Armario
—Tactac tactac tum; tactac tactac tum; tactac tactac tum, tactac tactac tactac tactac tum —al oír los golpeteos, Kathy Graciela sobresaltada abrió los ojos; apreció las cortinillas rosadas a medio abrir, delante de la única ventana transparente— tactac tactac tum, tactac tactac tactac tactac tum —oyó nuevamente.
Sola, recostada en el lecho, con las luces apagadas, sabía que a más de seis metros de la habitación no había nadie. Se cubrió más con las sábanas floreadas, y dando la espalda a la puerta principal, escrutó el exterior: afuera solamente se erguían los grandes arbustos con sus enmarañadas ramas. Un frío intenso recorrió su cuerpo y de su boca brotó un hálito brumoso.
Los golpeteos contra la madera fueron sustituidos por otros ruidos.
—Rigchrigchrigchrigch —lo oyó claramente, cual si alguien forzara las manijas del armario viejo y pulcro ubicado al lado derecho de la entrada principal. Lentamente giró en la cama, vio la puerta sumida en oscuridad y barrió con la mirada toda la pared, hasta dar con el armario, cuyas manijas giraban tan férreamente que sacudían las puertecillas.
—Rigchrigchrigchrigchrigch.
Se tapó la boca con la diestra. El viento recio golpeó la ventana, consiguiendo arrancarle un gemido estrangulado, por lo que se apretó con más fuerza los labios. Las puertecillas del armario dejaron de bailotear y reinó el silencio sepulcral, interrumpido solo por el chirrido de grillos.

Hijos de la iglesia
J. Miguel Vargas Rosas
Cuentos
Manoalzada Editores
Lima (Perú), 2026
ISBN: 978-612-48105-1-0
100 páginas
Se persignó, empezó a rezar, y no pasaron ni dos minutos cuando los golpeteos contra el armario volvieron. Kathy dejó emerger sollozos inexorables, cubriéndose las orejas para obligarse a pensar que estaba en un sueño, que los retumbos pronto se desvanecerían; pero, a los golpes desgarradores, le sucedió una voz suave, moribunda, macabra.
—Kaaathyyyy —era una voz femenina—, Kaaathyyyy —la voz se apagaba a escasos centímetros de la ventana.
Apretó los ojos, repitiéndose a cada instante: “ya pasará, ya pasará, ya pasará”, mientras la voz le llamaba con un tono subliminal y horroroso. Y siguió insistiendo durante varios minutos, al cabo de los cuales se oyó un golpe contra algún artefacto metálico y en seguida una canción. Era como si alguien en el estrecho mueble escuchara la radio. Kathy se sentó en la vera de la cama, con los piececillos balanceándose en el espacio, ya que a sus ocho años no podía tocar el suelo todavía.
—¿Quién es? —bruscamente la radio se apagó.
La niña dio un pequeño salto al suelo; caminó lentamente en medio de la penumbra y cuando estaba lo más próxima al viejo mueble, extendió la manita izquierda, tocó las aldabas del armario que se encontraban encadenadas y unidas por un gran candado.
—¿Kathy?, Kathy, Kathy, abre, abre, Kathy —en ese instante, la voz maternal la llamó desde el interior del ropero—, abre, abre, ábreme, Kathy —la pequeña frunció el ceño, apretando los dientes. Agarró férreamente el candado y lo removió—, ¡ábreme!, ¡Kathy por favor!, ¡Kathy! —la madre golpeó las dos hojas del mueble inveterado.
La niña entró en pánico, giró en su propio lugar repetidas veces, luego jaló una silla de madera, a donde se subió rápidamente y buscó en la parte superior del armario. Encontró un llavero, conteniendo cuatro llaves, arrumbado justo en el borde frontal. Lo cogió y descendió. Intentó abrir con la primera, luego con la segunda, pero solo la cuarta llave encajó, la hizo girar y el candado sonó metálicamente al abrirse. Desenredó las cadenas oxidadas, tiró de las dos hojas de la puerta y se congeló al observar el cuerpo ensangrentado de su madre que tenía el tronco descansando sobre las piernas destrozadas, un corte profundo en la garganta, por donde manaba sangre; los ojos profundamente cerrados parecían mirar el suelo, pues la quijada tocaba el pecho; y los brazos tumefactos se habían alargado.
Kathy abrió la boca, sin lograr articular sílaba alguna. En esos breves segundos vio a su madre muerta abrir los ojos, los grandes ojos teñidos de sangre, acto que le impulsó a retroceder con cierta velocidad.
—Kathy —le dijo.
La pequeña cayó sentada en el frío suelo junto al mueble para planchar, desde donde vio que el cuerpo sin vida se iba desvaneciendo. Retrocedió arrastrándose con las diminutas nalgas, derribó la mesa de planchar, siguió hasta sentir dos piernas delgadas que le impidieron retroceder más. Volteó lentamente la cabeza, alzó la vista y vio el rostro avejentado de su abuela. “Kaaaathyyyy”; la niña quiso gritar, pero desfalleció pocos segundos antes de que su padre tocara a la puerta.
Cuando la pequeña despertó, percibió los sollozos de su padre, que se encontraba sentado al costado izquierdo del camastro, cubriendo sus ojos con las manos. “¿Papi?”; la luz de la habitación era tenue. El señor Lincoln Gutiérrez se secó las lágrimas, se frotó las pupilas y le acarició la frente.
—¿Por qué lloras, papi?
—No lloro, hija —la voz quebrada lo delataba.
Permanecieron en el hospital durante cinco horas, la muchacha arrebujada en la camilla del hospital central, y Lincoln caminando de un lado a otro, secándose las lágrimas que amenazaban con escapársele.
No se lo dijeron, pero al día siguiente velaron los restos de su madre Gisela Falcón, en la vieja casa. Ella regresó del hospital esa noche y no le dejaron ver el cuerpo, pues la recostaron en la cama de sus padres, al notarla muy débil todavía.
Lincoln Gutiérrez, repantigado en la silla, detrás del escritorio color negro, sostenía en la diestra una copa con vino tinto. Las paredes estaban atestadas de cuadros pictóricos, así como de varios retratos fotográficos. La foto retrato de su madre encuadrada por unos marcos hermosos, desde atrás miraba fijamente el vacío.
La puerta se abrió lentamente. Por el resquicio se asomó su frágil hija, quien quedó clavada en el umbral.
—Papi, ¿qué le pasó a mamá?
—Oh, nena —respondió, acercándose a la niña—, nena, ha sido un accidente de tránsito.
—Mamá no salía en la noche —repuso la pequeña, mientras el padre la llevaba a ver la gran pecera cristalina al lado izquierdo del escritorio.
—Mira, a veces suceden cosas que no podemos o que no son fáciles de explicar. Mamá y yo discutimos anoche por tonterías — suspiró—, no quería que pasara eso.
—¿Ya no volverá? —Lincoln apretó los labios—. ¿Por qué la gente se muere, papi? —movió la cabeza negativamente, conteniendo el cúmulo de lágrimas, aglutinadas en sus pupilas.
La pregunta lo carcomió por dentro. Ni él encontraba la razón de por qué las personas tenían que morirse con el paso del tiempo; por qué todos marchábamos en procesión hacia la sepultura. Decidió no responder. La llevó a la habitación, la sentó en la cama, donde el espacio que le pertenecía a Gisela estaba hecho un desierto inmensurable. “Todo estará bien, tesoro. Todo estará bien, trata de descansar”.
—Anoche vi a mamá y a la abuela —confesó la impúber.
Lincoln trastabilló mientras se incorporaba, pálido y con los ojos henchidos de remordimiento.
—¿Qué has dicho?
—Mamá estaba muerta en mi armario. La abuela apareció luego en mi espalda —el rostro de la pequeña era como la harina blanca—. ¿Cómo murió mamá?
—Tuvo un accidente —apretó los ojos—, eso que viste solo fue un sueño, hija. Ahora duérmete, ¿sí? —le acomodó, abrigándole con el gran edredón blanco y salió, sin antes besarle la carita que había vuelto a ruborizarse.
(...)
- Hijos de la iglesia, de J. Miguel Vargas Rosas
(primeras páginas) - domingo 7 de junio de 2026 - Wilbur y Carolina - jueves 7 de mayo de 2026



