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Tres poemas de José Ramón Muñiz Álvarez

miércoles 14 de octubre de 2026
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Oda XI de Horacio

Para Pilar Alonso

No debes indagar nunca, Leucónoe,
el número de días que los dioses
pretenden concedernos, ni entregarte
al arte babilonio de los números.
¡Acepta que tu tiempo es limitado!
Tal vez el viejo Júpiter decida
que hayamos de vivir muchos inviernos,
tal vez que este sea el último de todos,
dejando que las olas del Tirreno
se rompan en las rocas de la playa.
Demuestra tu prudencia y filtra el vino
para la brevedad de un corto plazo,
dejando la ilusión en el tintero.
El tiempo se nos va y huye envidioso,
llevando en su galope cada instante.
Disfruta del momento y considera
que puede que no quede ya un mañana.

 

Beatvs ille
(traducción del epodo II de Horacio)

A Cecilia Barrios

“Dichoso aquel que, lejos de problemas,
tranquilo como el hombre de otros siglos,
cultiva, sin temor, sus heredades,
ajeno a toda deuda, con sus bueyes,
y no ha de despertar, como el guerrero,
que, oyendo la trompeta sanguinaria,
prepara la batalla, ni se asusta
con la galerna, lejos de la usura.
Y, al enlazar los álamos del monte
con el sarmiento rico de las vides,
contempla un valle lleno de rebaños,
si ve mugir las vacas a su paso.
Y, con la podadera, purifica
las ramas, injertando otras fructíferas,
guardando miel en ánforas,
si no es que se dedica al esquileo.
O bien, cuando el otoño ha pincelado
los campos con la luz de su paleta,
rojiza por la copia de los frutos,
disfruta, recogiendo la cosecha,
pensando en ofrendarla al bien Silvano,
quizás a ti, buen Príamo, en las lindes.
Y gusta de tumbarse bajo encinas,
sobre los herbazales y malezas,
mirando cómo corren a su gusto
las aguas torrenteras, donde el canto
de pájaros diversos, su lamento,
da vida a cada fuente, a cada bosque.
Y luego, con los truenos del invierno
—si Júpiter lo quiere—, trayéndonos las lluvias,
se acosa con el can a tanta fiera,
llevando al jabalí donde las trampas.
También será un deleite al estornino
dar caza, y a la liebre y a la grulla,
trofeos halagüeños al estómago.
Y todo es olvidar desavenencias
con la pareja fiel, si no es más cierto
que es ella la alegría que mantiene
la llama de la casa para Vesta.
Y, al encerrar rebaños en cubiles,
vacía de las vacas esas ubres,
si no es que se dedica a catar vinos
que puede uno tomar en sus bodegas.
No importa el gusto fino de las ostras
llegadas de Lucrino, el rodaballo
sabroso que las duras tempestades
echaron, con dureza, a nuestras costas.
Tampoco será el caso de las aves
exóticas que vengan a mi estómago,
si tengo la aceituna en los olivos,
la malva siempre sana, cuando enferme,
por no decir la carne del cordero
que es propio dar al dios, en sacrificio,
si no es algún cabrito, cuando libre
la fiera dentellada de los lobos.
¡Son estos los manjares de mi aprisco,
lugar desde el que veo a las ovejas
comiendo el dulce pasto de los prados
y al buey cansado ya del duro yugo,
por no decir que todos los esclavos,
dispuestos al trabajo ante la casa!”.

Después de hablar, Alfión, de amor al campo,
guardando las ganancias de la usura,
se decidió a prestar en las Calendas.

 

Guiño a Catvlo

Para Caecilia

No prestes atención a los rumores
Severos de los viejos, Lesbia mía,
Y amemos y vivamos, como el día,
el alba o el ocaso en sus colores.

La noche de la muerte, sus dolores,
Harán su oscuridad arma más fría,
Y así te ha de pedir el alma mía
Tus labios, esos besos, sus sabores.

Mil besos me darás y luego ciento,
Y mil después, y ciento ya gozoso,
Y mil y cien, si no quedo saciado.

La cuenta olvidará mi pensamiento,
Negando a la maldad del envidioso
Sumarlos en el mar que hemos gozado.

José Ramón Muñiz Álvarez
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