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Métrica
(del libro Cuentos derramados, de Gladys Ruiz de Azúa Aracama)

jueves 4 de junio de 2026
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“Cuentos derramados”, de Gladys Ruiz de Azúa Aracama

Thomas Gil, experto cazador de cerdos salvajes y adicto a los cha­lecos a medida, gustaba de compartir brandy y confidencias en el Club de Caza de la calle 15. Rodeado de su corte habitual de admiradores, solía alardear de conocer los trucos más valiosos del oficio: trucos que no tenía empacho de compartir con cualquiera y a la menor ocasión, ya fuera a la hora de visitar a su barbero o mientras la costurera le ajustaba los hilvanes del nuevo chaleco en el taller de Mima Valdés. Con graves gestos teatrales, apun­taba, por ejemplo, que la manera más sencilla de calcular el peso de un jabalí recién abatido —sin tener en cuenta lo enorme de su tamaño— era medirle el contorno del torso por debajo de las patas y a la altura del corazón con un simple centímetro de modis­tilla. El resto se lo dejaba a los aritméticos.

Pero estos pensamientos sobre los trucos de Thomas Gil no eran precisamente los que rondaban en su cabeza cuando se de­rrumbó exhausta y adolorida en el asiento del último tren rumbo a Poniente-Estación Alonso Pergullo. Sólo quería llegar a casa. Estaba tan cansada... No aguantaba los pies... Cerró los ojos e intentó dormir. Si se daba su tiempo, si conseguía que sus pár­pados le pesaran lo suficiente, podía sentir de nuevo el tajo que le abrió en el costado el colmillo del jabalí, las noches de pesadilla en la cama del hospital, el dolor insoportable y, al fin, el dulce des­embarco de la morfina por todo su cuerpo... Cometió un grave error al pensar que lo mejor para despejar la cabeza sería caminar un buen rato desde la mansión de los Bouwoski hasta la estación del tren, pero al final acabó perdiéndose y, para colmo, los zapatos la estaban matando. Por suerte, logró llegar a tiempo a la boca del subterráneo. Fue casi un milagro que pescara un asiento libre en el último vagón. Estaba agotada, incapaz de dar un solo paso más. A pesar de la caminata y el aire frío de la noche, todavía se sentía aturdida, atrapada en la atmósfera narcotizante de la fiesta de los Bouwoski: no había conseguido desprenderse de la música y el vodka, del olor a opio y alcanfor, del sabor de los Cohibas y los chaises longues de los saloncitos rojos. ¡Qué noche! Se acurrucó en el asiento. Qué tortura de zapatos... Pero todo valió la pena. Su primer trabajo para la Agencia había resultado un éxito rotundo. En menos de una hora estaría en casa.

Todo había sido tan sencillo... Demasiado sencillo... Unos días antes, la Agencia le envió un paquete que contenía un sobrio vestido negro del taller de Mima Valdés, la invitación para la ex­clusiva fiesta anual de los Bouwoski, un sobre con instrucciones y un par de magníficos stilettos italianos de suela roja, adornos de Swarovski y tacones de infarto. Lo único que tenía que hacer era ponerse el vestido, acudir a la velada, lucir los zapatos y repartir entre los distinguidos invitados las tarjetas del diseñador.

“Cuentos derramados”, de Gladys Ruiz de Azúa Aracama
Cuentos derramados, de Gladys Ruiz de Azúa Aracama (Caligrama, 2025). Disponible en Amazon

Cuentos derramados
Gladys Ruiz de Azúa Aracama
Cuentos
Editorial Caligrama
Madrid (España), 2025
ISBN: 978-8410266438
162 páginas

Los zapatos causaron sensación. Ella causó sensación. Al poco tiempo de llegar ya se había corrido la voz y no le quedaba por repartir ni una sola tarjeta. La anfitriona, la señora Bouwoski —constreñida por un ancho y ajustado fajín de terciopelo que la forzaba a suspirar sin pausa para no desmayarse— fue la primera en asegurarle que encargaría un par de zapatos para lucirlos en la casa de su “queridísima” amiga Gabrielle Chanel, quien justa­mente esa misma mañana le hizo el honor de invitarla a un pase privado de sus últimas creaciones en el 31 de la rue Cambon.

—¡Imagínese!, ¡en París!, ¡en la mismísima residencia de la rue Cambon... —le restregó la dueña de la casa equilibrando la copa de champán para no derramar ni una sola gota, demostrando así su ha­bilidad innata para el desdén, el glamour y la economía. La señora Bouwoski era toda entusiasmo y aspavientos entrecortados; entre uno y otros supervisaba de reojo el paseíllo de las bandejas recién arrasadas, lo que le costaría arrancar de toooodas sus alfombras el paté de ganso, las huevas de caviar: ¡un ojo de la cara!, mucho más que lo que se gastó en el último estiramiento de cara y el plan de adelgazamiento. Luego, con un nuevo suspiro, se acercó a la joven de los tacones altísimos para deleitarse con su próxima confidencia: “Gabrielle y yo fuimos tan íntimas...; nos conocimos en...”, no terminó la frase. Paró en seco y palideció, y así se mantuvo por un instante, frenada al borde del error, como si de pronto se percatara de que estuvo a punto de caer en una imprudencia irremediable o de quebrantar un juramento. Con el traspié, la es­pontaneidad de la anfitriona perdió brillo y gas, pero no tardó en recomponerse: si había sobrevivido la toma de París y conocido a Churchill, no la iba a acorralar una pueblerina de pasarela em­pinada sobre doce centímetros de opereta. La Bouwoski recobró el porte inicial y le dedicó a su contraria un paneo radiográfico desde las raíces de los cabellos hasta el borde de las suelas rojas. Terminado el escrutinio, conteniendo la respiración, metió tripa, se ajustó el fajín y le dio la espalda.

Aunque había cumplido su misión y los zapatos empezaban a molestarle, no desaprovechó la oportunidad de disfrutar de la fiesta, de la música de jazz y la versión más arriesgada de los Bloody Mary servidos en el bar de la terraza por un barman que, a juzgar por la suavidad de sus manos y el pudor contemplativo con que escanciaba su fórmula secreta, pareciera haber sido reclutado en la puerta de un seminario o detrás del mostrador de una mercería. Desde lo alto de la terraza pudo contemplar la oscura lejanía del antiguo barrio polaco con sus guiños apocados y clandestinos; en contraste, a la luz de las nuevas farolas, el monstruo de la catedral se mostraba como una fascinante criatura prehistórica emergiendo del asfalto. Quizás llegó la hora de escabullirse. Demasiado vodka.

Rechazó de todas las formas posibles la oferta del señor Bouwoski, empeñado en ofrecerle el chófer y la “joya” de la familia, un Packard Custom color plata del 57, para que la llevara de regreso a casa:

—Es arriesgado pasear sola a estas horas, querida... Una buena “Cenicienta” no debería tentar a su hada madrina... —le aconsejó el señor Bouwoski. Hablaba un español más que aceptable y resulta­ba encantador el modo como intentaba pronunciar algunas sílabas lanzándolas por la nariz con un esfuerzo altivo, casi reverencial.

Le costó convencerle de que prefería caminar para respirar un poco de aire fresco y despejar la mente. Ni siquiera le aceptó un taxi. Lo contentó con la promesa de que asistiría a su próxima fiesta. Pero se arrepintió demasiado tarde de no haber acepta­do su ofrecimiento. La estación de trenes no quedaba tan cerca como creyó. Y todavía se notaba un tanto borracha: los restos del alcohol distorsionaban el vínculo más o menos amistoso que por necesidad concilia la cabeza con el estómago. Vomitó en un rincón perfecto, dentro de una hermosa caja laqueada llena de fotos viejas. “Lo siento”, les dijo a los rostros en blanco y negro que creyeron que nunca podrían caer más bajo... Se limpió la boca con la manga de la gabardina. Más aliviada, intuyó que la estación no quedaba lejos: si aceleraba el paso y recortaba por el parque llegaría a tiempo de alcanzar el último tren.

Llegó cojeando malamente a la estación y consiguió pillar a tiempo el único asiento desocupado del vagón. Por fin podía sen­tarse. El aire del compartimiento se había atiborrado de todo un día de cargas y descargas: con cada movimiento del tren se perci­bía el olor aceitoso de las fiambreras, el aura revenida de la lactan­cia, la caspa y el sudor, las prisas, el cansancio unánime... En un momento del trayecto, el vagón realizó un vertiginoso e inespe­rado cambio de vías que lanzó todos sus pesos hacia un costado. Sintió contra su cuerpo el golpe seco y compacto de la persona que viajaba a su lado: una mujer de abrigo negro que, en cuanto le fue posible, se apartó disculpándose:

—¡Perdón! —le dijo, apartándose con una sonrisa de escapis­ta, urgida por recuperar su asiento.

Por el tono utilizado y la enérgica franqueza de sus movimien­tos, le dio a entender que en su disculpa no había fingimiento, molestia o servilismo.

Fastidiada por una noche que no daba más de sí, los pies hin­chados y aún con el estómago revuelto, respondió a la disculpa de su compañera de vagón intentando realizar un gesto lo más amable posible con el menor esfuerzo. Hasta ese momento no había tenido ni tiempo ni ganas de mostrar el mínimo interés por quien viajaba a su lado. Si no fuera por el brusco viraje del tren, ni siquiera la hubiese tomado en cuenta: estaba demasiado cansada y adolorida como para detallarle el abrigo de talle imperio con cuello marinero tan inadecuados para su edad, o la bolsa del mer­cadillo que llevaba sobre los muslos junto a un ridículo bolsito de charol con cerradura de nácar.

Hizo hasta lo imposible por olvidarse de las dolorosas punta­das que le producían los zapatos. Intentó pensar en cosas agra­dables, recordar detalle a detalle cada minuto de la fiesta... Pero, en cierto momento, y sin proponérselo, se encontró con que su atención se había desviado hacia su compañera de asiento, que justo en ese instante abría la bolsa del mercadillo y sacaba de su interior un par de zapatillas: de una de ellas colgaba una ostentosa etiqueta de descuento donde podía verse con claridad el tentador precio de la ganga: una cifra irrisoria. Era evidente la dudosa calidad de las zapatillas... pero se veían tan cómodas... De un solo vistazo les midió la talla, el arco del empeine, el alto del talón.

—Le compro las zapatillas —se escuchó decir, de repente, di­rigiéndose a la mujer del abrigo infantil, así como así, acortando necesariamente la ya breve distancia que separaba las dos cabezas, mostrándole, a la vez, los dos únicos billetes que llevaba en el bolsillo de su querida gabardina, algo deficiente, la verdad, de­masiado corta para ocultar los dos pies lívidos, embutidos en los dolorosos tacones.

El valor de los billetes sobrepasaba con mucho lo que, de acuerdo con la etiqueta, habría pagado la señora por las zapatillas, pero al parecer no lo suficiente como para convencerla, porque rechazó la oferta de plano: primero con un inequívoco levanta­miento de hombros que expresaba la sorpresa provocada por el inesperado ofrecimiento, y luego con un “¡no, gracias!” lo sufi­cientemente rotundo y gentil como para desanimar a la compra­dora del mes.

—¡También le doy mi gabardina! ¡Los dos billetes y la gabar­dina! ¡Mire, es de la Valdés! —le dijo, doblando peligrosamente el cuello para mostrarle la etiqueta dorada.

La dueña de las zapatillas entrecerró los ojos como para sopesar la oferta y comenzó a pellizcar y estirarse el párpado izquierdo como si se tratara de una verruga aristocrática.

—No quiero ni su dinero ni su gabardina... ¡Quiero sus zapatos!

Aquello era mejor que el sexo... No sabía cómo fue posible que se hubiese atrevido a proponerle a esa mujer semejante negocio. Los tacones le quedaron perfectos. En cuanto a las zapatillas... las amaba... eran tan cómodas... ni se sentían... las podría usar para trabajar en el taller... ¿Pero qué les diría a los de la Agencia?... Ya pensaría en algo. Ahora sólo quería que pasara el dolor y quedarse dormida. Se arrellanó en el asiento y se dejó llevar rumbo a Po­niente-Estación Alonso Pergullo.

Cerró los ojos y se sumió en un sopor fluctuante donde las alucinaciones de la embajada, las manos del barman y el arrullo del tren se mezclaron en el fondo de la coctelera. Llevaba plomo en los párpados. Se preguntó qué contorno de su cuerpo habría que medir para calcular el peso de sus párpados. Últimamente le asaltaba el continuo hallazgo de fantasías y pensamientos absur­dos, por no hablar de las punzadas en el costado, por no hablar de sus sueños: eran tan reales, tan dolorosos...

La voz de la megafonía la despertó bruscamente. El tren frenaba en la última estación. Se había quedado dormida. Soñaba. Soñaba que los pies le dolían terriblemente. Todavía sentía ese dolor confuso... Aún adormilada, se levantó el cuello de la gabar­dina: haría frío en la calle. Lo único que quería era salir volando del tren, llegar a casa y lanzarse en la cama, pero la mujer que se sentaba a su lado le bloqueaba la salida hacia el pasillo. Ahí seguía la señora, incomodándola, apoltronada en su asiento con el abrigo de niña entreabierto y las manos cruzadas sobre el bolsito ridículo. Le pasaría por encima. Eso haría. Al intentar rebasarla casi la pisa; por fortuna, pudo saltar a tiempo para no destrozarle los deslumbrantes stilettos con piedras de Swarovski que lucía con tan poca clase. ¿Cuánto le habrían costado? Se avergonzó de sus feas zapatillas de costurera:

—Perdón... lo siento, casi la piso... Bonitos zapatos... —le dijo, al rebasarla.

De pronto recordó que no había terminado de coser el chaleco del señor Gil y el fajín de la señora Bouwoski.

Gladys Ruiz de Azúa Aracama
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