El hombre y su mujer, irlandeses, estaban en Montevideo para conseguir libros de literatura uruguaya destinados a la biblioteca de la universidad donde él trabajaba. Habían sido varios días de recorrida por las abundantes tiendas de segunda mano de la ciudad. ¿Circularán tantos volúmenes en otro lugar del mundo como en Montevideo, en términos relativos a la población y hasta, casi, en número absoluto de ejemplares? Esto se preguntaba Denis cada vez que visitaba el país.
Eran los años noventa cuando uno de los mejores emporios librescos, por existencias y por erudición del propietario, Diomedes, estaba en 21 de Setiembre casi Ellauri. Cerca de allí, en un apartamento en Juan Benito Blanco, había estado Denis por otro asunto de libros una tarde-noche con el universalmente apreciado dueño de la ya moribunda Altazor, Diego González. El veterano librero le mostraba y daba precios, sobre la marcha y en nombre de la viuda, de textos de la biblioteca personal de un editor de tomos muy bien hechos, las Ediciones del Nuevo Mundo, en una transacción de lo más ecuánime y placentera. Denis iba diciendo este sí, aquel no, y al final González le calculó el total más el envío y un par de meses más tarde recibió el pago desde la sección de adquisiciones de la universidad, que hoy tiene una de las mejores colecciones de literatura e historia uruguayas de Europa.
Entre otros comercios ilustres estaban, en la ciudad vieja, Oriente y Occidente, antro de sorpresas y, a un par de cuadras, la decana de libros antiguos, casa editorial de títulos selectos y proveedora de novedades a universidades extranjeras como la de Denis, Linardi y Risso. Había mercaderes de vademécums también en barrios más alejados del centro, en negocios a veces de tradición de décadas, como Pocho en sus varias sucursales, y otras veces efímeros o duraderos hasta que se jubilaba o moría el propietario y los descendientes elegían un oficio menos polvoriento. (Denis había considerado la idea de abandonar el mundo académico en su tierra y hacerse librero montevideano. El refinado dueño de El Aleph le había ofrecido “la llave” de su icónico e íntimo local de Bartolomé Mitre casi Sarandí por 20 mil dólares —o sea, le dejaba el stock y Denis tenía que seguir pagando el alquiler, lo que quería decir que al otro día de cerrar el trato ya empezaba a tener una entrada. Mucho lo tentó la idea, pero al final Maggie, su mujer, hizo como su compatriota ficcional, la Eveline de los Dublineses de Joyce, y optó por no mudarse tan lejos de su familia.)
Esa tarde el escenario de la pareja de pesquisidores era el centro. La rutina diaria era pasar primero por cada librería y tomar nota mental de lo que había de interés. Después de un café o té, según si era mañana o tarde (dejaban el mate para la tardecita de vuelta en casa), volver a arrancar ya con la mente decidida sobre lo que había que comprar, teniendo en cuenta la capacidad de las valijas o el costo y la posibilidad de remitir el paquete o la saca por correo. Habían ya pasado por dos puntos claves al sur de 18 de Julio. El primero era Sureda, en Arenal Grande, donde la librera verificaba cada página de los tomos antes de venderlos para comprobar que no faltaba ninguna, en un gesto coherente con su personalidad, pues no sólo era seria bibliógrafa que vendía a precios razonables, sino que se sabía de memoria el enorme stock de textos que tenía dispuestos en su mayor parte en innumerables pilas que se elevaban un par de metros desde el suelo invisible de baldosas, y contestaba con precisión sobre cualquier consulta: “De Rodó en Aguilar tengo dos de la primera edición, y uno de la segunda”, decía, por ejemplo.
El otro negocio, de cuyo nombre Denis no quería acordarse, estaba en Rivera a pocos pasos de Pablo de María, donde el universitario tuvo la mayor frustración de su vida de coleccionista, cuando el día antes de partir encontró por fin los dos ejemplares de Felisberto Hernández que necesitaba para la tesis y la mujer que lo atendió no se los vendía porque no estaba la patrona para decidir el precio.
—Pero señora, vamos a calcular algo sensato, ¿no le parece que 500 pesos cada uno sería un buen precio?, dele, que me voy mañana del país.
—No, señor, sin el visto bueno de la dueña no puedo venderle nada.
No se bajó la dama del caballo, y Denis tuvo que contentarse con las fotocopias de los libros en la Biblioteca Nacional. (Ay, qué recurso tan desprolijo y precario ese de las fotocopias, que atiborraban cajones y después eran difíciles de recordar y ubicar.)
Ese día habían estado en una enorme tienda cavernosa de la Plaza Independencia, que se deslizaba hacia un sótano de dos pisos (había sido discoteca o cine antes), lleno cada uno de cuartos y armarios, todos abarrotados con algún intento vago de clasificación por temas, y habían visto un par de cosas interesantes. Una era la guía en inglés del juego Canasta del Uruguay, de 1949, con el borde en espiral. Muy tentadora, pero por fin decidió Denis que no importaba lo suficiente como para volver esa tarde. Sí se lo merecía otro ejemplar de una librería de esas que aparecían de golpe, como hongos, y como los hongos tenían existencia fugaz. Era en un local en una galería de la calle Yaguarón entre 18 y San José, y la llevaba un joven profesor de historia, que daba la impresión de estar vendiendo parte de su biblioteca personal porque estaba pasando por una mala racha. El libro era el Alegato de Eduardo Acevedo en defensa de Artigas, en tres volúmenes de tapas rojas, que era imprescindible adición a cualquier biblioteca seria sobre el país —y que hoy estará colgado en internet gracias a alguna universidad norteamericana, pero que en esos tiempos era hallazgo imposible de desdeñar.
Pasamos ahora a la escena principal. Era un martes de tarde y el bibliómano y su esposa habían estado en varios locales de Tristán Narvaja, ese recorrido paradisíaco para el amante de la materia, y caminaban por 18 de Julio; Denis pensaba en nada más que su meta del Alegato. Maggie había estado encargada de la riñonera o cinturón para llevar dinero y documentos que se usaba en esos tiempos, y que contenía unos ochenta dólares y los pasaportes de ambos, porque justo tenían que confirmar una reserva para viajar a las cataratas de Iguazú ese fin de semana. En un momento dado, Maggie, cansada de acarrear el cinturón, le levantó el brazo al robotizado Denis y se lo puso debajo; él, con la sola idea en el cerebro de la obra que debía obtener, no se dio cuenta. No supo cuándo se le cayó al suelo, pero se percató de la falta recién al llegar a la tienda de la galería, cuando quiso pagar por el libro de Acevedo. Entonces, al advertir que habían perdido no sólo la billetera con unos cuantos dólares, sino también los dos pasaportes extranjeros, un par de semanas antes de regresar a casa, lo avasalló el pánico.
Eran los tiempos en que las veredas de la avenida principal de la ciudad estaban cubiertas de puestos de venta de todo tipo: ropa, juguetes y souvenirs, mates y bombillas, garrapiñada, ticholos, tortas fritas. Al volver sobre sus pasos llegaron a la esquina de 18 con Minas, donde Maggie creía que había ocurrido el intercambio fallido de la riñonera, y Denis se puso a preguntar a varios vendedores si la habían encontrado. Todos le decían que no. Entonces él, sin saber bien de dónde le vino la idea, de golpe exclamó para que lo oyeran todos:
—Miren que, si aparece el cinturón, yo pago recompensa.
Se fueron para casa deprimidos y preocupados. Habría que cancelar el viaje a las cataratas, y con seguridad perder el dinero que habían pagado (Uruguay no es lugar fácil para lograr reembolsos). Lo más urgente eran los pasaportes. Una llamada al consulado irlandés confirmó lo complicado que sería sacar un documento nuevo, y que sólo les emitirían una carta para retornar en un viaje directo a Dublín.
Pasaron un par de días de aguda ansiedad, hasta que, de improviso, les llegó una llamada a la casa donde se estaban quedando. Un hombre preguntó por alguien de apellido foráneo, y cuando agarró el teléfono Denis, le dijo que tenía en sus manos un pasaporte a su nombre. Denis respondió enfervorizado:
—Dígame dónde está, que ya salgo para ahí.
Le dieron una dirección en la calle Gonzalo Ramírez, y a los cinco minutos Denis estaba en un taxi. Era una vivienda al final de un corredor largo; un lugar humilde, con unos pocos muebles gastados. Un hombre de unos cincuenta años estaba sentado en una silla de mimbre, tomando mate. Denis le pidió la riñonera, y el hombre se la entregó. Adentro estaban los dos pasaportes, una billetera vacía y unos papeles.
—¿Dónde la encontró?
—Tirada en una de esas macetas grandes al lado del bar de la esquina de Minas y 18, hace dos días. Estuve tratando de llamar, pero no tenía el teléfono. Al final lo ubiqué por la dirección que encontré en este papel.
Era un recibo de cambio de cheques de viajero, que todavía se usaban en esa época. Y cada vez que se cambiaba uno, había que rellenar un papel con nombre y dirección. Al principio Denis decía la verdad, pero luego se fue cansando de la rutina, y empezó a cambiar el nombre, aunque en general dejaba la dirección correcta de la casa donde estaba quedándose. (Lo mismo le había sucedido en México unos cuantos años antes, estando de vacaciones con Maggie. En los hoteles había que declarar nombre, nacionalidad y profesión, y también empezó a aburrirse y a hacer jugarretas; por ejemplo, ponía que era un astrónomo húngaro, o un filólogo egipcio, o un marino portugués. En un hotel de Veracruz, escribió que eran Horacio Oliveira y La Maga, y justo ese hospedaje ponía los nombres de los pasajeros en un cartel tipo sándwich a la entrada, para que lo vieran todos los peatones que pasaban.)
Uruguay tenía algo que ya no debe ser muy común en el mundo: una guía de teléfonos por calles, o sea que a partir de una dirección se puede averiguar quién vive y su número. Fue por ese lado que el hombre que encontró el cinturón pudo llamar a Denis.
El irlandés quedó arrebatado por una inusitada sensación de alivio. El hombre le dijo que había tenido suerte, porque sacar pasaportes nuevos le hubiera costado mucho tiempo, dinero y molestias. La intención del tipo era clara, entonces Denis le preguntó si le gustaba el whiskey, a lo que el otro contestó que mal no le caía. Entonces le dio una suma correspondiente a una buena botella, le volvió a agradecer la amabilidad de haberlo llamado y se fue, pensando que esa propina más los dólares que había en la billetera hacían una apropiada retribución.
Denis y Maggie pudieron ir a la excursión y quedaron pasmados por la energía y majestuosidad del lugar, y en el viaje de vuelta lograron que se hiciera una parada no programada en San Ignacio para ver el ambiente y la casa donde había vivido Horacio Quiroga y escrito algunos de sus cuentos más logrados (que él había enseñado tantas veces a sus alumnos del primer año). En la casa hacía de guía un chico que no tendría más de trece o catorce años, quien les hizo una semblanza exacta y amena de un autor que esta vez sin vueltas puede considerarse rioplatense, rótulo que a menudo usan los argentinos para capturar una dimensión favorable de los escritores uruguayos que también triunfaron en su tierra.
Tampoco tuvieron que preocuparse los irlandeses por tramitar un pasaporte nuevo. Ya en Montevideo y faltando un día para retornar a su país, fueron de nuevo al centro a mirar librerías por última vez. Después de visitar Tristán Narvaja —era domingo, día de la célebre feria de esa calle y aledañas— habían ido hasta Papacito, en 18 frente a la Intendencia, donde siempre había ofertas, y a la vuelta se encontraron una vez más en la esquina de la avenida principal y Minas. Al pasar junto a las grandes macetas que marcaban el borde de la zona de mesas del bar advirtieron, parados y mirando pasar la gente, a dos hombres que Denis identificó enseguida.
Uno era el que había estado más cerca cuando él hizo la proclama prometiendo la recompensa monetaria; el otro era el que tomaba mate sentado en la silla de mimbre antes de devolverle la riñonera. El irlandés los miró a la cara a ambos y por una fracción de segundo, aunque ninguno de los tres dijo palabra ni hizo gesto de saludo, una fugaz chispa en los ojos los unió en un reconocimiento mutuo.
Denis siguió de largo, porque tenía que recoger un último libro: la biografía de Horacio Quiroga por sus paisanos salteños Delgado y Brignole, obra valiosa y rarísima que había fichado unos días antes en Altazor. La visita a San Ignacio se lo había recordado.
- La riñonera
(un cuento de letras y librerías montevideanas) - jueves 26 de marzo de 2026


