Todos sabemos, o nos lo han contado en alguna oportunidad, que el mundo onírico trata del contenido de los sueños, las vivencias o estudios relacionados con ellos, que son situaciones de carácter paranormal, pero que a veces se ven como lo real de la existencia. En el mundo onírico, entonces, se construyen situaciones irreales, fantásticas y sin fundamento, que encierran proyectos, deseos o esperanza, que no tienen ninguna probabilidad de realizarse, o quizá sí, como la vez aquella en que Hermenegildo Pop me hizo una promesa que aún hoy no determino si fue real o producto de mi mente que vagaba por ese mundo onírico de que les hablo.
Todo comienza cuando veo la enorme malla metálica, con puerta grande vigilada por la clase de guardián que suele haber en esos sitios. Es decir, prisiones, hospitales y cualquier construcción que generalmente veda la salida de los humanos hacia la libertad. Además, observo la barra de hierro que necesariamente ha de levantarse para dar paso a los vehículos que tienen permitido el ingreso o salida de esos lugares en los que nadie desea estar.
Al entrar, a la izquierda, la garita, y en ella, cuatro guardias que rumian su aburrimiento. A la derecha colinda un edificio viejo, del que sale una pasarela, que bien podría tratarse de un aeropuerto. Al fondo, hacia atrás de la garita, extensa planicie adornada por frondosos árboles, arbustos, y caminos que penetran por la exquisitez de los verdes, perdiéndose en lontananza.
El camino principal topa con una casa vieja, de aspecto lúgubre, en la que se ven rostros severos, crueles, de ojos acusadores. A la vecindad, una barra de hierro semejante a la de la entrada principal, un poco más pequeña, atendida por alguien vestido de civil. A la vera, una nueva garita que aloja tres hombres con aspecto de fieras, mirada asesina, armados de metralletas, y finalmente, un enorme patio circundado por edificios vetustos que aposentan a los reclusos.
*
Anoche, como a las diez, me encuentro durmiendo en casa. De pronto escucho ruido de carros, voces, carreras. Estoy tenso y aguzo el oído; sí, es en el techo donde se escuchan pasos, luego se oyen en el patio y me levanto. Despierto a mi esposa en el preciso momento en que comienzan a golpear la puerta y conminarme a abrirla con gritos aterradores. Mis hijos despiertan llorando. Nuestros corazones laten apresuradamente.
Tomo la determinación de no abrir y amparo a mis hijos y esposa en el cuarto del fondo donde, estoy seguro, están más protegidos. Escarbo entre la ropa del armario donde guardo la escuadrita calibre 22, decidido a vender cara mi captura. Dada la situación, no alcanzo a comprender cabalmente si son las fuerzas del gobierno o algún grupo de delincuentes quienes desean allanar mi vivienda. Mientras tanto los ruidos aumentan, los golpes a la puerta me hacen suponer que está por ceder y corro atropelladamente hacia la cocina a bajar las palancas de la energía. Con la ventaja de la oscuridad tal vez puedo enviar al otro mundo a un par de desgraciados y me parapeto detrás de uno de los sillones de la sala. Lo que más me desespera es oír el llanto de los niños. Mi mujer es bastante tranquila y eso me da confianza. Sin embargo, es muy difícil para una mujer sola salir adelante con cuatro niños.
La puerta vuela en pedazos e irrumpen diez, quince, quién sabe cuántos hombres uniformados, a los que identifico debido al resplandor de sus propias linternas: son uniformes de camuflaje. En el momento en que estiro el brazo y dirijo mi arma a la cara de uno de los intrusos —porque sé que usan chalecos contra balas— y me decido a apretar el gatillo, la escuadra se encasquilla. Desesperado trato de montarla de nuevo, pero me han visto y se abalanzan sobre mí golpeándome con las culatas de sus armas y dándome puntapiés. En breves instantes quedo reducido a nada, pero no pierdo la conciencia y escucho cómo irrumpen a las habitaciones aventándolo todo, rompiéndolo todo, y cómo vuelan en pedazos la puerta del último dormitorio, y cómo arrecian los gritos de mis hijos y se escuchan los lamentos de mi esposa.
Debo haber perdido el conocimiento, porque escucho el ronroneo del motor de un vehículo que me transporta quién sabe a dónde, lejos de mi familia. Mis pensamientos vuelan hacia ellos y los gritos y lamentos vuelven a mi mente; siento que me ahogo de impotencia. Me duele todo el cuerpo. La presión que siento en la espalda son las botas de mis captores y el estornudo es provocado por la gran cantidad de polvo que hay en el piso del automóvil. El silencio es agobiante. El tormento mental espantoso. El carro se detiene y algunos más, no sé cuántos, pero definitivamente no es sólo el vehículo que me conduce. Escucho un murmullo apagado y el chirrido que puede ser de una puerta metálica. Nos ponemos en marcha lentamente y de golpe nos detenemos. El dolor es tremendo; me bajan a patadas y no logro ver nada. Me han vendado los ojos. Me llevan, casi me arrastran, y mis huesos caen con toda su fuerza en un piso frío, húmedo. Pierdo la conciencia.
Es de día. Quién sabe qué hora de qué día, pero la luz penetra por una rendija. No tengo venda en los ojos ni estoy maniatado. Se me dificulta moverme por el dolor de mi aterido, maltratado cuerpo. Mis pensamientos vuelan hacia mi familia. La tortura mental opaca la tortura física. Los últimos sucesos discurren con detalle por mi mente. No comprendo el motivo de mi captura. No he hecho nada que lo amerite. Probablemente una equivocación, o quizá un mal informe de alguien que no me tiene mucha simpatía. Raro, no tengo enemigos ni le he hecho mal a nadie. El ruido de llaves es en la puerta de mi celda, que se abre entre chirridos, acompañada por la luz cegadora del sol y por la voz que me ordena ponerme de pie. Lo intento. Vuelvo a intentarlo y no puedo. Me arrastro hasta la puerta y asiéndome de ella logro, con esfuerzo sobrehumano, que mis piernas me sostengan. Dos hombres, esta vez no uniformados, me toman por los brazos y me llevan ante la presencia de quien debe ser el jefe: cara amarga, barriga prominente, mirada inquisidora, aire de prepotencia. Con un gesto hace salir a los dos guardianes y con palabras toscas me invita, me obliga, a sentarme. Me tiende una cajetilla de cigarrillos y le digo que no fumo. En realidad, lo hago de vez en cuando, pero ahora tengo miedo de que mi estómago vacío se rebele. Me hace un sinnúmero de preguntas: datos generales, mi familia, inclinaciones políticas, oposición a la autoridad durante mi captura. Las respuestas parecen haber sido convincentes; me trasladan a una celda común. Hay varios reclusos más pero no puedo hablar con ellos, mi debilidad es grande. Duermo.
Una sacudida que siento demasiado fuerte me hace despertar sobresaltado. Es uno de mis compañeros, que me avisa sobre la hora de la comida. A duras penas me levanto y camino para formarme en la fila. Los frijoles duros y el café con yodo son el manjar más delicioso. Me siento diferente. Definitivamente soy otro después de haber comido. El patio es grande, el piso de torta de cemento y allá en el fondo están los excusados, los chorros para bañarse, la pequeña pila para lavar la ropa. Los edificios manchados lo circundan: son los dormitorios de los reclusos, nuestros dormitorios. Cuento los pormenores de mi captura, me cuentan los pormenores de otras capturas. Algunas similares a la mía, otras totalmente diferentes. Una cosa común: el lujo de fuerza. Me acompañan en mi primer paseo por el patio; veo pasar a mi lado a uno de los dos hombres que me llevaron ante la presencia del jefe, que me mira de manera dura y hay una risa cínica en sus labios. Reparo en la garita en tres guardias de particular en su interior, armados de metralletas. Un poste de hierro en posición horizontal veda la entrada y salida a los vehículos. Allá en lontananza se ven árboles, verdura, libertad...
Los días transcurren y no sé nada del exterior. Comienzo a pensar en la manera de salir, de escapar. He aprendido a desconfiar de todos, a pesar de que algunos me muestran simpatía. Creo que la mejor hora es por la tarde, cuando nos forman para entrar a los dormitorios. En ese instante se dedican a pasar lista y todos están atentos a la formación. Creo, realmente, que es el único momento medianamente favorable para una evasión, porque si logro quedarme en la esquina que forma la pared del cuarto en el que estuve el primer día y la pared que da a los excusados, puedo subir al techo y arrastrarme hasta la orilla exterior para saltar. A esa hora sólo queda un tipo en la puerta de salida, pues aún los de la garita se dedican a ordenar las formaciones. Además, soy casi de los últimos de la lista, pues no la pasan por orden alfabético sino por la fecha de ingreso. Y yo soy de los últimos. Otro punto a mi favor: es sábado. El día en que les dan mayor libertad a los guardianes, cuando ingieren algo de licor, fuman con tranquilidad y forman tertulias hasta más tarde. Pasado mañana lo intentaré. Del momento del salto hasta que se den cuenta, habrán transcurrido catorce minutos por lo menos, durante los cuales podré correr y correr en busca de la salida hacia la libertad, hacia la búsqueda de mi familia, hacia la vida.
*
Hoy es sábado. Ha pasado el almuerzo y está lloviendo. Mis nervios tensos. Consigo correas para mis zapatos. Me prestan un saco. Camino de un lado a otro, ansioso, viendo cómo los minutos caen unos tras otros para acumularse en más horas, en más tiempo de reclusión, en más infamia. El tiempo pasa raudo. Llaman a formar filas. Me quedo detrás de la pared, entre los excusados y el calabozo, tenso como nunca. Pasan los hombres de la garita riéndose a carcajadas y en ese preciso instante salto para asirme del alero. Hago un esfuerzo tremendo para encaramarme al techo, por el que me arrastro, llego al otro extremo y me descuelgo antes de saltar. Quedo acurrucado y quieto un instante, escuchando hasta el más mínimo ruido. Nadie se ha dado cuenta y entonces inicio la carrera. Me escabullo entre los árboles y sigo el pequeño sendero que se extiende a través de la maleza rumbo al exterior. Quizá han transcurrido dos, tres minutos desde el momento del salto, pero siento una eternidad. Corro desesperado y de pronto freno. Hay otra garita con gente uniformada. Son guardias. Veo la puerta que comunica con la calle, pero no puedo pasar sin que me descubran. Entonces decido tomar el camino de la derecha en carrera desesperada para alejarme de esos hombres, de esas armas, de esa negación de la libertad. Siento el aroma vivificante de la naturaleza y la caricia enternecedora del aire. De pronto, por uno de los caminos aledaños pasa un pelotón de guardias que me obliga a tirarme al suelo y a permanecer quieto durante un momento. Afortunadamente no son perseguidores. El aire parece enrarecerse, los pájaros guardan silencio y en la lejanía, rumbo de la prisión, se escucha la sirena amenazadora que me indica que se han dado cuenta de la fuga y les dice a los guardias que acabo de ver que deben dispersarse para buscarme. Estoy desesperado, avanzo sigiloso a veces, en carrera veloz cuando lo creo conveniente. Escucho el ruido del motor de una motocicleta; me tiro tras el matorral que tengo enfrente y me espino las manos y la cara. Veo luces brillantes en el cielo lanzadas para iluminar el ambiente y, por un momento, se dibuja ante mis ojos la silueta de una malla alta que comunica con la calle. Avanzo. Me arrastro, corro, me detengo, vuelvo a correr y cuando la tengo enfrente paro de golpe. ¿Y si está electrizada? ¿Cómo hacer para averiguarlo?
El ruido de pasos cada vez más cercanos, las luces intensas sobre mi cabeza, las voces, los gritos, me obligan a decidirme. Prefiero morir carbonizado en la malla o con varios tiros en la espalda, que caer de nuevo en sus manos. Salto y comienzo a ascender. No está electrizada. Escucho un disparo, otro, una ráfaga. Caigo al otro lado de la malla y me tuerzo el tobillo, pero tengo fuerzas para ponerme de pie y perderme en la oscuridad de la noche.
Por fin me encuentro con mi familia: es un día hermoso, de cielo despejado, sol acariciante, aire sencillamente delicioso. Afortunadamente los empujones y los golpes que recibieron durante mi captura fueron pocos y siempre han estado en libertad, aunque un tanto opaca por la angustia de mi cautiverio, por las necesidades imperiosas de una familia. No puedo andar a la luz del día ni mostrarme ante cualquier gente. Siento las miradas de todos fijas en mí. Debo irme del país. Lo sé desde que logré escapar y tengo ya todos los preparativos hechos: un pasaporte falso para cada uno de los miembros de mi familia, ropa, algunos papeles importantes y necesarios. Me he procurado algún dinero; mis amigos se han portado maravillosamente. Si no fuera porque todavía me están buscando, me sentiría enteramente feliz, rodeado de gente que me quiere, que me estima. La salida está planeada para el martes. Nos iremos a ese país vecino que me albergó durante los mejores años de mi niñez y de mi juventud. Voy a despedirme de mi madre y de algunos familiares, a contarles solamente que me voy, sin que sepan mi destino. Mañana es martes y debemos descansar. Especialmente yo, debo descansar, porque me espera una jornada larga y fatigosa sentado al volante del automóvil.
*
Hace seis meses que estamos aquí y nos hemos desenvuelto bastante bien. Los niños estudian, yo tengo un trabajo. El sueldo alcanza apenas para cubrir las más ingentes necesidades: pago de casa, comida, estudios... Hoy, que es domingo, los voy a llevar a pasear al Cerro Colorado vía periférico. Debo aprovechar ahora que el carro está bastante bien. Ya no se calienta, porque el fin de semana pasado lo reparamos con Juan, otro de los exiliados de mi país. Somos buenos amigos. Fue por su medio que conseguí el trabajo que tengo y quien me orientó desde nuestro arribo. El periférico es muy bonito, de reciente construcción. Qué diferencia con los caminos de antes, en los tiempos de mi niñez, pues eran realmente muy malos y el recorrido que estoy haciendo, que no ha de llevarme más de una hora, en ese tiempo me hubiera llevado cinco o quizás seis. Ahí están los policías. Siento cierto temor cada vez que me acerco a cualquier garita, pero aquí no corro peligro. Jamás en estos seis meses he tenido algún problema. ¡Me detienen! Piden mi licencia de conducir, ven las placas de circulación, llaman por radio. Veo a mi esposa. Tiene los ojos muy abiertos. El instinto me dice que debo correr, pero me detiene mi familia. El policía se acerca. En sus palabras, como puede, me dice que estoy detenido. No puedo creerlo. Trato de persuadirlo de que debe haber algún error, pero insiste. Lo acompaño a la garita y le suplico que permita que mi familia se vaya. Accede. Le digo a mi esposa que no se preocupe. Les doy un beso a mis hijos.
Diez minutos hace que estoy aquí varado y me parece una eternidad. Llegan cinco vehículos atorados de gente armada, uniformados y no uniformados. Se aparcan a todo lo largo de la cuadra y saltan, metralleta en mano, y me encañonan como si no se tratara de una sola persona sino de un ejército o por lo menos de un puñado de guerrilleros. Estoy sorprendido. Levanto las manos y les explico que no se preocupen: no voy a escapar. Me introducen a uno de los automóviles y esta vez, al menos, voy sentado. Le digo al que parece ser el jefe que me permita comunicarme con mi familia y me ordena guardar silencio. Sin embargo, veo en sus ojos que sí me lo va a permitir. Le digo a mi esposa que me van a deportar, la insto a quedarse en este país por el bien suyo y de los niños y le prometo que regresaré. No sé cómo, pero regresaré.
*
Los días que he pasado en esta nueva prisión caen uno tras otro y acumulan un mes, dos, casi tres. Me tratan bien, me dan comida suficiente, tengo ciertas comodidades. Me han permitido ver dos veces a mi familia; hoy me informan que mañana me llevan a mi país. No me dejan llamar por teléfono a mi esposa.
Ahora son sólo dos los carros. En el que yo viajo vienen el jefe y dos hombres armados. En el de atrás viajan cinco, armados, por supuesto. Los trámites se facilitan en el aeropuerto y ya estoy volando. Pienso en la posibilidad de que el avión se estrelle, de que todo termine. Daría cualquier cosa por no caer de nuevo en poder de esa gente. Sin embargo, las posibilidades son pocas, por no decir nulas. El anuncio de que estamos próximos a descender hace que un leve temblor estremezca mis mandíbulas y que un escalofrío recorra mi cuerpo. Abrocho el cinturón, cierro los ojos y deseo fervientemente que el avión choque. Pero mis deseos se los lleva el viento y el aterrizaje es suave, silencioso, como si estuviéramos cayendo sobre toneladas de algodón que amortiguaran nuestro peso.
El recorrido lento de la nave busca la vetusta construcción. Mis ojos logran ver a través de la ventana el enorme campo cercado, la garita de la entrada principal y las pasarelas que conducen del edificio del aeropuerto hacia la prisión. El recorrido del avión se hace más lento. Finalmente se detiene.
El pulular de personas es impresionante, el bullicio ensordecedor. El inmueble está muy iluminado; tanto, que desde lejos se puede ver el deterioro de la pintura, la suciedad de las paredes. Estoy en la oficina de migración. La empleada ve mi pasaporte, mi cara. Hace su trabajo con parsimonia: una firma, un sello, otro sello. Me envía a la oficina de enfrente, donde se repite la operación. Mi vista recorre las instalaciones: unas gradas para el segundo piso, la puerta del ascensor, el restaurante, la puerta de madera. Sí, la puerta de madera por la cual se sale al exterior: la puerta que al trasponerla me pondrá de nuevo en mi país, en las garras de los verdugos, en prisión... Voy al baño. Cuando salgo me decido. Pienso que al trasponer la puerta de madera podré correr a toda prisa hasta escapar de los duros o caer muerto en un charco de sangre. Cuando paso a través de ella enseño mi pasaporte. El portero hace una señal. Entiendo y emprendo el regreso a toda prisa. Golpeo la puerta de madera, empujo, y cuando volteo a ver vienen dos tipos con caras inconfundibles: son miembros de la cuadrilla del terror. En mi desesperación grito, vuelvo a golpear y empujo violentamente. La puerta se abre y entro corriendo, los tipos han quedado fuera. Hablo precipitadamente con la señorita del mostrador y le explico la situación. Su cara no muestra sorpresa y sólo atina a decir: “Sí, ya están apresando a las personas otra vez”. Cuando le digo que ya estuve preso, que sé de torturas y de sufrimientos y que no quiero caer de nuevo con ellos, me sugiere que me quede escondido en el edificio y que por la noche salte por la ventana y atraviese la pasarela, porque a esa hora no hay guardias en la garita, y que después escape a través del campo hasta saltar la malla.
Me quedo pensando si será cierto o si ella forma parte del complot, cuando veo a mi gran amigo Hermenegildo Pop, muerto cinco años atrás, que se acerca sonriente y después de tenderme la mano me dice:
—No te preocupes, yo prometo ayudarte.
- La promesa de Hermenegildo Pop - jueves 18 de junio de 2026
- El coloquio fortuito - jueves 14 de mayo de 2026
- Yo confieso - jueves 16 de abril de 2026


