacer vibrar un fragmento del pasado, surja un armónico, la nota secreta detrás de cada nota” (62). Nótese que esto es similar a lo que vislumbra Price en las pinturas de Pandiguando y que lo lleva a un peregrinaje hasta el taller de él. También es muy semejante a la aseveración del botánico Triana (apoyándose en los estudios de Humboldt) acerca de la “orquesta sinfónica” que conforman las relaciones entre todos los organismos que habitan la selva, en contraste con la visión extractiva de monocultivo que de ella tiene Codazzi. Es un sentimiento que Price comparte.
Paradójicamente, este proyecto de reencantar el mundo depende de la insistencia en la primacía de la literalidad de la literatura. El narrador arguye que nuestra época no aguanta la literalidad, y así anda “atribuyendo significados, alegorías, metáforas, tesis, a lo que en el fondo no significa absolutamente nada” (63-64). Cita el ejemplo de Bob Dylan, quien famosamente dijo alguna vez que no sabía qué significaban sus canciones. En la segunda parte de la novela, Cárdenas también se apoya en Goethe, quien “sabía que las metáforas en las manos equivocadas se convierten en pesadillas y conspiraciones” (181) y “sólo quería ser iniciado en los misterios del arte porque los misterios del arte son los misterios de la naturaleza de acuerdo a la antigua doctrina órfica que Goethe seguía” (185).
Por si acaso la forma en que Cárdenas retrata a Price no comprueba que el autor es partidario de este sentimiento de Goethe, lo dice claramente al hablar de cómo el proceso de escribir el libro no seguía un plan fijo que expusiera una tesis, sino que surgía de esa actitud de escucha mencionada arriba: “Mi deseo es que todas las criaturas que pueblan estas páginas —animales, vegetales, minerales, artificiales— encuentren una manera de cantar con una voz íntima y me lleven a lugares que ni yo mismo sospechaba” (61).
Cada época se distingue, sigue, por su manera particular de buscar refugio ante el temor que produce la literalidad. En la nuestra, se resume “en una frase imperativa: cuéntame tu historia. Es decir, quién eres, cuál es tu lugar de enunciación, qué opresiones te constituyen, cómo llegaste a ser la mercancía que ofreces con notable instinto para la publicidad” (64). Es la misma lógica capitalista que es el motor de la Comisión Corográfica: “Expón ante el mundo tu catálogo de maravillas naturales, tu paisaje, tu testimonio corográfico de la última zona de la Vida que todavía no habíamos sometido al régimen extractivo” (64).
Claro que se puede leer la novela en sí como una metáfora con una moraleja o una tesis clara: a mediados del siglo XIX existía la posibilidad de construir una Colombia distinta a la que se llegó a producir, una en que se regía una lógica económica más cooperativa y menos extractiva, con el poder en todas sus formas distribuido más equitativamente. Quizá nada resume esta idea tan poderosamente como una declaración hecha en ese cuadernillo editado en el taller de Pandiguando, que aboga por una sociedad como la descrita arriba: “¿Y cómo, diréis vosotros, podremos defendernos de un enemigo tan grande? Yo os lo diré, ciudadanos artesanos, yo os diré cómo David matará nuevamente a Goliat: con la belleza. Podemos competir, no en cantidad, pero sí en belleza. Cuanto más bello sea lo que hagamos, mayores posibilidades tendremos de ganar esta batalla” (117).
A mi modo de ver, Peregrino transparente logra su propia belleza, una belleza quimérica que ofrece una visión alentadora del pasado y la inspiración para orientar el porvenir.
- ¿Simpatía por el diablo?
Un ensayo sobre El diablo de las provincias, de Juan Cárdenas - lunes 12 de enero de 2026 - El retorno (y el triunfo) de la reprimida
(sobre El tiempo de las moscas, de Claudia Piñeiro) - lunes 3 de marzo de 2025 - Quimérica latina: las andanzas del peregrino transparente
(sobre Peregrino transparente, de Juan Cárdenas) - lunes 18 de noviembre de 2024
Notas
- Supongo que no viene al caso, pero es interesante notar que Gorgona es una isla cerca de la costa del Pacífico colombiano, donde existía una prisión monstruosa entre 1960 y 1984. Contrario a lo que muchos creen, la famosísima canción de salsa colombiana “El preso”, de Fruko y sus Tesos, no hace referencia a Gorgona sino a “la mona”, jerga en esa época para la mariguana. Esto según el intérprete original de la canción, Wilson Manyoma.


