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En la frontera

jueves 10 de septiembre de 2026
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El control de aduanas no era más que una barraca con paredes de barro y techo de latón. En el interior el calor debía de resultar insoportable, porque el oficial a cargo había tenido que improvisar una especie de porche con tres postes y un pedazo de lona desde donde vigilaba el camino recostado plácidamente en una mecedora con una radio pegada a la oreja y un manojo de plátanos en el regazo. A su alrededor pululaban unos cuantos pollos desmedrados, y por encima de su cabeza volaba en círculos una bandada de marabúes a la caza de carroña. La escena tenía poco de solemne, pero a Bilaal y a mí, recién salidos de lo más cerrado de la selva guineana, nos hizo sentir insignificantes y fuera de lugar. Habíamos resistido casi un mes acampados al pie del monte Nimba, trabajando día y noche en la planimetría y la datación de las pinturas de las cuevas de Selingbala, hasta que el cambio de estación nos obligó a partir a toda prisa y seguir a marchas forzadas el curso del Cavally para alcanzar la frontera con Costa de Marfil antes de que las lluvias convirtieran toda la región en un cenagal. En consecuencia, los dos nos presentamos ante el oficial rendidos de cansancio, muertos de hambre y cubiertos de mugre, si bien eso no le causó el menor sobresalto: al vernos aparecer, se limitó a soltar un suspiro, bajar ligeramente el volumen de la radio e indicarnos con un gesto desganado que le entregásemos nuestra documentación. Obedecimos en el acto y le tendimos los visados, los pasaportes y los certificados de vacunación. Los cogió con la mano libre y los utilizó para abanicarse mientras seguía escuchando tranquilamente las noticias, hasta que, en un momento dado, decidió apagar el transistor y se dignó echarles una ojeada. A Bilaal le devolvió los suyos en cuanto se percató de que era marfileño, pero los míos parecieron interesarle bastante más y se pasó un buen rato examinándolos con una meticulosidad inquietante. Por fin se levantó de la mecedora dejando caer los plátanos del regazo e hizo ademán de dirigirse a mí, pero en el último instante se lo pensó mejor y se quedó de pie rascándose la cabeza con expresión vacilante. De pronto, se guardó mis papeles en el bolsillo de la guerrera, se dio media vuelta bruscamente y volvió a entrar en el cobertizo ahorrándose cualquier clase de explicación.

—¿Qué es lo que pasa? —le pregunté a Bilaal.

—Nada. Esté tranquilo.

—¿Tenía que haber metido un billete en el pasaporte?

—Claro que no. Eso ni se le ocurra.

—¿Y qué hacemos ahora?

—Esperar.

Esperamos. El calor se hizo sofocante. La brisa cayó de golpe. El zumbido de las chicharras parecía llegar de todas partes. Empecé a sentir que se me nublaba la vista y me senté sobre un haz de leña apilado junto a la puerta, pero Bilaal torció el gesto y negó enérgicamente con la cabeza.

—No haga eso —gruñó—. Nada de sentarse.

—¿Por qué?

—Hay que mostrar respeto.

—¿Hablas en serio?

—¿Me ha oído alguna vez hablar en broma?

Ciertamente, no. Ni yo ni nadie. Así pues, no me quedó más que tragar saliva, apretar los dientes y ponerme de nuevo en pie para seguir soportando la espera con la compostura adecuada. El sol se coló por un desgarrón de la lona y recalentó aún más el aire a nuestro alrededor. Un enjambre de moscas se abalanzó sobre los plátanos que habían quedado en el suelo. Las chicharras se dieron un respiro, pero una bandada de cuervos tomó el relevo rompiendo a graznar furiosamente desde las copas de los sicomoros que circundaban la barraca. Transcurrió lo que me pareció una eternidad hasta que el oficial volvió por fin a hacer acto de presencia, y para entonces me ardía la garganta, me temblaban las piernas y jadeaba como un pez fuera del agua. Se dirigió a mí con expresión grave y me formuló pausadamente la retahíla de preguntas de rigor: quién era, a qué me dedicaba, qué había estado haciendo en Guinea, por qué quería entrar en Costa de Marfil, como había viajado hasta la frontera, a quién conocía en el país, cuánto tiempo pensaba quedarme allí... Contesté a todo de manera clara y concisa, tratando por todos los medios de no dar muestras de incomodidad ni de enojo, pero el esfuerzo fue en vano: cuando llegó al final de su listado, el oficial carraspeó brevemente, murmuró algo para sí y acto seguido empezó otra vez desde el principio en el mismo tono monocorde y apático que al parecer consideraba propio de su cargo. Me armé de paciencia y me afané de nuevo en responder a su interrogatorio con algo menos de aplomo pero idéntica docilidad: tenía muy presente lo que había mencionado Bilaal acerca del respeto, y en ningún momento levanté la voz ni me arriesgué a sostenerle la mirada. Aun así, el oficial no aflojó la mano y siguió impasible con su juego del gato y el ratón durante cerca de media hora, hasta que, de pronto, se interrumpió en mitad de una frase para estirarse y bostezar aparatosamente. Luego bebió un trago de agua de su cantimplora, se secó el sudor de la frente con la manga y procedió a devolverme los papeles al tiempo que esbozaba algo vagamente parecido a un saludo militar. Eso fue todo. Antes de que pudiera abrir la boca y dar las gracias, se había desentendido de mí para encerrarse otra vez en su barraca a atender sin duda asuntos de mayor calado.

—¿Podemos irnos? —le pregunté a Bilaal.

—Claro.

—Me cuesta creerlo.

—A usted le cuesta creérselo todo.

Todo por supuesto que no. Aquello desde luego que sí. Me costaba tanto que me quedé paralizado junto a la mecedora sin apartar la vista de la puerta mientras Bilaal se ataba los cordones de las botas, se cubría la calva con su kufi remendado y cargaba el equipo fotográfico al hombro tan diligentemente como de costumbre.

—Si sigue ahí de pie con esa cara de conejo asustado —me advirtió—, le estará dando motivos para pensárselo mejor y empezar otra vez con su lista de preguntas.

Era una posibilidad muy cierta, de manera que reaccioné al instante saliéndome de un brinco de debajo del techado y echando a andar a un paso tan vivo que a Bilaal le costó trabajo seguirme sin quedarse atrás. Atravesamos el claro en un abrir y cerrar de ojos, tomamos el sendero de arenisca que llevaba a la ciudad de Danané y nos internamos en un bosque de ceibas tan denso que el follaje por encima de nuestras cabezas apenas dejaba pasar la luz del sol. Conforme nos alejábamos del puesto de control, íbamos aflojando la marcha y espaciando las miradas furtivas a nuestra espalda, pero no nos permitimos hacer un alto hasta que nos topamos con un arroyo poco profundo que cruzaba el camino de lado a lado. Aunque olía a cieno y hervía de renacuajos, Bilaal no pudo resistirse a la tentación de soltar la impedimenta, quitarse las sandalias y meter los pies en el agua con un suspiro de alivio.

—¿De verdad te parece buena idea? —pregunté perplejo.

— Las ampollas me están matando —se limitó a murmurar.

—Igual que a mí. Pero me da que no estamos lo suficientemente lejos de ese cretino como para tomarnos un descanso.

Bilaal hizo una mueca de desagrado poco habitual en él y cambió bruscamente de tono.

—Ese cretino —gruñó— sólo hace su trabajo. Lo que le toca.

—¿No crees que se esfuerza más de la cuenta?

—Usted no lo entiende. En este país tenemos un problema con nuestras fronteras. Un problema serio.

—Sí. Vuestra guardia nacional.

Bilaal no pareció encontrarlo gracioso, pero tampoco se dio por ofendido. Se limitó a cruzarse de brazos y quedarse mirándome en silencio sin pestañear.

—Los blancos —sentenció abruptamente— están convencidos de que en África no importan las líneas dibujadas en los mapas. De que, tratándose de negros, da igual un Estado que otro. Pero Costa de Marfil es una democracia moderna. Una nación próspera y desarrollada con escuelas, hospitales, carreteras y aeropuertos.

—Puede que peques de optimista.

—Puede. Pero no soy el único. Lo mismo creen los liberianos, los ghaneses, los malienses, los guineanos y los burkineses. Esa gente no piensa más que en cruzar la frontera y tener la posibilidad de vivir algo que se parezca a una vida civilizada. Pero esto no es Francia. Aquí no hay sitio para todos.

Me sentí tentado de aclararle cómo estaban las cosas en Francia, pero justo en ese momento apareció tras el primer recodo del camino un viejecillo menudo y fibroso que empujaba a duras penas una carretilla llena de gallinas decapitadas. Se acercó trabajosamente, con las rodillas temblorosas y la espalda encorvada, y al llegar a nuestra altura se detuvo y saludó a la manera musulmana, bajando la vista y llevándose la mano derecha al pecho. Bilaal le devolvió el gesto y no se lo pensó dos veces antes de agarrar la carretilla por la parte delantera y ayudarle a llevarla en volandas hasta el otro lado del arroyo para evitar que se mojase su cargamento de pájaros muertos. El anciano se lo agradeció con una parrafada en malinké de la que no entendí ni una sola palabra, y a continuación se puso de nuevo en camino con la misma desgana resignada con la que se nos había acercado. Conforme se alejaba, me fijé en que llevaba colgado a la espalda un machete de hoja curva que aún goteaba sangre.

—¿Adónde crees que se dirige? —pregunté.

—Seguramente a Yéalé. Hoy es día de mercado.

—¿Le ves capaz de llegar hasta allí?

—Le va a costar.

Seguí su marcha con la mirada hasta que se perdió de vista entre la arboleda, y luego decidí imitar a Bilaal y quitarme las botas para refrescarme en el riachuelo. El agua estaba fangosa y recalentada por el sol, pero aun así no dejé de sentir cierto alivio, de manera que chapoteé sin apresurarme corriente arriba hasta un tronco caído y me senté en él a recuperar fuerzas con la boca seca, la cabeza vencida y los pies en remojo. Bilaal, por su parte, se sacó del bolsillo un pedazo de nuez de cola y lo mordisqueó sin mucho afán mientras se inspeccionaba las pantorrillas en busca de sanguijuelas. No encontró más que una de tamaño diminuto, y, una vez que se la hubo arrancado, levantó la vista hacia mí y optó por acercarse a trompicones por el lodo para sentarse a mi lado, frotándose los ojos y bostezando aparatosamente. No puse ningún reparo, y nos quedamos los dos amodorrados al sol sin pronunciar palabra mientras las ranas croaban en el cañaveral de la orilla y el viento agitaba el follaje de los tamarindos a nuestra espalda.

—¿Crees que el viejo lo sabe? —pregunté al cabo de un rato.

—¿El qué?

—Que le ha tocado en suerte un país próspero y avanzado.

—Vive muy cerca de la frontera. Tiene con qué comparar.

No repliqué a eso. No supe cómo. Me limité a poner cara de circunstancias, asentir con docilidad y olvidarme definitivamente del tema. Estaba claro que había hablado más de la cuenta, y, como buen tubab blanco, lo había hecho con poco tacto y sin conocimiento de causa. En lo que quedaba de viaje hasta el puerto de Abidjan, tocaba morderse la lengua y ahorrarse cualquier clase de queja, reproche o sarcasmo; un mínimo de prudencia era obligada en un lugar donde no había sitio para todos pero sí para mí.

Antonio López-Peláez
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