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El ascenso de Hilario

jueves 15 de octubre de 2026
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Conoció a Hilario varias décadas atrás, cinco o seis, no recordaba cuántas, pero fue precisamente en la escuela a la que asistían ambos. Era un niño de los que llaman morenos, pero la verdad era de raza negra y, como tal, recibía claras muestras de discriminación. Que el negro aquí, el negro allá, y todas esas cosas que suelen brotar de las bocas de los niños y, por qué no decirlo, de algunos maestros que tampoco eran muestra de razas privilegiadas.

Siempre se llevó bien con Hilario, quizá porque éste hacía gala de su nombre de origen latino, directamente relacionado con la alegría. Se mantenía riendo y les hacía bromas originales a sus compañeros, que unas veces compartían su alegría, pero otras mostraban caras de desagrado y lo llamaban “negro tonto”, “negro escuálido” y otros epítetos relacionados.

Su amistad se fortaleció aquel día cuando su estómago se rebeló, quizá por una comida o exceso de ella, y le comenzó a hacer ruido acompañado de dolores cada vez más insoportables. Los vientos que se echaba, es decir los pedos, hacían que sus compañeros protestaran e hicieran caras al contener el vómito que les provocaban los malos olores, y poco a poco lo fueron dejando solo. Él los veía a través de un pequeño manto de lágrimas, hacía como que trabajaba en su cuaderno y todos, incluyendo la maestra, literalmente se fueron apartando de él y le lanzaban miradas de asco.

Hilario fue el único que permaneció a su lado entreteniéndolo con sus dichos y chistes propios de la gente de su raza, pero le costaba esbozar una sonrisa, los dolores eran cada vez más fuertes y las ganas de ir al baño se acentuaban. La maestra, que debió atenderlo en su urgencia, se retiró viéndolo con cara de reclamo, como si fuera la peste.

El momento cumbre llegó. Se puso de lado, torció los ojos, apretó los labios, y se cagó. Sí, se cagó y el olor se volvió más insoportable aún.

—¿Qué pasó? —dijo él queriendo disimular su desgracia.

—Nada —respondió Hilario, sin hacer caso a su prominente nariz que lo llamaba insistentemente para que la tapara.

Cuando salió de la escuela sentía el promontorio en sus nalgas y el triste olor de los desechos de comida. Salió de la escuela sin ver para ningún lado y emprendió la marcha hacia su casa, que quedaba a seis cuadras. Hilario lo acompañaba con el brazo posado sobre sus hombros y en ningún momento hizo cara de asco ni manifestó repugnancia alguna. De ahí en adelante la amistad se cimentó para toda la vida.

Después de esa experiencia, ya en la escuela secundaria, siempre andaban juntos, estudiaban, iban a fiestas, tomaban trago y hacían todas las actividades propias de la adolescencia: novias, amantes, desvíos a mujeres casadas y todo lo relacionado con ello.

En esa época comenzó a hablar de discriminación:

—Es que, a los afroamericanos —decía—, desde tiempos inmemoriales nos han discriminado.

No decía negros, sino afroamericanos, como si no se tratara de la misma cosa, y él trataba de disuadirlo de esos pensamientos diciéndole:

—Eso, Hilario, fue en tiempos de la conquista o antes, cuando necesitaban gente para la agricultura u otros trabajos que los blancos no querían o no podían hacer porque no tenían la fortaleza de tu raza.

—Pero la discriminación sigue —argüía él—, nos ven como inferiores.

—Nada que ver. Inferiores somos nosotros, los blancos, y sobre todo los mestizos, porque tenemos lo malo de la mezcla de razas. Ustedes son fuertes, trabajadores y auténticos.

Nunca logró convencerlo de que así era y, pese a su entrañable amistad, siempre salía a la luz el problema de la discriminación.

En la vida de adultos, ambos buscaron trabajo y lo obtuvieron en distintos lugares, pero seguían viéndose todos los días para platicar o compartir sus experiencias.

Hilario siempre dirigía la conversación, o trataba de hacerlo, hacia los problemas del país, la falta de empleo, oportunidades y, sobre todo, la discriminación a los afroamericanos.

—No —repetía él para consolarlo—, ahora ya no es igual que antes. Las oportunidades son para todos, especialmente para la gente preparada, sin importar la raza.

—Mamolas —decía él, daba media vuelta y desaparecía.

Trataba, de todas las maneras posibles, de que Hilario se sintiera bien, porque recordaba con inusitada frecuencia el episodio de la escuela y la solidaridad de su amigo después de la experiencia de la cagada: nunca le recriminó nada, no mostró repugnancia ante el acto, ni náusea ni nada. Era un estupendo amigo.

Él comenzó a trabajar en la fábrica de cerveza de la ciudad y consiguió un salario estupendo, buenas prestaciones y condiciones de trabajo envidiables. Era una empresa que, quizá por sus voluminosas ventas destinadas a enviciar a los ciudadanos, producía bastante y bien. Era una excelente cerveza.

Hilario, en cambio, consiguió trabajo en un gran almacén de esos que venden de todo: ropa, muebles, víveres, adornos, escritorios, sillas y muchos enseres necesarios para la vida impuesta por la sociedad. Era “consejero” de los clientes, para que adquirieran los bienes necesarios que satisficieran su ego.

—Ya lo ves, Hilario —le explicaba él mientras le palmeaba la espalda—; eres importante en esta tienda y te tratan bien. El sueldo no está mal tampoco.

—Mientras les sirva estarán contentos. Pero no dejan de lanzarme miradas feas, de esas que he recibido siempre, como si miraran algo que no es natural, ni de su clase. La famosa discriminación.

Trataba por todos los medios de que Hilario se sintiera bien, importante en su trabajo, útil a la sociedad, una persona como cualquier otra. Pero siempre salía con aquello de que era negro —“afroamericano”—, que no lo veían igual que todos, y todas esas sandeces que brotaban muchas veces de su boca.

—Va a pasar una de dos cosas, Hilario, o te ascienden en tu trabajo o conseguís otro, porque sos bueno en lo que hacés. Aquí no importa que seas alemán, gringo, negro, indio o de cualquier raza. Lo que importa es que seas eficiente, y lo sos.

Pasó un año, o año y medio y, un buen día, Hilario le dio la noticia por teléfono:

—Me ascendieron —le dijo.

—¿Viste? ¡Te lo dije! ¿A dónde te trasladaron?

—Tienes que venir a verme. Te sorprenderá.

Se sintió feliz por su amigo. Sabía de su capacidad y celebró su ascenso. Pensó invitarlo a cenar, tomar un par de tragos, platicar sobre cualquier tema y elucubrar sobre su nuevo puesto. No cabía de felicidad por el triunfo de su amigo. Era la oportunidad de recalcarle que la raza no era ningún obstáculo, que era una buena persona, preparada, y merecía todo en la vida.

Esa tarde salió en taxi —no quería llevar su carro previendo la celebración— hacia el gran almacén en que trabajaba Hilario. Entró con una sonrisa de oreja a oreja y lo buscó por todos lados sin encontrarlo. Cuando lo vio detrás del mostrador lo comprendió todo y la sonrisa fue desapareciendo de su rostro. Caminó despacio hacia él con los brazos abiertos en busca de un abrazo, y entendió lo que significaba su ascenso: con gran diligencia, Hilario atendía a la clientela en el departamento de blancos.

Antonio Cerezo Sisniega
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