—Si tan sólo hubiera nacido con una cosita ahí colgando, no habría nada que pedir. Qué lástima.
—Con esa pinta y con lo que haces, naciste para ser general... y mira que naciste niña y no niño.
Cada vez que íbamos a la casa de mis abuelos en el campo, los adultos chasqueaban la lengua al verme jugar en la tierra. Decían que una mocosa no debía andar así: desgreñada, revolcada en la tierra; que por más que me vistieran como una princesa, con el conjunto completo, al final acababa corriendo por ahí con una camiseta larga y unos pantalones.
A eso le llamaban “la única cosita”.
Cuando me preguntaron: “¿Es que te portas como un niño porque quieres tener algún día un hermanito?”, yo, en cambio, les pedí una espada de juguete y me aferré a insectos, dinosaurios y animales de plástico para jugar.
Cuando llegaban los días festivos, la casa del campo se llenaba de gente. Mi hermana, mis primos y yo salíamos en grupo al patio y nos plantábamos delante de los mayores.
—Soy el primer hijo de tal.
—Soy la primera hija de tal.
—Soy la segunda hija de tal.
...
Y los mayores nos preguntaban a cada uno de nosotros si sabíamos quiénes eran, cuántos años teníamos, si estudiábamos bien.
Preguntas casi idénticas, hechas sin ganas.
En cuanto terminábamos de responder a sus preguntas, volvíamos al cuarto. Mientras tanto, en la sala se juntaban los hombres que habían traído sólo a sus hijos varones y bebían. Ellos hablaban a gritos, entre risas, como si les costara mucho venir a la casa de mis abuelos a pesar de que lo único que ellos hicieron fue subir a la montaña donde hay unas tumbas familiares e inclinarse ante ellas. Nunca vi cómo lo hacían, pero sabía que sería igual a como lo hacían mis primos varones, hijos de mis tíos: poniéndose de rodillas con las manos apoyadas en el suelo, la cabeza sobre ellas.
Detrás de los gritos que iban y venían y del choque de los chupitos de chungju, en la cocina, mi abuela, mi madre, mis tías y unas señoras de parentescos lejanos —esas a las que sólo se veía en días festivos— no paraban: freían distintos tipos de jeon (tortitas saladas con verduras y carne) y pelaban fruta, con las manos siempre ocupadas. Y luego sólo nos llamaban a mi hermana y a mí, que éramos las mayores del grupo de los niños, para servir la mesa de los hombres.
No recuerdo cuántas veces nos llamaron. Ellas cocinaban y fregaban los platos.
Por fin los parientes lejanos volvieron a su casa, y nos tocó estar la familia de verdad, la más cercana, para pasar tiempo juntos. Pero todo igual, sólo no necesitábamos muchos platos.
El plato de carne llegaba a la mesa con un olor agridulce y ahumado, quedaba siempre más cerca de mi abuelo y de mis tíos. Mi primo, el primogénito del tío mayor, se sentaba al lado de mi abuelo para comer. Nadie explicaba ese lugar y nadie lo cuestionaba. La escena se repetía siempre de la misma manera aunque no fuera un día festivo. Al contrario, en la mesa de las mujeres no había mucha carne; aunque la servían de la misma sartén, el plato nuestro no tenía tan buena pinta como el de los hombres. Mi madre y mi tía se levantaban de la mesa sin terminar sus platos pendientes de la mesa de los hombres: por si faltaba algo o si alguno de ellos les pedía que trajeran más. Los hombres estaban quietos como si tuvieran piernas dormidas hasta que las mujeres (incluso mi abuela) quitábamos y limpiábamos la mesa.
Cuando nació mi hermanito, los adultos de mi casa, así como los vecinos, confirmaron de nuevo su propia profecía.
—¿Ves? Por eso te comportabas como un chico: estabas buscando a tu hermanito.
—Por fin, un hijo.
—Enhorabuena para ti también, que no necesitas andar como un chico.
Según decía mi madre, mi abuela le comentó que ahora sí podía quedarse tranquila y con menos culpa al ver a sus consuegros que ya están en el cielo.
Con el tiempo, las visitas a la casa empezaron a espaciarse, poco a poco después de unas llamadas agotadoras.
Al otro lado del teléfono, mi abuela y mi abuelo se turnaban para alzar la voz con mi madre. Cuando colgaba, mi madre nos decía a mi hermana y a mí:
—Yo os voy a querer igual, seáis hijas o seáis hijos.
La mirada de mi madre se posó en mi hermanito, que no entendía nada.
Cada vez que mi madre escuchaba la palabra “primogénito”, se quedaba con una cara inexplicable. Un día, en medio de preparar los acompañamientos, se detuvo y habló. Dijo que, cuando estalló la Guerra de Corea, mi bisabuelo se había ido huyendo con una sola persona: mi abuelo materno, que era el hijo mayor de los nueve hijos.
—Tu bisabuelo me decía que no se podía llevar a todos.
Dejó el cuchillo, sin lavarlo, en el fregadero.
Desde entonces, ni siquiera en los días festivos nos quedábamos mucho tiempo en la casa del campo. Ni nos quedábamos a dormir. Mi madre iba sola, no tan seguido pero sí iba. Ayudaba en el campo, echaba una mano con la limpieza de la casa de los abuelos y la huerta. Me daba pena que mi madre fuera sola, pero al mismo tiempo me aliviaba no tener ronchas en mis piernas y mis brazos por cosechar los chiles.
Al graduarme de la universidad, fui a casa de los abuelos con un libro y el título en las manos. Mi abuela y mi abuelo me recibieron con mucha alegría.
—¡Cuánto tiempo sin verte, mi nieta!
—¿Cómo se te ocurrió estudiar y escribir un libro?
Pero las palabras siempre volvían al mismo final.
—Aun así, ¿tienes a alguien para casarte?
—¿Quieres que te consiga un chico?
—Me gustaría conocer a tu hijo antes de que me muera. Ya no nos queda mucho tiempo.
—Ya no hace falta que sigas estudiando.
Me incomodó la mirada de mi abuelo, que insistía en que “las mujeres no necesitan ir a la universidad” y no quiso que mi madre terminara la carrera.
Me senté a la mesa a comer con ellos. La había puesto mi madre, aunque ella también había venido conmigo de visita. El plato de carne esta vez, también más cerca de mi primo sentado al lado de mi abuelo. Como siempre.
Yo, al menos, sentada a la misma mesa.
Aquel día, yo no me levanté primero de la mesa.
- La “única cosita” - martes 7 de abril de 2026


