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Javier Pérez Walias:
“El poema no es la realidad misma, es otra realidad”

domingo 13 de septiembre de 2026
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Javier Pérez Walias
Javier Pérez Walias: “La poesía no deja de ser una especie de papel fotográfico sobre el que revelar el negativo de nuestra existencia”.

Nacido en Plasencia, España, en 1960, Javier Pérez Walias es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Extremadura. En 2009 se unió temporalmente a la universidad como escritor gracias a una beca otorgada por la Consejería de Cultura y Turismo de su Comunidad Autónoma.

Entre sus logros, destaca el Premio de la XVII Bienal de Poesía Provincia de León (2008) por su libro de poemas Largueza del instante (2009). A lo largo de su carrera, ha publicado catorce libros de poesía, entre los que se encuentran títulos como Ceremonias del barro (1988), Versos para Olimpia (2003), Cazador de lunas (2007), Al Qarafa (2014), W (2017), Acodo (2021), Insecto ámbar (2023) y Que se detengan en ti mis ojos para siempre (2024).

Su trabajo ha sido recopilado en Otrora: antología poética 1988-2014 (2014), con selección y prólogo de Eduardo Moga. Además, ha colaborado con artistas como Rafael Carralero, Juan Carlos Mestre, Javier Roz y Javier Alcaíns, y ha sido parte de diversas muestras colectivas dentro y fuera de su país. Su obra poética y crítica literaria ha sido publicada en revistas como El Maquinista de la Generación, Turia, Quimera y Gesto. Javier ha contestado todas nuestras preguntas. Todas sus respuestas son para ser compartidas con todos vosotros.

 


 

—En 2023 publicó usted Insecto ámbar. ¿De qué trata este poemario? ¿Cómo recorre usted entre la literatura y la realidad o no ficción? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarlo?

—Efectivamente, Insecto ámbar fue editado en 2023 por el sello hispanomexicano Vaso Roto en su colección de poesía. Como me plantea tres preguntas, contestaré a cada una de ellas por su orden. En cuanto a la primera, Insecto ámbar responde a una introspección contenida, anclada a la memoria de la infancia y la juventud y sus paisajes, a los recuerdos de los seres próximos, queridos: miembros de la familia o amigos... Retoma, en cierta manera, la línea iniciada en Versos para Olimpia (2003), continuada en Arrojar piedras (2011) y, más recientemente, en Acodo (2017) y W (2017). De este último, alguien ha dicho que se trata de un álbum familiar. Y si retomamos las palabras que aparecen en la contracubierta, de Eduardo Moga o Antonio Méndez Rubio, podemos leer que Insecto ámbar “es un acto de melancolía y un proyecto de rebelión en el que se recrea el mundo auroral en el que surgió la conciencia: la casa y las calles de la infancia, las figuras familiares”, etc. O en el que el poeta “nos pregunta por los límites del vivir, del existir, como cruzando el puente de aire que une cada yo con cada tú, cada mundo con otro mundo”. En cuanto a la segunda parte, yo negaría la mayor, no hay linde que separe literatura, lenguaje, poesía, realidad, naturaleza y conciencia. Cada uno de estos conceptos es un umbral que da paso al descubrimiento de algo oculto, de algo importante. Cada uno de estos elementos constituye un vaso comunicante con los demás que desemboca en lo que podemos denominar “ser de conciencia” o “ser consciente”. En cuanto a la tercera parte, mis libros casi siempre surgen del hallazgo, a veces se vinculan a experiencias del pasado, a recuerdos, a anécdotas que me asombran, y otras veces tienen que ver con viajes que acaban convirtiéndose en viajes interiores. En el caso de Insecto ámbar, el libro emerge después de viajar por los países bálticos. En Vilna pude observar las piedras de ámbar con insectos fosilizados que permanecen intactos en su interior después de miles de años y ese hecho, aparentemente intrascendente, da pie a una idea y a una serie de metáforas que se desarrollan y que hacen referencia a la poesía, a la memoria, a las vivencias, a la belleza y a la posibilidad cierta de mantenerlos presentes en el tiempo. Como escribió María Zambrano, “no se pierde aquello que hemos depositado en un rincón”, es decir, en el rincón de la memoria o en ese rincón que es cada poema.

“Insecto ámbar”, de Javier Pérez Walias
Insecto ámbar, de Javier Pérez Walias (Vaso Roto, 2023). Disponible en Amazon

—¿Qué relación tiene Insecto ámbar con su trabajo creativo anterior y hoy?

—Como le decía, Insecto ámbar viene a continuar con una línea temática que siempre me ha interesado, la de rescatar y preservar por medio de los recuerdos y el lenguaje todo aquello que me ha ido formando como persona. Intento explicarme a mí mismo. La poesía no deja de ser una especie de papel fotográfico sobre el que revelar el negativo de nuestra existencia. Es ahí donde aparecen las personas más cercanas (la familia), los paisajes emotivos de la infancia y la juventud, los lugares visitados, los amigos, etcétera. Todo ello está, creo yo, desde hace bastante tiempo en mi poesía, si bien es a partir de los últimos libros (W, Acodo e Insecto ámbar) cuando estos referentes aparecen de forma más explícita. A día de hoy, tengo dos libros, uno de ellos en el cajón, que transitan por estos mismos escenarios: Que se detengan en ti mis ojos para siempre (Trea, 2025) y Candado abierto. Siendo de estilos diferentes: el primero tiene que ver más con la propuesta de Acodo y el segundo con la de W e Insecto ámbar, pero ambos ahondan en los temas recurrentes en mi poesía y podríamos decir que se complementan.

—Si compara su crecimiento y madurez como persona, filólogo, literato, poeta y escritor, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo o no inicial con el de hoy?

—El tiempo no pasa en balde, que decimos por acá, y menos aún si se quiere aprovechar para afianzar aquello en lo que uno cree. El paso de los años nos va cambiando la percepción de las cosas y de nuestro entorno, la perspectiva de lo que significa vivir y escribir, que al final vienen a ser lo mismo. Si algo he aprendido después de décadas de reflexión, estudio y escritura, es a aclararme a mí mismo algunas —pocas— ideas sobre qué significa escribir y vivir (o vivir y escribir) y cómo lograr cierto equilibrio, cierta certeza ante la incertidumbre que nos asola, como seres humanos, en una doble dirección: mirando hacia dentro de mí mismo y hacia el paisaje de los otros. Lo importante, lo trascendente, es el ser; lo demás: la filología (andamiaje muy importante), las herramientas de estilo, las publicaciones, la voluntad, la perseverancia, son catalizadores emocionales al servicio de lo que he llamado “oficio y confesión”. En cuanto al crecimiento personal o a la madurez adquirida con los años, creo que es evidente y que uno madura al unísono como persona y como escritor con la experiencia, con el roce con los otros, con el dolor, las pérdidas o las alegrías y los momentos de emoción. Hay que prestar constantemente atención a la vida y, como le escuché decir en una ocasión rodeado de poetas jóvenes a Claudio Rodríguez, hay que estar siempre alerta para no dejar escapar el instante porque la poesía es un don.

—¿Cómo visualiza su trabajo creativo con el de su núcleo generacional de escritores con los que comparte o ha compartido en España y fuera?

—Hoy en día, el acceso a todo lo que se escribe y/o se publica es más fácil que hace unos años. Esto favorece las relaciones entre poetas, más allá de lo generacional y de las analogías (o no) cronológicas o estéticas. Creo que en el momento actual, y concretamente en España, hay una cantidad y una diversidad de poetas difícilmente abarcable, acotable y definible, que transita —dicho grosso modo— entre una poética sustentada en “lo que se dice” (a veces flirteando con lo anecdótico porque en realidad no se tiene mucho que decir), otra en el “cómo se dice” y una tercera que busca el equilibrio entre las dos poéticas anteriores. En este sentido, hay trabajos de compilación y de estudio muy interesantes de críticos que intentan, desde posiciones diferentes, abordar la cuestión y centrar en lo sustancial el hecho poético. Lo cierto es que nos encontramos con múltiples etiquetas que pretenden acotar y/o jerarquizar el hecho creativo desde presupuestos distintos: la poesía más experiencial o figurativa, la poesía de la conciencia crítica, la ecopoesía o la denominada poesía especular, por ejemplo. Me interesa sobre todo profundizar en la tercera pata de ese banco, es decir, en establecer un equilibrio formal y de contenido con arraigo y desarraigo en la tradición al mismo tiempo. Comparto (asumo) y leo buena parte de la poesía que me llega, tanto de poetas jóvenes (ahí está la antología coordinada por el profesor y poeta José Antonio Llera La noche es un pájaro azul, editada por Libros del Aire en 2023). En cuanto a nombres propios, hay muchos poetas, tanto de mi generación como de generaciones anteriores y posteriores, cuya escritura me interpela y a la que acudo gustoso, tanto en España como fuera de España, y algunos de ellos, como Eduardo Moga, Mario Martín Gijón o Julio César Galán (por citar sólo unos pocos nombres) son además excelentes críticos. En este contexto, toda poesía que se sostenga a sí misma como puntal de pensamiento, exploración de lo humano y lenguaje cincelado me importa, me ocupa y me interroga.

—¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo dentro y fuera de España, y la de sus pares, bien sean escritores de poesía u otro género?

–Hoy, al menos en España, la mayor parte de poetas desarrolla otros géneros literarios como el narrativo o el ensayo y, en un índice muy importante, la crítica literaria, sobre todo en prensa tanto en papel como digital. A nadie se le escapa que la poesía es un género minoritario que tiene una difícil recepción y una gran dificultad para abrirse paso entre lectores ajenos al género. Se suele decir que los poetas somos los únicos, o casi, que leemos poesía, y esto, de ser así, reduce y mucho el potencial número de lectores de cualquier autor. Si hoy un poeta quiere aumentar sus lectores, debe hacer una labor de difusión de su obra, debe tener acceso a los medios de comunicación y debe mantener el contacto con otros poetas y críticos literarios, debe acudir a eventos, etcétera. Todo ello independientemente de la mayor o menor dificultad pragmática que tenga su poesía para ser asimilada por un lector medio. Mis libros, diría, han sido relativamente bien acogidos tanto por lectores como por crítica, y el hecho de publicar en editoriales con implantación, además de en España, en países como México (Vaso Roto) o Chile (RIL), me ha permitido entablar comunicación con poetas e instituciones de otros países. En estos momentos, percibo una clara voluntad de promover el acercamiento entre lo que se escribe de uno y otro lado del Atlántico por medio de encuentros y relaciones. Un ejemplo de esto es que la Universidad Iberoamericana de Ciudad de México publicó recientemente una “anti/antología de poesía española contemporánea” titulada Desencuentros en el último círculo, coordinada por el académico de dicha universidad Joseba Buj.

—Sé que usted es de Extremadura, España. ¿Se considera un autor español o no? O, más bien, un autor de literatura, sea ésta española o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?

—Es obvio que el territorio (el paisaje referencial y vivencial) en el que uno nace y/o crece y aprehende la realidad lo determinan lingüística, social y culturalmente. Pero ese arraigo a la tierra, a la conciencia de lo comunal, no significa una defensa de lo genuino y propio en oposición al otro, a su lengua o a su cultura. El acervo de cada uno tiene valor en sí mismo como patrimonio que hay cuidar y compartir con los demás, sean de donde sean, vengan de donde vengan y hablen la lengua (o el dialecto) que hablen. Debemos, también con la poesía, cuidar los unos de los otros como eslabones que somos de un patrimonio cultural común y diverso. Dice Jean Cocteau que “escribir es un acto de amor. Si no lo es, / no es más que escritura”. Me considero autor porque escribo literatura desde un territorio, desde una región periférica de la península ibérica a la que pertenezco (Extremadura), y por lo tanto soy extremeño y escritor, pero también español y europeo si se quiere. Mi poesía lo será de igual manera —o no— dependiendo del lector que la haga suya o del traductor que la traslade a su lengua. En cuanto a José Luis González, supongo que te refieres al escritor puertorriqueño (Santo Domingo, República Dominicana, 1926; Ciudad de México, 1996), es evidente que su periplo vital condiciona y ahorma toda su obra. El sentido de pertenencia a una comunidad (incluso a una especie) es algo circunstancial, lo que no lo es, es que determina nuestro comportamiento, nuestro pensamiento, nuestra escritura y nuestra convivencia. Al fin y al cabo, somos naturaleza y conciencia, naturaleza y lenguaje.

—¿Cómo integra su identidad étnica y de género, y su ideología política, con o en su trabajo creativo?

—Lo cierto, aunque sé que son cuestiones de actualidad por multitud de razones que en muchos casos no dicen nada bueno del ser humano, es que no me lo he planteado como algo determinante en mi poética. Nunca me he parado a pensar, a la hora de leer ni de escribir, en mi condición de género, tampoco, por supuesto, en la condición del poeta al que me acerco. En sí, es algo irrelevante, otra cuestión distinta es que su poesía fuera objeto de mi análisis y estudio. Tampoco he sentido la necesidad de dotar mi trabajo creativo con la impronta de lo reivindicativo de manera explícita. Sí que, en cierta manera, mi poesía actual presenta un grado de rebeldía en tanto que se aparta de las poéticas dominantes en España en la actualidad. Tania Favela, releyendo Insecto ámbar y citando a Miguel Casado, dice que “una de las claves políticas que pueden resultar más sólidas es hurgar en lo cotidiano y luchar contra una política separada formalmente de los problemas y emociones de la vida”. Toda reflexión sobre el lenguaje y la naturaleza humana que se fija en el poema como indisoluble realidad de pensamiento libre y literatura debe ser umbral para el encuentro y resistencia fecunda frente a todo lo que invade y domina. Esto es lo más importante.

—¿Cómo se integra su trabajo creativo a su experiencia de vida? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de escritor hoy?

—He dicho siempre, y no es nada nuevo, que literatura y vida, que arte y vida tienen que venir de la mano porque son “monomios” de una misma realidad, de una misma naturaleza con múltiples paisajes. Como comenté más arriba, no hay linde que separe literatura, lenguaje, pensamiento, poesía, naturaleza y conciencia. Las experiencias vividas, con más o menos intensidad, de una u otra forma, terminan por aflorar y fecundar en el poema. Ahora bien, el poema no es la realidad misma, es otra realidad. Por supuesto que un poema o un libro no está hecho sólo de lenguaje. Se nutre de la memoria individual y colectiva, de los recuerdos, de las emociones, de los encuentros y abandonos, en definitiva, de la naturaleza humana. Y la arquitectura del poema con todo su andamiaje convierte esas experiencias de las que hablas en tu pregunta en asombro para uno mismo y para el otro. Aquí cabría la idea de “alterpoesía” o poesía que va más allá de la que domina en la actualidad instalada muchas veces en lo evidente. Llevo conviviendo, de una u otra forma, con el trabajo creativo toda mi vida (incluso muchos años dentro de las aulas) y me sería muy difícil contemplarme a mí mismo fuera de la literatura o entenderla como algo ajeno —protésico— a mi sentido de ser y de pensarme. Sería algo así como intentar separar una dualidad indisociable formada por un cuerpo y un alma, por una naturaleza corporal y su conciencia, por un significante y un significado. Sería como desterrar de uno la metáfora de la vida, la capacidad sustancial de decir y compartir en y por el lenguaje. Y con versos del poeta argentino Hugo Gola: “Qué puedo hacer / si el corazón / me vino enorme / y tiembla / por cada soplo liviano”.

—¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo y a la temática del mismo? ¿Cómo ha variado?

—Como decía, han cambiado mucho las condiciones, tanto de edición como de recepción, respecto de finales del siglo pasado o principios de este. Ahora todo parece ir más rápido y ser más sencillo. Las posibilidades de contacto con colegas, editores, etcétera, son enormes, y por eso la poesía puede circular y mostrarse hoy a un potencial mayor número de lectores. En mi caso, aunque sólo sea por edad y por el trabajo realizado durante décadas, quiero pensar que mis libros tienen un número de lectores más o menos fieles, da igual cuántos. Y eso querría decir que hay un grupo más o menos numeroso de personas, de lectores amigos que encuentran en mis poemas una voz reconocible y particular, a la que acercarse con empatía de vez en cuando. Pero es difícil saberlo.

—¿Qué otros proyectos creativos tienes recientes y pendientes?

—En estos momentos tengo, por así decirlo, tres proyectos en marcha. Dos de ellos que aparecerán en los primeros meses del año 2025. Trea Ediciones, en su colección de poesía, publicará el poemario Que se detengan en ti mis ojos para siempre, y la ERE (Editora Regional de Extremadura) sacará a lo largo de ese mismo año una amplia antología de mi poesía, titulada Matraz, que abarca desde hoy hasta el año 2005. Por otro lado, estoy perfilando un nuevo libro que se titula Candado abierto, al que habrá que buscar el mejor acomodo editorial.

Wilkins Román Samot
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