
La multimodalidad es un enfoque del estudio del lenguaje y la comunicación que parte de una premisa básica: el significado no se construye únicamente con palabras, sino mediante la articulación simultánea de múltiples modos semióticos. Hablar, escribir, mirar una imagen, percibir un color, reconocer una disposición espacial, interpretar un gesto o un sonido forman parte, de manera integrada, de los procesos de significación. Se trata de un territorio fértil, por la amplitud de fenómenos que permite abordar, pero también problemático, por la proliferación de conceptos que, con frecuencia, se superponen sin delimitarse con claridad.
Para aclararnos un poco el panorama, el escritor, docente e investigador colombiano Oscar Iván Londoño Zapata ha publicado La multimodalidad y sus intersticios, un ensayo que asume como punto de partida la complejidad misma del campo y la necesidad de pensarla sin atajos ni simplificaciones, al tiempo que propone una reflexión rigurosa sobre la naturaleza multimodal de la comunicación y sobre las categorías con las que intentamos describirla.
Londoño Zapata nos ofrece aquí una revisión teórica minuciosa con un análisis aplicado que examina la circulación de discursos visuales en el entorno digital, mostrando cómo sistemas, modos, recursos y medios semióticos se entrelazan en la producción de significado y en la (re)configuración de ideologías. Hoy hablamos con él sobre las motivaciones, los planteamientos y las implicaciones de este libro, así como del lugar que ocupa dentro de una trayectoria dedicada al estudio crítico del discurso y de sus múltiples materialidades.

La multimodalidad y sus intersticios, un libro necesario para un área de estudio poco explorada
Quienes hemos venido siguiendo de cerca tu trayectoria sabemos que eres uno de los más autorizados investigadores latinoamericanos en temas relacionados con la comunicación. Este libro es un paso más en ese camino, así que me gustaría que empezáramos hablando sobre las motivaciones que tuviste para escribirlo.
Creo que la principal motivación fue la necesidad de comprender con mayor profundidad un fenómeno constitutivo de la comunicación humana: la construcción de significado mediante la integración de diversos modos semióticos. Durante mucho tiempo, el análisis del discurso centró su atención en el lenguaje verbal y, de manera progresiva, incorporó rasgos paraverbales. Sin embargo, existen conjuntos de recursos no verbales —como la tipografía, la imagen, el color y la música, entre otros— que también participan de forma activa en la configuración de sentido y que, en muchos casos, no han recibido la atención que merecen dentro del análisis del discurso.
Aunque la semiótica ha propuesto herramientas conceptuales y analíticas valiosas para indagar estos modos semióticos desde la especificidad de sus materialidades —especialmente en el caso de la imagen fija y de la imagen en movimiento—, considero que la multimodalidad aporta una perspectiva relevante porque permite comprender cómo diferentes sistemas, modos, recursos, componentes y medios semióticos se organizan e interactúan en la construcción de significado. Esa mirada relacional constituye, a mi juicio, uno de los principales aportes de La multimodalidad y sus intersticios. En ese sentido, entiendo la multimodalidad como un enfoque del análisis del discurso que ofrece un aparato teórico y metodológico sólido para estudiar cómo diversos modos semióticos se articulan en la producción, en la circulación y en la recepción de los discursos sociales. Por esta razón, considero que vale la pena conocer, revisar y seguir desarrollando la multimodalidad.
En la actualidad circulan millones de textos en los que se articulan el habla, la escritura, la tipografía, la imagen, el color, la música y otros modos semióticos. Esta realidad obliga a los investigadores a desarrollar categorías analíticas cada vez más refinadas para comprender cómo esos conjuntos de recursos contribuyen a la configuración de sentido. Al mismo tiempo, plantea un importante desafío: alcanzar una mayor precisión terminológica. En la investigación sobre multimodalidad persiste una notable diversidad en el uso de conceptos como sistema, modo, recurso y medio semióticos, cuyos significados y formas de análisis no siempre coinciden entre las distintas tradiciones. Una de las apuestas centrales de La multimodalidad y sus intersticios es, precisamente, contribuir a clarificar estas nociones para fortalecer el desarrollo teórico y metodológico de este enfoque, sobre todo en América Latina y el Caribe.
A ello se suma una razón vinculada con nuestra región. Aunque la investigación en multimodalidad ha alcanzado un desarrollo importante en distintos países, en Europa, en América Latina y el Caribe continúa siendo un área de estudio todavía poco explorada. Sin embargo, existe un enorme potencial para su desarrollo, especialmente si se pone en diálogo con los enfoques latinoamericanos de análisis del discurso. Mi propósito con este libro es contribuir a ese diálogo. Por una parte, ofrece un abordaje sistemático de la multimodalidad, y pone a disposición de estudiantes, profesores e investigadores herramientas teóricas y metodológicas para su estudio. Por otra, invita a reconocer que hoy resulta difícil comprender los discursos sociales si limitamos el análisis a las palabras e ignoramos los demás modos semióticos que intervienen en la construcción de significado.
El planteamiento del libro es atravesado de manera explícita por el contexto digital de este convulso siglo XXI, y, en particular, por la circulación de contenidos plurisígnicos en redes sociales. ¿Es la multimodalidad un campo de estudio exclusivamente de estos tiempos? ¿Puedes hablarnos de los orígenes de esta disciplina y de los retos que tal profusión de voces le plantea al investigador?
Esa es una pregunta muy importante porque suele pensarse que la multimodalidad nació con el Internet o con las redes sociales, y no es así. La comunicación humana siempre ha sido multimodal. Desde las pinturas rupestres hasta un libro impreso, un ritual religioso, una clase o una conversación, los seres humanos hemos construido significado mediante la articulación de múltiples sistemas, modos, recursos, componentes y medios semióticos. Lo que ha ocurrido con el entorno digital es que esa condición constitutiva de la comunicación se ha vuelto mucho más visible. Más que afirmar, entonces, que vivimos en una época “más multimodal”, diría que nos encontramos en un momento histórico en el que las formas de producción, integración, circulación, recepción y reconfiguración de los modos semióticos han alcanzado un nivel de complejidad y dinamismo sin precedentes.
Ahora bien, si hablamos de la multimodalidad como área de estudio, su historia es mucho más reciente. Aunque el término “multimodalidad” apareció en distintos ámbitos disciplinares con significados diversos —como la psicología, la lingüística, la estadística, la medicina o la ingeniería del transporte—, fue a finales del siglo XX y a comienzos del siglo XXI, en especial durante las décadas de 1990 y 2000, cuando comenzó a consolidarse, desde la semiótica social, como un enfoque del análisis del discurso orientado al estudio de la configuración de sentido, mediante la articulación de múltiples modos semióticos. En ese proceso fueron fundamentales los aportes de Gunther Kress, Theo van Leeuwen, Anne Cranny-Francis, Charles Forceville, John A. Bateman, Len Unsworth, Sigrid Norris, Terry D. Royce, Hartmut Stöckl, David Machin e Ian Roderick, entre otros. Su consolidación, sin embargo, no respondió a un acto fundacional ni al predominio de una única tradición académica y científica, sino a un proceso gradual e interdisciplinario que ha incorporado contribuciones de la lingüística, la semiótica, el análisis del discurso, los estudios de la comunicación, el diseño gráfico y otros campos.
Precisamente por eso, en el libro insisto en que la multimodalidad no reemplaza a la semiótica, al análisis del discurso, a los estudios de la comunicación ni a otros campos. Por el contrario, dialoga con ellos, se nutre de sus aportes y amplía las posibilidades para comprender cómo se construye el significado. Uno de los riesgos de quienes se acercan por primera vez a este enfoque consiste en pensar que sólo la multimodalidad estudia la dimensión semiótica de la comunicación, cuando en realidad existe una tradición investigativa consolidada que la precede, y con la que resulta indispensable dialogar.
La semiótica social, la lingüística sistémico-funcional, los estudios del discurso y los estudios visuales dialogan constantemente en el hiperconectado mundo contemporáneo, pero también se aprecia una voluntad de marcar distancias. ¿Qué vacíos o tensiones dentro de esos enfoques existentes fueron decisivos para plantear tu propuesta conceptual?
El libro no nace de una ruptura con la lingüística sistémico-funcional, con la semiótica social, con el análisis del discurso ni con los estudios visuales. Todo lo contrario. Mi propuesta parte del reconocimiento de que estos campos han realizado contribuciones fundamentales para comprender cómo se configura el sentido. Sería imposible pensar la multimodalidad sin ese legado teórico y metodológico.
Cada una de estas disciplinas ha iluminado dimensiones distintas de ese proceso. La lingüística sistémico-funcional y el análisis del discurso desarrollan herramientas para comprender el funcionamiento del lenguaje verbal. La semiótica amplía esa perspectiva hacia otros sistemas de significación, como el visual, el sonoro, el corporal y el espacial. Los estudios visuales realizan aportes decisivos para comprender la especificidad del sistema visual y las formas en que las imágenes tanto estáticas como dinámicas construyen significado.
Por consiguiente, el libro busca contribuir más a una labor de articulación que de sustitución. Mi interés no es proponer una teoría que compita con las anteriores, sino ofrecer herramientas conceptuales y analíticas que faciliten el diálogo entre ellas. Más que señalar vacíos o tensiones, me interesa mostrar que estos campos pueden enriquecerse mutuamente cuando el objeto de estudio exige comprender la articulación de múltiples modos semióticos.
Oscar Iván Londoño Zapata y el meme como objeto comunicativo
El lenguaje verbal, dices en tu libro, es el único sistema capaz de describirse a sí mismo, por lo que ocupa un lugar central en cualquier forma de interacción, y ejerce funciones de intérprete general de todos los demás sistemas. En el momento en que otros modos son leídos exclusivamente a través de categorías lingüísticas, ¿existe el riesgo de pérdida de información? ¿Es el lenguaje, la palabra, suficiente para toda comunicación?
Creo que lo primero es hacer una precisión. En el libro no sostengo esa idea como una afirmación propia, sino que presento una postura defendida por algunos autores, entre ellos Christian Matthiessen. Según este planteamiento, el lenguaje verbal ocupa un lugar central porque es el único sistema semiótico capaz de describirse a sí mismo y, al mismo tiempo, de describir el funcionamiento de otros sistemas semióticos. Esa capacidad metasemiótica le confiere un papel privilegiado como intérprete general de los demás sistemas semióticos.
Ahora bien, reconocer esa centralidad no significa afirmar que el lenguaje verbal sea suficiente para explicar toda la comunicación. Son dos cuestiones distintas. Precisamente ahí aparece el riesgo al que alude tu pregunta. Cuando intentamos comprender una imagen, una canción, un videoclip, un espacio o cualquier otro fenómeno semiótico, sólo a través de categorías lingüísticas, corremos el riesgo de dejar por fuera dimensiones importantes del significado. Cada sistema semiótico tiene potencialidades expresivas propias, formas particulares de organizar el sentido y maneras específicas de producir efectos en quienes participan en la comunicación. El lenguaje verbal puede describir esos fenómenos, pero no puede sustituirlos plenamente.
Pensemos, por ejemplo, en la música. Podemos escribir páginas enteras sobre una sinfonía de Ludwig van Beethoven, explicar su estructura, la coyuntura sociohistórica en la que fue producida y las emociones que puede llegar a suscitar, entre otros aspectos. Sin embargo, ninguna descripción reemplaza la experiencia de escucharla. Lo mismo ocurre con una pintura, con una fotografía, con un documental o con una película. Las palabras nos ayudan a interpretarlos, pero no agotan todo lo que estos textos significan ni la manera en que configuran el sentido.
Esa es, en concreto, una de las razones por las cuales la multimodalidad resulta tan importante. Nos invita a reconocer que el significado no reside de forma exclusiva en las palabras, sino que emerge de la articulación de diversos sistemas, modos, recursos, componentes y medios semióticos. El desafío para el investigador consiste, entonces, en comprender cómo esas formas de significar interactúan, se potencian o, incluso, entran en tensión en los procesos de construcción de significado.
En últimas, no diría que la palabra es insuficiente; diría, más bien, que es indispensable, pero no autosuficiente. Su extraordinaria capacidad para interpretar otros sistemas semióticos no elimina la necesidad de estudiar las propiedades específicas de cada uno de ellos. Comprender la comunicación contemporánea exige mantener ese equilibrio: reconocer la potencia explicativa del lenguaje verbal sin reducir toda la experiencia comunicativa a categorías exclusivamente lingüísticas.
Le dedicas un nutrido capítulo a un fenómeno curioso: el de memes diseñados para respaldar la labor de autoridades, en una coyuntura marcada por la violencia policial, con el detalle de que los funcionarios son retratados con rasgos infantiles. Me gustaría que me comentaras cómo abordaste estos contenidos digitales no sólo como objetos comunicativos, sino como intervenciones políticas.
Ese capítulo parte de una idea sencilla: los memes no son únicamente expresiones humorísticas ni productos efímeros de las redes sociales. Son textos que circulan en el espacio público, movilizan razones y emociones, construyen identidades e intervienen en la forma como las personas interpretan los acontecimientos históricos, culturales, sociales, políticos, educativos y religiosos, entre otros.
En ese sentido, me interesaba analizarlos no sólo como objetos comunicativos, sino, además, como prácticas discursivas que participan de forma activa en las disputas ideológicas. La coyuntura sociohistórica en la que surgieron era compleja, pues coincidía con una época de fuertes cuestionamientos a la actuación de la Policía Nacional de Colombia. Mientras en distintos espacios públicos circulaban discursos que denunciaban el uso excesivo de la fuerza por parte de la institución policial, estos memes ofrecían una representación distinta: presentaban a los policías con rasgos infantiles, tiernos, ingenuos e inocentes. Esa elección estaba lejos de ser casual. Constituía un mecanismo orientado a resignificar la imagen social de la policía y de sus integrantes.
Desde la perspectiva de la multimodalidad, lo que me interesaba comprender era cómo esa representación no dependía del lenguaje verbal (modo escrito). El efecto de infantilización surgía de la articulación de distintos recursos y componentes del modo icónico —como el encuadre, la figura, el plano y el fondo—, cuya integración producía un significado que difícilmente podría explicarse si cada elemento se analizara de manera aislada.
Al mismo tiempo, el análisis evidencia que ningún texto es ideológicamente neutro. Incluso un meme, que a primera vista puede parecer una pieza ligera, puede participar en procesos de legitimación, de deslegitimación o de disputa por el significado de los acontecimientos. En este caso, la infantilización funcionaba como un mecanismo de atenuación de la responsabilidad atribuida a la institución policial y, a la vez, como una estrategia para suscitar empatía, solidaridad y protección hacia sus integrantes.
Más que preguntarme si esos memes eran verdaderos o falsos, o si eran moralmente aceptables o no, mi interés consistía en comprender cómo construían significado, qué recursos y componentes semióticos hacían posible esa representación y qué efectos ideológicos podían generar en la coyuntura sociohistórica de su circulación. Creo que esa es una de las principales contribuciones de la multimodalidad y del análisis del discurso: no decirle a la sociedad qué debe pensar, sino proporcionar herramientas para comprender cómo los textos orientan nuestras formas de percibir, de pensar, de sentir, de interpretar y de valorar la realidad.
El lingüista neerlandés Teun A. van Dijk —uno de tus más preciados referentes— ha hablado, como comentas en tu libro, de que “aunque la lingüística en un sentido amplio proporciona nociones para el análisis semiótico, el estudio de la comunicación visual requiere teorías y métodos propios”. En tu opinión, ¿existe una tendencia clara en el área para propender a este tipo de enfoque?
Creo que sí existe una tendencia cada vez más clara en esa dirección, y me parece un desarrollo muy saludable para la multimodalidad. Durante varias décadas, la lingüística proporcionó teorías y metodologías valiosas para estudiar otros sistemas semióticos. De hecho, la multimodalidad le debe buena parte de su desarrollo inicial a la lingüística sistémico-funcional y al análisis del discurso. Muchas de las primeras investigaciones tomaron como punto de partida categorías provenientes del estudio del lenguaje verbal para explorar cómo se construye el significado en la imagen, en la música y en el cine, entre otros ámbitos.
Sin embargo, a medida que esta área de estudio ha madurado, también se ha hecho evidente que no todos los fenómenos semióticos pueden describirse de forma adecuada mediante categorías concebidas para explicar el funcionamiento de las lenguas. Una imagen no organiza su significado de la misma manera que una oración; la música no despliega su significado siguiendo principios sintácticos equivalentes a los del lenguaje verbal. Pretender explicar todos esos fenómenos sólo desde categorías lingüísticas puede conducir a simplificaciones e, incluso, a dejar por fuera dimensiones esenciales de su potencial de significación.
En ese sentido, comparto la idea que ha planteado Teun A. van Dijk: la lingüística ofrece herramientas indispensables para comprender muchos procesos de producción de significado, pero el estudio de la comunicación visual —y, en general, de los distintos sistemas semióticos— exige desarrollar teorías y metodologías que respondan a las propiedades específicas de cada uno de ellos. No se trata de abandonar la lingüística ni de desconocer su enorme aporte, sino de reconocer que cada sistema semiótico tiene principios organizativos, recursos y formas de significación que requieren de marcos conceptuales y analíticos propios.
“Una buena respuesta rara vez clausura una discusión”
El libro configura un recorrido que no se limita a una comunidad académica cerrada, sino que parece invitar a lectores con distintos niveles de familiaridad con la multimodalidad. ¿Qué papel le asignas al lector en ese recorrido? ¿Cómo equilibras la voluntad de precisión conceptual y la necesidad de mantener abierta la reflexión?
Desde el comienzo quise escribir un libro que pudiera ser útil tanto para quienes se acercan por primera vez a la multimodalidad como para investigadores que ya trabajan en este enfoque del análisis del discurso. Ese fue, quizá, uno de los mayores desafíos. Si el libro hubiera sido introductorio, probablemente habría resultado insuficiente para un lector especializado, pero si hubiera estado dirigido sólo a expertos, habría limitado su alcance. Por eso intenté construir un recorrido progresivo que introduce las nociones fundamentales de la multimodalidad, y que se adentra en algunos de los principales debates teóricos y metodológicos que hoy atraviesan esta área de estudio. Mi propósito nunca fue presentar la multimodalidad como un cuerpo de conocimientos acabado, sino como un espacio de reflexión en permanente construcción.
En ese recorrido, el lector ocupa un lugar central. No quería que fuera un receptor pasivo de conceptos y definiciones, sino un interlocutor capaz de apropiarse de teorías y metodologías, de establecer relaciones, de identificar tensiones, de cuestionar categorías y, eventualmente, de elaborar sus propias propuestas teórico-metodológicas. Estoy convencido de que un libro académico no debe limitarse a transmitir conocimientos; también debe estimular la reflexión crítica y abrir nuevas posibilidades de investigación. Esa idea está presente en el título La multimodalidad y sus intersticios. Los intersticios representan esos espacios donde las categorías dialogan, donde emergen preguntas nuevas, donde todavía no existen respuestas definitivas y donde el conocimiento continúa construyéndose. Más que ofrecer un enfoque cerrado, quise mostrar que la multimodalidad crece en esos márgenes de diálogo, de discusión y de reformulación permanentes.
En cuanto al equilibrio entre precisión conceptual y apertura, considero que ambas son inseparables. La precisión conceptual es indispensable porque permite construir un lenguaje común, sostener discusiones rigurosas y producir conocimiento acumulativo. Sin embargo, esa precisión no debe convertirse en dogmatismo. Las categorías son instrumentos para comprender la realidad, no la realidad misma. Ningún modelo teórico y metodológico consigue agotar la complejidad de los textos ni anticipar todas las formas en que los modos semióticos pueden articularse para producir significado.
Si el lector termina el libro compartiendo todas mis ideas, habré logrado muy poco. En cambio, si concluye la lectura con preguntas más profundas, con nuevas inquietudes teóricas y metodológicas, y con el deseo de seguir investigando, sentiré que el libro ha cumplido realmente su propósito. Al fin y al cabo, el conocimiento científico no avanza porque alguien tenga la última palabra, sino porque siempre surgen nuevas preguntas que nos obligan a replantear aquello que creíamos comprender, y a mantener abierta la reflexión.
Has transitado por distintos niveles de formación —docencia, investigación, estudios de posgrado— mientras desarrollabas La multimodalidad y sus intersticios. ¿Cómo influyeron esas experiencias simultáneas en la forma en que lo concebiste y en la necesidad de hacerlo también pedagógicamente operativo?
En realidad, el libro es el resultado de la convergencia de esas tres experiencias. No nació exclusivamente de la investigación, ni de la docencia ni de mis estudios doctorales, sino del diálogo permanente entre esos tres ámbitos, que terminaron alimentándose mutuamente.
La investigación me permitió identificar problemas teóricos y metodológicos que siguen abiertos dentro de la multimodalidad y me llevó a asumir una posición frente a ellos. El doctorado, por su parte, fue un espacio privilegiado para profundizar en esos debates, confrontar mis planteamientos con investigadores de distintas tradiciones académicas y revisar de manera crítica nociones que con frecuencia damos por sentadas. La docencia añadió un desafío diferente, pero igualmente enriquecedor: explicar esas discusiones con claridad, sin perder el rigor teórico y metodológico, ni la complejidad que las caracteriza.
Estoy convencido de que quienes enseñamos aprendemos de nuestros estudiantes. Sus preguntas suelen poner en evidencia las zonas menos claras de una teoría o de una metodología; muestran cuándo una categoría necesita ser redefinida, cuándo una clasificación requiere mayor precisión o cuándo una explicación aún no resulta suficientemente convincente. En ese sentido, este libro también es el resultado de muchos años de diálogo en el aula, porque buena parte de sus planteamientos surgió al intentar responder preguntas que aparecían una y otra vez durante las clases.
Esa experiencia también influyó en la manera como concebí el libro. No quería escribir un texto que se limitara a revisar autores o a presentar definiciones. Mi propósito era ofrecer un marco teórico sólido que, al mismo tiempo, proporcionara herramientas metodológicas para analizar textos multimodales. Más que un repertorio de conceptos, aspiraba a construir una guía que ayudara al lector a justificar sus decisiones conceptuales y analíticas, a reconocer los alcances y los límites de cada categoría y a desarrollar una mirada crítica frente a los fenómenos que estudia.
Además, creo que la producción académica lleva consigo una responsabilidad pedagógica. Con frecuencia escribimos pensando únicamente en especialistas, y olvidamos que el desarrollo de un campo depende también de la formación de nuevas generaciones de investigadores. Si una disciplina quiere consolidarse, necesita obras que no sólo dialoguen con los expertos, sino que también permitan a quienes se incorporan a ella comprender sus principales debates, apropiarse de sus herramientas y participar de manera activa en la construcción de nuevo conocimiento.
Por esa razón procuré que La multimodalidad y sus intersticios pudiera acompañar tanto un seminario de posgrado (maestría, doctorado) como un curso de introducción a la multimodalidad. Mi intención fue ofrecer un libro accesible, sin ser simplificador; exigente, sin resultar inaccesible, y, sobre todo, útil tanto para quienes comienzan a explorar este enfoque como para quienes ya investigan en él. Creo que el verdadero valor de un libro académico no reside únicamente en la solidez de sus argumentos, sino también en su capacidad para formar lectores críticos, y estimular nuevas investigaciones.
El libro, me parece, conecta tu producción anterior con una etapa de maduración teórica. Mirando el conjunto de tu obra, ¿qué preguntas personales sientes que este libro cierra y cuáles deja deliberadamente abiertas para investigaciones futuras?
Me gusta pensar que este libro no cierra preguntas; más bien, me ha permitido responder de forma provisional algunas inquietudes que me han acompañado durante muchos años y, al mismo tiempo, descubrir otras que hoy me parecen aún más relevantes. Si algo he aprendido investigando es que una buena respuesta rara vez clausura una discusión; por el contrario, suele revelar nuevas complejidades y abrir horizontes de investigación que antes no eran visibles.
Al mirar mi trayectoria, encuentro un hilo conductor bastante claro: siempre me ha interesado comprender cómo se construye el significado y cómo el discurso participa en la configuración de identidades, de ideologías y de relaciones de poder. Esa preocupación ha estado presente desde mis primeros trabajos sobre análisis crítico del discurso, y continúa siendo el eje de mis investigaciones actuales desde el enfoque interpretativo interdisciplinar. Lo que ha cambiado no son las preguntas de fondo, sino el modelo desde el cual intento responderlas. Con el tiempo comprendí que esas dinámicas no pueden explicarse únicamente a partir del lenguaje verbal. El significado emerge de la interacción entre múltiples sistemas semióticos, y entender esa articulación exige ampliar nuestras herramientas teóricas y metodológicas.
En ese sentido, La multimodalidad y sus intersticios representa una etapa de maduración intelectual, porque me permitió organizar, sistematizar y replantear muchas ideas que había venido desarrollando durante años. Conceptos como sistemas, modos, recursos, componentes y medios semióticos dejan de aparecer como nociones independientes para integrarse en una propuesta teórica y metodológica que busca ofrecer una comprensión más coherente de la comunicación. Más que introducir categorías aisladas, el libro intenta mostrar las relaciones que existen entre ellas, y las implicaciones que esas relaciones tienen para el análisis de los discursos sociales.
Al mismo tiempo, el libro deja abiertas muchas preguntas. Me interesa seguir investigando cómo interactúan los distintos sistemas semióticos en situaciones de comunicación cada vez más complejas; cómo la multimodalidad puede dialogar con otros campos del conocimiento, entre ellos el diseño gráfico, sin perder su especificidad teórica y metodológica. También considero que en América Latina y en el Caribe tenemos un desafío ineludible: no limitarnos a aplicar modelos desarrollados en otros territorios, sino contribuir activamente a la construcción de enfoques propios que respondan a nuestras realidades históricas, culturales, sociales y políticas. La consolidación de la multimodalidad como área de estudio también dependerá de nuestra capacidad para producir teorías y metodologías desde nuestros propios problemas y desde nuestras propias experiencias de investigación.
Si tuviera que resumir el lugar que ocupa este libro dentro de mi trayectoria, diría que no representa un punto de llegada, sino un punto de inflexión. Más que ofrecer respuestas definitivas, intenta organizar un programa de investigación que continuará desarrollándose en los próximos años. Después de escribirlo tengo más claridad sobre muchas cuestiones, pero también soy mucho más consciente de todo lo que aún queda por comprender. Y quizá esa sea una de las mejores señales de que una investigación sigue viva: cuando, en lugar de dar por terminada una conversación, crea las condiciones para que continúe.
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