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Bahía Fractala

sábado 12 de septiembre de 2026
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En Bahía Fractala se llevaba un inventario de los granos de arena. El encargado de tan minuciosa tarea era Gedeón, un capitán de barco retirado que regresó de su último viaje con la obsesión de registrar cada grano que la marea depositaba en la playa y despedir a los que desertaban.

Gedeón no recordaba cómo había llegado hasta allí. Una mañana despertó en la orilla, con la sensación de haber dejado atrás algo de lo que no terminaba de despedirse. Sólo lo acompañaba su vieja petaca, más seca que el calor del mediodía.

Fiel a su rutina, y con el rigor de quien se sabe exacto, Gedeón activaba el único mecanismo capaz de llevar a cabo tan infinita tarea: su lengua. Porque Gedeón tenía una lengua contadora. Pero no de las que cuentan cuentos, ni de las que cuentan deudas, ni siquiera de las que cuentan chismes: la suya contaba arena y, por tanto, tiempo.

Nuestro matemático amigo no podía explicar cómo descubrió que poseía esta cualidad, pero, en su primer día en la playa, como si respondiera a un instinto primitivo, chasqueó la lengua contra el paladar y un pequeño contador se activó ante sus ojos.

De repente, todo lo que alcanzaba la vista se llenó de cifras: las incipientes dunas, el mar que se mecía perezosamente, el cielo aplastante; hasta el espolón rocoso que dominaba el final de la playa y al que nunca se atrevía a acercarse era un hervidero de números dislocados.

El capitán, algo asombrado pero orgulloso de descubrirse infinito, aceptó el encargo como si los dioses lo llevaran de la mano y convirtió aquella ceremonia en su rutina diaria.

Un día, el contador batió su propio récord: trescientos cincuenta billones, cuarenta y dos mil millones, ochocientos mil ciento nueve granos. Gedeón no recordaba una cifra tan alta y lo celebró acariciando su petaca mientras la tarde caía y lo sumergía en un letargo áspero y crujiente.

Despertó a la mañana siguiente con la lengua lista para comenzar la liturgia de los granos, pero la mañana sorprendió a Gedeón con algo inusual: sobre el espolón que tanto inquietaba a aquel hijo del mar, alguien había dibujado el número 1.

El pulso se le disparó y perdió la cuenta de sus propios latidos. Por primera vez, el hombre que contaba arena no podía contar ni su propio ritmo. Para el capitán era inaceptable tal usurpación. El don de contar era suyo y el caprichoso turista que pretendía jugar a ser medidor debía darle más de una explicación. Así que se dirigió hacia el promontorio con la cabeza alta y la duda espiando.

A medida que avanzaba, el contador se activó sin que Gedeón lo ordenara. Los números, en vez de aumentar, descendían, restando cientos, miles y millones, hasta quedarse a cero justo cuando llegaba al punto más alto del espolón. Se hizo un silencio aritmético.

Allí sólo encontró una caja de madera del tamaño de un hombre, vieja e hinchada de salitre. Dudó si debía abrirla, pero la sensación de estar ante algo irrevocable decidió por él. Dentro había un par de charreteras desprendidas de un uniforme, doradas y herrumbrosas. Siguiendo su instinto, Gedeón intentó contarlas, pero su lengua ya no respondía: se había quedado muda del todo.

Al instante, recordó el chasquido seco de las cuerdas tensándose, el gemido del casco, el agua golpeando la estructura y a los hombres, como granos de arena, aferrados al mástil.

Natalia Darias
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