Esperanza de primavera fecunda
al campo de mi país y a sus hijos
tractores de Daroca
He visto un campo cubierto, buena parte del año,
de una única espiga amarilla,
que quedó de la anterior cosecha,
o de una verde que se anticipa a la nueva
y sola es indicio de primavera fecunda.
He visto campos de labor, cubiertos
de amapolas y cardenillo,
y he visto esos campos descombrarse
con una palabra que los renueva.
He visto campos de niebla
y polvo y sangre seca:
y he visto esos campos renovados
tras llegarles la luz de la mañana.
Los he visto en todas las épocas del año
y nunca faltaba en ellos una apetencia
de altura.
En las nubes se amasa la esperanza.
Un solo grano da abundante fruto,
una única espiga es indicio
de primavera fecunda.

Sendas de invierno
Fulgencio Martínez
Poesía
Ars Poética
Oviedo (España), 2025
ISBN: 978-84-18536-79-3
76 páginas
Haciendo castillos en la arena y otras formas de juego
“Adelante, vosotros que creéis ir de viaje”
(“Fare forward, you who think that you are voyaging”)
T. S. Eliot (Four Quartets. 3, The Dry Salvages)
Hace entre 169.000 y 226.000 años, dos niños en lo que ahora es Quesang, Tíbet, dejaron un conjunto de huellas de manos y pies en una roca. Aparentemente colocadas intencionadamente, las impresiones, ahora fosilizadas, pueden ser el arte rupestre conocido más antiguo del mundo.
(Noticia, 7 de febrero 2023. cf. Autopista.es/planeta 2030)
1
(La mano)
La mano sabe anticiparse a la flecha.
Vuela con su nido en el puño.
Va hacia adelante,
con el lento resuello de un organillo.
Entrenada por siglos de lucha
por la supervivencia,
pulsada
por sus reflejos, avanza.
Como una tormenta de arena en una costa vacía.
Donde no había nada, ella levanta un castillo.
Cuenta, mide, aplana,
apresa, rasga, abraza, escribe poesía.
La mano estuvo siempre con nosotros,
fue nuestra primera herramienta
y sus huellas,
las señales impresas en el barro
del cauce semiseco de los ríos o en la nieve
que tapizó las rocas en la alta cumbre,
convertidas en fósiles
y símbolos de todo el arte y de toda nuestra historia,
serán tal vez nuestro último vestigio.
Lo que nuestros antepasados hicieron
sin aparente utilidad
en un descanso en sus largas cacerías
diga por nosotros el empeño de la humanidad,
la voluntad de ser hombre, el sueño
de unas manos de niño
que se divierten haciendo sombras ante el fuego.
Haciendo castillos de arena u otras formas de juego,
hemos llegado hasta aquí;
que un poder muy oculto rige el azar
pensaríamos ahora,
con la misma o mayor simpatía
a los juegos, los ritos y las consonantes mágicas.
2
(Los pies)
No olvidad el rastro de los pies.
Ellos nos enseñaron el aire de la música,
la finura de la danza
como el movimiento de las hojas.
Ellos sonaron en la soledad
del bosque.
Sus plantas
hicieron la senda primitiva.
Y hasta hoy,
nadie ha contado sus kilómetros.
Los poetas sobre ellos siguen
día y noche, tratando de descifrar
su número exacto.
Terrain Vague. Entretanto Europa
(Beethoveniana)
A una ciudad de provincias
para Francisco Jarauta
La oscuridad nieva las manos
que tocan los surcos del aire.
Aún las torres de oración
sostienen la mirada al cielo.
Y las chimeneas huérfanas
de la actividad fabril humana,
donde hoy anidan las cigüeñas
como reyes vueltos del exilio.
Se esconde entre mirtos la luna.
Rumor de agua cruza las venas
de la ciudad, que se ausenta
y se envuelve, ninfa miedosa,
en sí misma: en su paseo el río
extendido como un rebaño,
muestra la única apariencia
que ve el viajero, en la noche.
La ciudad episcopal duerme
sobre sus sillares de roca,
búdica rueda de molino
el río mueve vida y muerte.
Vencedor sobre los días
al último poeta morisco
¡Eh! Casa del amor y morada de la paz. Tu vegetación está perfumada por el soplo de los vientos. Son ruinas mi noche y mi felicidad junto a los compañeros, cuando os escanciaban las manos de las lluvias, en vela. Moradas que yo amaba y frecuenté cuando era vencedor sobre los días. ¡Qué buena una época que pasó! Cuando la noche era serena, el amor puro para mí y el corazón feliz.
Poema profano escrito en árabe clásico, en el siglo XV, decorando la mezquita de Tórtoles (una pedanía y antigua aljama de Tarazona)
1
Intento encontrar en el vacío
un rostro para ponerlo
a un nombre que ignoro.
Siento, al leerlos —y debería bastarme—,
la emoción, más acá de las palabras,
la felicidad, más allá del tiempo,
que inspiró estos versos tan hermosos,
y tan melancólicos, como aquello
que no muere y sigue expresando
el gozo vencedor sobre los días.
Es ese el núcleo que el poeta quiso
iluminar en el poema. Lo demás
es anécdota, decoración, arte.
2
He caminado esta tarde de marzo
hasta Tórtoles, sólo
por beber los vientos que tú bebiste,
sólo por ver el cielo que te vio.
Anduve, anduve y subí una carrera,1
y me metí entre las casas del pueblo
buscando la mezquita. Sentí sólo
las sombras de la casa de los vientos.
Camino en realidad
para alejarme y encontrarme, busco
lo mismo que tú,
.................................lo mismo que todos.
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