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Cuatro prosas de amor

miércoles 16 de septiembre de 2026
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I

La voz del bosque mágico volaba, llegada ya la noche, en la lechuza, capaz de ver detrás de tantas sombras. La lluvia, lenta y suave, iba mojando las tierras, las praderas, los caminos colmados por tritones y otros bichos. Y yo miré el paisaje en la vereda: las brujas no debían andar lejos, según lo que imagino de aquel tiempo.

Las brujas son posibles en la infancia, del modo en que lo son, sin que las vean, resueltas, las ardillas por los árboles. Pero eran otras horas, y la noche pedía el sacrificio de la luna, cubierta tras las nubes más espesas. La noche no dejaba que en el cielo quisiera dibujarse claro alguno, y el bosque malherido se quejaba.

Quedaba del invierno el latigazo que supo cuestionar sus densos verdes, después de que el otoño lo pintase: el oro cedió al rojo y al vacío, los pardos se extendieron por el suelo y el aire se hizo triste en estas selvas. Y vino la temprana primavera, que, a costa de mostrarse insuficiente, sentía la llamada de los pájaros.

Y, entonces, pensé en ti, pensé en tu nombre, y ansiando ser tu nombre en el espacio, te quise confundir con la arboleda. Pudiste ser un roble entre mis labios, pudiste ser acaso un eucalipto, tal vez algún helecho en su bostezo. Y pude ser, o acaso lo soñaba, la luz del alba libre por tus ojos, en un destello a veces repentino.

La voz del bosque dijo lo que queda.

 

II

Te siento en las aldeas y en los hórreos. Estás allí y aquí, y, en cada parte, sospecho tu presencia, siempre rara: no en vano, si mi voz busca la tuya, si busco yo tu nombre entre las brisas, dirás que soy el aire en la ventana. Y soy el aire puro en la ventana que quiere ver la luz del alba misma, que quiere ver la luz del alma nuestra que sabe que nosotros somos verso.

Te siento en las aldeas y en los hórreos. Estás aquí y allí, si te apetece, y alcanzo a imaginar que tu alma es mía. Secuestro cada parte de tu esencia, la vuelvo mía, mía en un paisaje prestado por los bosques de la zona. Y somos dos ardillas por las ramas, y amamos como ardillas en las ramas, vivimos como ardillas en las ramas, soñamos como ardillas en las ramas.

Te siento en las aldeas y en los hórreos. ¿Te siento? Me pregunto, de repente, si estás conmigo o no, como es costumbre. Quizás no estás aquí, no estás conmigo, pues no puedes estar, como la niebla, y, en cambio, el pensamiento se me escapa: te busca, te persigue, te condena, si no quieres estar donde te pide, si no quieres estar donde la vida te exige que respondas a mis voces.

Te siento en las aldeas y en los hórreos. Te siento, te reclamo y nunca vienes, huyendo de mi voz más conmovida. Los versos que levanto por el cielo, pesados como piedras o ligeros, debieran ser la joya de tus labios. Y, en cambio, tú no vienes, si te llamo, te pierdes por tus bosques, no en los míos, y sabes que te quiero en mis haciendas, palabra regalada a mis castillos.

Te siento y no te siento, si te busco.

 

III

Pudiste ser un roble entre mis labios, pudiste ser acaso un eucalipto, tal vez algún helecho en su bostezo.

 

IV

La voz del bosque mágico que supo comprenderme me dijo tu secreto. Y quiero ser el agua de los ríos, el agua de los lagos de los montes, el agua de la lluvia que desciende. Y ser un bosque mágico también se nos antoja ser árboles en medio de los árboles, ser noches en presencia de otras noches, ser alma con el alma de otras almas.

La voz del bosque mágico que supo traicionarme te dijo mis verdades. Y quiero ser pantano ante tu nombre, perderme entre tu nombre al pronunciarlo y ser como el sonido que se borra: el aire siempre borra los nombres de la gente, tu nombre si lo digo, si pronuncio mi voz con los caprichos que me vienen de golpe a la cabeza enajenada.

La voz del bosque mágico que calla en lo profundo descubre lo que somos. Y somos lo que amamos, si nos dicen que amamos al amor en estos bosques que invitan al placer siempre discreto. Tú piensa que las densas, calladas hojarascas conocen tus deseos y los míos, conocen tus pasiones y las mías, disfrutan la razón de tanto goce.

También somos la noche que nos mira.

José Ramón Muñiz Álvarez
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