Cada movimiento suyo arrastraba un innumerable reguero de candados. Los niños solíamos perseguirlo para tirarle piedras en la orilla del río, donde siempre se sumergía. Era medio hombre y medio pez, o puede que sólo sea parte de mis recuerdos infantiles.
De lo que sí estoy seguro es de haberle visto desaparecer entre las aguas y esperar su regreso durante más de media hora, sin avistamiento alguno.
Mi madre me advertía siempre sobre los peligros de acorralar a un animal, pero no lo entendí hasta que el hombre pez me arrancó un brazo —el derecho, con el que escribía a mi hermano, que estaba en la guerra. Desde entonces ya no escribo, pero sí siento el brazo, el que ya no tengo, húmedo y a la deriva.
Nunca fue mi intención exponer al hombre pez al mundo, pero cuando eres niño y vives en un pueblo donde nunca ocurre nada, un hecho tan extraordinario debe resultar rentable. Yo sabía que el circo llegaría pronto y también que carecíamos del dinero suficiente para ver la función. Por eso ideé la manera de acceder a ella sin pagar. Tenía el firme propósito de cazar al hombre pez y entregárselo al circo a cambio de mi entrada.
Conocía sus horarios. Solía beber en la taberna del pueblo hasta pasado el mediodía y después bajaba por la Calle Mayor, bordeando el río. En ocasiones —desconozco qué lo motivaba— cambiaba el recorrido y entraba en la iglesia dando tumbos, pero con cara de solemnidad. Yo me acercaba a la puerta y veía al hombre pez arrodillarse a los pies del agua bendita, mientras se la llevaba al rostro y sollozaba. Juraría que su piel se volvía del color del mercurio y que un olor a podrido impregnaba la iglesia y los peldaños donde me acurrucaba.
Aquel día no hubo exhibición eclesiástica. Bajó directamente al río y yo le seguí de cerca. Ya he dicho que tenía un andar torpe. Resultaba extraño, pues el hombre pez era extraordinariamente delgado, pero algo más profundo tiraba de él hacia la tierra.
Se detuvo, no como se detienen los hombres, sino como si algo en él hubiera encontrado base. El río también se quedó quieto.
Entonces habló.
—¿Intentas pescarme?
Yo me quedé petrificado. Una cosa era mi impresión sobre aquel hombre y su condición acuática, y otra muy distinta que él mismo se definiera como un ser marino. No hice ningún movimiento brusco, pero levanté mi mano derecha para hacerle creer que llevaba un arma o algún objeto peligroso con el que podía destrozarlo.
Todo pasó muy rápido. Una lengua de mar larga y escurridiza —que salía de su boca como un látigo cerúleo— llegó hasta mí y amputó mi intención. Apenas sentí que perdía el brazo; todo yo estaba sumergido en una viscosidad que me anestesió por segundos, hasta que caí al suelo, vivo, pero con un brazo menos.
Del hombre pez nunca supe más. Lo vi deslizarse por el suelo, llegar a la orilla y desaparecer con mi brazo entre las aguas, dejando una mancha grisácea por todo el camino.
Desde entonces, cada vez que viene el circo al pueblo —apenas unos días antes de su llegada— siento el brazo amputado como una lombriz marina trepando por mi cuerpo. Es el hombre pez que me recuerda que no se puede cazar a un animal marino sin pagar un precio por la entrada.
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