Hay un calor perezoso, mi hija está apoltronada en su puesto y el partido está por comenzar: Brasil-Escocia. Por supuesto vamos a Brasil —en Venezuela no se hincha por un país europeo a menos que sea España, Portugal o Italia (que no está). Nunca hemos ido al Mundial, por lo que debemos apoyar a nuestros coterráneos. Son las cinco con cincuenta. Yo estoy apurando la lectura de unos textos sobre el posboom, que me ha pasado mi amigo peruano, para poder dedicarme al partido. Vinicius Júnior, el gran Vinicius, es la esperanza; el famoso (e insufrible) Neymar no está en condiciones.
A las seis debo parar, mi hija no perdonará que la dejemos sola. Todos están, falto yo. Llego y arranca el partido: Escocia presiona arriba. Quieren ganar y se enciman, de pronto aparece Paquetá y roba, abre a Guimarães, y éste a Vinicius que... Parpadea la luz y nos quedamos sin electricidad.
“¡Papá, por qué tuviste que colocar el contactor!”, dice mi hija. Debemos esperar cinco minutos para que se estabilice la carga. De repente, con suavidad, el sofá inicia un baile: “Está temblando”, decimos a coro. El bailoteo se acelera y se convierte en violento. Me levanto disparado, les grito que salgamos del apartamento. Están paralizados y vuelvo: “Coño, salgamos ya”.
El edificio parece un escaparate sacudido con una fuerza sobrehumana. Y no para, no para, y eso me pone nervioso. Pero mantengo la sangre fría, aunque estoy cagado de miedo, creo que no debo usar eufemismos. “No es un temblor, es un terremoto”, les digo a todos: familia y vecinos que nos resguardamos en las afueras del edificio. “Es más fuerte que el del sesenta y siete”, dice nuestra querida vecina. “Esta verga no se para”, digo, y el comentario hace que brote una sonrisa de otra vecina. Nos miramos desconcertados, pero no estamos para comprender. Después lo haremos, pero para entonces no estaremos de humor.
Dos minutos después la violencia cesa; los escombros se adueñan de los pasillos. Miro las columnas y vigas. Todo bien. A los cinco minutos recibo la llamada del amigo peruano: “Hermanito, ¿cómo estás?”, le respondo que bien. Dice: “El terremoto fue de 7,5”, y muy largo, digo yo. “A chucha, fue un doblete”, me dice alarmado. Y me cuenta: el epicentro, la profundidad, que el primero fue de 7,2 y el segundo de 7,5, que apenas se separaron por treinta y nueve segundos.
Millones lloran aterrados. Más llamadas, todo bien, gracias a Dios, les respondo a todos. No, no es así. El polvo de la muerte cubrió de horror a todos. Montañas de concreto. Ruina. La devastación a pocos kilómetros de nosotros es apocalíptica. El mundo sigue gozando con el partido: una hora con cuarenta y dos minutos.
En ese tiempo nos cayó encima el informe del Servicio Geológico de Estados Unidos por el doblete telúrico.
Vinicius hizo su doblete; la naturaleza, el suyo. Al final de la noche, sentados en el sofá, no hay partido que mirar. Sólo las montañas de concreto. Y el luto.
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