Uno
Lo descubrió una mañana de manera absolutamente casual. Estaba sentado en el inodoro y, cuando se incorporó un poco para limpiarse, se le cayó el reloj dentro de la taza. Fue más grande la sorpresa que el disgusto, de modo que casi no tuvo reacción, se asomó en silencio y miró hacia abajo. La imagen era extraña: tres cilindros alargados de color marrón oscuro semisumergidos en el agua y, atravesándolos en diagonal, el reloj con su cuadrante plateado marcando impávido el paso del tiempo. En ese momento suspiró largamente y enseguida inhaló porque tuvo la sensación de quedarse sin aire; entonces sucedió. Lo primero fue un hedor intenso, el conocido y familiar de tan repudiado; pero después, atrás, debajo, pudo discernir en principio los aromas de los alimentos consumidos la noche anterior, y a partir de ahí fue invadido por una cascada de evocaciones, una infinidad de imágenes que lo obligaron a cerrar los ojos y le produjeron un vértigo similar a la sensación de estar cayendo de gran altura. Sintió el olor del jardín de la casa de su infancia, el aroma al papel recién surcado por la tinta de los cuadernos escolares, la fragancia del pasto cortado en los parques en los que jugaba de niño, el perfume que usaba su primera novia y que él descubrió al rozar su cuello bailando, la incipiente descomposición flotando en el aire alrededor del cuerpo de su madre muerta, el olor primordial del océano que quedaba adherido a su piel al salir del agua... Pero había más, una suerte de sinestesia lo hacía sentir nuevamente emociones ya vividas: el intenso hormigueo que sintió en el abdomen antes de acostarse por primera vez con una mujer, la opresión que se le instaló en el pecho y le dificultaba respirar después de la muerte de su hermano, la desazón de los días negros en los que no le encontraba sentido a vivir, la cualidad diáfana que sintió en el aire en el momento del nacimiento de su hijo. Todo esto fue una ráfaga simultánea, inmediata, profunda, que duró lo que una inspiración. Abrió los ojos, el reloj seguía ahí, las agujas casi en la misma posición, habían pasado apenas unos segundos. Se levantó, fue a la cocina a buscar unas pinzas de hielo y utilizándolas como instrumento extrajo el reloj del depósito. Lo lavó con detenimiento y recién después apretó el botón. Le quedó en la cabeza un mareo, un desajuste de la percepción.
Si relato todo esto no es por hacer uso de mis atribuciones o prerrogativas de narrador, sino porque lo sé; porque él, Rafael, me lo contó una noche impelido por el peso de una angustia cada vez más definitiva. Pero eso fue mucho después, cuando ya las características de su nuevo don se le hacían insoportables.
Aquella vez, cuando salió del baño, pensaba, entre las brumas de su aturdimiento, que había tenido una epifanía. Pero también sintió un ramalazo de miedo, ¿y si lo que había pasado no era algo excepcional, si a partir de entonces eso volviera a repetirse siempre?
No sabía qué pensar, por un lado parecía una especie de videncia, una facultad nueva, por el otro era como una broma macabra, un truco de adivino falso, un número de feria de aberraciones.
Al día siguiente decidió hacer una prueba; después de evacuar se limpió cuidadosamente y se agachó para ver, mejor dicho para oler qué pasaba. Sus temores se confirmaron. Volvió a suceder, pero esta vez fue un poco diferente. Además de las sensaciones que le provocaba el olor, vio imágenes al cerrar los ojos, imágenes de su pasado pero también cosas que no había vivido o no recordaba, fragmentadas, como flashes en la oscuridad, pero muy claramente imágenes de su vida. Se levantó rápido, se lavó las manos y la cara y apretó el botón, el sonido de la succión del agua le produjo la sensación de una pérdida.
Rafael era una persona tranquila, estaba separado y tenía un hijo adolescente. Trabajaba hacía años en un banco del centro. Le gustaba el cine y leer, y salía con una mujer, Sandra, que no llegaba a ser una novia pero con la que se llevaba bien. A pesar de eso se sentía un poco solo. Ella le había propuesto que se fueran a vivir juntos, sin embargo, a pesar de que se querían y se entendían, para Rafael la relación no llegaba a ser ni tan intensa ni tan profunda como él necesitaba.
Cuando me llamó para contarme lo que le pasaba estaba muy desmejorado, irritable, ansioso. Tomamos unas cervezas en un bar que nos gustaba y en el que a veces nos juntábamos a charlar. Había empezado a ir a un psiquiatra después de mantener durante un tiempo en secreto esta peculiaridad, y el psiquiatra lo estaba medicando. Yo me sorprendí mucho con lo que me decía, no supe si creerle o pensar que era una alucinación, un pequeño brote de algún trastorno psíquico.
Después de esas experiencias en su casa le sucedió lo mismo en su trabajo. En un momento fue al baño y ni bien entró comprendió dos cosas: que quien había estado antes no había desagotado el inodoro y que esa degustación perceptiva no se manifestaba sólo con su mierda, sino también con la ajena.
Supo que esa persona se había acostado con la gerenta de área en procura de favores, supo que ese hombre había robado, supo que tenía cáncer y lo ignoraba. Salió del baño apresuradamente y pensó que se volvería loco, ¿qué le estaba pasando?
El resto del día estuvo abstraído, casi no habló con nadie, no podía dejar de pensar en eso. Más tarde fue a cenar a la casa de Sandra, estaba decidido a probar su don con ella, si tenía oportunidad. No le fue posible hacerlo esa noche, pero tuvo que sortear como pudo sus insistentes preguntas. Lo encontraba muy extraño, desconocido, y no paraba de preguntarle qué le pasaba y por qué no quería contarle, compartir con ella lo que fuera que lo tenía tan preocupado. Hay que decir que Sandra era generosa, siempre estaba interesada en lo que les sucedía a los demás y trataba de ayudarlos de la manera que estuviera a su alcance. Aparte de eso era muy discreta, y Rafael valoraba especialmente esta cualidad. Pero, al mismo tiempo, había algo que lo incomodaba en todas estas virtudes, como si todo el tiempo debiera estar en disposición de ser ayudado, de ser escuchado y contenido. A veces eso le demandaba un esfuerzo emocional que no tenía ganas de hacer, y ahí la relación hacía agua, se tensaba y crujía.
Esa noche estuvo a punto de contarle todo pero no lo hizo. Primero tenía que investigar su mierda.
Dos
Le puso nombre a su nueva habilidad: coprognosis. Sonaba bien, aunque parecía un diagnóstico, el nombre de una enfermedad. También podía ser coprognición, o tal vez ambos nombres alternados, como dos facetas de lo mismo. Era estúpido, pero eso lo tranquilizaba. Si lo podía nombrar era como si lo empezara a entender; circunscribirlo en una palabra parecía disminuir su importancia.
Lo que le interesaba ahora, además de comprender por qué le sucedía eso, era la mierda de Sandra. Quería saber qué le provocaba. Quería mirar a través del ojo de su culo. Había leído en algún lado que los egipcios trataban la histeria haciendo oler a las mujeres excrementos de cocodrilo. Tal vez lo que a él le pasaba con los desechos humanos era una suerte de efecto invertido.
Mientras tanto trataba de seguir con su vida lo mejor que podía. Decidió no utilizar más el baño en su trabajo, no quería ejercer su coprognosis con individuos cuyas miserias eran tan afines a las suyas. Cierta vez alguien soltó un pedo en el ascensor y él supo inmediatamente que había salido del cuerpo de la mujer que tenía al lado, y supo que engañaba a su marido, que no tenía hijos y que iba a morir el año próximo atropellada por un automóvil. Esto le corroboró, además de asustarlo más, que podía ver algunos hechos del futuro de las personas oliendo su deposición o sus emanaciones.
Aquella noche que hablamos, él percibió que yo no le creía y me ofreció (¿o amenazó?) hacerlo conmigo para probarlo, pero yo lo deseché inmediatamente y le aseguré que podía confiar en mí, que haría un esfuerzo por entenderlo y creerle. Estaba ojeroso y demacrado, desde que había descubierto su anomalía venía sufriendo de insomnio y taquicardia. La necesidad de conocer el mundo interior (así lo llamó él) de Sandra lo obsesionaba. Buscó de varias formas la ocasión hasta que un día por fin lo consiguió.
De lo que no me habló, y esto me pareció una reserva razonable, es de lo que le había seguido pasando con su propia mierda, cuántas cosas suyas supo que no conocía, cuánto de su futuro llegó a ver y cuáles de esas visiones eran inconfesables.
Se dedicó a asediar el momento más íntimo de Sandra. Sabía que ella era muy remilgada con estas cuestiones y que, en general, las mujeres no son muy sueltas de cuerpo con esa función fisiológica. Un par de veces entró al baño inmediatamente después de que ella saliera, pero se dio cuenta de que usaba un desodorante de ambientes. Tenía que hacer un esfuerzo por no demostrar ese interés tan peculiar, eso le demandaba una energía extra a su sistema nervioso tan exigido. Pero un día Sandra fue al baño y él se dio cuenta de que era el momento. Le pidió desde afuera permiso para entrar porque se meaba, ella le dijo que no podía, que estaba haciendo caca y le daba vergüenza. Él insistió, rogó, sobreactuó hasta que ella cedió, entonces entró en el baño y se sentó en el bidet al lado de ella, que con sus manos se cubría la cara. Se sentó y aprovechando que ella no lo veía cerró los ojos e inhaló profundamente y con lentitud. Lo primero que sintió fue una emoción muy honda, que era de ella, y supo que, a pesar del pudor, ese momento era de una gran entrega hacia él, y lo vivía como una intimidad compartida muy carnal. Enseguida vio a Sandra de ocho años a punto de ahogarse en la playa de Mar del Plata, la vio perdida en la montaña en su viaje de egresados antes de ser rescatada por una patrulla, la vio muerta de miedo con su primer novio en la cama y después feliz, la vio durmiendo en una bolsa de dormir en un aula de la facultad tomada, vio, volvió a ver la forma en que lo miró la noche que se conocieron en la fiesta de Analía, su mejor amiga, se vio a él mismo con ella en la cama la primera vez que se acostaron y la vio llorando sola en el sofá después de una de sus peleas, vio su dolor por verlo tan raro los días anteriores a ese, la vio sentada en el inodoro con las manos en la cara y él al lado sentado en el bidet, la vio llorando en la calle mientras él le gritaba un día de la semana siguiente, se vio discutiendo muy fuerte con ella, violento y desencajado, se vio empujarla y la vio caer, golpearse la cabeza y quedar tendida inmóvil en el piso. Abrió los ojos y reprimió el grito tapándose la boca con la mano, estaba empapado de sudor, agitado, se paró rápido y se puso a enjuagar el bidet. En ese momento Sandra, todavía con la cara tapada, le pedía que se fuera de una vez. Se secó las manos y salió del baño. Fue al balcón a tomar aire, estaba desconcertado, asustado, ¿qué había visto?, ¿la iba a matar?, ¿qué locura era esa?
Cuando Sandra salió del baño él buscó una excusa, le dijo que se sentía mal, que se había descompuesto, y en cuanto pudo se fue a su casa. Necesitaba estar solo, pensar.
Una cuestión que tenía que aclarar era si los hechos que veía y aún no habían sucedido eran cosas que pasarían en el futuro o se trataba de miedos, proyecciones, deseos inconscientes, posibles consecuencias de los actos presentes que el cerebro combinaba y establecía como resultado de esa combinatoria, la mente humana podía hacer cosas así. En el caso de Sandra saber eso era crucial. Ahí fue cuando decidió acudir a un psiquiatra. Consiguió el número de teléfono de uno muy recomendado y le pidió una entrevista.
Tres
Había empezado a tomar pastillas para vencer el insomnio. No eran muy eficaces pero le bajaban un poco la ansiedad, aunque durante el día le provocaban un continuo estado de sopor. Lo único que lo calmaba y lo sacaba de esa especie de obsesión era el tiempo que pasaba con su hijo los fines de semana. En esas horas se olvidaba de todo y se entregaba a disfrutar de su compañía; iban al cine, jugaban a la pelota en la plaza, comían hamburguesas viendo la tele. La frescura de Martín lo renovaba y le quitaba peso a la vida. Eran las únicas ocasiones en que se reía como antes. Se cuidó muy bien de no probar con él su extraña particularidad.
Fue a la sesión con el psiquiatra. Le cayó bien su aspecto, era de mediana edad y tenía una mirada muy atenta sin llegar a ser escrutadora; parecía inteligente y se notaba que sabía escuchar. Le costó empezar pero le contó todo lo que le venía pasando, la angustia que sentía, que tenía su origen un poco en no saber por qué le sucedía eso, a qué se debía, y otro poco en no poder manejar lo que se le revelaba cuando tenía la experiencia. Era demasiado profundo, demasiado secreto y personal para procesarlo como a las experiencias habituales. Era entrar en un mundo desconocido, con reglas distintas, cargado de misterios y visiones insospechadas.
Cuando terminaron la sesión, el psiquiatra le dijo que estaba haciendo un síntoma, posiblemente por estrés emocional o físico. Que parecía ser una alteración neurótica con raíces profundas, y que esas raíces había que descubrirlas a lo largo de las entrevistas. Mientras tanto le recetó ansiolíticos para tomar a diario y le recomendó distracción y tranquilidad. No se fue muy conforme, esperaba más, algo que volcara luz sobre su estado. Pero reconocía que la ansiedad lo estaba matando, de modo que compró el medicamento y empezó a tomarlo ese mismo día.
El insomnio siguió, también la angustia. Lo corroía por dentro el temor de que lo que había visto en el baño de Sandra pudiera llegar a pasar. Lo que menos quería era hacerle daño. Tenía que controlarse y, sobre todo, evitar que eso que vio sucediera de verdad.
Me confesó que había pensado suicidarse para eliminar el riesgo de matar a Sandra, pero no le podía hacer eso a Martín, su hijo. Estaba atrapado, se sentía a merced de las circunstancias. Por otra parte no sabía de dónde habían salido esas fantasías, él no era un tipo violento, todo lo contrario, sólo lo podía explicar por el desequilibrio que le causaba su nuevo poder, ese sexto sentido. Incluso trató de verlo desde el lado positivo, quiso amigarse con esa diferencia, pero no pudo, le resultaba demasiado monstruoso. Intentó contárselo a Sandra, pero no tuvo valor.
Me contó un sueño de esos días: veía delante de él una mano gigante con el dedo índice apuntándolo, la punta del dedo embadurnada de mierda. La actitud de la mano era dual, por un lado le mostraba la mierda en la punta del dedo, y por el otro lo quería tocar con ella, como si fuera a juntar dos partes de la misma cosa.
Llegó incluso al extremo de sentirle olor a la palabra cuando la leía o alguien la pronunciaba. Lo andaba rondando la locura.
Estaba harto de comportarse como un mono al que le hubiera sido concedido el don de la clarividencia para ejercitarlo oliendo sus excrementos, y así conocer algunas vicisitudes del hombre que ese mono alguna vez sería y ver en ellas las acciones anticipadas del mono que ese hombre, indefectiblemente, volvería a ser.
Después de ese encuentro no volvimos a vernos, pero le brindé mi apoyo, le pedí que me tuviera al tanto de cualquier cosa y me llamara todas las veces que quisiera. Y así lo hizo, a cualquier hora del día o la noche. Me decía que le hacía bien contarme, ya que además del psiquiatra la única persona que conocía su secreto era yo. Así me fui enterando de su evolución paso a paso. Me agobiaba un poco, pero quería ayudarlo, y la única manera que tenía a mi alcance era escucharlo, tratar de entenderlo, apuntalarlo para que no se desbarrancara.
Sandra estuvo más cerca de él que nunca en ese período, a pesar de no entender a qué se debía su conducta, su inestabilidad. Lo acompañaba sin pausa y sin hostigarlo.
Siguió yendo al psiquiatra y, en una de las sesiones, éste le hizo una recomendación: que escribiera todo lo que le estaba pasando como si le ocurriera a otra persona. Según le dijo, la práctica de la escritura había resultado positiva en casos de depresiones severas, ayudaba a ver con mayor claridad los núcleos de conflicto internos y, al objetivarlos, se podía manejar lo que parecía tan inaccesible.
Al principio desestimó el consejo, pero después lo pensó mejor y decidió probar. Tal vez eso disminuyera la angustia y le permitiera ordenar sus emociones.
Hasta que por fin, después de un prolongado silencio que me inquietó bastante, recibí un email de Rafael; traía como archivo adjunto este texto sorprendente en el que estoy también yo y a la vez no, en el que de algún modo usurpa mi voz para poder hablar de él, en el que describe su travesía por esa experiencia tan deforme. Este texto en el que incluye párrafos como si los hubiera escrito yo hablando de él. Ese desdoblamiento me descolocó y también me dio miedo, aunque quizá fuera sólo un recurso estilístico. Al final se vislumbra una redención a través de la escritura, un indicio de superación del fenómeno. Me alegré y me alivié, por él y también por mí, ya que iba a poder descansar de su constante demanda, de no poder ayudarlo de manera concreta y sin embargo padecer con él su angustia a fuerza de conocerla tan en detalle. Las últimas líneas reflejan un cambio brusco de voz narrativa, pero también trasuntan una nueva, diferente disposición de ánimo; aunque persista el temor:
Y entonces me sumergí en el desafío de escribir, de tratar de contar estos extraños hechos y las peculiares circunstancias en las que sucedieron. Adopté otra voz, me bifurqué para sustraerme de mi condena y me afané buscando en la página blanca el camino para dejar atrás al mono, para encontrar la forma de cerrar ese agujero a lo desconocido que se había abierto en mí y por el cual estaba cayendo en un mundo abominable que me enajenaba. En plan de contar también le confié todo a Sandra, lo hice una noche en la que no aguantaba más y necesitaba salirme de mí. Me escuchó sorprendida primero, después aterrada, y por fin me abrazó y se puso a llorar en silencio, estuvo así mucho rato. Contárselo me produjo un gran alivio.
Poco a poco fue surgiendo una situación nueva en la que ya no estaba mi mal, a medida que avanzaba en la escritura crecía la distancia entre mi yo y sus pesadillas. Parecía que al poner por escrito estos sucesos se iba produciendo un desplazamiento desde la realidad hacia el texto. Atravesé varios estados en el trayecto que hice para alejarme de ese descenso a comportamientos atávicos de mamífero primitivo. Fui notando que las experiencias se hacían más esporádicas y eran menos intensas. De ese proceso me quedaron muchas preguntas sin responder, muchas cosas que no entendí ni entiendo. Una de ellas (y no la menor) era una suerte de siniestro dolor que sentía al ir perdiendo esa capacidad monstruosa, como si eso que iba dejando atrás fuera una genuina parte mía.
Pero yo tenía puesto el foco en que se cerrara de una vez esa hendidura al horror. No estoy seguro de que se haya cerrado del todo, no tengo certeza de que lo haya hecho para siempre, y posiblemente viva de ahora en más con esa amenaza inmanente dentro de mí.
Cuando terminé de leerlo, aliviado, archivé el email de Rafael como quien guarda un objeto muy usado en un desván pensando que nunca volverá a verlo. Traté de olvidarme yo también del asunto y dejar atrás esa historia de pesadilla. Pero unas semanas después, una mañana que leía el diario desayunando en un café, me topé con una noticia que me horrorizó. Debajo de un título truculento decía que la policía, alertada por los vecinos a raíz de fuertes gritos de una discusión violenta, había acudido a un departamento céntrico para encontrarse con una escena macabra: una mujer, desnuda, se encontraba sin vida tirada en el piso del living. En la cocina un hombre de mediana edad, también desnudo, se había ahorcado colgándose de una de las vigas del techo. En el departamento flotaba un hedor insoportable, ya que las paredes del living estaban cubiertas de leyendas obscenas pintadas con excrementos. Al parecer dichas leyendas habrían sido escritas por el hombre, que tenía su mano derecha y su cara embadurnadas.
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