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Hombre de cartón

sábado 18 de abril de 2026
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Hay un viejo sentado en el muro.

Inmóvil.

Fijos los ojos sobre el horizonte.

Nadie recuerda haberlo visto llegar, y son muchas las gentes que a toda hora transitan por esta parte del litoral de la ciudad. El Malecón es un imán para los habaneros y los otros.

Pasan días y nadie lo ha sorprendido yéndose, que todo el mundo tiene una hora de volver a casa, de echarle una mirada a la mujer con la que vive, de hacer sus necesidades.

Está ahí. Lo han visto los pescadores de orilla y los que acercan la chalupa para eviscerar el pescado en la costa y venderlo ahí mismo, los bebedores vespertinos que a veces duermen al fresco sobre el muro, las parejas de enamorados que no tienen para pagar una posada y hacen el amor en el muro mismo. Ven al hombre inmóvil y se apartan un poco, y luego se espantan porque no ha cambiado de postura en mucho tiempo.

El tipo viste al modo corriente de los viejos que han dejado atrás modas y lucimientos. La ropa es anticuada, limpia, cómoda. Y por muchos días lo están viendo con las mismas prendas, pero no parece que sudara y no hay nada sucio en él. Sólo salitre que lo envuelve y se le impregna, dándole a su piel y atuendo una textura acartonada y gris.

Días y días, tardes, noches. ¿Come acaso?, ¿respira?

Una madrugada de mar tranquilo, reflejaba la luna su plenitud en la deslumbrante cúpula del Capitolio mientras se inclinaba en busca de la fina línea de su ocaso. Por la ancha acera que acompaña al muro del paseo marítimo avanza un grupo singular. Puede que sean una veintena, pero no hay nadie más para contarlos, excepto la inmóvil figura expectante que da el frente al infinito azul, transformado en cerrado negro reluciente a esa hora.

Celebran la victoria de la justicia, porque uno de los más jóvenes integrantes del clan se ha librado de una seria acusación. Justo la tarde antes paseaba por la acera opuesta al límite del mar un pacífico turista norteamericano, un yanqui en fin que merodeaba haciendo fotos, mirando con ojos lujuriosos las chicas nacionales, es de suponer que es lo que hacía. Tomando imágenes de lugares que a lo mejor cree que les pertenecen a gentes de su país. Muchos lo han hecho. A lo mejor era inglés, australiano o ruso. El turismo finalmente se ha convertido en una exitosa locomotora, aunque todo éxito tiene un costo. Como este del chico que en rápida carrera arranca de la muñeca del yuma la carterita con el grueso fajo de dólares, cruza entre los autos, se lanza al mar y arranca a brazadas hacia la distancia.

Fue todo un espectáculo, pero desde una alta ventana le vigilaba la señora que viene ahora en la vanguardia de los celebrantes. Fue toda una angustia, pero cada cual hizo lo que tenía que hacer. Antes de que la lancha, con la sirena como si de perseguidora terrestre fuera, terminara de salir entre las boyas de la boca del puerto, ya el iniciático quinceañero había tomado los arrecifes de la orilla, pasado el mazo a un oportuno ayudante que se hizo humo, y ascendía el muro como si fueran las pulidas escaleras de una casa, con sonrisa y asperjar de saladas gotas con la cabeza sacudida. Dejó que las azules manos de la ley le llegaran al cuerpo, no sin reclamar por qué le toman por delincuente, mas no hizo sino dejarse deslizar en el auto coronado de inquieta luminaria casi le empujó el cuerpo de la vigilante mujer: va la madre a donde el cachorro vaya.

En la estación, el asaltado clama que es él, es él, es él, es él. Pero en las manos del chico no hay sino sal y rasguños del roce del hormigón del muro. Ya es sabido. El dotado instructor propone ronda de identificación y entre cinco tan similares el turista no se decide. Al abogado le sobra el argumento de la minoría. Al asaltado le consuela la aparición de la cartera flotando en el oleaje de la orilla, dijo un honesto pescador, con todos los documentos intactos, tarjetas de crédito, pasaporte, social security card. No problem. Yo irme y no volver. Bye. Entonces, raudo cual correcaminos de los muñes, vaya mi pájaro preso a buscar arena fina y a Pilar, que hoy cederá.

Así que el éxito rotundo ha de celebrarse con lo mejor de la oferta etílica, pero lejos del elevado hogar, donde ojos y orejas alistadas por el orden pueden esperar incautas confesiones. Qué mejor que el conocido de siempre, dilatado espacio litoral, las orillas, lejos del margen del delgado cartón tabla. Y es que vienen, como ha sido dicho, con algún aparato emisor de música estridente que la alta ciencia ha puesto en manos de las pobres gentes, para que al menos gastándose lo que no alcanzan para alimento y vestidos tengan acceso a la luz de la cultura. De dos hambres al menos una han de llenar en esta madrugada, lejos en fin de las quejas vecinales.

Marchaban alineados la matriarca casi obesa en su media rueda, los tres vástagos mezclados con el amante mancebo de la dueña de casa; nueve amiguitos del graduado, ya dicho quinceañero y apúntese ahora seco y bien vestido, de nuevo, traído de la shopping, o dígase chopin, por la tía que no pudo salir porque cuida a la abuela en la azotea donde moran, pero mandó a sus hijitos de cinco a nueve para que vayan tomando lecciones de unidad y sentido de hombría. El tío, por cierto, es el hombre más recio de la comparsa y viene del brazo con la mujer y se cambia en alguna esquina al brazo de la amante. Beben. Beben. Del bueno, del de marca.

Bajo la luna, el calmado mar, el viejo acartonado inmóvil, de espaldas a los jolgorios que la ciudad le acerca. Donde se sienta es inmediato al único lugar del muro donde puede bajarse hasta el agua sin dificultad, por una especie de graderío donde se sientan los pescadores cansados. Todo fue verlo y acercarse, a ver si pueden alegrarle, hacerle hablar, carajearlos, mandarlos para el infierno, hacerles reír de algo que no sea lo mismo, lo mismo, lo mismo. Pero el viejo es pacíficamente una figura de cartón; ni siquiera su piel cede o se ofende si un empujón le da el héroe del día, que percibe sin embargo que ha sido mirado con cierta intensidad desde la inmóvil quietud de la figura. Aquello no gustó a la vigilante vestal del grupo y dijo:

—Vamos, vamos, que este viejo está muerto.

Aburridos, siguen adelante, pero he aquí que en pocos pasos van llegando a un lugar donde el arrecife forma una franja más extensa entre el muro y el mar, y descubren una balsa de poliespuma descansando en la orilla. Hay duda al principio, pues puede ser alguno del barrio que antes de hacerse a la mar haya ido a defecar en la sombra cercana que del muro proyecta la deslumbrante luna, y tomar lo ajeno puede ser motivo en este caso de insondables problemas, por más que una veintena de celebrantes no es poca razón para disuadir, pero no sabe uno lo mucho que se pueden recordar algunas ofensas y un pescador balsero es alguien respetable. Un hombre de éxito, si usted supiera.

Pero urge animar la madrugada, ahora que no hay dios a la vista ni máquina de policía, ni otros borrachos a quienes retar, ni infelices enamorados, más que el quinceañero y Pilar, que no están a la vista y allá ellos. De manera que muy rápidamente cargan entre todos el artefacto flotante, lo llevan al sitio donde se encontraba el viejo, gradas abajo la ponen en la superficie del agua y, como toque genial, prueban a poner al viejo a bordo. La falta de movimiento aterra un poco a los valientes, pero si está muerto da lo mismo, se verá bien flotando tan erecto como se mantiene ahí en su estrado. Pero seguro de que va a armar el escándalo en cuanto sienta el oscilar de la marejadilla bajo sus nalgas, va a gritar, va a ofendernos y nos vamos a reír y vamos a brindar otra vez y a dar vivas a Maikel, el nuevo hombre nuevo del siglo veintiuno que ha librado su primera batalla contra el imperialismo extranjero.

Aguantada a la orilla la balsa, suben al viejo rígido y alelado y éste se queda sentado recto, tensos los ojos, pero silencioso. Era el momento en que el viejo quisiera gritar y salir corriendo. Y ellos desmollejarse a carcajadas, darse un trago y seguir en busca de otra diversión. Pero el obstinado viejo no hizo por moverse, ni siquiera cuando, vigilantes, dos sin camisa ya y con el celular resguardado en seco, listos para ir al rescate, le dieron un impulsito juguetón a la balsa, que osciló un poco con la olita chiquita y constante, fue girando hasta ponerse de frente al horizonte, y el viejo, ya de espalda, los sorprende con un gesto, casi nada, como si el peso de los brazos cayera de sus rodillas a ambos lados del cuadrado de esponjoso plástico en el que ahora flota, y de sólo tocar el agua con la punta de los dedos enfila al reflejo recto de la luna y va avanzando como si lo halaran con un cordel desde el horizonte.

Los buenos muchachos, alarmados, saltaron al pavimento desolado de la avenida del malecón, haciendo señas desesperadas al blanco vehículo policial con la baliza azul sobre el techo, que venía calmadamente disfrutando la brisa. Debido a hallarlos sin camisa en la vía pública la insomne autoridad les pide carné de identidad para llamarlos al orden, mientras ellos y los restantes, desesperados, porque si aquel loco se ahoga van a terminar por encontrarlos a todos por muy alta que sea la azotea donde se refugien, señalan al plateado camino que sin desviarse toma el iluminado.

Se imaginan, gozosos en el fondo, el despliegue que se va a armar dentro de quince minutos, cuando los policías llamen a los bomberos y se aparezca el camión de búsqueda y rescate con el bote encima, y los buzos, y salga desesperada la misma lancha por la boca de la bahía, con sirena a todo meter, y cuando comience a amanecer traigan al viejo con una colcha sobre los hombros, aparezca un médico y un sium, pero está perfecto. Ellos, los salvadores. Otro motivo para celebrar.

Pero este policía está fastidiado de tener que lidiar con una veintena de carnés y tarjetas de menor, dictando sin ayuda número a número por la planta, mientras su colega baja del carro y trata de controlar al grupo, evade tomar un trago, aparta las plenas redondeces de Pilar de la cremallera de su pantalón. Asegura con mano férrea la culata del arma, que sería mortal si alguno la tomara, sin otro adjetivo al que aludir, afincada la espalda al carro, preguntándose cuándo diablos va a aparecer algún apoyo, porque no hay lancha a esta hora, ni búsqueda que hacer, ni rescate será necesario más que el de un par de policías cercados en pleno malecón por una turba de borrachos de todas las edades y complicados sexos del mundo, señalando hacia el mar donde un pescador está llegando con su balsa al pesquero de las rabirrubias, no sé de qué se alarman o hacen que se alarman.

(del libro inédito Demasiado muertos para soltarlos, de 2022).

Ismael León Almeida
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