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El día que se perdió la vaca

sábado 18 de julio de 2020
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Eran las seis de la tarde una cruda tarde de invierno, de esos inviernos en los que, por más que invoques al sol, éste, de tanto frío que hace, decide no asomarse. Jacinta me pidió que me asomara al establo a ver si Pedro ya había metido la vaca, la cual estaba a punto de parir. Yo era pequeño, y la verdad me daba mucho miedo eso de ir al establo cuando empezaba a anochecer. Se decía en el pueblo que a esa hora los espíritus empiezan a aparecer. Yo hice como que me asomaba, pero ni loco me acercaba por allá. Dejé que pasara un tiempo y agazapado entre las macetas me entretuve observando las estrellas. Eran tantas y su brillo tan inmenso que aún en la oscuridad uno distinguía perfecto.

De repente, en la arbolada que daba justo a la parte trasera del jardín, vi cómo se movía una sombra. En aquellos árboles, justo, Pedro amarraba la vaca por las tardes para dejarla retozar un rato, antes de llevarla al establo. Pensé, de seguro ese borracho del Pedro no metió la vaca, y la pobre sigue colgada del árbol. Regresé donde Jacinta y le dije: “Tu marido no metió la vaca. La acabo de ver colgada en la arboleda, pero ni creas que yo la voy a meter. Que se muera de frío o que se le malogre el becerro. A ver si así aprende el borrachote”.

Jacinta me lanzó una mirada de infierno, levantó el chal del respaldo de la silla y salió en busca de la vaca. No tardó mucho en regresar, si acaso unos cinco minutos. Entró tiritando a la cocina y me dijo: “¿Seguro que la vaca no está en el establo y estaba colgada en la arboleda?”, tanto como que me llamo Ignacio. Pues entonces ya se soltó, y se fue donde la milpa de mi tío Ufrano. Si la llega a agarrar, la va matar, esta vez sí.

Jacinta salió con cara de espanto corriendo al patio, agarró un lazo y fue en busca da la vaca. La milpa del tal Ufrano, quien por cierto era otro de los de la tropa del Pedro, estaba en la falda del cerro que queda a la entrada del pueblo. Jacinta se fue corriendo y no regresó sino dos horas más tarde, toda revolcada y sucia. En su cara se veía que había llorado mucho. Cuando entró en la cocina ya eran más de las ocho, y su marido aún no había vuelto. Lo primero que hizo fue preguntar por Pedro. Yo le dije que aún no llegaba, y pregunté por la vaca. “No la hallé”. Se sentó en la silla, apoyó los brazos sobre la mesa, sobre ellos la cabeza y comenzó a llorar.

—Vamos, Jacinta, qué pasa, ya aparecerá.

—¡No es por la vaca que lloro!

—No y ton’s, ¿por qué?

—De regreso de la milpa, me topé con el maldito ese del Goyo, ese que me traiba ganas desde hace tiempo; me jaló pa’ donde las milpas y... pos ya sabes.

Lo que la Jacinta quería decirme, y no hallaba cómo, era que el maldito ese del Goyo la había violado.

Si preguntó por el Pedro, no fue porque le apurara que éste anduviera metido en problemas; como siempre, lo que le angustiaba era que se fuera a topar con el Goyo y éste le dijera, a los gritos, que su mujer había sido suya. Claro que el Pedro no se las iba a cobrar con el Goyo, pues éste siempre lo había mantenido a raya y el Pedro le tenía un miedo de panteón. Lo que era seguro es que la pobre Jacinta de una buena tanda de azotes no se salvaba. Y todo por haber sido violada. A eso había que agregarle que la vaca se había perdido, doble ración. Jacinta se alisó el pelo, lo volvió a trenzar, y dijo con voz recia:

—¡Eso no importa ahora, lo importante es hallar a esa vaca! Si no aparece, seguro que me meto en problemas con el Pedro. Vamos con mi comadre, a ver si no la vio por ahí.

Salimos donde la comadre, quien le dijo a su hijo el mayor:

—Mira a ver si no se fue pa’ la carretera, ya ves que estos animales son como Judas y siempre tiran pa’ allá.

El hijo de la comadre salió sin chistar. Mientras, la Jacinta lloraba amargamente en los brazos de la comadre, quien le aconsejó que no dijiera nada.

—¡Ya ves, comadre, que aquí, en este pueblo, cuando eso pasa, lo primero que dicen es: “¡Ella se lo buscó! ¡Qué hacía de noche entre el maizal!”. Mejor no diga nada. Total, nomás se lava bien y ya’stá.

Pasaron las horas y, como el hijo de la comadre no volvía, decidieron ir donde la vecina más cercana, una tal Domitila, la que les dijo que no había visto nada. Así, de ida en ida, se hizo una larga maraña de gentes buscando la vaca. Unos entre el monte, congelándose con la helada de la madrugada, otros entre las milpas más cercanas, otros más cerca del río.

Las horas pasaban y el hijo de la comadre, que había ido a asomarse a la carretera en busca de la vaca, no volvía. Quien sí vino corriendo, en su bicicleta, fue el policía de guardia. El que entró con cara de panteón en la cocina de la comadre y, con un solemne “¡lo siento mucho!”, anunció a la comadre que no hacía ni una hora que en la carretera un camión le había atropellado a su hijo, y que éste había muerto. La desconsolada comadre lloraba ahora en brazos de Jacinta, quien le decía muy quedito:

—Resignación, comadre. Resignación. Total le sobran siete más. Ya ve que en el pueblo se dice que las mujeres no somos gentes. Somos conejas. Y, ¡qué se le va a hacer!

Entre los vecinos y buscadores de la vaca organizaron el velorio. Todos tomaban café cuando alguien entró corriendo a decirnos que la vaca dormía en su pesebre y se le veía bien.

A las doce del día la gente se fue pa’l panteón a enterrar al difunto; el Pedro volvía del pueblo vecino, junto con el tío Ufrano, y una parvada de cuervos más (cantando alegremente “El abandonado”). El cortejo los miró desde lejos. No faltaron los comentarios, entre ellos: “Si este borracho hubiera metido a su vaca, nada de esto habría pasado”.

Los involucrados terminaron todos con un catarro espantoso, y el que sí salió ganando fue el de la farmacia, quien vendió todo lo que tenía ya caducado.

La verdad, ¡no se lo he dicho a nadie!, pero si yo no fuera tan miedoso y hubiera revisado en el establo si estaba la vaca, nada habría pasado. Pero como dicen, lejos de mi pueblo, ¡el hubiera no existe! Y a decir de cierto: si el borracho hubiera metido la vaca, si el pueblo no tuviera tanta hambre, si los hombres no fueran tan machistas y si... me la puedo pasar dando tantos sis... nada habría pasado. Y tú, vaca, ¡mira todo lo que ha pasado! y ¡tú estabas en tu corral!

María del Consuelo Figueroa García
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Comentarios (2)

Me encanta la reflexión que nos deja su escrito, muchas felicidades

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Mira todo el desastre que hizo la vaca. El Goyo sacó provecho de todo este problema por el miedo de las mujeres a la denuncia.
Buen relato, me esctresé, me dió tristeza pero sobre todo me dió coraje de toda la injusticia que viven las personas.
Sigue escribiendo estimada Dra.

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