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El reencuentro con la abuela
(primer capítulo de El ruido de las tabas en el silencio del miedo, de Carmen Malarée)

domingo 6 de septiembre de 2026
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“El ruido de las tabas en el silencio del miedo”, de Carmen Malarée

Mi abuela ha venido a visitarnos desde Chile por primera vez en ocho años. El gris de su cabello se ha desteñido y adelgazado en una mata de pelo blanco que sujeta ahora en un moño; le han aumentado las arrugas alrededor de los labios y de los ojos, pero en lo demás no la encuentro muy cambiada. Han pasado varios días desde su arribo y noto que tiene la misma energía que desplegaba cuando la vi por última vez y que me trata con el mismo cariño que demostraba hacia mí cuando era yo una niña. Se quedará un tiempo con nosotros para ayudarle a sobrepasar la tristeza por el fallecimiento de mi abuelo. Nos cuenta que él siempre recordaba los paseos que yo hacía con él y lo mucho que disfrutaba devorar esos churrascos en la cafetería de la calle Valparaíso. Cayó enfermo a unos meses de nuestra partida y ella nos cuenta de su frustración al no poder visitarnos.

Lee también en Letralia: reseña de El ruido de las tabas en el silencio del miedo, de Carmen Malarée, por Jorge Gómez Jiménez.

La abuela trajo consigo dos cosas con las que me reencontré después de tantos años: un cuaderno en el que yo escribí lo que ocurría en mi barrio durante algunos meses, y una bolsa roja cubierta con un tejido a crochet negro, que ella misma confeccionó para que guardara mis tabas. En aquellos días cuando aún vivíamos en Chile, mi madre me entregó el cuaderno que ahora tengo en mis manos, aconsejándome que escribiendo mejoraría mi castellano, y que las dudas de ortografía y el significado de las palabras las solucionaría con un diccionario. Me habló de la curiosidad y de la disciplina que se necesitan para aprender. Y eso me lo sigue diciendo hasta ahora: “La curiosidad es muy importante, hay que mantenerla siempre viva”, repite a menudo. Me habló también de la importancia de la memoria, que nos ayuda para recordar lo pasado, y que es como un saquito en el que uno va guardando las palabras para después usarlas cuando se necesitan.

En aquella ocasión lo primero que pensé fue ¿entonces qué pasa cuando ese saquito se llena y no caben más palabras? Ahora me doy cuenta de que mi madre, en su afán de despertar mi interés por lo que ella consideraba importante en mi desarrollo como persona, buscaba formas gráficas para que yo entendiera y valorara sus consejos. Al abrir el cuaderno, ojearlo y detenerme a leer algunos pasajes, me doy cuenta de que la escritura de mis diez años ha cambiado: las letras grandes, mucho más redondeadas, de trazos bien delineados, no se parecen nada a las del presente. Mi madre me dijo que lo que escribiera me recordaría el pasado, y así muchos años más adelante podría compararlo con el presente. Las palabras de ella que dejé entonces grabadas en el papel ahora saltan frescas a mis ojos: “El recuerdo de la infancia se borra con el tiempo”.

“El ruido de las tabas en el silencio del miedo”, de Carmen Malarée
El ruido de las tabas en el silencio del miedo, de Carmen Malarée (El Ojo de la Cultura, 2025). Disponible en Amazon

El ruido de las tabas en el silencio del miedo
Carmen Malarée
Novela
Ediciones El Ojo de la Cultura
Londres (Inglaterra), 2025
ISBN: 979-8270615178
177 páginas

También me dijo que leerlo cuando fuera una persona adulta me llevaría a descubrir las transformaciones en mí misma, porque con el pasar del tiempo yo vería las cosas en forma diferente. Aquello me pareció imposible que sucediera, pensé que mi madre estaba equivocada porque yo no quería cambiar; en aquel momento me dije que eran los adultos los que debían cambiar. Con los años que han transcurrido desde entonces, pienso que en parte mi madre tenía la razón. A medida que leo lo que escribí hace ocho años, reencuentro a la niña que habla en el cuaderno, celebro su manera de pensar; pero me deja la sensación de que lo que ella era ya no es lo que soy yo. En otras palabras, es lo que se dice de todo ser humano: que hay una niña o un niño que todos llevamos dentro. Comparo la lectura de esos textos de mi niñez con la sensación que dice sentir mi padre cuando bebe un vino añejo: deja ese sabor especial que sólo se adquiere con el tiempo.

La bolsa roja y negra de las tabas está igual, no se ha desteñido ni tampoco en todos estos años se ha ajado el tejido que cubre la tela. Cuando la abuela me la entregó fui hasta la sala de estar, me senté en el suelo, y la abrí estirando los bordes para soltar el hilo que la mantenía cerrada y dejar una apertura ancha para sacarlas. Levanté la bolsa y la sacudí. Las tabas cayeron con fuerza sobre el piso de madera, con el mismo ruido que hacían cuando iniciábamos el juego con mi amiga Corina. Cayó también la piedra que yo tiraba al aire para voltear y recoger cada taba. Como en un viaje en el tiempo, retrocedí a esos momentos que compartí con Corina, la mejor amiga que tuve en esos dos años que vivimos en la ciudad de Quillota, región de Valparaíso; una zona donde se dan muy bien las chirimoyas, las paltas y las papayas. Fue gracias al chirimoyo del jardín de nuestra casa, con su generosa fronda, que nos encontramos por sorpresa con el cura Xavier, el amigo muy querido de mis padres y también mío, en esa noche de octubre de 1973 cuando todo el vecindario se despertó con una gran batahola, que desencadenó conmoción en los vecinos del barrio y tuvo repercusiones para nosotros en nuestra vida familiar. Aquella vez fue cuando mi padre me dijo que donde vivíamos había un clima especial, un microclima, y que por eso crecían allí estos frutos. Así aprendí que todo lo que nace de la tierra crece de acuerdo a cómo sea el clima en cada lugar del planeta.

En aquellos años yo trataba de retener lo que ocurría para contarlo después en el cuaderno. Me doy cuenta ahora de que escuchar nuevas palabras me despertaba curiosidad, por eso averiguaba su significado, y al anotarlo no me olvidaba de ellas. Eso me ayudó a utilizarlas después en forma correcta. Además me ha servido para desarrollar el interés por otros idiomas, a ejercer la disciplina necesaria para aprenderlos y a valorar la memoria por la necesidad de recordar el vocabulario, sobre todo al hablar, que es una acción que requiere rapidez para recordar tanto el significado como la pronunciación y la sintaxis.

Al mismo tiempo, con el correr de los años y por ser muy aficionada a la lectura, la figura de Ismenia, la empleada en casa de Corina de quien yo encontraba muy graciosa su forma de hablar, ha reaparecido al leer Don Quijote, ese libro maravilloso de la lengua castellana. Allí encontré la expresión, “quítame allá esas pajas”, que Ismenia empleaba para que Corina y su hermano se calmaran cuando peleaban. También la palabra que Ismenia utilizaba al preguntar el nombre a una persona diciendo “¿Cuál es su “gracia?”. Recientemente, al comentar estos hallazgos con mi madre, ella se quedó pensativa y luego dijo que el castellano que se habla en el campo, aislado de la ciudad, tal vez ha preservado muy bien algunas formas del castellano antiguo, porque en las áreas rurales el desarrollo económico ha sido muy lento. Le pregunté por qué y me dio una larga explicación acerca del sistema de propiedad de la tierra. Esto me recordó mucho a las largas explicaciones que ella me daba cuando yo era pequeña.

Como resultado de los momentos difíciles que vivimos cuando era niña, incorporé nuevas palabras a mi vocabulario, palabras crueles que hablan de violencia y abusos, y que despiertan el miedo en las personas. Pero también, como producto de aquella situación, vi cómo se manifestaba la solidaridad y el apoyo a las personas que eran el blanco de esas malas acciones.

La última vez que había visto a la abuela fue cuando emprendimos el largo viaje para llegar a Francia donde vivimos ahora. En aquella ocasión, al despedirse, me regaló un libro de tapas de cuero gruesas, color verde, con un candado y una llave con palabras doradas en la cubierta que decían ‘Diario de vida’. Así, aunque le había dejado a ella mi cuaderno, que ahora he recuperado, pude seguir escribiendo en ese diario de vida lo que fueron mis vivencias en Francia por más de un año. Cuando en el colegio los estudios comenzaron a tomar más de mi tiempo, poco a poco fui dejándolo de lado para dedicarme de lleno a las actividades escolares, a los amigos y a algunos deportes.

Ahora, a medida que avanzo en la lectura del cuaderno y del diario de vida, los recuerdos surgen con fuerza, las palabras se agolpan en mi cabeza; se presentan en una sucesión de nítidos recuerdos: la población con sus veinticinco viviendas, los vecinos, el pasaje de entrada con un prado al costado donde jugábamos al fútbol, nuestra casa, el antejardín con un sendero conduciendo a la puerta de entrada, el patio con frutales, los grandes ventanales, mi dormitorio, el entretecho, y a una criatura anhelada por mí todos estos años, que la abuela dejó al cuidado de su vecina: Sancho, mi gatito gordo y panzudo. Muy pronto, pienso con alegría, volveré a reencontrarme con él porque hemos decidido que acompañaré a mi abuela en su viaje de regreso. Así tendré la ocasión de volver por un tiempo a la tierra de mi infancia, a la que no veo desde hace ocho años. ¿Cuánto habrá cambiado mi “población” desde entonces? ¿Seguirá mi amiga Corina viviendo al lado de lo que fue mi casa? ¿Cuál será la sensación de volver a hablar con ella y poder compararnos una a la otra con la Beatriz y la Corina que fuimos en aquel entonces? Creo que voy a llevarme conmigo la bolsita con las tabas: puede que así el ruido que hacen al lanzarlas con fuerza desde la altura nos lleve de regreso a aquellos días.

Me pregunto cuán cambiado encontraré al país. Las noticias que llegan son alarmantes; sé que, por desgracia, la dictadura de Pinochet continúa manteniendo un control férreo sobre la sociedad y se impone sobre la gente la voluntad absoluta de sus gobernantes, pero también estoy convencida de que eso terminará algún día.

Carmen Malarée

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