
“Yo creo porque es absurdo”.
Tertuliano.
“Mi nombre es Giordano de la familia de los Bruno, de la ciudad de Nola, nacido a principios de 1548 y criado en esa ciudad. Mi profesión es y ha sido la de las Letras y de todas las Ciencias”. Así, humildemente, se presentó el gran pensador, el filósofo, en mayo de 1592, al enfrentar a los jueces del Santo Oficio. Mas, para entender el contexto histórico e ideológico que le tocó vivir a Bruno, es preciso que nos situemos en el ámbito de las tendencias propias de la cultura humanista-renacentista de la Europa de aquella época.
Siete años antes del nacimiento de Giordano Bruno moría Juan de Valdés, opositor de la moral legalista del catolicismo y de la teología de los reformadores. Valdés proponía una forma de experiencia religiosa personal al margen de los dogmas y de la autoridad eclesiástica. Situación similar había ocurrido con Erasmo de Róterdam, cuyas concepciones religiosas se habían extendido hasta Italia ejerciendo notable influencia en el pensamiento del Nolano. Es así que cuando Bruno inicia el periplo de su peregrinación, rumbo al exilio, se ve obligado a destruir las ediciones de Erasmo y de otros autores y pensadores que —también víctimas de censuras y acusaciones— fueron difundiendo por toda Europa la libertad del pensamiento, la renovación intelectual y espiritual del hombre, convertidos así en los portadores de las nuevas ideas.
El camino del exilio
Ordenado sacerdote en 1572, no pasarán más de cuatro años cuando comienza el calvario de Bruno —que culminaría en 1600—, bajo sospecha de herejía y acusado de ateo. Huye a Roma, donde lo acusan de asesinato, por lo que huye, esta vez hacia Génova, y allí cuelga los hábitos sacerdotales, retoma su nombre de pila, Filippo, y comienza a enseñar gramática y astronomía.
Viajando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, en 1579 llega a la ciudad de Ginebra, a la sazón llamada “asilo de herejes”. Ya no hay patria para “el desterrado”. Filósofo, poeta, hombre de ciencia, sacerdote, no vacila al momento de colgar o vestir sus hábitos religiosos, como tampoco titubea en ocasión de vestir capa y espada. Alternadamente será recibido en las ciudades de Lyon, Tolosa —donde obtiene el doctorado en Artes—, París, Oxford y Londres, lugares donde dará lecciones privadas sobre filosofía y hará comentarios públicos acerca de la “vieja filosofía” y las religiones.
Académico de ninguna academia, llamado el intemperante y —como lo define Eugenio Marín— “escritor desprejuiciado hasta la obscenidad e irreverente hasta la blasfemia”, Giordano expresará desde su certera observación que “los llamados hijos de Dios eran todos asnos e ignorantes”, y también que todas las religiones históricas no son sino modos inadecuados, supersticiosos, vulgares de considerar la Verdad: “todos equivalentes, pero todos falsos”.
Esas declaraciones le valieron a Bruno ser perseguido, marginado y nuevamente acusado de apostasía. A sus declaraciones públicas debemos sumar la autoría e impresión de su obra escrita: El signo de los tiempos, El candelero, De las sombras de las ideas, El arte de la memoria, El canto de Circe y un extenso estudio sobre Raimundo Lulio.
La luz de las ideas
Difundiendo sus ideas continúa su éxodo por Wittenberg, Praga, Halmstad, Fráncfort y Zúrich, en cuyas universidades expondrá la transformación de la hipótesis heliocéntrica de Copérnico como una concepción liberadora de las antiguas ideas. Impone así un concepto de mundos infinitos de espacios sin fronteras, que no son solamente patrimonio de los pensadores contemporáneos —como Galileo y Copérnico— sino que tienen además la fuerte impronta del médico alemán Enrique Cornelio Agripa (1486-1535), quien era también alquimista, experto en magia y cábala, adepto y gran conocedor del hermetismo egipcio (actividades que le produjeron varios conflictos y el confinamiento en Grenoble, donde murió).
En la lectura del Corpus Hermeticum, más precisamente en el Poimandres, se advierte la afirmación de que “Dios es a la vez visible e invisible”. Este tratado es la idea del orden del universo como revelación divina y trata sobre la experiencia hermética, en la que, a través de este orden, Dios se revela a Sí Mismo. Fue este el secreto que Giordano iba llevando de país en país con su fuerte y antiguo mensaje egipcio.
Frances Yates, doctora en Historia del Renacimiento, arriesga una opinión especulativa acerca del contenido de la obra de Giordano Bruno y dice que sus títulos “son las huellas del tránsito por Europa de un profeta de una nueva religión que transmite mensajes en código”. Debemos tener en cuenta, para esa afirmación, la notoria reiteración del número treinta mencionado en casi todos sus libros (por ejemplo: Las treinta intenciones de las sombras y los treinta conceptos de las ideas, Los treinta atributos divinos, Lámpara de las treinta estatuas, Los treinta sellos de la memoria, Los treinta eones del gnosticismo, etc.).
El año 1591 lo encuentra de regreso en Venecia, ciudad a la que llega invitado por Giovanni Mocenigo, quien le solicita que “le enseñe el arte de la memoria y la inventiva”.
Es cierto que Mocenigo recibió las lecciones que había solicitado, pero también es muy cierta su insatisfacción por no haber obtenido de Bruno “los secretos” a los que deseaba acceder.
La caída
El facilismo de la traición y la mentira transformó a Mocenigo en delator, intrigante y conspirador, y se vuelve contra el hombre que lo instruyera en el conocimiento de las artes y las ciencias. El 22 de mayo de 1592 Mocenigo hizo capturar a Bruno en su propio lecho para encerrarlo en un granero. Al día siguiente lo denuncia acusándolo de realizar actividades profanas, de difundir opiniones contrarias a la fe y sus ministros, de sostener tesis herejes sobre Cristo, la Trinidad, la virginidad de María, la transustanciación y la misa; de creer en mundos múltiples y eternos, en la metempsicosis, en la adivinación y en la magia. Frente a tantos “pecados y delitos” fue encerrado ese mismo día en los calabozos de la Inquisición, donde fue sometido a siniestras torturas y a un interminable y extenso proceso —entre Venecia y Roma— que culminaría con su muerte el 17 de febrero de 1600.
Más de cuatro siglos han transcurrido del paso del Nolano por esta vida, una existencia que durante cincuenta y dos años fue exponente de sabiduría, conocimiento, artes y de todas las disciplinas del saber. Incomprendido, perseguido, marginado, traicionado y condenado a perecer quemado vivo en la infame hoguera de Campo di Fiori, no ha podido la ignominia decretada por el brazo secular de la Inquisición extinguir la voz, la pasión y el pensamiento de aquel que, al morir “mártir pero feliz” —como expresara antes de la hoguera—, se transformara en el símbolo de una civilización que, al recibir la luz de sus ideas, representa la conquista del hombre restituido a sí mismo, transformado en dueño de su devenir, convertido en el centro de su propio mundo, conocedor de su naturaleza y la del universo, su inmensidad y formas infinitas. Sin fronteras. Esto es lo que Giordano Bruno indudablemente quería transmitir cuando, al expirar envuelto por las llamas, exclamó: “E pur, vedo altri mondi”.
El hermetismo en Giordano Bruno: el ocultizante
Como ocurría con casi todos los pensadores del Renacimiento, era costumbre de Giordano Bruno adoptar para la enseñanza un sistema racional de la memoria y ocultizarlo, convirtiéndolo así en un sistema mágico. Un orden natural de los lugares de la memoria basado en el Zodíaco y un orden temporal, causa del movimiento de las esferas en relación con el tiempo.
“Como doctor en Artes —dice F. Yates—, Bruno no se dedicaba a pintar ni a esculpir; su misión era pintar y modelar en el interior del hombre; enseñar que el artista, el poeta y el filósofo son una misma cosa. No sale afuera nada que previamente no haya sido formado dentro y, en consecuencia, es dentro donde se hace la obra significativa”.
Dice Bruno en el prefacio de Cena de cenizas: “...y tú, Mnemosine mía que estás escondida debajo de los treinta sellos y emparedada dentro de la sombría prisión de las sombras de las ideas, déjame oír tu voz sonante en mi oído”, invocando así a la diosa de la memoria; la memoria, arte que fuera la disciplina interna de su religión y el medio por el cual unificaría el mundo de las apariencias.
Sabido es que en Alemania Bruno fundó una secta llamada los “Giordanisti”, y que éstos basaban su doctrina y filosofía en los postulados herméticos. Resulta altamente llamativa —al tiempo que poética— la introducción de su libro Expulsión de la bestia triunfante, donde habla de sí mismo y de su destino futuro de una manera notablemente profética: “Vemos cómo este hombre, ciudadano y servidor del mundo, hijo del Padre Sol y de la Madre Tierra, por amar demasiado al mundo, ha de ser aborrecido, censurado, perseguido y extinguido por ello”.
Paepp, estudioso de la vida y obra del Nolano, ha expresado que “arcanos misterios filosóficos están contenidos en la obra de este gran pensador”. Llama la atención la mención reiterada del número treinta como base y entrelazamiento de un mismo tema para distintos títulos: en Sombras, Circe y Figuratio, escritas en Francia; en Sellos, escrita en Inglaterra y en Estatuas e Imágenes, escrita en Alemania.
El Corpus Hermeticum
Le dice Hermes Trismegisto a su discípulo Asclepios: “No desconoces tú, Asclepios, que el Egipto es la copia del cielo, el lugar en que se transfieren y proyectan todas las operaciones que dirigen y ponen en orden las fuerzas celestes. Más aún: si hay que decir toda la verdad, esta tierra es el Templo del mundo entero”.
Bajo el reinado de Sesostris, Egipto era una síntesis mágica. Los nombres de sus provincias correspondían a las figuras de los números sagrados. Este reino se dividía en tres partes: el Alto Egipto o la Tebaida era la figura del mundo celeste; el Egipto Medio o central era el lugar de la ciencia y las iniciaciones, y el bajo Egipto, símbolo de lo terrenal. Cada una de estas tres partes estaba dividida en otras diez principales, llamados nomos, y cada una de ellas estaba puesta bajo la protección de un Dios. Estos dioses, en números de treinta, agrupados de tres en tres, representaban todas las concepciones del Ternario en la Década (el número mágico treinta de Bruno), es decir, la triple significación Natural, Filosófica y Religiosa de las Ideas Absolutas ligadas originariamente a los números.
Las enseñanzas del Corpus Hermeticum eran representadas una y otra vez en la pintura, en la escultura, en la arquitectura, en el diseño y disposición de las ciudades y en la construcción de los templos. La geografía de Egipto es, en realidad, un resumen simbólico del dogma hermético.
Por tanto, la filosofía de Giordano Bruno era la filosofía hermética. Sostenía que el hombre es el gran milagro, que su mens es divina, de naturaleza semejante a la de los gobernadores astrales del universo. No es de extrañar entonces que el Nolano fuese en realidad el mensajero de las verdades extraídas de la cuna de las ciencias y la sabiduría, llevando de país en país este antiguo mensaje hermético: “Así como se dice que el mundo es la imagen de Dios, así Trismegisto no teme llamar al hombre la imagen del mundo”.
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