
Honed
José Manuel Pérez González
Poesía
España, 2023
ISBN: 979-8860278226
97 páginas
Destino humano
Guardiana del tiempo, cae del canalón, el agua;
la pena sofoca con el amargor de la retama,
asfixia el aliento en la soledad del lecho,
trae dolor, una angustia áspera
que blande, inmisericorde, su guadaña.
Como esta tarde, se van las cosas de mis manos:
no tuve lo que deseaba, quizás no era durable.
Estuve triste, sentí la soledad,
la elemental ternura animal,
la pena que admitía la muerte.
No pude escapar a mi destino de hombre,
encadenar la belleza a mi muñeca:
la calle está llena de hombres con ojos de borracho,
incapaces de escapar a su destino.
Yo quería burlar al mío, adornar los poemas,
deshacerme de paradojas que complican la vida.
Me di la vuelta y se abatió el hacha del verdugo.
Es nuevamente el viento
El viento me impulsa sobre los surcos
verdes donde se humilla el trigo,
el campo tiene la desolada desnudez del yunque
y, en los gaviones inundados,
bucean los cardos como acuáticos erizos,
caballitos en un mar minúsculo;
los barbechos anegados por las copiosas lluvias,
temen que habrán de renunciar a la cosecha.
Va ondulando, amando a una mujer terrosa
que comparte su veneración y angustia.
Sobre el asfalto, sobre los bojes rotos,
la cólera del viento estremece las hojas
y dibuja arrugas cortadas a navaja en los rostros.
Y con el viento, el odio, la rabia
que mueve al terrorista y mantiene en pie
los cadáveres de nuestra última guerra fratricida.
Tarde de estudiante
Nubes rojas azulean en los cristales,
esperpentos alados se balancean ahorcados
en las azoteas. El cielo está cerca.
Un bosque de antenas que entristece mi mirada,
un recuerdo rescata del amor lo más terrible,
se confunden los renglones en el libro.
La noche vendrá con su pistola, bruma sucia,
y llorar es revivir a la ternura.
La vida se ofrece con la ligereza de un vals,
con la rotundidad de una ola,
pero el miedo nos despoja siempre de algo:
de esperanza, de oportunidades, de sabiduría;
es nieve oscura y conduce del tul a la mortaja.
Los cipreses que elevan su porte cristalino
serán un día violines o viruta para el fuego.
Anochecer en la ciudad
El seto se comba bajo la tromba de agua
que escupe la manguera:
encharca el suelo un chorro de luz,
un sol meado, apabullado por niños histéricos.
Hay una semipaz de coches, calles
que no llevan a nadie a ningún sitio;
los monstruos de ladrillo cierran sus ojos a la vida,
se lanza la noche a las gargantas de los perros
y mis manos toman el relevo de mis ojos miopes.
Alguien está en el útero llorando por no nacer;
otros se esfuerzan por no morir, en vano;
global, uniforme, nos une el suplicio.
Desconozco la hondura de la pena que me abruma;
en las bombillas se queman mariposas nocturnas
y sombras de sudor me manchan la camisa.
Vuelvo del revés el globo ensalivado de la vida
y me mato de una manera grotesca:
Por cada palabra, mirada, visita, siento náuseas,
ganas de huir, de no escuchar, de no existir.
Mi rostro en el espejo tiene
la oscilación del ahorcado; mis manos,
la angustia del escritor sin manos.
Aforizando
Las salamandras añoran las palabras
pero las palabras tienen
la contorsión espasmódica del monstruo veteado,
el esplendor del diabólico anfibio,
danzarina de repugnante piel.
Las nubes provocan sombras breves a su paso,
como una lagartija, huye la realidad
y entra el absurdo en la cabeza.
La noche, tautológico sueño,
es un jinete a grupas de galgos soñadores.
En el filo mineral de la locura, el Minotauro
degüella su ansia panteísta en las ciudades.
Hay un mundo de palabras e ilusiones,
sueños improbables que el agua lleva hacia la nada,
y otro mundo que hilan las arañas
que parece de seda y resulta una trampa.
Hay un río puro al que se abre la juventud
limpia del beso inseguro,
y otro proceloso y turbio, maduro, corrupto.
Puede que el poeta se equivoque o sea un farsante
cuando transforma la realidad en sueños;
hacer los sueños realidad es mucho más difícil.
Desasosiego
Los presagios crecen como ramas en el cerebro,
retorciéndose, precipitándose febriles
contra las paredes de hueso en busca de luz.
No hay fronteras para estos inquietantes perros,
híspidos, diabólicos, siniestros;
feroces laceran oídos, ojos, paladar y vientre,
como trompeta apocalíptica, tañidos de campana,
llanto de niño en una casa vacía.
Me convierten en llanura de ilusiones destrozadas,
me reducen a andrajos,
como la pólvora y la espada;
parece que la batalla esté perdida.
El corazón ansía un momento de reposo,
beber las aguas de Leteo, que duerman los deseos,
no visitar oráculos, no escuchar a la Sibila,
pero flota la inquietud como un madero en el agua.
Y siento y amo y temo. Y sueño.
Estoy hecho de músculos y carne,
viajo en un tren arrítmico de sístole y diástole,
como uno más de los hijos de la ira y de la noche.
- Honed, de José Manuel Pérez González
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