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Laura

domingo 16 de agosto de 2026
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Flotaba en medio de la densa oscuridad, y su cuerpo palpitaba como un corazón atormentado. No sabía dónde se encontraba y esa sensación de incertidumbre se arraigaba dentro de su alma. No era la primera vez. Llevaba ya algún tiempo que la vigilia la atrapaba en medio de la noche sumergiéndola en la zozobra. Veía la sombra que parecía llamarla hacia el agujero infinito de la nocturnidad y esperaba el amanecer con el alma en vilo.

No le decía nada a nadie y guardaba para sí aquella sensación de soledad, incertidumbre y desconcierto. La tiniebla parecía tener vida y abrazarla como si fuera ella parte de lo oscuro, o quisiera fundirla en su incorporeidad. Las noches se habían vuelto deprimentes y el sueño se le escapaba como nube por el cielo.

Esa noche, en medio de la opresión que sentía en el pecho y el desconsuelo que reinaba en su ser, vio la negrura moverse en torno a su cama y envolverla como manto al peregrino. Se quedó quieta, con los ojos abiertos, viendo aquello y esperando no sabía qué: ¿el amanecer?, ¿que desapareciera como tantas veces?

De repente pareció como si la oscuridad se diluyera hasta quedar como un remedo y comenzó a moverse por toda la habitación: subía, bajaba, tomaba un rumbo, regresaba, hasta que poco a poco, como un retazo de tela desteñida, se diluyó en la foto que tenía en su mesa de noche. Entró por los ojos del retrato con tal rapidez que dejó sólo un gris mortecino en el lugar.

Continuó con los ojos abiertos, sin moverse, con la mente viajando en busca de aquella negrura que la atormentaba noche a noche.

 

Laura era una niña de siete años que asistió al velorio de su abuela sin saber en realidad de qué se trataba. El lugar estaba lleno. Veía por doquier gente murmurando. Algunos lloraban, pero no preguntó nada. Se ubicó cerca de la mesa colocada en una esquina. Vio las chucherías servidas: tomó una galleta, otra, y bebió refresco en pequeños sorbos. Agarró un emparedado y se lo llevó a la boca.

—Se fue al cielo —le dijeron—. Desde ahí te mira para ayudarte en lo que quieras.

Cuando alguien le preguntaba por su abuela, repetía risueña:

—Se fue al cielo.

Vio la foto sobre el ataúd, pero no preguntó qué era ese cajón de madera. Nadie le dijo.

—Esa comida te la dejó la yaya.

—Esto no lo hizo la yaya, la comida de ella es más rica.

Al salir del recinto, pidió la foto:

—¿Me la puedo llevar?

Algunos dudaron. Otros intercambiaron miradas.

—Es un recuerdo —dijo alguien al final.

La foto se la dio él, su abuelo. La sostuvo con cuidado mirándola de cerca, como si esperara que en algún momento la yaya hablara. La veía bonita, joven, arreglada, era suya: su yaya. La que la consentía dándole a comer sus viandas preferidas.

Esa noche la foto quedó sobre la mesa de noche. Laura la apoyó con cuidado contra la pared y se acostó mirándola fijamente. La habitación quedó en silencio. Afuera, pasos amortiguados, voces que se apagaban poco a poco.

—Buenas noches, yaya —susurró.

Cerró los ojos.

Al despertar, la habitación seguía a oscuras, pero ya no era la misma. Sentía algo en el aire, como más pesado, oscuro, lúgubre. Parecía que la noche no hubiera pasado.

Cuando abrió bien los ojos, el retrato seguía en su lugar. Parpadeó tratando de acostumbrarse a la penumbra y vio la foto distinta: tenía un matiz más oscuro alrededor de los ojos. Se incorporó un poco y dijo con voz trémula:

—¿Yaya?

No hubo respuesta, pero tuvo la certeza de que no estaba sola.

A la mañana siguiente no comentó nada, pero por la noche volvió a hablarle y así, todas las noches, contando historias, riendo, preguntando.

Una noche sintió que flotaba en la densa oscuridad y la incertidumbre afloraba a su pecho. No sabía dónde se encontraba, pero veía la sombra en derredor que se movía.

Esas noches se repitieron y, en una de ellas, quedó petrificada mirando la foto. La veía más definida y parecía que la llamara. Cada noche le parecía diferente y veía la sombra acercársele, como si quisiera entrar en ella.

 

La yaya empezó a manifestarse.

La primera vez, Laura se levantó a media noche diciendo:

—¡No puedo dormir!

Luego lloró recordando a su yaya.

Después, la veía sentarse a su lado, caminar por el cuarto, e irse un poco antes de que pudiera conciliar el sueño. Unas noches la percibía de negro, pero otras como una luz refulgente que acariciaba sus ojos.

Todas las noches platicaba con ella: primero unos minutos, luego el tiempo fue prolongándose y cada vez se manifestaba más inquieta, hablando, riendo, llorando, en fin, su vida fue alterándose de tal manera que empezó a preocupar a sus padres.

—Duérmete sin hablar con la yaya —le decían, pero no lograba hacerlo.

Siempre que veía la foto reía y comenzaba a contar sus historias, lo hecho durante el día, su intención para mañana, sus sueños.

—La yaya me quiere, por eso le hablo cada noche. A ver cuándo regresa para cocinar.

Laura amanecía llorando, con ojeras, sumergida en su mundo. Sus padres la veían desfigurada, y comentaban sobre la posibilidad de quitar la foto de la habitación, como les habían sugerido.

—La nena no duerme bien, hay que hacer algo —decía la madre.

—Saquemos la foto del cuarto —respondía él.

—Hay que hablarle —dijeron.

Laura se opuso. Lloró, hizo berrinche. Pidió que no tocaran la foto.

—La pondremos en la sala, así la verán todas las visitas y tus primos, cuando vengan.

—¡No! ¡No me quiten a la yaya!

Sus padres fueron implacables. El retrato está en la pared de la sala y Laura, cada noche, cuando pasa frente a él lo mira fijamente unos momentos. Murmura algo y camina hacia su cuarto, pensando que esa noche la yaya se le va a aparecer como una gran luz, antes de regresar a la sala y meterse de nuevo en la foto a través de los ojos de su abuela.

Se acuesta boca arriba viendo el techo.

Cierra los ojos y espera.

En el retrato de la sala, los ojos de la yaya parecen emitir una tenue luz.

Antonio Cerezo Sisniega
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