Yo soy el que soy, soy el que soy yo, el que se levanta antes que salga el sol, el que lo madruga, el que se roba el tiro, el que se la juega al tiempo a destiempo, el que se entera primero que nadie de los acontecimientos de la noche, los que cortan la respiración, los que agrandan los ojos, los que estremecen el cuerpo, no miento, no invento, el que cuenta y no está pendiente a la cuenta, me gusta contar el cuento, porque mi negocio es contar, no soy un cantante ni un trovador, yo no cuento por contar, porque el cantante canta por cantar, yo cuento no para olvidar mi dolor ni para decir poco y sufrir mucho, como El Inquieto Anacobero, tengo razones de sobras para contar, yo cuento porque quiero contar, contar quiero porque, porque me sale de adentro, del alma, del alma adentro, de lo más profundo de mi ser, de bien adentro, del fondo del lago Ness, porque es mi razón existencial, porque me impulsan fuerzas culturales y metafísicas, así se lo digo como se lo cuento, se lo cuento como se lo digo, sin tapujo ni vergüenza, contar para que no me cuenten, contar el cuento como nadie lo puede contar, de eso se trata el cuento y el contar, pero si se tratara de contar todos podemos contar, todos podemos contar, pero si al contar uno quiere ir más allá del contar y del cuento, ese es otro cuento que merecerse contarse, antes de contar el cuento yo lo exploro, lo preparo, lo elaboro, me lo cuento y me lo vuelvo a contar, contándomelo, de esa manera lo voy descubriendo y desarrollando, porque cuesta contar, porque al cuento le gusta esconderse para que no lo cuenten, es travieso y juguetón, da trabajo encontrarlo y no digamos contarlo, ese es otro cuento de nunca acabar, porque cuento para contar a los que me escuchan, para los que me escuchan cuento, para los que me dan de su tiempo y me prestan atención, aunque no sé qué encuentran en mi cuento, no escribo el cuento, no tengo esa habilidad de escribir el cuento, Dios no me dio ese don, si lo trato de escribir me bloqueo, las reglas gramaticales me impiden contar el cuento, son una camisa de fuerza con la que no puedo bregar, el cuento se detiene, se tranca, se emperra y no fluye, no tengo manera de hacerlo andar, de que siga su camino, y es perjudicial encojonarse con el cuento, porque el cuento es como es y tiene su carácter, ni te cuento, me lo cuento y me lo cuento, calmo le cuento, me aprendo el cuento, de tanto contármelo me lo aprendo, ya listo el cuento, listo para contarlo, para compartirlo, al contarlo cambio el cuento, lo transformo, pero no paro de contar y cuando lo cuento contándolo lo voy modificando, hay que tener oído de tísico para captar esos giros, metiéndome en los misterios, y calibro si los cuento, o los dejo en el enigma, contándolo me ocurren tantas cosas, a veces el cuento revela para el que cuenta y el cuento no quiere que se cuenten esos detalles íntimos, quién sabe las razones que tiene el cuento, por eso cada vez que lo cuento, el cuento cambio yo, es perder el hilo si uno quiere resistirse, pero sin cambiar el cuento original, el cuento no me lo perdonaría jamás, no se puede alterar, es como si uno se rebelara contra las leyes cósmicas, los que me han escuchado más de una vez contando el cuento han notado que cambio un verbo, un adjetivo, una preposición, una conjunción, juego con el indirecto y con el doble, cambio el orden de las palabras, y cierro más el cuento, lo encierro en el fondo de la pirámide, es efectiva la elipsis, ocultar le gusta al cuento, y ellos, los incondicionales, fascinados, a quienes les enloquece el cuento y como yo cuento el cuento, me han apodado El Palabrista.
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