Publica tu libro con Letralia y FBLibros
Saltar al contenido

El cuaderno del bodeguero

jueves 1 de octubre de 2026
¡Comparte esto en tus redes sociales!
El cuaderno del bodeguero, por Carlos Yusti
Al morir el bodeguero sus hijos arrojaron a la basura sus cuadernos marrones. Por instinto rescaté uno de esos cuadernos de entre los desperdicios. 📷 Felipe Souza • Unsplash

En el barrio en el cual transcurrió mi bucólica niñez, iba a la bodega en la esquina de mi calle donde gozábamos de crédito. El bodeguero, cuyo nombre no retuve, tenía un cuaderno marrón en el que anotaba las cuentas de los deudores. Al morir el bodeguero sus hijos arrojaron a la basura sus cuadernos marrones. Por instinto rescaté uno de esos cuadernos de entre los desperdicios. Dicho cuaderno se traspapeló con los objetos cotidianos de la casa; hace poco revisando papeles en la biblioteca apareció el cuaderno del bodeguero. Dándole un vistazo corroboré que, aparte de las cifras, y los nombres de los morosos, el bodeguero efectuaba (en páginas apartes) anotaciones reflexivas, con una letra gruesa, clara y temblorosa, sobre su clientela. Del mismo modo apuntaba determinada frase oída y algunas deliberaciones casi aforísticas sobre el devenir de sus días atendiendo a los clientes más pintorescos del barrio. Esto de los cuadernos me recordó algunos casos en la literatura.

A la muerte de Franz Kafka éste dejó siete cuadernos de octavo en los cuales, al igual que el bodeguero del barrio, escribió algunos cuentos breves, observaciones sobre el escribir, aforismos y otras anotaciones misceláneas.

Estos cuadernos de Kafka tienen apuntes bastante singulares:

Cada hombre lleva en sí una habitación. Es un hecho que nos confirma nuestro propio oído. Cuando se camina rápido y se escucha, en especial de noche cuando todo a nuestro alrededor es silencio, se oyen, por ejemplo, los temblores de un espejo de pared mal colgado.


Ayer me visitó una apoplejía. Vive en la casa de al lado; la he visto más de una vez, por la noche, desaparecer curvada por aquel pequeño portón. Es una señora alta, de largo vestido ondulante y gran sombrero adornado de plumas (...).


Mis dos manos iniciaron una lucha. Cerraron con un golpe el libro que leía hasta entonces y lo hicieron a un lado, para que no estorbara. Después me hicieron un aplauso y me eligieron árbitro del encuentro. Y ya estaban con los dedos entrelazados, empujándose a lo largo del borde de la mesa, hacia la derecha, hacia la izquierda, según la mayor presión de una o de otra. Yo no las perdía de vista en ningún momento. Si son mis manos debo ser un árbitro imparcial, de otra manera cargo con los remordimientos de un fallo injusto (...).

Es pertinente lo escrito por la traductora Carmen Gauger:

El contenido de esos cuadernos tiene, pues, un doble carácter: épico-narrativo y aforístico-filosófico. Ambos elementos corren paralelos, mezclados no sólo entre sí, sino con apuntes sueltos sobre noches de insomnio, lecturas diversas, paseos y sucesos de la vida cotidiana. Son realmente pensamientos dispersos, no fragmentos de un proyecto filosófico. No obstante, se puede hablar de una cosmovisión en el sentido de una búsqueda, no sistemática, pero sí dotada de cohesión interna.

Otro caso es el Georg Christoph Lichtenberg. Científico, escritor, profesor, curioso a tiempo completo, pensador. Cualquier calificativo le va a la perfección y, como afirma Juan Villoro, fue a la vez un gran saboteador de su obra. Al parecer siempre dirigió su atención a otras actividades antes que sentarse en su escritorio a escribir una obra profusa y genial. En uno de sus aforismos explica un poco esta cualidad de no concluir sus proyectos intelectuales: “Como había más bilis que fundamentos en mis proyectos, me agoté antes de emprenderlos”. Lichtenberg fue un individuo múltiple y su afán por conocer los mecanismos imperceptibles del mundo que le rodeaba le llevó a ocuparse de muchas cosas o, como lo ha escrito Villoro, que aparte de escribir poemas para bodas, infló vejigas en sus clases, colocó pararrayos en los edificios, promovió los balnearios y la obra de Shakespeare, ensayó dietas, experimentó con la electricidad, retrató al actor Garrick y a la muchedumbre londinense, se enamoró de una florista y una vendedora de fresas, discutió de astronomía con el rey de Inglaterra, escribió de modas para las damas alemanas, llevó un registro de los entierros que veía desde su ventana, estudió las maniobras de los batallones de asalto, polemizó sobre la fisiognómica y la escritura griega, no se deja reducir a unos cuantos temas básicos. Su curiosidad atendía por igual la teoría de Newton que un botón roto después de siete años de ser el leal sostén de sus pantalones.

Se limitó a escribir en cuadernos de tendero anotaciones de todo tipo e incluso unos aforismos que hoy se leen con sumo deleite. Dosificó sus breves textos con un barniz equilibrado de humor y ese tenue dulzor de lo poético. Los comenzó a escribir entre los años 1764 y 1765, cuando aún era estudiante en la Universidad de Gotinga.

Leamos algunos aforismos al azar:

Ya que se escribe en público de pecados secretos, me he propuesto escribir en secreto de pecados públicos.


He escrito buena cantidad de borradores y pequeñas reflexiones. No esperan el último toque sino los rayos de sol que los despierten.


Quien tenga dos pantalones, que venda uno y compre este libro.


Eso que ustedes llaman corazón está bastante más abajo del cuarto botón del chaleco.


Hay ineptos entusiastas. Gente muy peligrosa.


Comerciaba con tinieblas en pequeña escala.


Se movía tan despacio como un minutero entre una multitud de segunderos.


El cuchillo sin hoja, al que le falta el mango.

Como apunte de curiosidad literaria, ese famoso aforismo del cuchillo guarda relación con ese breve cuento de Kafka titulado “El deseo de ser piel roja”: “Si uno pudiera ser un piel roja, siempre alerta, cabalgando sobre un caballo veloz, a través del viento, constantemente sacudido sobre la tierra estremecida, hasta arrojar las espuelas, porque no hacen falta espuelas, hasta arrojar las riendas, porque no hacen falta las riendas, y apenas viera ante sí que el campo era una pradera rasa, habrían desaparecido las crines y la cabeza del caballo”. El ensayista José Solanes lo conecta a su vez con Rómulo Gallegos: “Pero tampoco fue Pajarote muy prolijo. Recordemos lo que aparece diciendo en el capítulo XII (parte II) de Doña Bárbara. Al llegar desvalido al hato pide que le contraten como peón. Se le responde que sí se le aceptará y se le dará caballo que montar, pero que es indispensable que sea él mismo quien se consiga el apero. Yo tengo apero, replicó. Me falta el arricés, el guardabastos se me perdió, el fuste me lo robaron y la corona no sé qué se me hizo, pero me queda el sufridor. El sufridor, es decir, el solicitante mismo, el candidato a jinete...”. La respuesta de Pajarote es rotundamente lichtenberiana.

En algunas notas del cuaderno del bodeguero se pueden leer frases y anotaciones bastante peculiares;

Ayer me visitó la viuda de la calle El Milagro. Estuvimos conversando largo y tendido. Entre las muchas cosas que me dijo una frase se me quedó: “Todo es pasajero, pero el amor insiste en hacer todo permanente”.


El tiempo es algo complicado. Ayer recordé retazos de mi infancia. Cuando me reunía con mis compañeros del colegio a jugar metras, a volar papagayos o a jugar chapitas con un palo de escoba. Varios años de mi niñez en apenas cinco minutos de recuerdos.


Vino el cura César y me preguntó cuánto debía y mentí. Le dije que estaba solvente. Le pregunté cómo iba la construcción de la iglesia. Lenta, me dijo, y dejó escapar un suspiro de inalterable resignación. ¿Falta de dinero?, pregunté por preguntar. “No, las iglesias no se construyen con dinero, sino con fe, con temor y amor a Dios. La fe es el cimiento más importante de toda empresa humana”.


El vecino J de la calle Unión, que es un putero de postín, me dijo: “Lo contrario a la vileza no está en la iglesia, sino en el prostíbulo”.


Hoy vino Linares, el cornudo más ilustre de la calle El Milagro. Él lo sabe, pero sigue con ella debido a que la ama. De amar, de eso trata la vida.


Soñé hace poco que estaba en el cementerio. Era de día. Todo estaba iluminado con fuerza. El silencio era apenas ininterrumpido por el canto de unas aves. Luego desperté y estaba pleno y desbordante.


La bruja del barrio me leyó las cartas del tarot a cambio de algunos víveres. Me pronosticó algunas situaciones sobre mi futuro y me dijo que el amor tocaría a mi puerta, no de la casa, sino del corazón.

Me he preguntado por qué el bodeguero llenaba esos cuadernos. Quizás la bodega era su microcosmos, en el cual confluían, como en una novela, esos arquetipos humanos que es necesario fijar en las líneas de un cuaderno, como un entomólogo fija con chinchetas insectos en una hoja o como hace un escritor que los va desmenuzando en su escritura.

Carlos Yusti
Últimas entradas de Carlos Yusti (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio