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Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2026 en su 30º aniversario
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¿Cuándo leí por primera vez la palabra ética? Digo “leí” porque el vocablo en cuestión no era parte, ni como sustantivo ni como adjetivo (“ético”), del lenguaje familiar. Recuerdo la primera vez que, en casa de mis abuelos de la ciudad, a la hora de la siesta —que yo nunca dormía— me escabullí a una cámara chica que había en el sobrado. La habitación contenía una cama de hierro, de cuerpo y medio; una mesilla con su lámpara eléctrica y un palanganero, cuya madera ya había perdido su barniz; el espejo, la jarra y la zafa parecían toscos en comparación con sus pares de un artístico zafero huertano que desprendía brillo junto a la cama —se diría nupcial— en que me acostaba, a la noche, en casa de mis otros abuelos. Comenzaba a estudiar por entonces en el instituto —tenía nueve para diez años— y comía tras las clases de la mañana en el domicilio de mis abuelos maternos. Tras comer, un largo descanso —el silencio se volvía sedante— y de nuevo a la lección de francés o de química. Mi espíritu en aquellos días siempre andaba vitaminado de curiosidad, desde que me levantaba a las siete en invierno o en primavera, con una todavía débil alborada, y a la siete y media estaba recorriendo la senda hasta la ciudad, cuando aún las gotas del rocío nocturno perlaban como blancas flores los terrenos que iba pisando, durante la media hora de camino; a las ocho en punto me encontraba en el aula contento de lo que iba a aprender ese día cualquiera —para mí, siempre excepcional. Pero, si trato de volver a aquel niño y entender por qué no estaba en el fondo dormido (y feliz) en aquella rutina de su curiosidad, no puedo. Perdí acaso esa energía interna que el niño tuvo. ¿Qué removería en su mente en las para él interminables horas de obligado descanso en la pequeña pieza contigua a la habitación de su abuelo Antonio? Muy a menudo contaba mentalmente los segundos, los minutos, y cada cierto intervalo salía silencioso del cuarto y miraba la hora en un macizo reloj despertador que había sobre la televisión en el salón-comedor: jugaba a acertar, con su lectura mental, el tiempo transcurrido entre cada intervalo y salida. Aquello era un túnel sin fin. No podía moverse en otra dirección sino la del reloj, como un tropismo, cada cierto lapso de tiempo. Pero aquello nunca andaba, nunca llegaban a ser las cuatro y media.
En una ocasión, sin embargo, el púber tomó otra dirección, subió cuatro o cinco escalones hasta abrir una puerta, sin forzarla, y siguió por una estrecha escalera semioscura, hasta dar con la habitación del sobrado.
Decíamos ayer que la pieza constaba de unos pocos muebles: cama, zafero, mesilla y lámpara, no recuerdo sillones ni sillas, pero sí un arcón no muy grande, con un herraje roto por incuria o por el paso del tiempo, y la tapa encajaba tan apenas que a veces, mal cerrado, sobresalían, como de unas fauces, trozos de tela, mangas de un vestido o alguna hoja de libro o periódico. Con expectación casi rayana en la culpa, me acerqué: lo abrí. Por primera vez, descubrí dentro de la atmósfera sin gravedad del arcón, sobre un montón de ropa usada, unos libros de bachillerato, del antiguo bachillerato que había cursado mi tío Diego en la posguerra.
Historia de la literatura universal, Fábulas de Esopo y Fedro, Manual de latín, Curso de inglés, Contabilidad, Comercio, Ética y moral, Geometría, Francés... Eran libros cosidos, sin pastas duras, de papel fino que, cuando los tuve en mis manos por primera vez, ya aprendí a resignarme a su fragilidad. Con las numerosas veces que los tendría después ante mis ojos, y los abriría, posiblemente se deshicieran; desapareciendo como habían venido: como un espejismo.
Algunos de esos libros estaban mutilados ya, les faltaban varias hojas a su final, o alguno de sus cuadernillos cosidos bailaba y amenazaba ruina.
El libro que más veces he consultado es la Historia de la literatura universal; quien conozca mi debilidad por las letras lo comprenderá. Venía en él un panorama de la literatura comparada siglo a siglo, desde Grecia y Roma hasta el siglo XX. Qué sorpresivo deleite conocer a los poetas lakistas o a Quintana. Nada de estos poetas y escritores aparecía en mi texto de lengua y literatura españolas. Aun en mis posteriores años de bachillerato me sirvió esa historia universal literaria de santo y seña, era mi secreto.
Sin duda habría algún libro de pasta dura, gris, un catecismo de religión católica, pero eso lo compensaba una hermosa monografía, cuyo título me llamó la atención poderosamente. A diferencia de los otros volúmenes, de cuyos contenidos podía tener yo alguna noción, del titulado Ética y moral desconocía hasta los nombres. Moral, de “mos, -moris, lat.”, costumbre, hábito; Ética, del griego ethos, carácter, morada o forma interior, invisible, frente a physis, lo físico, también oculto pero más externo, y ambos, lo ético y lo físico manifiestos en nuestros actos, en las capacidades humanas, en nuestras costumbres o mores, aunque no sean el ethos exactamente lo mismo que éstas, como no son sinónimos totales el alma que alienta la fisis o naturaleza de todo ser viviente, incluido el hombre, y los movimientos, pasiones, expresiones y vicisitudes corporales por las cuales el alma (psique) se manifiesta. Aristóteles, que en ese libro era tenido por maestro de santo Tomás de Aquino, y apuntador de éste, como argumento infalible de autoridad; Aristóteles decía que el alma no puede existir sin el cuerpo, ni el cuerpo sin el alma. Y que una golondrina no hace verano (el libro citaba este pasaje de la Ética nicomáquea). Y que la virtud es el término medio entre dos extremos viciosos; esto también lo decía Aristóteles, y lo recuerdo bien, de leerlo en aquel vademécum de Ética y moral de los años cuarenta y cincuenta del siglo XX, en aquella España donde imperaba el nacionalcatolicismo.
¿Pero qué quería decir eso? Lo de “viciosos” me interesaba dilucidar, llevado por el inicio de la pubertad. En el tratado de Ética y moral se daban definiciones escolásticas, no tan precisas como las de Baruch Spinoza en Ética demostrada al modo de los geómetras. Definiciones de “vicio”, “virtud”, “prudencia”, “sindéresis”, y otras nuevas palabras para mí. Como “praeternal”, “analogía”, “juicio hipotético o condicionado” y “juicio categórico”, o “beatitudo”, “sperma” (que significa semilla o simiente en latín y en griego), “logos spermatikós” (el Verbo divino, la Palabra sembrada en el Principio), “metro”, que no es unidad de longitud ni vehículo, sino “medida”, la virtud —aseguraba Aristóteles en aquellas lecciones— ha de conseguirse practicando el metro, con el ejercicio... ¿de qué, físico, gimnasia habemus?, no, con el ejercicio de tomar nuestras propias decisiones. Equivocadas a veces. Demasiado de un color en la mezcla de la paleta. O demasiado poco. Hay que rebajar ahí o aumentar allá: deliberar con uno mismo hasta tener el diseño más fino de lo que quiere hacer, y pensado y hecho. Deliberar y decidirse. Lo último, lo final es siempre lo más importante para el maestro Aristóteles, toda la naturaleza la explicaría el de Estagira (Macedonia) por las causas finales (pero eso lo sabría yo mucho tiempo después, en clase de Filosofía de COU, a mis dieciséis primaveras). Entonces, ¿las decisiones que tomamos son libres?, ¿no están ya diseñadas por lo que hemos deliberado, en fin, por nuestros intereses o prejuicios, por una previsión no siempre acertada o no siempre suficientemente amplia de las cosas? Esto es paradójico, sin duda, y también lo aprendí muchos años después, ya en la universidad, a mis diecinueve.
Sin embargo, hemos de romper a caminar en esa aporía: quizá aparente. Si esperamos a tenerlo todo claro, si aguardamos a tener todas las claves resueltas, prolongamos la deliberación, no decidiremos nunca, y al final no actuamos. Pues, ahora descubrimos (gracias a la aporía superada) que la causa final no era la decisión, ni menos la deliberación, sino la acción. Aristóteles le llama praxis; y la ética honorariamente desde Aristóteles y Kant, otro de sus genios fundadores, es una ciencia “práctica”, como la ciencia política o la economía, y el de Königsberg (hoy Kaliningrado, en Rusia) le dio a la ética jurisdicción en el “uso práctico de la razón”. Tuve que hacer tres cursos de carrera para entender una página de la Crítica de la razón práctica kantiana. Después de publicarse este libro, el irónico poeta Heine dijo que el maestro Kant lo había escrito para consolar a su cochero. Kant había destruido cualquier consuelo o subterfugio a la razón y salvado sólo la ciencia, la física, en su magna Crítica de la razón pura. Por venir a cuento en materia de escepticismo y descrédito de la ética, dos siglos más tarde, el lógico austríaco Wittgenstein, enfermero en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, escribirá su Tractatus logico-philosophicus, donde cierra el paso a la metafísica y a la ética. En la “Conferencia sobre ética” que pronunciará en un tiempo de crisis, durante el curso 1929-1930, sentencia que si se pudiera escribir un libro de ética no haría falta ningún otro libro; más, se destruirían de golpe todos los libros, como se destruyó Macondo, y el manuscrito de Macondo.1 ¿Por qué? Y he aquí el punto adonde quisiera llevarte, y que me hace pensar si ya turbaba en el fondo al púber que bajaba tantas tardes del sobrado a su habitación de la siesta con ese libro de Ética y moral encontrado en cierta ocasión.
Y si el muchacho —después— ha conocido otros libros (otras maneras de vivir, otros mundos al margen de la pureza de la razón ética). Y si el adolescente, de catorce abriles, diera en hacer poemas (poemas no a la novia, como suele ser costumbre en los adolescentes vates; curioso, o no: a un rosal, a la madrugada del labriego que diseña y delibera temprano sus campos, como aprendí a leer entonces en un libro del poeta Virgilio, Geórgicas. ¡Cuánto me gustó ese libro, a los quince años! Casi un tratado de agricultura puesto en verso. Pero más, la alabanza de un estilo de vida —como en Los trabajos y los días, de Hesíodo; el amor al ritmo de las cosas naturales, la honesta vida, la mediocritas áurea, que describe Aristóteles).
Parece que todo lo que no sea escribir un libro así, como el de Virgilio, o el de Hesíodo, o, en otro orden y códigos, los haikús chinos y del Japón, o la Oda a la vida retirada, del maestro fray Luis de León, o algunos de los primeros poemas de Miguel Hernández (y ponga el lector aquí más ejemplos), todo lo que no sea, en fin, acorde con un biorritmo humano y ético, estaría condenado a morir de súbito cuando sea escrito, por fin, un libro de ética.
- Ética contra escritura - martes 26 de mayo de 2026
- Sendas de invierno, de Fulgencio Martínez
(selección) - lunes 30 de marzo de 2026 - Carta partida - martes 28 de mayo de 2024
Notas
- La cita concreta dice: “Si un hombre pudiera escribir un libro de ética que verdaderamente fuera un libro de ética, este libro destruiría, con una explosión, todos los demás libros del mundo”. Ludwig Wittgenstein, “Conferencia sobre ética”. Pero es importante, para entender la cita, comprender el contexto y el tono. Este es elegíaco, no es como en el Tractatus, frío. Constata que no puede haber más que hechos (o diríamos, datos) y expresiones o juicios sobre esos hechos, no juicios éticos o absolutos que se impongan como lo que debe ser. Incluso los juicios éticos son aparentemente tales, pues son, en el fondo, juicios de valor relativo o condicionados a una finalidad; son instrucciones de uso, por así decir, de las cosas: debes portarte bien, si quieres conseguir tal cosa; si quieres llegar al aeropuerto, haz lo correcto: coge la línea 8; y siempre, lo constata Wittgenstein con melancolía y con cierta hartura, hechos e instrucciones para manejarse con ellos, perdido en ellos y bajo los hechos. O sea, si quieres un determinado fin, “debes” hacer eso; la condición “si” lo convierte en un no juicio ético o de valor, o absoluto; puedo no querer tal condición, ¿y qué pasaría? En cambio, cuando escuchamos, pronunciado por alguien o por nosotros en nuestro interior un “debes” fuerte, no hay excusas, ni hay condición... de primeras. Dice Wittgenstein este ejemplo: supongamos ahora que le he contado a uno de ustedes una mentira absurda y él me dijera: “Se está usted comportando como una bestia”, y entonces yo respondiera: “Sé que me comporto mal, pero es que no quiero comportarme mejor”, ¿podría entonces decir: “Ah bueno, no pasa nada”? Ciertamente no; diría: “Bueno, pues deberías querer comportarte mejor”. Aquí tienen un juicio absoluto de valor, mientras que en el caso anterior tenían uno relativo. Hemos de decir que muchas veces los humanos desoímos la llamada del deber fuerte y con nuestro ingenio tratamos de convertir lo absoluto en relativo, nos vemos más cómodos poniendo ingenio en adelantar una condición y convertir en relativo —pero autoquerido— lo que era absoluto. La cita en su contexto: “Que no podemos escribir un libro científico, cuyo tema podría ser intrínsecamente sublime y estar por encima de todos los demás, sólo puedo describir mi sentimiento con la metáfora de que, si un hombre pudiera escribir un libro de ética que verdaderamente fuera un libro de ética, este libro destruiría, con una explosión, todos los demás libros del mundo. Las palabras, tal y como las utilizamos en la ciencia, son recipientes que sólo pueden contener sentido y significando, esto es sentido y significado naturales. La ética, si es que es algo, es sobrenatural, y nuestras palabras sólo expresarán hechos; igual que una taza de té sólo aguantará una taza llena de agua, aunque vertiera en ella un litro”. Wittgenstein, “Conferencia sobre ética”.



