Diego lee las letras medio descoloridas de la alfombrilla. “Bienvenidos a esta casa”. Su madre abre la puerta y, casi sin dejarle decir “hola”, avanza un brazo y le hace entrar.
—Pero ¿dónde estabas, hijo? Eres el último, para variar.
—Había mucho tráfico. ¡Qué bien huele!
—Sí, tu padre se está esmerando esta vez. Lleva desde ayer con lo de la cocción lenta. No le preguntes mucho, que te va a poner la cabeza como un bombo.
—Tranquila, no tenía intención —se ríe.
El aroma que llega de la cocina tiene su propio peso y, más que flotar en el ambiente, abraza con su profundidad. A Diego le emociona comprobar que la cocina en marcha es lo que más identifica con la palabra hogar.
En la sala reparte besos. “Qué bien te veo”. Hay más besos, abrazos y golpecitos en la espalda. “¡Madre mía, qué alto estás! ¡Ya mismo le ganas a tu padre!”. Los niños se marchan al cuarto de al lado después de saludar a su primo mayor.
La mantelería blanca ilumina el centro del salón. Hay copas llenas de vino tinto y cava repartidas entre los asistentes.
—Qué bien sienta estar en casa ante esta mesa —dice Diego—. Todos juntos.
Se lleva a la boca un trozo de jamón y cierra los ojos mientras saliva con gusto.
—Justo estábamos comentando lo mismo —le responde su tía Rita pasando por delante de él un brazo para alcanzar un bocadito de salmón. Le sonríe mientras ambos mastican con placer.
—Ojalá todos lo tuvieran así de claro —apunta la abuela desde el sillón orejero.
—Mira la abuela. Parecía dormida y ya ha sacado el tema —apostilla la tía Susana.
La madre de Diego se remueve en su silla.
—Tampoco es que sea nada nuevo, madre. En todas las familias tiene que haber ovejas negras —apunta mientras va pinchando anchoas de un platito.
Se hace un silencio que vuelve a romper la abuela.
—Nunca me ha gustado esa niña. Muchas leyes y muy poca vergüenza.
—Bueno, mamá. Ya nos ha quedado claro. No sigas con el tema.
—Sí sigo, sí —dice con la boca medio llena—. En esta casa todos habéis contribuido a que los restaurantes se hayan convertido en lo que son hoy. Todos. Y ella a lo suyo. Su familia lo último —una tos seca la deja sin voz un momento. Rita le acerca un vaso con agua—. Ay, gracias, hija.
La abuela se bebe el vaso de agua entero y vuelve a la carga.
—La primera vez que siendo bien chiquitita le conté lo de mi madre, lo de aquella rata enorme que quería morder a Dieguito en la casa del pueblo. Bueno, pues tendríais que haberla oído cuando le dije que la bisabuela miró a la rata desde lo alto de la escalera y que el bicho huyó despavorido. Porque la hipnotizó, claro, todos lo sabéis.
Varias cabezas asienten.
—Bueno, pues la niña se rio de mí. No tenía ni doce años.
—Ya nos lo has contado muchas veces, mamá —dice Susana con voz cansada.
—No levantaba un metro del suelo y me soltó: “Eso no es verdad, abuela. ¿No ves que no puede ser?” —la abuela aprieta los labios.
Diego se sacude el jersey, se levanta y se acerca a la ventana. Su madre sale del comedor y va hacia la cocina.
—Ojalá la abuela no tuviera razón, pero esa forma de ir a la suya... —añade Diego con el ceño fruncido y tecleando con delicadeza sobre el marco de la ventana.
Un nuevo silencio sobrevuela el ambiente.
Desde el cuarto contiguo se oye a los más pequeños chillar mientras juegan contentos con la videoconsola.
El tío José María se rasca la barba y juguetea con su alianza. Se acerca a la mesa para alcanzar otra botella de Priorato y empieza a abrirla.
—No os reenvié el mensaje que me mandó el otro día, me parece —dice Rita, y lee en voz alta mirando la pantalla del móvil—. “Disculpa que no te haya dicho nada antes, pero no sabía muy bien cómo enfocar el tema... Bueno, el caso es que vuestra celebración del aniversario de bodas me coincide con un taller sobre Mark Fisher al que me han invitado y que me hace mucha ilusión impartir, así que no podré estar presente. Os felicito de corazón al tío José María y a ti por manteneros unidos estos veinticinco años. ¡Os deseo lo mejor y que sigáis muy felices! ¡Disfrutad la celebración! Os quiero”.
Un murmullo de desaprobación se extiende por la sala.
—¿Quién coño es Mark Fisher? —pregunta por lo bajo Susana.
—A saber... —murmura José María con las comisuras caídas en un gesto de disgusto.
La madre de Diego llega de la cocina y con una sonrisa brillante anuncia:
—Venga, ¡todos a la mesa!
Tras ella, su marido aparece con una cazuela grande y pesada, todo colorado, despeinado y sonriente. Un trapo blanco inmaculado le cuelga del hombro.
—A ver qué me decís de esto. ¡Dieciocho horas de cocción lenta!
—Desde luego se nota, Juan. ¡Qué bien huele! —José María le da varios golpecitos en la espalda.
—Avisad a los niños, que empezamos —la madre de Diego conduce a la abuela hacia la mesa con suavidad.
Diego sigue mirando por la ventana y tarda aún en unirse a los demás. Se acerca a la mesa con pasos lentos.
Cuando todo el mundo se ha sentado, Juan levanta la tapa de la cazuela. El aroma del guiso espeso y oscuro alcanza a los comensales y se oyen ruiditos de placer anticipado.
—Madre mía —dice Rita.
—Yo no quiero mucho, Juan, que últimamente tengo el estómago delicado —comenta Susana.
—Anda ya, mujer. ¡Come, que te pongas fuerte!
Todos ríen.
Durante un buen rato, los sonidos que presiden el comedor son sólo los de los cubiertos en los platos y algunos pequeños suspiros de aprobación. Las mejillas de los comensales se han enrojecido. José María se ha quitado el jersey y Susana se ha subido las mangas de la camisa. Diego baja la mirada al plato.
Cuando ya se ha comido la mitad de su ración, Rita se pone la servilleta en los labios y tose. Primero con delicadeza, luego más fuerte, mientras minúsculas gotas de sudor aparecen en su frente. Algunas cabezas se giran hacia ella, los demás siguen masticando.
—Creo que... —dice finalmente Rita—. Creo que había algo en mi plato.
Se acerca el índice y el pulgar de la mano derecha a la boca y extrae un objeto pequeño y brillante.
Es un anillo muy fino. Un arito filiforme de oro con un pequeño nudo.
Todos los ojos se dirigen a Juan. Los que han parado de comer miran su plato sin levantar la cabeza.
Juan se aclara la garganta y casi murmura:
—Vaya... Lo siento, Rita. No pensé en quitárselo cuando empecé. Y mira que sabía que ella siempre lo llevaba.
—Ese anillo se lo regalé yo. Decía que le encantaba —musita Diego.
La abuela, que ha seguido comiendo todo este rato, interviene con la boca llena.
—Sigue estando muy bueno, Juan. No te hagas mala sangre.
Juan sonríe a su suegra y coge de nuevo el tenedor.
Los demás le imitan. Se vuelve a oír el ruido de muchos cubiertos al rozar la vajilla. Uno de los niños se pone en pie y va con su plato junto a Juan.
—¿Puedo repetir?
- Bienvenidos a esta casa - viernes 3 de abril de 2026


