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Bruce Chatwin y el viaje de la escritura

jueves 15 de octubre de 2026
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Bruce Chatwin
Aunque encasillado como autor de libros de viajes, pienso que donde parece brillar Chatwin es en esos textos ensayísticos, en sus crónicas, en sus entrevistas y en sus artículos periodísticos.

Resulta algo paradójico que un escritor como Julio Verne fuese un escritor sedentario. Algunas novelas de Verne utilizan el viaje como pivote importante para sus historias; Cinco semanas en globo, Viaje al centro de la Tierra, De la Tierra a la Luna, Veinte mil leguas de viaje submarino, Una ciudad flotante, La vuelta al mundo en 80 días. No es casual que Roland Barthes acotara que la imaginación del viaje para Verne era sólo una exploración de lo cerrado y subrayaba que “la coincidencia de Verne con la infancia no proviene de una mística banal por la aventura, sino de una felicidad común por lo finito, que puede encontrarse en la pasión infantil por las cabañas y las tiendas de campaña: el sueño existencial de la infancia y de Verne consiste en amurallarse e instalarse”. En su vida real Verne fue el primero en inventarse un google personal consistente en más de cincuenta mil fichas con informaciones de todo tipo. Atrincherado en sus fichas, sin moverse nunca de su escritorio, escribió la aventura de El soberbio Orinoco. Un escritor que está en el lado opuesto podría ser Bruce Chatwin.

Bruce Chatwin fue un novelista y periodista inglés que fue un tanto relegado a ese apartado de la literatura de viajes por haber escrito En la Patagonia (1977) y, a dos manos con Paul Theroux, Retorno a la Patagonia. No obstante, escribió las novelas Colina negra (1982), Los trazos de la canción (1987), El virrey de Ouidah (1980) y Utz (1988), aparte de libros de crónicas y ensayos como ¿Qué hago yo aquí? (1989) y Anatomía de la inquietud (1997). Sin contar que escribió el prólogo para una nueva edición de un libro de viajes de los años treinta, Viaje a Oxiana, de Robert Byron.

Cuando leí por primera vez Los trazos de la canción me resultó una novela para nada convencional y esto despertó mi interés por Chatwin. Era una novela donde la crónica, el relato suelto, el aforismo, se dejaban colar en un relato que va trazando una particular travesía por esa cosmogonía espiritual de los aborígenes australianos. Chatwin, preocupado por ese impulso, a veces irracional, de ir de un país a otro, de moverse y conocer otras latitudes, tomó notas sobre las motivaciones del nómada. Necesitaba saber a qué se debía esa compulsión de viajar, de estar en constante movimiento. Con sus notas dispersas sobre esa pulsión del nómada decide viajar a Sídney.

Esto de la trashumancia comenzó al parecer en su niñez con una familia que iba de un lugar a otro sin acomodo estático cierto, luego estaba su obsesión por los mapas que recorría con la mirada de un dedo haciendo la ruta. Con un futuro nada claro consigue empleo en el almacén de una acreditada casa de subastas. Allí su curiosidad lo lleva a descubrir los imperceptibles atributos de una cerámica china o las pinceladas características de los artistas impresionistas, y esto le hace escalar un mejor puesto en la casa de subastas. Con el tiempo se aburre de pasear por la jaula de objetos artísticos y entonces aterriza en Afganistán. Allí se descubre una mañana ciego y el médico le diagnostica síndrome de fatiga ocular, recetándole reposo y, como remedio, ver una buena cantidad de horizonte. Recorre Sudán a la caza de espacios donde la amplitud del paisaje le sirva para descansar sus ojos. Recorre a pie y en camello por el mar Muerto. De vuelta a Inglaterra intenta simplificar su vida y decide estudiar arqueología en Edimburgo; la ciudad le resulta insufrible y vuelve a dejarlo todo.

Chatwin parece hundido sin ninguna pasión a que aferrarse; roza los treinta y tres años, sin dinero y sumido en un limbo existencial acepta un trabajo en un diario de Londres el cual lo volverá a colocar en la ruta, ya que necesita viajar para realizar entrevistas. En una de estas entrevistas conoce a la arquitecta Eileen Gray. En su oficina Gray tiene un mapa de la Patagonia. La arquitecta le dice que siempre quiso visitar la Patagonia. “Si le ilusiona vaya por los dos”. Chatwin deja todo otra vez y se larga a la Patagonia.

De su viaje escribe el libro En la Patagonia. En los primeros capítulos relata su relación con un lugar tan remoto y perdido en Sudamérica. Todo comienza con un fósil prehistórico que tiene su abuela, quien le cuenta al nieto Chatwin una historia fantasiosa de un familiar Charley Milward, especie de capitán de un barco mercante que naufragó por el Estrecho de Magallanes. El tal Milward sobrevivió al naufragio y se estableció en Punta Arenas. En una de sus andanzas vio que un brontosaurio asomaba del hielo. Lo desenterró, lo descuartizó, lo cubrió con sal y luego lo acomodó en toneles, y antes de enviarlo al Museo de Historia Natural de South Kensington, recortó un pedazo y se lo envió a la abuela de Chatwin por correo. El brontosaurio se pudrió en su travesía y llegó a Londres. Del brontosaurio quedaron sólo los huesos, que exhibían en el museo, y Chatwin escribe: “Tardé algunos años en elucidar el misterio. El animal de Charley Milward no era un brontosaurio sino un milodonte, o perezoso gigante. Nunca encontró un espécimen completo, ni siquiera un esqueleto íntegro, sino un poco de piel y huesos, conservados por el frío, la sequedad y la sal, en una cueva del seno Última Esperanza, en la Patagonia chilena. Envió la colección a Inglaterra y la vendió al Museo Británico. Esta versión era menos romántica, pero tenía el mérito de ser veraz”.

Así será el tono del libro. Un viaje visto desde el asombro novelesco y en el que circulan paisajes, lugares y personajes de todo tipo. Toda su escritura parece estar impregnada por ese espíritu del viajero que sale al encuentro de esas historias que están amasadas en la realidad con ese toque sustancial de la ficción y que vale la pena escribir.

En uno de sus viajes al África conoció la historia de un tratante de esclavos, Francisco Manoel da Silva. Chatwin lo dice así en una entrevista: “Para crear algo nuevo siempre debí buscar inspiración en la realidad. Se me ocurrió escribir el libro cuando estuve de paso por Dahomey, la actual Benín. Allí visité una casa que había pertenecido a un traficante de esclavos llamado Francisco Félix de Souza. El dormitorio era fantástico: sobre una cama inmensa (debajo de la cual se halla enterrado el antiguo propietario) había una cantidad increíble de reliquias y fetiches. De una de las paredes del cuarto colgaba un retrato de De Souza fechado en 1820 y también había una escultura de san Francisco de Asís. ‘¡Dios, qué historia!’, pensé”.

El segundo libro de Chatwin sería El virrey de Ouidah, que noveliza la vida de Francisco Manoel da Silva. Uno de los lectores de Chatwin no fue otro que el director de cine, escritor y actor Werner Herzog, quien aseguró en una entrevista durante la filmación de Fitzcarraldo que había leído algunos libros de Chatwin y, como gran admirador de Joseph Conrad, lo consideró que estaba su altura. Se comunicó con Chatwin y le dijo su interés por el libro, pero de igual modo también le aseguró que no podía tomar un proyecto complejo después de Fitzcarraldo. Como había otra gente interesada en hacer una película del libro, Herzog se apresuró en comprar los derechos.

La película en lo personal no me gustó para nada. Herzog explica: “La novela de Chatwin está narrada en círculos concéntricos y yo sabía que la película tendría que ser mucho más lineal. En vez de proponer la trama y la intriga propias de una obra cinematográfica, el libro captura el mundo interior de un personaje asombroso y desarrolla una sustanciosa idea de África y del tráfico de esclavos. Le dije a Chatwin que tendría que inventar un montón de cosas y que narraría la historia de otra manera. ‘Adelante’, dijo Chatwin. No quiso intervenir en el guion ni tampoco involucrarse en la producción, aunque pasó unos días en África con nosotros durante el rodaje”. Chatwin por su parte escribe un artículo, “Werner Herzog en Ghana”, donde narra los pormenores y las dificultades que atraviesa una filmación con dos genios apasionados y locos como Klaus Kinski y Herzog. Lo cierto es que la película que filmó Herzog, titulada Cobra verde, es (para ser benévolos) un fiasco mayúsculo. Para Chatwin fue sólo basura, o como lo dijo en una entrevista: “No quiero tener nada que ver con esa película. La actuación de Klaus Kinski es sencillamente repugnante, y no tiene ningún punto de contacto con mi novela. En realidad no podía ser de otro modo: es un tipo nefasto, con esa cabellera desgreñada de la que tanto se ufana y sus movimientos espasmódicos se parece más a una puta vieja buscando clientes que a mi personaje. En cuanto a Werner Herzog debo admitir que admiro sus primeras películas, así como otras que hizo sin tantas pretensiones, El enigma de Kaspar Hauser y Nosferatu. Pero las grandes superproducciones, del tipo Cobra verde, se le van de las manos, no puede dominarlas”.

De vuelta con la novela Los trazos de la canción, se puede decir que es el diario de viaje de un explorador que busca algo tan intangible como ese impulso ancestral que conduce a determinados hombres y mujeres hacia otros países, hacia esos lugares remotos en los que algunos se quedan y otros sólo escudriñan por un buen rato para seguir en ese viaje donde importa más el viaje en sí que eso que se intenta encontrar. Dos años después de publicada la novela, moriría de sida.

En lo particular pienso que donde parece brillar Chatwin es en esos textos ensayísticos; en sus crónicas, en las entrevistas que les hizo a los personajes más disímiles del arte y la cultura, y sus artículos periodísticos resueltos con sutiles pinceladas, y en los cuales los detalles imperceptibles dan cuenta de todo un universo de enorme riqueza. Sus libros ¿Qué hago yo aquí? y Anatomía de la inquietud fueron publicados póstumamente. El primero lo dejó organizado el propio escritor y el segundo fue armado por sus editores.

En el libro ¿Qué hago yo aquí? hay textos excepcionales, sin mencionar que es un libro que compendia cuentos mínimos, crónicas, textos de algunos países, gentes, notas de viajes y un apetitoso etcétera en lo que se combinan información, datos, anotaciones con mucha imaginación, situaciones y personajes reales que parecen calcados de la ficción más desaforada, como ese texto “Los caballos celestes”, que narra la sorprendente historia del emperador Wu Ti, que fue un increíble ladrón de caballos, y cuyo estilo evoca al mejor Jorge Luis Borges, o el texto “Viajando con la señora G”, que cuenta su periplo al lado de la gran Indira Gandhi. También están esas visitas que hace a María Reiche, a Nadezhda Mandelstam. Un libro sin desperdicio y que se disfruta por la florida información. En Anatomía de la inquietud recopila otros escritos periodísticos, algunos inéditos y uno que otro rechazado. En todos estos textos se mueve ese apremio de movimiento, de dejarlo y volver al camino.

Coincido con lo escrito por Pablo Solórzano: “Decir de Bruce Chatwin que fue sólo un gran aventurero sería reducir su importancia como intelectual; él es un eslabón en esa brillante cadena de eruditos, inquietos y aventureros escritores ingleses (Livingstone, Sterne, Lawrence, Brenan, Leigh Fermor, etc.). Sus páginas, reales o ficticias, nos ayudan a seguir azuzando el fuego del sueño del viaje y del movimiento...”.

En su introducción al libro de Robert Byron Viaje a Oxiana, anota: “Escribo como alguien parcial, no como lo haría un crítico. Hace mucho tiempo elevé este libro a la categoría de un ‘texto sagrado’, de modo que está más allá de cualquier consideración crítica. Mi propio ejemplar, ahora con las páginas sueltas y llenas de manchas después de cuatro viajes al Asia Central, me ha acompañado desde que yo tenía quince años. Por lo tanto, estoy autorizado a tomarme a mal las sugerencias de que se trata de ‘un libro perdido’, o de que necesita que se le ‘rescate de los anaqueles de las bibliotecas’. Por suerte, para mí nunca ha sido un libro perdido”. Algo parecido se puede escribir sobre los libros de Chatwin, que son algo así como textos sagrados que dejan una impronta sobre el sentido del viaje como un recorrido de aprendizaje espiritual, del viaje como experiencia para dibujar el mapa de nuestras inquietudes más profanas con un inexplicable dejo de poesía errante y andariega.

Carlos Yusti
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