Insisto en los paisajes del presente
Insisto en los paisajes del presente,
quizás en su dolor y en su tristeza,
pues siento su dolor y su tristeza,
me hieren su dolor y su tristeza,
sus llantos, sus lamentos repetidos.
Insisto en los paisajes del presente,
tal vez en el dolor de las espumas,
pues siento en el dolor de las espumas
la carga que comparten las espumas
con esos nubarrones de la tarde.
Insisto en los paisajes del presente,
posiblemente insisto en esas horas
pesadas como suelen ser las horas
que cargan su fatiga, pues las horas
nos hieren en los días de trabajo.
Insisto nuevamente en los paisajes
callados del presente y su delirio,
pues veis que su belleza es el delirio
de todo lo que, lleno de delirio,
confiesa que delira en el presente.
Y digo a los paisajes del presente
verdades que comprenden, si las digo,
si vengo a repetirlas, si les digo
que digo lo que digo, porque digo
que insisto en repetir su voz callada.
Y el resto lo dijeron los arroyos
“De un tiempo a aquella parte, si bien se considera, dejaron de ser dulces las horas de sosiego compartidas, los ratos de deleite compartidos, los tiempos de relajo por los parques: la brisa de la noche no hablaba ya el idioma de aquellos que se fugan como cómplices, que buscan la verdad como los cómplices; las horas del ocaso, llenando su crepúsculo de brillos encendidos, tampoco conocía aquel lenguaje, sentía tan extraño ese lenguaje que no logró jamás entender nada; dejaron de ser bellos los ecos del pantano, las voces de las ranas y los grillos, mediada ya, tal vez, la primavera.
”Y fue la primavera colándose, dejándose llevar por las mareas, al tiempo que no hablaban ya tus labios, al tiempo que no hablaban ya tus ojos, al tiempo que no hablaban los espíritus. Y fue volando al aire la voz del aire débil, vencido como el beso de un verano que llora porque siempre se vio débil. Y no llegó el verano y estabas ya lejana, distinta, casi triste, tan triste como acaso la sospecha de los otoños tristes y las lluvias que quieren arrancarnos las promesas. Y estabas como ausente, y supe que, ausentándote, partías a los reinos más lejanos, buscabas universos sin retorno.
”Y supe contestarte:
”—No existen más razones que toda tu belleza, volcada en estos versos por la maña que tuvo el que los dijo, pronunciando la gracia que retoman las palabras, sabiendo que es el aire la voz de la palabra que pudo darte vida cuando quiso, si supo darte vida cuando quiso”.
Después de pronunciados, sus versos, en el aire, solían ser hechizo, y, entonces, al decir aquella prosa, sintió el perfume denso de las flores que, abajo, en los jardines, despertaban: gustaba de asomarse por esos ventanales que miran a la costa y su belleza, manchada por pinceles decididos.
—No existen más razones que toda tu belleza, que toda su hermosura.
Solía repetirse muchas veces las cosas que brotaban de esa fuente de la imaginación más encendida.
—No existen más razones que toda tu hermosura.
Hablaba para sí, como los locos que suelen obcecarse en su manía.
Después de pronunciadas, volaban sus palabras cruzando el aire puro, abejas dominando los colores del cielo azul y claro, de mañana, pues, buen madrugador, lo conocían las horas en que el brillo del sol saluda a todos desde esos miradores elevados que asoman por detrás de aquellas nubes...
“De un tiempo a aquella parte —tornaba a repetirse—, dejaron de ser dulces las horas de sosiego compartidas, los ratos de deleite compartidos, los tiempos de relajo por los parques: la brisa de la noche no hablaba ya el idioma de aquellos que se fugan como cómplices, que buscan la verdad como los cómplices...”.
Y fue pasando lento, callado como siempre, dejado a su derrota, después de mil tristezas, el verano, cansado de su brillo y sus rigores, su fuego, su dureza y sus hastíos. Y, entonces, esa tarde, la tarde del verano, llegó como un septiembre impertinente que vino sin que nadie lo llamase.
Y el resto lo dijeron los arroyos.
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