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sábado 19 de septiembre de 2026
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Son las siete de la noche.

La hora avisa que debemos cerrar puertas y ventanas, la hora de apagar toda la tecnología, la hora del encierro que se asemeja a los sepulcros, la hora del silencio que romperlo es un riesgo, la hora que hay apagar las luces de las casas, la hora de la oscuridad que intimida, la hora de rezar o de orar, la hora que desespera, que altera los nervios, que provoca insomnio, que convoca a la locura, que ya no distingue a la gente porque perdió la moral, la hora del miedo que hiela la sangre, la hora que quisiéramos que no llegara, que se quedara dormida o se extraviara en el camino, ni que existiera tampoco, la hora que el reló está obligado a marcar y no puede evadir su destino, la hora de las culpas que se desprenden de las paredes y deambulan como fantasmas por toda la casa, la hora en que nos ponemos de rodillas, doblegamos la voluntad, agachamos las cabezas como los avestruces, la hora del llanto quedo, contrito, que se reprime, se inmola y se implota, la hora del arrepentimiento que no confesamos en los templos y que callamos mordiéndonos las lenguas serpentinas, apretando los puños, trincando todo el cuerpo, porque nos delata y nos compromete, la hora que sabemos que nos sentimos como si estuviéramos a la intemperie, que somos vulnerables, indefensos como los bebés recién nacidos y no podemos defendernos, la hora en que no hay un abogado que interceda por nuestra causa, la hora en que la ley y la justicia se hacen de la vista larga, miran para el otro lado, como si la cosa no fuera con ellos, y sus representantes se sumen en la indiferencia y en la indolencia, la hora en que no quieren ejercer sus profesiones ni asumir sus responsabilidades, la hora en que quien no esté encerrado en su casa nunca va a regresar a ella, va a ser una estadística que no será reseñada en los periódicos ni comentada en la televisión, la hora del luto impuesto que llevamos sobre los hombros, la hora en que recordamos a los que se han ido en contra de su voluntad, los que se han llevado sin saber la causa, los que han caído sin saber por qué cayeron, la hora de las preguntas sin respuestas, la hora en que el conocimiento se enfrenta a la sinrazón que campea por su respeto, la hora en que las bestias apocalípticas se liberan de la Biblia, merodean las calles desiertas buscando con quién desatar el rencor y el odio que habita en sus corazones, vengarse de los suplicios y castigos que fueron sometidos por no seguir las instrucciones, por rebelarse contra la familia, que no les perdonó las transgresiones, la hora de los sonidos estridentes e incesantes, la hora de las ráfagas que anuncia la guerra de las galaxias, el fin del mundo, el Apocalipsis predicado en las plazas, en las calles, en los templos, en la radio y en la televisión y en todas partes, la hora en que morimos todas las noches, mirándonos las caras como si fuéramos unos seres extraños, como si estuviéramos viendo una película de suspenso que nadie sabe nada, nadie entiende, como si nos hubiéramos resignado, la hora en que los principios dudan, se tambalean en la cuerda floja y temen que sea el presagio de su final.

Son las siete de la mañana.

(del libro inédito Las musarañas insomnes).

Carlos Canales
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