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La rueda de la aguja

sábado 22 de noviembre de 2025
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Paso el día recogiendo del suelo restos de juguetes. Me guardo en el bolsillo todas las piezas pequeñas que encuentro, y, después de unos días, las tiro; no soy capaz de tirarlas en el momento, siempre espero que ocurra algo que las salve de acabar en la basura. Estos chicos tienen tantos juguetes que ni se enteran cuando pierden alguno. ¡Ya se me escapó otro tópico!, vaya día que tengo, de todo hago un problema.

Me paro a mirar a mi madre. Hoy tiene buen aspecto. Está muy concentrada en lo que hace. Normalmente su gesto es de alerta como si removiera el aire con unas invisibles antenas que le permitieran captar todo lo que ocurre a su alrededor. Hoy está absorta en su tarea, ni siquiera murmura sus rezos. ¿Por qué rezará tanto? No creo que sea por conciencia de culpa. Para ella la culpa es algo que siempre corresponde a los demás, nunca a ella misma. Quizá considera a Dios culpable de sus problemas, y, en realidad, sus rezos no sean más que una retahíla de reproches. Si supiera lo que pienso me lanzaría una de sus miradas, esas que entran rasgando y provocan una profunda fosa de oscuridad dentro de mí.

Me agacho de nuevo, ahora es una aguja. Se le ha debido caer al cambiar el hilo, y no ha dicho nada. Sabe que me enfadaría porque temo que le pueda ocurrir algo malo al pequeño. Me mira con rencor cuando ve aparecer mi cara al borde de la mesa. Se siente pillada en falta. Baja la cabeza e inspira ruidosamente por la nariz dando a entender que ese descuido es insignificante comparado con mis grandes fallos. Conozco cada uno de sus menores gestos, he vivido pendiente de ellos con el vano intento de evitar que el miedo que me provocaban me paralizase, que la conciencia de culpa que me generaban llegara a invadirme.

La culpa, siempre la culpa. Debería dejar de pensar en estas cosas.

Retiro una silla, y me siento frente a ella. La miro con atención. Me ignora. ¿Lo hará conscientemente o seré invisible para ella? Sus movimientos son precisos. Da puntadas cortas, iguales, siguiendo un ritmo interior monótono que asocio al balanceo de su cuerpo cuando desgrana sus antiguas quejas y sufrimientos. Pienso que para ella coser y vivir son la misma cosa. Para molestarla, clavo la aguja en el alfiletero del cesto de la costura y le enciendo la luz del flexo, que mantiene apagada hasta que parece imposible que pueda ver lo que hace. No ocurre nada. Después de unos segundos de expectación, olvido mi pequeña escaramuza y miro por la ventana. Está anocheciendo. Qué bien se ve la calle desde aquí. Me da sensación de dominio contemplar desde el segundo piso todo lo que ocurre en ella. Se acabó el mundo de piernas y ruedas que veía desde el semisótano. Al evocarlo, siento que el tiempo retrocede velozmente. Me dejo llevar, estoy cansada, no tengo fuerzas para resistirme al dolor de la nostalgia.

 

Soy muy joven y también coso, sin gusto, obligada y vigilada por su terrible mirada. Ella está frente a mí inclinada sobre su máquina de coser. El traqueteo de la máquina lo llena todo, incluso vibra en mi interior. Desde la calle, llega un ligero silbido tan suave que parece un lamento: él me avisa de su llegada. Me estremezco. Sin darme cuenta levanto la mirada hacia ella, y me encuentro con sus ojos duros como dos cristales; en ellos leo la obligación, la culpa. Sé que él esperará paciente, pero ¿cuánto tiempo? Yo soy joven, él también; ella no, ella no tiene edad, nunca fue joven, aunque lo dice. “Cuando yo era joven...”, dice, pero no es cierto porque no hay ningún rastro de aquello en su mirada.

Miro por el ventanuco que hay sobre nuestras cabezas, y veo sus piernas junto a los barrotes. Mi angustia aumenta; por un movimiento equivocado, me pincho en un dedo. No puedo acallar un quejido. Chupo la sangre, y me limpio con un pañuelo que hay sobre la mesa. La oigo comenzar sus reproches en un murmullo que va aumentando de volumen. Dice que no ha hecho más que trabajar en su vida, que el borracho de mi padre se gasta la mayor parte de lo que ella gana, que qué me creo yo, que mi primera obligación es estar allí ayudándola a acabar los encargos. Continúo mi trabajo en silencio, intento no escucharla. “Déjame decirle que no puedo salir”, me oigo de repente suplicar.

Aguardo ansiosa una respuesta que sé que no llegará. Silencio. Parpadeo con fuerza para que no salgan las lágrimas. No quiero darle el gusto de verme llorar, de ofrecerle la oportunidad de burlarse de mis lágrimas. “Lágrimas de cocodrilo. Cuanto más llores menos...”, diría dejando en suspenso el final del refrán porque no se atreve a decir mear. Ella es una señora, yo no sé actuar como una señorita, “¡Pendiente siempre de la llamada de un silbido como una de esas mujeres!”. Más quisiera yo saber qué debo hacer para responder a lo que ella espera de mí. Si por lo menos supiera qué espera, a lo mejor podría intentarlo.

Un leve toque del claxon; enseguida, el ronquido del motor del camión. Se marcha, no me hace falta mirar para saber que él ya no está allí. El traqueteo de la máquina de coser va sustituyendo los otros sonidos en mi cabeza. Siento un fuerte dolor en la garganta, he debido coger frío. Noto como si me hubiesen metido en ella una bola grande y dura que no puedo tragar...

 

Regreso de la oscuridad de mis recuerdos. Parpadeo, no puedo evitar esa costumbre. Miro el reloj: es la hora de cenar de los niños, y su madre no ha vuelto. No me importa, casi es mejor así. La rutina es más fácil sin ella. Ella lo trastoca todo, intenta desempeñar el papel de madre, pero sólo consigue ser la hermana mayor.

Entro en la cocina. La sensación es agradable: me cobija de mis propios fantasmas. Poco a poco, he ido convirtiendo este lugar en mi reino. Me gusta cocinar despacio, viendo cómo se van mezclando los ingredientes, cómo se transforman en algo diferente. Siempre esa ansia de cambio, de transformación. Mientras trajino, oigo la voz de los niños en su cuarto. Se van inquietando. Dispongo con rapidez todo lo que necesito para preparar la cena. Llegan corriendo y empujándose al olor de la comida. Bromeo con ellos.

—¡Un cuento! —me pide el pequeño para comer la sopa.

¡Chantajista! Les cuento el cuento. Les canto canciones antiguas, y se ríen.

—¡No, esa no! —gritan, y me proponen títulos actuales.

Con ellos todo es presente y un poquito de futuro porque a lo mejor hoy mamá llegará antes. La ceremonia empieza a alargarse demasiado, me impaciento.

—La abuela no ha cenado —les advierto.

Se miran.

—Llévale la cena —responden—, nosotros tomamos el postre solos —y se vuelven a mirar con picardía.

Un rato más para jugar antes de que termine el día. Siento envidia de su inconsciencia, de su complicidad para permanecer al margen de lo que les rodea.

Decido llevar a mi madre la bandeja con la cena. Sin levantar la vista, retira la costura para centrarse en ella. A veces me dedica algún comentario como: “Estás loca, yo no quiero tanto”. La ignoro. Sé que cuando vuelva, encontraré algo de comida en el plato, que ha dejado para molestarme, aunque le hubiese apetecido terminarlo todo. Es su forma de decirme que no necesita mi ayuda. Su rechazo ya no me afecta, pero ella no lo sabe, cree que aún tiene el poder de hacerme daño con estos pequeños detalles.

Con los niños inicio ahora un nuevo rito: el de acostarse.

—¡Otro cuento, tía! —reclaman a coro, y lo repiten como un público exigente.

—El de ayer no, uno nuevo —dice el mayor que siempre busca imponer su criterio.

Tengo que inventar un nuevo cuento. Nadie me los contó a mí, debe ser muy agradable dormirse así, al arrullo de las palabras, confiando en la fortaleza del adulto que las convoca. Un beso. Otro. Un nuevo vaso de agua, lo que sea con tal de alargar el momento de recibir cariño y aplazar el miedo al silencio que necesariamente precede al sueño.

Me alejo de ellos lentamente, me cuesta volver a la realidad. Preferiría seguir en esa magia e iniciar el sueño con ellos.

Vuelvo a la cocina. Mi hermana se retrasa, no quiero esperarla. Voy a cenar. Me gusta cenar sola, me preparo la cena cada vez con más cuidado, incluso con cierto mimo, como hago con los niños. Enciendo la radio y busco en el dial alguna voz que me ayude a pensar en cosas alejadas de mi vida cotidiana. Hablan de la felicidad, escucharles me hace sonreír. Quizá la felicidad sea estar aquí sentada, cenando tranquilamente, mientras escucho en la radio hablar de la felicidad.

Oigo la voz de mi madre desde su puesto junto a la ventana preguntándome cuándo llegará mi hermana.

—No sé —le respondo secamente. Evoco con ironía la cita bíblica: “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”. Creo que sí, que lo soy, pero eso es asunto mío. Mi madre comienza su letanía:

—¿Dónde estará esta chica? —dice—. Si no se hubiese ido a trabajar fuera de casa, pero tenías que animarla a buscar otra cosa, no querías que ella tuviera tu misma vida... ¡Ya ves!, no sé qué tiene de malo coser en casa. Bien que hemos podido vivir de ello... Pero no, a ti no te valía. Tú querías cambiarlo todo.

¿Por qué no me atrevo a cerrar la puerta y dejar de oírla? Me repito que ya no puede nada contra mí, pero no debe ser del todo cierto. Siempre logra poner en marcha recuerdos oscuros, tristes, aquellos que había enterrado con mayor ahínco en los rincones lejanos de mi mente. Tarareo en voz alta una canción, y su sonsonete pierde volumen, pero no termina. Intento concentrarme en las palabras que salen de mi viejo transistor, pero ya no soy capaz de comprender su mensaje. Al conjuro de la voz de mi madre, todo lo que me rodea se vuelve sombrío, se transforma en el escenario de un drama que hubiese deseado olvidar.

 

Cenamos las dos frente a frente en la antigua cocina, en silencio. Junto a nosotras, al calor de la lumbre, la niña duerme en su cuna. Se ha olvidado un poco de mí porque mi padre aún no ha regresado, sólo me dedica rápidas miradas para controlar que mi postura sea la correcta. No tengo suficientes años para imaginar sus pensamientos, pero intuyo que está dolida y rabiosa y que algo ocurrirá. Me cuesta trabajo tragar la sopa, parece que la garganta se me ha estrechado. Suena la puerta. El crujido de los baldosines quebrados acompaña el sonido de los pasos de mi padre en el pasillo. Avanza con dificultad. Algún golpe en la pared me alerta de que viene borracho. No entiendo muy bien qué le ha podido ocurrir para que llegue así a casa, pero no dudo en usar esa palabra, ella la pronuncia siempre entre dientes, soltándola con la violencia de un terrible insulto.

Mi padre irrumpe en la cocina; su expresión es triste, cansada. Su ropa está desaliñada, por más que él intente sujetarse y arreglarla para causar mejor impresión. Se acerca a la cuna, y se inclina a observar a la niña. Cuando se aproxima a su cara para besarla, resuena la voz ronca de ella:

—¡No le eches el aliento!

Mi padre se yergue y, con un punto de orgullo, roza con la yema de los dedos la ropa de la cuna. Esforzándose por avanzar sin tropiezos, se acerca a mí, y me pone la mano en la cabeza con una torpe caricia. Le miro y le sonrío.

—¿Qué ha hecho hoy mi amor? —murmura trabajosamente.

Ella levanta entonces la cabeza con una sonrisa terrible, y le escupe a la cara:

—¡Eso quisieras tú que fuera!

No sé por qué, mi padre se revuelve como si hubiese recibido un terrible golpe, y levanta un puño hacia ella. Me encojo en mi asiento convencida de que lo va a lanzar contra su cara. Ella le observa retadora, sin retroceder, conservando el rictus en sus labios. Pero el puño tiembla un instante en el aire, indeciso, hasta descargar su furia sobre la radio que tenemos junto a la mesa. El ruido de la madera al estrellarse contra el suelo y el tintineo de los pequeños objetos salidos de su interior parecen dejar en suspenso los sentimientos de todos nosotros. Enseguida, el llanto de la niña nos regresa a la realidad.

Deseo apartarme, pero no puedo. Estoy encajada entre la silla y la mesa, y mis pies no llegan aún al suelo, no puedo hacer fuerza para retirarme. Siento que un inmenso sollozo me sube desde el centro del vientre hasta la boca, y la cierro con fuerza para no dejarlo escapar. Entonces, todo mi cuerpo empieza a agitarse con tanta violencia que golpeo la mesa con el pecho. Nadie se da cuenta de lo que me pasa. Creo que me he meado encima. Mi madre se levanta despacio sin dejar de mirar a mi padre entre victoriosa y retadora. “Te he hecho daño... no te temo”, le dicen sus ojos. Se va hacia la cuna, y coge a la niña en brazos. En poco tiempo logra calmarla.

Al fin he conseguido salir de mi encierro deslizando el cuerpo entre la silla y la mesa. Me palpo angustiada la falda, está mojada. Parpadeo muy deprisa mirando a mi padre, buscando su ayuda, pero él elude mi mirada, su cuerpo ha perdido la energía que le dio la rabia; con un gran esfuerzo, logra alcanzar la puerta y se aleja despacio hacia su dormitorio. Me acerco al grupo de mi madre y la niña. Estiro la mano para acariciar a la pequeña.

—¡No la toques! —la voz de mi madre retumba como si hablase dentro de un cubo.

“¿Por qué no puedo acariciar a la niña?, yo la vigilo mientras duerme, la acuno, ¿por qué me apartas de ella?”, grito en silencio.

Ni me mira. Mi mano queda en el aire. Oigo los suaves arrullos que le hace para animarla a continuar el sueño y los ronquidos de mi padre que, a lo mejor, ha logrado llegar a su cama. Después de un instante, giro, y con paso vacilante, me marcho también a mi habitación, cierro la puerta, y por fin puedo llorar.

 

El ruido de la llave en la cerradura me sobresalta. Mi hermana llega. Intento alejar mis pesadumbres. Entra en la cocina con expresión divertida. Buscando mi complicidad, se golpea con un dedo los labios y me indica, remedándolo, que ha pasado de puntillas delante de mi madre adormilada.

—¡Qué bien huele! —dice al fin—. Tengo un hambre terrible —su alegría resulta un poco exagerada—. ¿Y los niños? —pregunta de pasada, y sin esperar una respuesta, añade—. ¡No te imaginas a quién he visto!

Le voy sirviendo la cena como a sus hijos, tengo que controlarme para no acariciarle la cabeza. Al terminar, me siento delante de ella.

—¿A quién has visto? —pregunto condescendiente.

Me hace gestos con los ojos para indicarme que la información que voy a recibir será especialmente importante para mí, y yo entro en el juego fingiendo curiosidad.

—Anda, dime, ¿a quién? —insisto para que la simulación sea completa.

—A tu antiguo novio. ¡A Felipe!

El golpe me coge totalmente indefensa. ¿Por qué hoy? ¿Por qué, precisamente, hoy? Ahora, la inquietud del día se adueñará también de la noche, y el revoltijo de añoranzas y tristezas me impedirá conciliar el sueño.

—¿En qué piensas? No puedo creer que no te acuerdes de él —me censura con la boca llena.

La voz de mi hermana reclama mi atención. Hubiera preferido no tener que escucharla, centrarme en reñirla con cariño, decirle: “No hables con la boca llena”, como cuando era niña, pero me resigno, ya no es posible ignorar sus palabras. No puedo evitar que el antiguo dolor se vaya colando insidioso por las rendijas del corazón hasta hacerse presente. La miro en silencio intentando que no suba a mis ojos lo que siento.

—Está gordo y calvo —continúa en el mismo tono alegre—. ¿Quieres que te cuente qué pasó?

No, no quiero, pero no tengo fuerzas para decírselo. O, a lo mejor, sí quiero, a lo mejor espero que mi hermana, en su inconsciencia, se convierta en la curandera de esta herida que no me deja vivir. Que corte, limpie y sane fríamente con la falta de piedad del profesional experto. La sigo mirando en silencio, y ella lo interpreta como un sí.

—Estábamos en el pub del polígono. ¿Sabes cuál te digo? —respondo afirmativamente para evitar que se pierda en enojosas explicaciones que acentuarían mi ansiedad—. Ya habíamos tomado algunas cervezas, bueno, yo una nada más. Se me acerca un tipo, y me dice: “Morenita, ¿tienes pareja?”. Me vuelvo, y me encuentro un hombre con pinta de camionero. Le voy a decir que me deje en paz, pero empiezo a pensar que le conozco de algo. Le miro con tanto interés que él cree que ha ligado y se acerca un poco más. “¡Eh! Para, tío”, le digo, pero sigo mirándole. De repente me doy cuenta de quién es. “¡Felipe!”, grito, y, entonces, es él quien me reconoce. “¿La pequeñita?, ¡eres la pequeñita!”, grita él también. Le abrazo sin pensarlo dos veces. Fíjate qué corte cuando me doy cuenta de lo que he hecho.

”Empezamos a hablar. Intentó justificarse por estar allí, pero no le hice mucho caso, y cambiamos de tema. Quería saber de ti, y no se atrevía a preguntar. Era muy divertido, lo preguntaba todo en plural: “¿Estáis bien?, ¿dónde vivís ahora?”. Lo que más le costó fue preguntar: “¿Os habéis casado?”. Se puso muy rojo, en el fondo sigue siendo tan tímido como siempre. Yo le informé de todo y, ya me conoces, le pregunté hasta el número del carnet de identidad. Está casado, tiene dos hijos, una chica y un chico, parece que su matrimonio anda más que regular, vive en la antigua casa de sus padres y sigue trabajando con el camión. No te quejarás, me he esmerado en traerte toda la información.

Ahora me toca a mí decir algo. Ella me mira sonriente observando el efecto que han causado en mí sus palabras. Me doy cuenta de que era demasiado joven entonces para comprender lo que yo sentía. Que no llegó a saber de mi congoja al sentir cómo le iba perdiendo, de mi interminable soledad sin él. Es posible que ni siquiera recuerde que fue ella quien me trajo aquella nota suya.

 

Me la entrega con tanto disimulo y una expresión tan seria que me hace pensar que conoce el significado del mensaje. “Necesito hablarte antes de irme esta tarde”, había escrito Felipe; nada más. La frase me sabe amarga, me suena a determinación, a abandono. Aunque me cuesta controlar mi cuerpo para que no escape corriendo junto a él, vuelvo a mi trabajo. El papel arrugado me grita desde el bolsillo de la bata.

—Tengo que salir —digo sin levantar la cabeza de la costura.

Con el tiempo me he vuelto más atrevida, puedo expresar mi deseo sin que me tiemble la voz, pero sé que mi madre ha captado mi ansiedad.

—Hoy, imposible —contesta también concentrada en su tarea—; hoy, ni un minuto siquiera.

—Necesito salir, quiero salir —insisto en tono de rebeldía, aunque conteniendo las lágrimas.

—Pues vete, vete y no vuelvas.

Las palabras le salen frías, cortantes, como el movimiento seco que imprime a las prendas para quitarle los últimos restos de hilos.

Un inmenso vacío se abre frente a mí. Siento vértigo al ser atraída y a la vez espantada por esta opción nueva, nunca imaginada antes. ¿Irme, pero cómo, adónde? Empiezo a respirar con fuerza.

—Otro borracho, para qué necesitamos otro borracho —continúa en el mismo tono.

—Él no es un borracho —afirmo con el resto de voz que me queda.

Me mira con una sonrisa sarcástica.

—Ya lo será.

Me levanto de un salto, y salgo corriendo al baño. Me ahogo. Recobrar el ritmo normal de la respiración me resulta imposible. Me miro al espejo. Mi rostro es el de una extraña, no lo reconozco, incluso tiene rasgos perturbadoramente similares a los de mi madre. Espantada, dejo de mirarme. Me mojo la cara. El agua fría me ayuda a reaccionar. Las ideas se van ordenando en mi cabeza. Comienzo a pensar que vivir siempre frente a ella sin sentir nada no es tan malo, que no puede haber nada peor que este desmedido dolor que me parte el pecho. Poco a poco, voy recuperando la calma.

Salgo del baño con paso tranquilo. Cuando vuelvo a ocupar mi lugar de trabajo, noto sus ojos clavados en mí, tengo la impresión de que está disfrutando. Entonces, por primera vez, me enfrento a ella con sus armas: le mantengo largamente la mirada devolviéndole su propia expresión, la más fría, la más vacía de emoción. Al fin, la siento tocada, ahora es ella la que se repliega herida, y yo me apunto mi primera mezquina victoria. Bajo la cabeza, y continúo en silencio como si nada hubiera ocurrido.

 

Miro a mi hermana directamente a los ojos sin ser capaz de pronunciar una palabra. Veo cómo, lentamente, se va reflejando en ellos todo el dolor y la nostalgia que me invade, que me domina a mi pesar. Se estremece y parpadea contagiada. Retira su mirada dejando pasar el tiempo de un suspiro.

—Bueno, estoy cansada —dice—, si no te importa, mañana seguimos charlando. Muy rica la cena, como siempre —lleva al fregadero el servicio de la mesa y se acerca a mí para despedirse. Me abraza con ternura por los hombros meciéndome suavemente. Me besa en el pelo, y la oigo susurrar—. Perdóname, soy una tonta.

Me dejo mimar. Apoyo la cabeza en su pecho y me quedo allí unos instantes sintiendo cómo los dolorosos recuerdos regresan pesadamente a los oscuros recovecos de mi alma, un poco más vencidos, menos dañinos. Me suelta despacio como si depositara a un niño dormido en su cuna.

—¿Te ayudo a acostar a mamá?

La realidad tira de mí, me devuelve al presente.

—No, déjalo, ya me arreglo sola.

Se aleja mientras se despide con la mano recobrando su expresión pícara. Entro en el juego.

—No te acuestes sin desmaquillarte —le advierto simulando un tono gruñón.

Su sonrisa se amplía en un gesto agradecido por el retorno a la normalidad.

—Sí, mamá —me contesta con expresión fingidamente aniñada.

Sale de la habitación comenzando ya a desnudarse.

Permanezco sentada con los ojos cerrados. Las emociones se van remansando. Respiro hondo, la opresión en el pecho casi ha desaparecido. Paso a paso, retorno al refugio de mi cocina. Un dulce abandono comienza a extenderse por todo mi cuerpo. Oigo los sonidos familiares de mi hermana al acostarse. Sé que después de la parada en el cuarto de baño, se acercará a besar a sus hijos y a taparlos con cariño. Enseguida se hará el silencio.

No quiero alargar más este momento. Ayudaré a mi madre a acostarse, y me iré a la cama. Después de todo, creo que sí podré dormir esta noche.

Carmen Menéndez Martínez
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