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Aproximaciones
(primeras páginas de la novela El antinatalista, de Miguel Steiner)

viernes 31 de julio de 2026
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“El antinatalista”, de Miguel Steiner

—De hecho, también es posible que la psicóloga me hubiera despertado algún interés —dijo el alemán, que no entendía nada de lo que le estaba explicando el detective— si hubiera tenido treinta años menos y una cara más agradable, digamos. ¿Y qué? Además, indecente, ¿por qué sería indecente?

El detective se encogió de hombros.

—Como quiera —contestó—. Yo ya he cumplido con mi propósito. No diré nada a nadie del episodio con la psicóloga. Lo de las “propuestas indecentes”, por cierto, es una mera ocurrencia mía. Sólo quería demostrarle que, teniendo información detallada, se puede presionar a las personas con interpretaciones no necesariamente correctas pero bastante convincentes. A lo mejor le acusarían de acoso, que es lo que hoy más se lleva. A mis ex clientes de Devotos de la Bella Vida seguramente les interesaría. Su bestia negra es el creciente antinatalismo en nuestras sociedades o la tendencia, en cualquier caso, a renunciar a formar familias con muchos hijitos. Ideología y religión aparte, muchos tienen empresas de ropa, alimentación y libros infantiles, negocios en el sector infantil en general e intereses vinculados a escuelas privadas. Bien, me voy...

 

No es amor al arte ni ambiciosa exhibición de talento lo que impulsa la pluma de esta improvisada biógrafa, que no sabe ni por dónde empezar. Hay mucho material que ordenar e investigar, y una dispone de más voluntad que oficio, si bien razones sobran. La más importante de ellas es restablecer la reputación de una persona que no merece el trato público que ha recibido, diana de mil despropósitos lanzados desde algunos medios de comunicación, cada vez menos rigurosos, por no hablar del impertinente eco en las redes sociales. El lamentable accidente que dejó a aquel niño paralítico no justifica semejante tratamiento, pero se ve que hay interés en convertir al hombre en culpable de algo completamente imprevisible. Fue un accidente y nada más. Y es completamente gratuito acusarle de odiar a los niños por su renuncia a tener hijos. Muchas veces, para no hacer a nadie el favor de sulfurarme, repito para mí su grito de combate: “Por mor de mi misión, prefiero que hablen mal de mí a que se me ignore por completo”. Ciertamente, también pienso que mejor aún es no ser ignorado y, al mismo tiempo, ser tratado con respeto, consideración que me aporta motivación suficiente para llevar a cabo mi difícil tarea, pues, cada vez más, cualquier disputa se resuelve con insultos y difamaciones.

Conoce el blog Antinatalismo, de Miguel Steiner.

¿Por dónde comenzar? Intentaré encajar con coherencia las piezas de su historia personal, compleja como la de cualquiera, para lo cual dispongo por suerte de abundante material: algunos testimonios de terceros y numerosos documentos digitales llenos de apuntes autobiográficos del protagonista, de modo que le podemos atribuir cierta participación en este retrato. Está escrito a dos plumas si queréis. Y no es la suya la más complaciente; al contrario, casi se puede hablar de autoflagelación en muchas ocasiones, motivada por el arrepentimiento. Así que, si puedo escarbar en su alma, por así decir, no es menos gracias a esos escritos que por conocerlo personalmente o haber hecho mis investigaciones.

Aunque sea fácil desmentir a sus enemigos, no lo es tanto relacionar las afinidades de su corazón con sus gestos y manifestaciones, algo que, por lo demás, podrá decirse de cualquiera, pues no hay nada en la naturaleza donde la superficie esconda más a los ojos que el ser humano.

 

“El antinatalista”, de Miguel Steiner
El antinatalista, de Miguel Steiner (Avant, 2021). Disponible en Amazon

El antinatalista
Miguel Steiner
Novela
Avant Editorial
Madrid (España), 2021
ISBN: 978-8418460784
230 páginas

Su trabajo en el archivo de historias clínicas en un hospital de Barcelona no estaba a la altura ni de su formación ni de sus intereses, cosa nada infrecuente en nuestro país, y más aún si se trata de estudios tan poco prácticos como Filología Hispánica o Filosofía. Con todo, ninguno de sus empleos precarios anteriores había reunido condiciones de trabajo tan buenas como éste.

El trabajador más concienzudo de Documentación Clínica era Oriol, un tipo resoluto y bastante pagado de sí mismo, también conocido como el Infalible, sobrenombre del que estaba secretamente al tanto y que al parecer no le disgustaba, ignorando quizás el tono irónico que lo apuntalaba, o tragándoselo con espíritu deportivo, quién sabe. Lo que realmente pensaba la mayoría de sus colegas era que tenía madera de trepador. Hablamos del mismo Oriol, y por eso lo menciono, que en una de nuestras excelsas tertulias televisivas calificó de muy raro a su ex colega y llegó a insinuar supuestos acosos sexuales de los que en ningún momento aportó detalles. ¿Y para qué?

Karsten Obermaier llevaba ya más de veinticinco años viviendo en España. Lo podríamos llamar alemán o gotinguense por la ciudad en la que creció, Gotinga, si bien nació en Austria, patria de sus antecesores. Aunque difícilmente se le puede considerar extranjero o forastero a estas alturas, el hecho es que en su entorno laboral le llamaban el Alemán, y a él le parecía bien. La gente podía suponer su origen extranjero por su acento (sobre todo las erres le traicionaban), también por su pelo rubio e incluso por su carácter introvertido tal vez, como se ve más en el norte, no tan expresivo en sus formas como lo somos en las tierras mediterráneas.

Verdad es que se solía mostrar distante, con un cierto aire de indiferencia, o de arrogancia si tiene razón la familia de su mujer. Lo más sencillo era atribuir algunos aspectos poco comunes de su carácter a su origen extranjero. Ya se sabe, la frialdad alemana, su rigidez... Sea como fuere, será más útil hablar de los rasgos propios de su personalidad que especular sobre el peso de sus raíces culturales. En relación con su carácter reservado, alguna vez confesó hiperbólicamente: “Sé leer y escribir, lo que no sé es hablar”. Como veremos, puede entenderse que una extrema timidez y serias dificultades para relacionarse con los demás durante su adolescencia le dejaron como legado cierta dificultad para la comunicación espontánea, que sin embargo no anulaba su capacidad de hacer largas disquisiciones sobre temas complejos, como bien sabe Marina, su compañera de estudios y destinataria privilegiada de su pensamiento. Se trata, en una palabra, de una persona de notable cultura pero escaso don de gente, de esas que podrían parecer más bien tontas si no se les conoce bien. En su infancia y juventud, él mismo se consideraba tonto por tal motivo. Entiendo que la arrogancia y la insuficiencia no se excluyen, pero ésta podría preceder y explicar aquella, la torpeza comunicativa, implicar desaires.

Marina era una veterana estudiante de treinta y dos años con la que mantenía conversaciones sobre toda clase de temas, normalmente en el comedor de la Facultad de Filosofía, a la que acudía sin mucha regularidad, sacando provecho, según él, más de la biblioteca y de los ordenadores que de los profesores. Su interés principal estribaba en terminar y publicar un ensayo sobre ética, en el que intentaba derivar toda noción del mal del sufrimiento y criticaba a los filósofos por rehuir la importancia absolutamente esencial de éste en nuestros juicios y valores. Intentaba, por ejemplo, desmontar el edificio conceptual de Kant basado en la búsqueda de principios universales ajenos a la sensibilidad humana. Todo lo que importa es o va referido a la sensibilidad, decía; el concepto de importancia mismo implica sensibilidad. Somos vulnerables, y ¿quién puede negar la importancia que damos a la protección de nuestro bienestar? Todo el mundo la reconoce al menos para sí.

En el archivo, en cierta ocasión se celebraba con muchas felicitaciones y alguna advertencia divertida el nacimiento de la hija de un archivero.

—Se ha acabado el que puedas hacer lo que te dé la gana —advertía uno.

—A cambiar pañales toca —decía otro.

—Noto un punto de envidia en el tono de vuestras palabras —replicaba el flamante padre.

—Esta no es la cuestión —dijo Karsten, que no solía intervenir en las conversaciones—, sino si es bueno o malo crear un nuevo ser humano, por lo que supone para este mismo. Un nuevo individuo es algo más que la satisfacción de los deseos de los padres, es una persona autónoma expuesta a muchas amenazas. Pienso que es un tema ético.

Hubo un momento de silencio y perplejidad.

—Pero ¿qué tienes en contra de los niños? —dijo finalmente el padre.

—No me entiendes. Hablo de si es bueno o no el hecho mismo de traer al mundo un nuevo ser humano, cuya suerte no controlamos. La vida puede suponer mucho sufrimiento y no tenemos garantías. Tu hija ya está en el mundo y tienes que cuidarla, evidentemente, y tratarla con cariño y actitud positiva. No voy contra los niños. Me refiero al propósito, a la toma de decisión. Hay en juego un nuevo escenario para el sufrimiento y eso habría que tenerlo en cuenta.

—Hombre, no podemos evitar el sufrimiento, la vida es así —replicó el padre.

—Es lo que digo yo también, la vida es así. Y a esa vida arrojamos nuevos seres necesitados, vulnerables y mortales, la imponemos sin tener en cuenta que el alma es un potencial de sufrimiento.

(...)

Miguel Steiner
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