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Añoradas palabras

jueves 28 de mayo de 2026
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Añoradas palabras, por Carmen Menéndez Martínez
Al principio hicimos algunos intentos de comunicarnos por gestos, pero enseguida nos aburrimos. Muy pronto se me ocurrió escribir un mensaje en un papelito, atarlo en la punta de un hilo y soltar carrete hasta que llegase a ella. Recuerdo la cara de felicidad con que me miró cuando vio llegar mi invento.
“Ética y escritura”, edición especial por los 30 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2026 en su 30º aniversario

Primera clase

Estoy feliz porque he vuelto a escribir. Desde que dejé el instituto para ponerme a trabajar, había abandonado por completo la escritura. Por falta de tiempo, por falta de ganas o, sobre todo, creo, por pensar que sólo escribía cosas sin importancia que se le podían ocurrir a cualquiera.

No tenía confianza en que yo pudiera producir algo de valor. No digo de valor como para competir con los escritores profesionales o con los periodistas, sino algo que reflejara bien mis pensamientos o mis sentimientos o los hechos que deseaba contar, algo que resultase interesante para quien lo leyera, que le hiciera reflexionar.

Tampoco sabía quién podía ser ese lector. Tanto esfuerzo para luego esconder mis papeles en un cajón temerosa de que alguien de mi familia pudiera encontrarlos y burlarse de mí. Con esa mentalidad nunca habría dado a conocer mi obra.

Ahora, en este segundo intento, he superado todos esos recelos porque mi objetivo está claro: tengo que hacer ejercicios para el curso de expresión escrita al que me he apuntado. “Son sólo seis sesiones”, le he insistido a mi jefa para que me permita salir media hora antes del trabajo. Un pequeño empujón nada más, he pensado para mí, a ver si así recupero algo de mi interés por la escritura. Ya veré cuánto tiempo puedo dedicarle después.

Esto de ponerme a escribir se me ocurrió de repente, en un momento en que la tienda estaba vacía y las insoportables cuentas del mes me obligaban a cerrar los ojos y pensar en otra cosa. ¿Por qué no vuelvo a escribir?, pensé. No pude evitar una risita tonta. Luego, más serena, me dije: “Me haría mucho bien. Podría pensar en cosas diferentes de las que me ocupan cada día y hasta animarme a compartir con otros lo que escribo”. Así que, dicho y hecho, me inscribí en el curso que convocaban en la biblioteca municipal que queda cerca de la tienda.

Cuando le conté a Rafa lo que había hecho, me miró con cara de mucho asombro y, entre risas maliciosas, me contestó: “¿Tú? ¿A un curso de qué escrita?”. “Sí, yo, a un curso de expresión escrita. ¿Por qué no?”. Se encogió de hombros, me dio unos golpecitos en el brazo como para tranquilizarme, y se sentó en el sofá a ver la tele.

A los chicos se lo dije en la cena. “Bien”, me contestó Óscar. “Si eso te gusta”, dijo Noelia, y ahí quedó todo.

Ayer fui a la primera clase. La profesora se llama Matilde, es algo mayor que yo, simpática, amable, muy entusiasta. No perdió mucho tiempo en introducciones: “Todos y todas sabemos escribir, ¿no? ¡Pues a escribir! Sin miedos, sin prejuicios, sin temer a la crítica ajena ni a la propia —esto lo dijo separando las sílabas para insistir en ello—, diciendo lo que deseamos decir, a nosotros o a quien sea, y sin olvidar la importancia que ha tenido y tiene para la humanidad la actividad que vais a realizar”. Nos miramos sorprendidos sin atrevernos a replicar, pero se nos notaba que pensábamos algo parecido: ¿cómo íbamos a escribir así a lo loco sin un tema propuesto, sin una guía? Habíamos dado por supuesto que para empezar nos pediría algo como: escribid sobre vuestra familia, o sobre las vacaciones del verano. ¿Para qué estaba ella? ¿No íbamos al curso a aprender? Pero Matilde seguía allí plantada, con los brazos cruzados, esperando que nos pusiéramos a la tarea. Poco a poco, con recelo, puede que hasta con algo de vergüenza, fuimos cogiendo nuestros bolígrafos, bajamos la cabeza y empezamos a escribir.

Yo, con la punta del mío apoyada en el papel, sentía un poco de vértigo; mi página inmaculada me pedía reflexión, responsabilidad. Aquellos pensamientos tan elevados no me ayudaban a arrancar, prefería algo más sencillo, más próximo, algo que enlazase mi pequeña vida con otras parecidas. No era cuestión de volver a mis redacciones escolares, pero sí a aquellos escritos de adolescencia tan cargados de sinceridad y sentimiento. Elegí escribir lo que me había sucedido esa mañana con una de mis clientas.

 

Esta mañana ha entrado en la tienda una clienta que conozco muy bien. Me ha llamado la atención que su voz al saludar era tan débil que casi no se la oía. Parecía muy cansada o muy triste. Se ha acercado al mostrador de los embutidos como si fuera a elegir alguno, y allí se ha quedado, con la mirada baja, sin llegar a apoyarse en el cristal. Enseguida he comprendido que quería dejar pasar a los otros clientes para quedarse sola conmigo, y he procurado darme prisa para no alargar más de lo necesario su malestar. Suponía que actuaba así porque no me podía pagar lo que necesitaba comprar.

Nos conocemos desde hace mucho, sus hijos han ido a la escuela con los míos y sé bien que, si me pide ayuda, es porque la necesita de verdad. Trabaja limpiando en una empresa, y siempre se ha arreglado bien con el dinero que entraba en su casa, pero el marido se quedó sin trabajo y todo se ha complicado...

 

Ahí me he parado. ¿Estaba bien que siguiera dando detalles? ¿Bastaba con no decir el nombre de la mujer para que no se supiera su identidad? Muchos éramos del barrio y alguien, si yo leyese aquello, podría atar cabos y saber que hablaba de ella.

“Id terminando”, dijo Matilde, y ahora sí, comenzaron sus preguntas: “¿Sobre qué has escrito? ¿Qué querías transmitir? ¿De qué otras cosas te gustaría escribir?...”.

Yo sólo escuchaba. No soy tímida, en la tienda hablo con todos los clientes, sobre todo los escucho, y si me piden mi opinión, la doy, pero allí, ante personas que me parecía que estaban mucho más al día que yo, prefería callar y obligar a mi mente a buscar en silencio el sentido de todo aquello.

 

Segunda clase

La historia de mi clienta no ha dejado de darme vueltas en la cabeza. Me pregunto por qué la elegí. No es la única, otras se encuentran en situaciones parecidas, pero la actuación de ella siempre me impresiona: su discreción, la dignidad al pedirme un aplazamiento, su delicadeza al darme las gracias y devolverme el dinero es especial. Entonces, ¿hablé de ella porque me cae bien o quería expresar mi sentimiento de rechazo ante situaciones como la suya? ¿Y a quién quería contárselo? ¿A mí misma, que ya lo sé, o a ese supuesto lector de cualquier escrito al que no conocemos pero que imaginamos atento y espabilado para comprender nuestras explicaciones por enrevesadas que nos salgan. Porque, desde luego, no era mi intención leerlo en clase, aún no.

Si sólo lo hubiese escrito para mí, mi intención podría ser repasar la situación para comprenderla mejor, para profundizar en mis sentimientos e intentar analizar los de ella. Pero si me dirigiera a ese lector... ¿Cómo le llamaría? Lector... imaginario; eso, lector imaginario, como los amigos de los niños que no tienen amigos y los necesitan; en ese caso, lo que querría decirle es: “Mira lo que ocurre cerca de ti, ¿qué te parece? ¿Qué podrías tú hacer?”.

En la clase de hoy hemos comentado los escritos de tres alumnas y un alumno que la profesora había seleccionado. Tres de ellos, Juanma, Andrea y Carmen, se han ofrecido para leerlos personalmente y responder a nuestras preguntas. Laura ha pedido a Matilde que leyera el suyo. Me ha parecido que, al pedírselo, hablaba demasiado bajo y le temblaban algo las manos.

Esta manía mía de aprenderme los nombres me viene desde la escuela. Me encantaba que los maestros y los compañeros me llamaran por el mío, por eso yo me esfuerzo por hacerlo con las personas con las que tengo más trato. Pienso que llamar a una persona por su nombre es el primer paso para conocerla, para verla como alguien único, diferente de los demás.

Laura explicaba en su texto de forma bastante confusa, que la profesora completaba o corregía sobre la marcha sin comentar nada, lo que había sentido al recibir una carta de una empresa desconocida. Decía que cuando la leyó, más que entender, sospechó que algo terrible se le venía encima. Fue corriendo a preguntar a su vecina, y ésta le confirmó sus miedos: su casero de toda la vida había vendido a esa empresa el piso y a ella la iban a poner en la calle.

Sin que Matilde se lo pidiera, Laura le ha entregado la carta, que llevaba muy doblada en el bolsillo. Matilde nos la ha leído por encima: efectivamente, aquello parecía un auténtico acertijo. Como era de esperar, ha aprovechado la ocasión de aplicar a un caso práctico algunas de las cuestiones que venimos tratando. “¿Por qué os indigna esta situación?”, ha preguntado. Los motivos se amontonaban, injusticia y abuso de poder eran los más repetidos. “¿Y...?”, insistía Matilde. Hemos entendido lo que buscaba: “Es una carta incomprensible para la persona que la recibe... Es tan técnica que necesita traducirla un especialista... Se aprovechan de que no entendemos sus escritos para colarnos lo que quieren... Laura tendría que haber pagado a un abogado sólo para saber qué le decían, y luego, seguir pagando para que la defendiera del atropello que quieren hacerle”. Las palabras saltaban de una boca a otra.

La voz de Daniel se ha alzado por encima de las demás: “Tenemos que contestarles, tenemos que escribirles nosotros una carta”. “Bien —ha respondido Matilde—. ¿Qué carta?”. No ha necesitado explicar que podían surgir tantas como alumnos. Para facilitarnos la tarea, ha resumido nuestros motivos de indignación; a cada uno de ellos, asentíamos con la cabeza; el contenido de nuestra carta se iba concretando. Pero Matilde no estaba aún satisfecha: “¿En qué estilo la escribiríamos?”. Muy sencillo, muy claro, como nosotros hablamos. Todos de acuerdo. “¿Y cuál sería su objetivo?”, Matilde no quería dejar cabos sueltos. “Hacerles ver que su comportamiento ha sido agresivo y muy poco respetuoso con Laura, que ella no se merece ese trato porque siempre ha cumplido con sus deberes de inquilina”. La respuesta le ha salido a Macu de un tirón. Daniel la ha rematado provocando algún aplauso: “A ver si así se vuelven un poco más personas”. “No hay que olvidarse de avisarles de que la respuesta técnica va en camino”, ha dicho Julián, y ha añadido guasón: “Vaya, que también tenemos caballería”. A esto hemos contestado con risas.

Matilde nos ha lanzado la última pregunta: “Todas estas reflexiones están muy bien, pero ¿quién escribe la carta? Recordad que ‘las palabras se las lleva el viento’. ¿Dos, tres personas?”. Daniel y Macu han sido los elegidos.

 

Tercera clase

La carta de Laura ha hecho que todos nos sintiéramos más unidos, más cercanos a los problemas de los demás. Es posible que haya sido la primera consecuencia práctica del interés de todos por la escritura.

Matilde ha comenzado esta tercera clase con una pregunta. ¿Es lo mismo escritura en primera persona que autobiografía? La respuesta parecía fácil, pero nos detuvo cuando intentamos hablar. “¿Alguien quiere leer un texto en primera persona?”. Teresa ha levantado la mano y Matilde le ha dado la palabra.

 

“Querida madre, no soporto un día más en esta casa, no soporto un día más a tu lado...”.

 

Teresa ha suspirado hondo y ha continuado con una larga lista de agresiones y humillaciones que la habían empujado a marcharse de casa de sus padres sin despedirse. El aire se podía cortar con un cuchillo. Ha dejado el papel sobre la mesa y se ha sentado con la mirada baja.

Nadie se atrevía a preguntar, tanto dolor nos había dejado sin palabras. Parecía tan clara la necesidad de desahogarse y de compartir su problema con todos nosotros que había pocas cosas que comentar.

Yo me decía que nunca hubiese sido capaz de confesar en público algo así, pero, al mismo tiempo, un duendecillo malintencionado me preguntaba al oído: ¿no hay ahí un tufillo de moda, de deseo de atraer la atención de gente que pensando en los dramas ajenos consigue olvidarse de los suyos? ¿No hay algo falso en la voz, en el texto demasiado correcto? Me he regañado por ser tan maliciosa.

José Luis, que debía estar escuchando al mismo duende, ha preguntado muy prudente: “Teresa, ¿es un hecho real?”. Teresa se ha vuelto hacia nosotros con una gran sonrisa. No, aquello no tenía que ver con ella, era una carta inventada. Nos ha dicho que estudiaba arte dramático y que le había propuesto a Matilde comprobar si era capaz de hacernos sentir o creer, que no tenía claro lo que pretendía, que la carta era real. Al parecer, estaba bastante satisfecha con el resultado. Algunos se han enfurruñado porque se han creído engañados. “Eso se avisa”, ha dicho Emilio, siempre tan legalista. “Descubrir eso es responsabilidad de cada uno —le ha respondido Matilde—. Escribir en primera persona no es sinónimo de autobiografía, puede ser sólo un recurso para llegar mejor a los lectores”.

A Teresa se la veía muy contenta con el apoyo de Matilde: “Yo no tenía por qué ser sincera, no me habían pedido que escribiera una noticia”. Ha sido como echar gasolina al fuego del debate. La discusión sobre la responsabilidad de los periódicos al transmitir sus noticias y sobre lo difícil que resulta a veces diferenciar la verdad de los bulos se ha ido complicando y alargando. Cuando hemos llegado a las redes sociales, Matilde nos ha interrumpido: “Entonces, ¿es responsable o no Teresa de que algunos hayan pensado que su carta era cierta?”.

“¿Cuál era su intención?”, he preguntado yo, en alto por primera vez, a modo de respuesta. Mi voz me ha sonado extraña, como diferente de la que me oía cada día, más firme, más segura. He carraspeado un poco y he continuado con decisión dispuesta a no abandonar el camino que había iniciado, a no perder mi nueva voz conquistada: “En el teatro todos sabemos si el texto se refiere o no a hechos reales, pero en un caso así sólo podemos fiarnos de nuestra intuición o de lo que nos dice el autor o la autora”.

En mi opinión, la responsabilidad no era de Teresa, ella no había dicho ninguna mentira sobre la carta ni su propósito era engañarnos al leerla, sino comprobar qué efecto causaba en nosotros su historia. Nosotros nos habíamos dejado engañar por las apariencias, deberíamos haber hecho las preguntas necesarias para no caer en la trampa.

Mis palabras han influido en el debate. Tanto se ha animado que hasta hemos hecho esfuerzos por definir en distintos contextos las palabras: creíble, verdadero, verosímil, inventado, bulo, porque estábamos de acuerdo en que su uso puede ser engañoso.

Teresa y yo salimos juntas de la clase. Aproveché para felicitarla por su carta y por la discusión tan interesante que había provocado. “Tu aportación tampoco ha estado mal —me contestó—. ¿Hacia dónde vas?”. Las dos íbamos en la misma dirección. Me propuso tomarnos una caña en un bar que encontramos de camino y charlar un rato. Miré el reloj, era tarde. Envié un whatsapp a Rafa para que no me esperaran a cenar, y acepté encantada. Cuando llegué a casa Rafa estaba viendo la tele. Se le notaba que estaba enfadado. Tomé algunas cosas en la cocina y me acerqué para sentarme a su lado, pero se levantó y se marchó diciendo que se iba a la cama, que tenía sueño. Repasé el mensaje que le había mandado. Es posible que le haya parecido demasiado seco, pero tampoco era cuestión de ponerme a darle explicaciones como si le estuviera pidiendo permiso.

 

Cuarta clase

A Rafa se le ha pasado el enfado, le suelen durar poco.

Cuando se fue a la cama me quedé pensando en lo útil que resulta esa forma de mensajes cortos, pero lo complicada que puede volverse y los malentendidos que a veces causa. Enredada en esos pensamientos, sin saber cómo, me vino a la memoria una anécdota de mi infancia. Debía tener unos seis o siete años, hacía poco que me había soltado a escribir. Mi familia vivía en un tercer piso, en el primero vivía otra que tenía una hija dos o tres años mayor que yo. Era una niña enferma que estudiaba en casa con una profesora. Se llamaba Araceli.

La ventana de su habitación quedaba justo debajo de la mía. En las largas siestas de verano, Araceli y yo nos asomábamos a la ventana para asegurarnos de que las dos estábamos allí. Nos saludábamos con la mano, pero no podíamos hablarnos porque para oírnos hubiésemos tenido que levantar demasiado la voz y no era cuestión de llamar la atención de los vecinos. Al principio hicimos algunos intentos de comunicarnos por gestos, pero enseguida nos aburrimos. Muy pronto se me ocurrió escribir un mensaje en un papelito, atarlo en la punta de un hilo y soltar carrete hasta que llegase a ella. Recuerdo la cara de felicidad con que me miró cuando vio llegar mi invento.

En ese primer mensaje recuerdo muy bien que le preguntaba: “como te yamas?”. La vi mover de un lado a otro la cabeza como mi madre cuando no le gustaba lo que yo hacía pero no era suficiente para enfadarla, se metió en su habitación y, al poco tiempo, regresó y ató dos papelitos en mi hilo. Lo subí con mucho cuidado temiendo que algo pudiera fallar. No me gustó lo que leí. Había corregido mi nota con un boli rojo. En la suya, me daba información muy correcta, a mi parecer, de sus datos personales.

“Menuda listilla”, pensé, pero me tragué el orgullo y continué el juego procurando fijarme mucho en lo que escribía. Nuestras notas subían y bajaban, las mías casi siempre marcadas de rojo. A veces, me escribía en mi papel: “No entiendo nada” o “No sé qué quieres decir con esto”. Como si yo fuese su alumna. Me enfadaba tanto que dejaba de escribir, pero tardaba poco en volver a hacerlo. Todo acabó cuando la familia se cambió de casa.

Ayer Rafa vino a buscarme a la clase. Me lo encontré al salir paseando la calle como un novio. Me emocioné, pero enseguida me entró la duda de que viniera a controlarme asegurándose de que no me entretuviera con nadie. Le di un beso y me agarré de su brazo. “¿Vamos a tomar algo?”, me preguntó. Me arrepentí de mi mal pensamiento. Caminamos hacia nuestro barrio parando en un par de sitios a tomar las raciones que tanto nos gustan como hacíamos cuando nos acabábamos de casar. Y así, como recién casados, pasamos el resto de la noche.

 

Quinta clase

Por fin me he decidido a participar en clase con un texto. He levantado la mano y Matilde me ha animado a leer.

Nos había pedido que describiéramos algún hecho real que nos hubiese llamado la atención, los demás tendrían que descubrir nuestra actitud y lo que deseamos transmitir con nuestro texto. Yo he decidido contar algo que había visto desde mi balcón.

 

El miércoles o el jueves, no recuerdo bien, me levanté a las siete como hago todos los días para que me dé tiempo a preparar los desayunos, terminar de hacer la comida y arreglarme para ir al trabajo. Me gusta hacerlo tranquila, sin prisas. A veces hasta dedico un ratito a repasar lo que he escrito el día anterior y añadirle algo. La tienda la abro a las diez.

Cuando me levanto, Rafa se está ya duchando, así que puedo abrir el balcón para ventilar la habitación. En estos días, a esa hora, suele llegarme por entre dos edificios de enfrente un rayito de sol tan agradable que no puedo evitar quedarme allí quieta unos minutos disfrutándolo.

De repente se abrió el balcón que queda a mi altura al otro lado de la calle. Yo conozco al inquilino de la casa, es un hombre joven, como de unos treinta o treinta y cinco años, muy simpático y charlatán, que suele comprar legumbres y pasta fresca en la tienda. Se llama Ignacio. Solemos cruzar algunas frases y algunas risas si la tienda está vacía, y si no, se marcha con una sonrisa y un “hasta pronto” que me suena a ya hablaremos en otro momento.

Creo que no vio porque se giró deprisa para acercarse a la cama a levantar las sábanas. En ese momento entró en la habitación su pareja en albornoz. También le conozco, a veces le acompaña cuando va a comprar, pero entonces, ninguno de nosotros habla o ríe. Es un hombre serio, de aspecto arrogante, que se nota que quiere marcar distancia con todo el mundo. Mi amigo le abrazó con cariño, le besó e intentó quitarle el albornoz. Todo ocurrió muy deprisa; yo, relajada como un gato con el calorcito del sol, observaba la escena sin darme cuenta de que podía estar molestando. La pareja de mi amigo dirigió la mirada hacia mí, se separó de él con un gesto brusco, fue hacia el balcón recolocándose el albornoz y lo cerró con fuerza.

La calle es suficientemente estrecha para que el sonido del golpe de las puertas me hiciera reaccionar. Un poco avergonzada, me metí en la habitación y entorné las mías.

Sobre la una vino a la tienda doña Rosa, mi vecina de al lado, que se recorre medio barrio para comprar aquí porque dice que nadie la atiende tan bien como yo. Y por darle un poco de ejercicio a su lengua demasiado venenosa, pienso yo, pero no lo digo. Se hizo la remolona mirando las latas para quedarse la última: “¿Ha visto usted a los de enfrente esta mañana? Esa gente no tiene vergüenza, ¿no cree usted? Antes, por lo menos, se escondían”.

 

Mi texto acababa aquí. Sólo describía hechos, ninguna opinión; no quería condicionar el debate de mis compañeros.

Por supuesto, yo había llegado a mis propias conclusiones: mi descripción no dependía sólo de lo que había visto, sino también de cómo lo había interpretado, y eso era consecuencia de mi estado de ánimo y de mi actitud hacia la homosexualidad y hacia cada una de las otras tres personas. Era lógico esperar que en ellas sucediera algo parecido.

Me resultaba bastante fácil imaginar lo que cada uno de los actores diría sobre la escena apoyándome en lo que conozco de ellos. Seguro que Ignacio no le habría dado importancia y que reprocharía a su pareja haber sido tan exagerado al cerrar el balcón con tanta rabia. Es posible que a la pareja le enfadase la malsana curiosidad de mi vecina o la mía, que no sabría decir a quién iba dirigido el portazo, y se lamentaría de los prejuicios, olvidando los suyos. Doña Rosa rezuma homofobia y no esconde su deseo de animar a su público a que la comparta.

“¿Y qué sabemos del propósito de la escritora al seleccionar precisamente esa situación?”, me ha preguntado Marisa al final del debate. Le he pedido entre bromas que me diera una tregua para pensarlo.

 

Sexta clase

Para la última sesión Matilde nos había propuesto escribir sobre alguna situación de nuestra vida que nos hubiera dejado una huella especial. Nuestras hojas formaban un montoncito sobre su mesa. Matilde ha cogido una y ha leído el nombre de la autora: Encarna. Como no se levantaba, Matilde se ha puesto las gafas y ha empezado a leer:

 

Yo tenía ocho años y mi hermana seis...

 

Han sonado unos pasos suaves y ligeros que, desde atrás, se acercaban a la profesora. Encarna ha llegado junto a ella y le ha pedido en silencio la hoja.

Encarna es la mayor de todos nosotros. Casi no se la ha oído participar. Es delgada, menuda, lleva el pelo canoso recogido en una coleta y tiene una expresión que más que triste me parece como ausente, como si sólo estuviera de paso, aunque al dirigirse a cualquiera de nosotros lo hace con mucha amabilidad y una voz dulce y armoniosa. Como Matilde tardaba en entender su gesto, casi le ha quitado la hoja. Todos nos hemos sorprendido, pero nadie ha hecho ningún comentario.

 

Mi hermano no había cumplido los doce pero era alto para su edad y se las daba de ser muy fuerte...

 

Su voz nos tenía embobados, hubiese conseguido nuestra atención con cualquier texto, pero ese que leyó caló tan hondo en todos nosotros que no creo que podamos olvidarlo.

 

Los tres dormíamos en la misma habitación. Hacía tiempo que nos habíamos acostado. Los gritos del padre retumbaban en la cocina. La madre intentaba calmarle recordándole que aún no nos habíamos dormido, pero él gritaba más y más. “¿Qué me importan a mí esos hijos de puta?”. Sonó la primera bofetada. Mi hermana pequeña se abrazó a mí y se puso a llorar bajito. El chico, Simón, no decía nada ni hacía ningún ruido; llegué a pensar que estaba dormido. Entonces, empezaron los golpes. La madre no gritaba, se oían sus quejidos y sus súplicas de que aquello acabara, que los niños lo estaban oyendo. De repente, Simón saltó de la cama y salió corriendo hacia la cocina.

Sé que le llamé, pero no recuerda haber oído mi voz. La madre lanzó un grito horrible, y algo cayó al suelo arrastrando muchos muebles.

Mi hermana y yo nos abrazamos con más fuerza y empezamos a rezar hasta que nos quedamos dormidas. Al levantarnos al día siguiente, nos enteramos de que la guardia civil se había llevado a mi hermano. Simón le había clavado al padre un cuchillo en los riñones. Le metieron en un correccional, y luego, en la cárcel, y allí murió de tuberculosis.

 

Encarna nos ha mirado con esa mirada suya como desenfocada, ha devuelto el papel a Matilde y se ha sentado. Nadie se ha movido, nadie ha dicho nada. Después de un silencio tenso, Matilde ha preguntado: “¿Alguien quiere comentar algo?”. Si hubiésemos podido hablar, le habríamos dicho algo así como: “¿Qué se puede comentar?”.

Haciendo un gran esfuerzo, que se notaba en su voz, Matilde nos ha hablado de la valentía que se necesita para manifestar en público un dolor tan hondo, y nos ha pedido también que no olvidásemos nunca que la palabra, hablada o escrita, ayuda a curar, y que el dolor que se calla, si bien lo ignoran u olvidan los demás, se vuelve cada vez más cruel para el que lo sufre. No dejaba de mirar emocionada a Encarna.

Después de una breve pausa, se ha quitado las gafas y ha recuperado su gesto habitual.

“Pues bien, queridas amigas y queridos amigos, hoy se acaba el curso. Una pena ¿verdad? Me gustaría utilizar estos últimos minutos para recordar todo lo que hemos aprendido. Hemos visto...”. Y ha citado los temas más importantes sobre los que hemos trabajado procurando asociarlos a anécdotas simpáticas.

“No hace falta que os describa todo lo que nos queda por aprender, así que espero que nos reunamos pronto para proseguir nuestra maravillosa tarea”.

Nos hemos levantado a aplaudirla, y ella ha respondido con el gesto de abrazarnos.

Carmen Menéndez Martínez
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